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Mario Valles – El Patio de Claudio

Mario Valles: “No cocino para Instagram; lo hago para la persona que tengo sentada en la mesa”

 

El chef Mario Valles dirige hoy El Patio de Claudio, uno de los restaurantes más interesantes de Madrid. Su cocina, elegante y honesta nace de una trayectoria poco común: antes de dedicarse a los fogones compitió como judoka en dos Juegos Olímpicos. Y eso, suma.

Disciplina, método y respeto absoluto por el producto definen una manera de cocinar que mira a Francia, dialoga con España y no pierde de vista sus raíces colombianas. En nuestra conversación repasa su trayectoria, habla sin rodeos del impacto de las redes sociales en la gastronomía y reivindica una cocina donde el cliente sigue siendo lo verdaderamente importante.

 

Vienes del deporte de élite y has competido en dos Juegos Olímpicos. ¿Qué parte de la mentalidad de judoka sigue viva hoy en tu cocina?

La disciplina. Es algo que se mantiene siempre. Muchos cocineros hablan de disciplina, pero yo la viví antes en un tatami y esa manera de entender el esfuerzo se queda contigo para siempre.

¿En qué se parece un servicio de cocina a un combate en el tatami?

En realidad, no es exactamente comparable. En un combate dependes solo de ti. En un servicio de cocina no: dependes de todo un equipo. Un restaurante funciona cuando todo está coordinado, cuando cada persona sabe qué tiene que hacer para que el servicio salga bien. Es una conjunción de elementos que tienen que rodar perfectamente.

Una lesión marcó, de alguna manera, el final de tu carrera deportiva. Con perspectiva, ¿fue mala suerte o el inicio de algo mejor?

La lesión no cambió mi vida de golpe. Durante toda mi carrera deportiva yo ya estaba formándome en hostelería. Cuando terminaron mis segundos Juegos Olímpicos y después de una recuperación muy larga, vi que no llegaría a los terceros. Entonces decidí dedicarme por completo a lo que había estudiado y a lo que realmente me apasionaba: la cocina.

Tus primeros pasos en cocina profesional fueron en Londres. ¿Qué recuerdas de aquella etapa?

Recuerdo sobre todo una sensación de impotencia. Llegar a una cocina con 150 comensales, todo ocurriendo a la vez, y tú empezando como practicante… todo era extremadamente rápido y había muy poco tiempo para reaccionar. Pero también entendí algo que todavía me apasiona: el reto diario que supone ser cocinero.

Has pasado por cocinas importantes. ¿Qué papel jugó Koldo Rodero en tu trayectoria?

Koldo Rodero fue mi mentor. Le debo muchísimo. Es una persona muy sabia y, además, alguien que ayuda de manera desinteresada. Su familia me abrió las puertas de una forma increíble. Gracias a él estoy donde estoy hoy.

Antes de El Patio de Claudio estuvo el proyecto de Hortensio, muy querido por la crítica. ¿Qué te dejó aquella etapa?

Sentir el respaldo de los clientes es una fortuna enorme. Hortensio fue el inicio de mi carrera gastronómica y guardo un recuerdo muy especial de todo lo que vivimos allí.

En El Patio de Claudio hablas de una cocina elegante pero accesible. ¿Dónde está la línea entre sofisticación y complicación?

La propuesta es clara: una cocina tranquila. Técnicamente no buscamos la complicación extrema. Queremos una cocina honesta, bien hecha, que pueda disfrutar tanto el huésped del hotel como la gente del barrio. Es un restaurante pequeño, de 27 comensales, y eso permite trabajar con mucha atención al cliente.

Tu cocina dialoga entre Francia, España y tus raíces colombianas. ¿Cómo se construye ese equilibrio sin que parezca un collage?

Francia es la base metodológica de muchas cocinas. Yo intento mantener ese método francés, pero trabajando con producto local y con la cultura gastronómica que he vivido en España desde 1996. Ese diálogo entre Francia y España se construye a través del producto y de técnicas clásicas.

La cocina francesa concede mucha importancia a las salsas. ¿Crees que la cocina contemporánea ha descuidado ese capítulo?

En muchos casos sí. La evolución de la cocina ha ido hacia otros caminos y, en algunos casos, el resultado final del plato ha dejado de ser lo más importante. A mí eso me da pena. Yo soy bastante ortodoxo y creo que debemos seguir cuidando el producto y el método con el máximo esmero.

Muchos restaurantes parecen pensados para Instagram. Tú has dicho que no cocinas pensando en eso.

Las redes sociales están condicionando mucho la gastronomía. Yo entiendo que hoy forman parte de la ecuación comercial, pero a mí me da mucha tristeza cocinar pensando en un influencer o en una fotografía. Yo cocino para mi público, para la persona que se sienta en la mesa.

¿Algún producto fetiche?

Me encanta el salmonete. Y también la paloma, especialmente la que se caza en Echalar, en Navarra. Conozco bien ese proceso y es un producto que me fascina.

¿Hay algún plato de tu carta que resuma tu cocina?

En los postres, el limón desamargado. Es un diálogo entre la España árabe, América y Francia. Resume muchas cosas de mi historia. Y luego el pâté en croûte, que hacemos con lagarto ibérico y perdiz. Es un plato que me gusta mucho y que creo que Madrid merece tener.

¿Sigues manteniendo algún ritual deportivo más allá del judo?

Sí. Juego al tenis. Me levanto a las siete de la mañana para jugar cada vez que puedo.

Cuando no estás en tu restaurante, ¿dónde te gusta comer?

Me gusta viajar y descubrir cocinas locales. Siempre intento comer lo que se cocina en el lugar al que voy.

¿Algún viaje reciente que te haya marcado gastronómicamente?

Hace poco estuve en Colombia y comí en un restaurante del Pacífico colombiano que me encantó. Una cocina muy sabrosa, muy rica.

¿Un plato que te devuelva a tu infancia?

El pandebono. Es un pan típico de Cali, hecho con almidón de yuca, harina de maíz, leche y mantequilla.

¿Algún cocinero que te haya marcado?

Muchos. Alain Passard, Alain Ducasse, Bernard Pacaud… y en España, por supuesto, Koldo Rodero o Luis Lera.

Madrid vive un gran momento gastronómico. ¿Dónde te gusta comer en la ciudad?

Me gusta volver a los sitios que me gustan: La Tasquita, Sacha… y últimamente también el restaurante Haramboure. 

¿Qué plato te habría gustado inventar?

Está casi todo inventado… pero me habría encantado haber sido partícipe de la invención de la mantequilla. 

 

TEXTO DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Bo Jimmy Zhu – Restaurante Haku

Bo Jimmy Zhu : “En un nigiri, el pescado es el 20% de la importancia. Al final, el arroz lo hace todo.”

 

El chef italo-japonés -italiano de nacimiento, pero de padres japoneses- dirige HAKU en Valencia con una idea muy clara: fusión sí, pero con criterio. Nada de trucos fáciles. El hilo conductor es la pureza y el respeto por el producto.  Su barra se ha hecho un hueco a base de nigiris ( la estrella es el de anguila), una lectura propia del arroz y una manera de entender la cocina que conecta con algo muy mediterráneo: cuando la materia prima es buena, lo inteligente es no estorbar. HAKU fue elegido uno de los rookie del pasado año para nuestra guía, que celebra este mes de febrero una nueva edición.

 

¿Qué es exactamente Haku? 
Haku, en japonés, tiene varios significados. Uno de ellos es “pureza”. Y para mí va por ahí: una idea de pureza, de intentar hacer las cosas de forma limpia.

— Vuestra fusión italo-japonesa no busca lo extremo. ¿Dónde pones el límite? 
Lo de “fusión” ya existe muchísimo, el Mediterráneo-japonés es muy amplio. En nuestro caso, lo de italo-japonés es simplemente juntar las dos cocinas que dominamos mejor, sin hacer cosas raras porque sí.

— La Guía Macarfi os reconoció como Rookie en la última gala. ¿Qué representan los premios para un proyecto joven?
Hoy en día cocinar muy bien, simplemente, no es suficiente. Tienes que adaptarte y evolucionar. Los premios ayudan a que te reconozcan, a captar más público. Mi sueño es que el restaurante vaya bien. 

— ¿Cómo es el día a día del restaurante en Valencia? 
Los fines de semana hay mucho trabajo, viernes y sábado por la noche estamos siempre con faena. Entre semana baja un poco, como en casi todos los sitios. Viene gente curiosa, con ganas de probar cosas distintas.

— En clave nigiri, ¿qué pescado no usarías? 
No depende solo del pescado. En un nigiri, el pescado es como el 20% de la importancia. Al final, el arroz lo hace todo. De hecho, el arroz es japonés, pero el vinagre es italiano.

— Un italiano de padres japoneses que acaba en Valencia. Parece un cuento…
Mi hermana está casada con un chico valenciano. Ella quería abrir un restaurante aquí y yo, como ya era cocinero, vine a echar un cable. Y desde ahí me quedé. Me encanta la luz del Mediterráneo, la vida que hay aquí. 

— De Valencia, ¿qué te ha conquistado a nivel gastronómico? 
El almuerzo de media mañana para coger fuerzas. El esmorzaret de las 10 es maravilloso..

— ¿Te planteas una reinterpretación italo-japonesa del esmorzaret? 
No lo sé. El desayuno japonés es muy japonés: sopa, verduras casi sin sal… No sé si pegaría mucho aquí.

— ¿Con qué te gustaría que la gente recordase HAKU? 
Como un restaurante un poco diferente. No es un japonés tradicional y no hacemos las cosas que puedes encontrar en cualquier japonés.

— A quien te dice “yo no como crudo”, ¿qué le respondes? 
Muchas veces es por tradición. Antes no se podía comer pescado crudo. Y luego también es entender el producto. La cocina japonesa es mucho de producto. La italiana a veces “ayuda” un poco más con salsas. Y algo que me sorprendió de España es que la cocina española se parece más a la japonesa: el producto es el protagonista. Si el producto es bueno, no tengo que hacer mucho.

— ¿Qué hay en tu nevera cuando llegas a casa y no te apetece cocinar? 
Mi nevera es muy triste. Latas y cervezas, poco más (risas)

— Cuando no estás en el restaurante, ¿cómo desconectas? 
En el gimnasio. Es mi mejor forma de mantenerme en forma.

— Si no existiera HAKU, ¿qué abrirías? 
Creo que podría abrir un restaurante italiano. Ahora HAKU es más japonés que italiano y podría darle la vuelta.

— Dime un recuerdo de infancia alrededor de la comida. 
La mortadela, sin duda. Es el producto que más me lleva a cuando era un niño.

— ¿Y a quién te gustaría invitar a HAKU?
Lo más divertido sería tener a Gordon Ramsay aquí dentro.

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Javier de las Muelas – Dry Martini

Javier de las Muelas: “Quentin Tarantino me confesó que Dry Martini era el bar que más le había gustado en su vida”

 

Este año se cumplen treinta años desde que tomó las riendas de Dry Martini  y Javier de las Muelas sigue hablando de coctelería como quien habla de cultura: con oficio, con memoria y con una idea fija sobre la barra como lugar de encuentro. Más que la obsesión por la marca, el destilado o la técnica de laboratorio, le interesa lo que pasa delante: el cliente, la liturgia, el ambiente, la conversación.

Pionero en abrir la coctelería a una generación que no se veía reflejada en los códigos de hotel clásico, defiende una modernidad que no necesita artificios: lo clásico bien hecho. En esta charla, mientras compartimos un cóctel a media tarde, recorre el camino, desde sus inicios a finales de los 70 a la consolidación de Dry Martini como un referente. Habla de recetas, de proyectos y recorre la historia del local a través de algunos de sus invitados más ilustres. 

Treinta años desde que te hiciste con Dry Martini. Si echas la vista atrás, ¿cómo ha evolucionado en estas tres décadas?

Lo importante no es tanto Dry Martini, sino cómo me inicio yo en el mundo del bar, en la cultura del bar. La gente me reconoce por Dry Martini, pero si hice algo especialmente particular, algo que cambiara las reglas del juego, fue antes, con mi primer bar: ahí pusimos a gente joven detrás de la barra, en chaquetilla blanca, haciendo cócteles en un momento en el que eso no existía fuera de hoteles de lujo.

¿Eso fue a finales de los 70 en Barcelona?

Sí. Yo entonces estaba en Medicina y alternaba muchas cosas: vendía cómics del mundo underground, trabajaba en conciertos de rock… y me apasioné por el mundo del cóctel. En aquella época, un bar de cócteles era cosa de hombres, y entraba muy poca gente joven y pocas mujeres. Había que cambiar eso.

¿Crees que, sin pretenderlo, rejuvenecisteis la coctelería?

En ese momento intuías que era rompedor, pero no lo ves de verdad hasta que pasa el tiempo. Luego llega la compra de Dry Martini, que ya era una marca con prestigio, y eso le da otra singularidad.

En los últimos años la coctelería se ha hecho masiva. ¿Qué te interesa y qué te preocupa de esa popularidad?

Me interesa que hoy el cóctel se disfrute también fuera de coctelerías especializadas: en restaurantes, en bares, en lo cotidiano. Lo que me preocupa es que no se pierda el oficio. El oficio es entender que los importantes están al otro lado de la barra.

Barcelona lleva años en el mapa mundial de la coctelería. ¿Por qué aquí?

Por una suma de cosas: ciudad abierta, cómoda, con cultura, con mar… y también por gente que ha venido de fuera, especialmente italianos, que se han instalado. Barcelona acoge, en general. Todo eso se traslada a la escena.

Si tuvieras que definir Dry Martini para alguien que no ha pisado el bar nunca, ¿qué le dirías en una frase?

Cuando descubrí la coctelería por primera vez, en Boadas, pensé: “Esto es una catedral”, porque para mí los bares son iglesias. Y cuando entré aquí por primera vez dije: “Esto no es una catedral: esto es el Vaticano”. Para mí, eso explica mucho.

Hablas del bar como concepto, casi como institución. ¿Qué te fascina de esa idea?

El bar es algo muy español: punto de reunión, lugar de vida. La importancia de una cafetería de pueblo o un bar de barrio es sociológica. La gente no solo viene a tomar algo; viene a encontrarse, a interesarse por quién trabaja ahí, a sentirse parte de algo.

¿Qué tipo de público convive en Dry Martini hoy?

Hay mezcla. Aproximadamente un 40-45% es clientela extranjera, según temporada. Y hay un elemento clave: es un local con alma. La gente busca alma, y hoy cuesta más encontrarla. Aquí hay autenticidad.

¿Cómo se construye esa autenticidad sin convertirla en decorado?

Con historia real. Las marcas de uso, las pequeñas cicatrices del sitio, la barra vivida. Muchos bares adoptan una estética muy de diseño, muy de interiorismo, pero se quedan sin espíritu. Un bar necesita oficio, y el oficio se nota.

El dry martini como cóctel se ha convertido en icono. ¿Dónde está su éxito?

En la humildad y en la sencillez. Evoca literatura, cine… es el rey de los cócteles. Y esa simbología se ha ido haciendo grande con el tiempo.

¿La ginebra sigue mandando en el mundo de la coctelería

En nuestro caso sí. Lo hacemos más con ginebra que con vodka, como en países anglosajones. Pero en coctelería también son básicos el ron, el brandy… El brandy, por ejemplo, es un ingrediente de gran valor. Nosotros trabajamos proyectos con brandy, con tequila… al final hay un universo enorme.

¿Cuál es el mayor malentendido sobre lo que hace un bartender?

Olvidar que esto va del cliente. Saber callar, saber escuchar, situarte. Si entiendes el oficio, entiendes a las personas: las barras cuentan mucho de quien se sienta en ellas.

¿Se bebe mejor ahora que antes?

La gente viene más informada, sí. Pero otra vez: no me obsesiona que una ginebra tenga cien destilaciones; probablemente le sobran noventa y nueve. Lo importante es la liturgia: como en una iglesia, importa cómo se oficia, no solo el “vino” que uses.

¿Te interesa la coctelería espectáculo, la que busca la foto?

Es otra vertiente, no la juzgo, pero no es la mía. Para mí el bar no es un escaparate. Aquí hay clientes que vienen a diario: gente que viene sola, a leer la prensa, a trabajar, a pensar. Un bar también es un lugar de recogimiento.

¿Eres bebedor?

No, no suelo ser bebedor. No soy de ir obsesionado por probarlo todo. Me gustan los clásicos: el dry martini, el pisco sour, el negroni… y el momento lo es todo: no es lo mismo estar solo que acompañado, viajar que estar en tu ciudad.

Si tuvieras que elegir un negroni perfecto, ¿dónde lo tomarías?

Me imagino en una terraza, en Barcelona, en Madrid o en Roma, con un vaso frío, el color, la luz… y música. El negroni tiene algo mágico.

¿Tú tienes redes sociales?

A nivel de empresa sí, pero yo personalmente no. Y tampoco es algo que me preocupe.

¿Quién te gustaría tener sentado en tu barra?

Tengo varios nombres. A Sharon Stone, por ejemplo, porque le creé un cóctel hace años, y me parece una mujer con valores. Madonna también tuvo durante mucho tiempo un predicamento especial para mí. Y como iconos, Rita Hayworth o Marilyn Monroe.

¿Algún famoso que haya pasado por aquí y del que guardes un buen recuerdo?

Hemos tenido a Quentin Tarantino. Y dijo que era el bar que más le había gustado en su vida. Y tuve además la oportunidad de enseñarle a mover la coctelera a Bryan Ferry cuando presentó el disco Avalon.

En Dry Martini también hay gastronomía. ¿Cómo se integra en un bar como este?

La coctelería ya es gastronomía. Y además fuimos pioneros en maridajes: tenemos menús de cóctel y plato. Eso exige trabajarlo mucho: el cóctel tiene que conversar con el plato, no imponerse.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Nacho Ventosa – Restaurante Los 33

Nacho Ventosa, de Los 33: “No hay mejor espectáculo visual que un buen fuego”

 

Los 33, que en mayo cumple 4 años, se ha convertido en uno de esos sitios imprescindibles que obliga a hacer las cosas con la cabeza bien amueblada. Nacho Ventosa lo explica de forma natural: el éxito no estaba en el guión, y la única manera de que funcione y se mantenga es trabajar como si aún estuvieran empezando. Esa es la fórmula. 

Detrás del proyecto están Nacho y Sara, socios y pareja, con un intenso aprendizaje previo: Sara creció literalmente entre barras -su familia está detrás de El Viajero-, y juntos levantaron durante años un concepto que ha acabado dándoles oficio. En Los 33, la parrilla nace de un viaje a Uruguay, pero aterriza en Madrid con una idea clara: quitar solemnidad, acercar el fuego al público. Y esa lista de espera interminable (de las mayores de España) parece que les ha dado la razón. Pero ellos siguen con los pies muy en la tierra. 

¿Qué decisión concreta dirías que cambió el destino de Los 33 desde el día uno?

Ojalá supiera decirte “la” receta, pero no la sé. Sería muy pretencioso. Lo que sí te puedo decir es que somos muy obsesivos con el detalle y con el negocio, y cada día entramos con la idea de que todavía tenemos muchísimo margen de mejora.

Firmas Los 33 junto a Sara. ¿Fue vuestro primer proyecto juntos?

No. Sara viene de una familia de hostelería: su familia montó El Viajero en La Latina y ella creció entre cañas, barras y barriles. Cuando nos conocimos, los dos éramos muy workaholics y emprendedores. Al poco de empezar, montamos un proyecto efímero que duró unos seis años y que mutó en Manzana Mahou, en el Palacio de Santa Bárbara. Eso nos dio mucho know-how: durante seis años, en la práctica, abres y creces un restaurante.

¿Qué os aportó también gestionar un sitio ya mítico como El Viajero?

Mucho callo. Hace años nos quedamos con El Viajero y lo reformamos y actualizamos porque, después de más de dos décadas de trote, estaba muy castigado. Reflotar algo y devolverlo a la vida es incluso más duro que arrancar de cero: aprendes a tomar decisiones con más perspectiva.

Cuando alguien escucha “asador”, imagina una cosa muy concreta. Pero Los 33 es otra cosa…

Nosotros quisimos ir un poco en contra: descontextualizar la parrilla y quitarle solemnidad. Aquí, en España, la parrilla suele ser algo muy serio, muy “importante”, con grandes piezas y una liturgia muy marcada. Y nosotros queríamos hacerlo más cercano.

Hay una pasión general por el fuego. ¿Por qué crees que conecta tanto ahora?

Porque no hay mejor espectáculo visual que un buen fuego: una chimenea o una brasa ya son un show en sí mismos, por la luz y por lo que generan. Y también porque hay una vuelta al origen: al producto, a tocar lo menos posible, a la esencia. En nuestro caso, además, cocinamos con leña; es distinto a la brasa tradicional de carbón.

La lista de espera es un arma de doble filo. ¿Cómo se gestiona sin convertirla en un trofeo ni en una frustración?

Todos abrimos preparados para el fracaso y nunca para el éxito. La lista de espera nos la hemos encontrado y la hemos ido gestionando como hemos podido. Con mucha verdad: agradeciendo a quien llama y quiere venir a nuestra casa, intentando ser justos y sin hacer preferencias.

¿Cuál es el error más típico de los restaurantes que se ponen en boca de todos… y que vosotros queréis evitar?

Creértelo. Ese es el mayor error. Yo vengo del mundo de la música y sé que estas cosas pueden ser temporales. Hay que disfrutarlas, sí, pero lo que haga que dure más o menos depende de lo bien que lo hagas cada día.

¿Cómo os repartís roles tú y Sara en el día a día?

Nosotros somos empresarios y tenemos equipo. Hay unas 70 personas y un jefe de cocina, Rolando, que es una parte clave del proyecto. Nosotros coordinamos: yo estoy más en sala y en el día a día; Sara también está muy encima, aunque de forma distinta.

¿Tenéis una regla para no hablar del restaurante en casa… o eso es ciencia ficción?

No, la verdad. Además, ahora tenemos hijos y, cuando llegas a casa, te ocupan muchísimo y te sacan del trabajo. Pero, aunque lo hemos intentado, a veces en la cama sale un tema y acabas hablando de lo que está pasando.

El restaurante cumple cuatro años. Si miras atrás: ¿imaginabais estar así?

Cumplimos cuatro años en mayo. Encontramos el local en febrero de 2020, en plena pandemia. La obra y la preparación del concepto fueron lentas; nos lo tomamos con tiempo. En realidad, no estás preparado para esto: estás preparado para abrir un local e intentar no cerrarlo en los primeros años.

Si el local está a reventar: ¿qué detalle de la experiencia es intocable?

El concepto inicial. Tienes que adaptar el negocio a lo que te marcan los clientes, el personal, el momento, la época, el barrio… pero sin olvidar el concepto. Eso es lo que te hace creíble y lo que te da un sello.

¿Qué es más difícil: crear ambiente o sostenerlo todos los días?

Sostenerlo. Estar ahí todos los días para que no baje el ecosistema que se crea alrededor del fuego y de Los 33. La clave es intentar hacerlo mejor cada día: si funcionó ayer, que salga mejor mañana.

Si tuvieras que elegir un plato que defina Los 33…

El concepto nació en Uruguay, viendo cómo cocinaban un mixto de parrilla. Queríamos que esa idea estuviera en la carta porque define lo que queríamos ser. Los 33 es un restaurante que abre todo el día, es cercano, y busca que te sientas en casa. En ese sentido, el bikini también cuenta mucho de nosotros.

Cuando Sara y tú salís a comer, ¿qué os apetece de verdad?

Depende del momento. A veces sales a celebrar y te apetece probar o disfrutar de un restaurante. Pero muchas veces lo que más nos apetece es estar en casa, con comida sencilla: unos macarrones y poco más.

Entonces, ¿qué suele haber en vuestra nevera?

Yo intento no cenar, y Sara igual. Como aquí o fuera para ver qué se cuece por Madrid. En casa hay yogures, lo que comen los niños, pollo, sopa, caldo… básicamente comida de niños.

¿Cómo os lleváis con las redes sociales?

Fantástico, porque prácticamente no las practicamos. Tenemos un Instagram con muchos seguidores y no publicamos post  Solo subimos stories. Parte de nuestro ADN es que el restaurante se vea a través de los ojos de la gente: preferimos eso a una foto “perfecta” hecha por un fotógrafo.

¿Te molesta que la gente fotografíe platos o esté pendiente del móvil?

A mí no me incomoda nada. Mientras sea respetuoso con los demás, cada uno está en su mesa y en libertad de disfrutar como quiera.

Vienes de la música. ¿Qué te dio ese mundo que hoy te sirve en hostelería?

La obsesión por los detalles, sobre todo por los que no se ven. Y la multinacional musical me enseñó la importancia del back office: a corto plazo parece lo menos rentable y lo más difícil de justificar, pero a medio plazo es lo que más te hace ganar.

Si Los 33 fuese un sello discográfico, ¿qué sonaría?

Sería un sello con gusto analógico. Tenemos una colección grande de vinilos y un equipo de sonido de estudio de los años 70. Todas las noches hay un DJ. No ponemos modas actuales: tiramos a clásicos, a música de los 60, 70, 80… y el sonido evoluciona según avanza el día, igual que evoluciona el ambiente.

¿A qué celebrity te gustaría ver cenando aquí?

No tengo ni idea, de verdad. Intentamos ser muy respetuosos con quien viene. Para nosotros, cualquiera que entra por la puerta es una celebrity: tratamos a todo el mundo con el mismo cuidado.

Mirando a futuro: ¿qué te gustaría que dijeran de Los 33 dentro de cinco o diez años?

Que sigue siendo un sitio al que la gente quiere ir. Que sigue teniendo vida.

¿Tenéis algún otro proyecto gastronómico en marcha?

Estamos con otro proyecto ligado al mundo del pescado.

¿Cómo ves el momento actual de la gastronomía de Madrid?

Madrid está en un nivel altísimo, de ciudades top de Europa. Con lo bueno y lo malo: para el cliente es una maravilla, pero hay tantas aperturas semanales que es difícil que la ciudad lo absorba todo. Aun así, el momento es muy potente.

 

Texto: David Ruiz

Foto: cedida

Xavier Pellicer – Restaurante Xavier Pellicer

Xavier Pellicer: “Si tras ocho platos no te sientes pesado es que hemos hecho bien los deberes”

 

Está al frente de uno de los restaurantes de comida saludable más famosos de España, ubicado en el Eixample barcelonés. Su propuesta es una cocina sin artificio y un menú que busca algo concreto: que salgas feliz de la mesa… y que tu cuerpo no te pase factura después. 

Entre etiquetas gastadas, redes que exigen presencia constante y un sector que también necesita sostenibilidad económica, el chef catalán, cuyo restaurante fue elegido en 2018 mejor restaurante de verduras del mundo, defiende un modelo sencillo: el de comer bien y sentirse mejor. Y no solo con verduras y hortalizas. En su propuesta caben carnes y pescados, pero todo en una armonía perfecta para cuerpo y mente. 

 

– Hace poco recibiste el premio Barcelona Restauración por la sostenibilidad y cocina saludable. ¿Qué representa para ti? 
Los reconocimientos suelen llegar un poco tarde. Pero este confirma que lo que empezamos a proponer hace diez años, hoy empieza a tener luz. Con constancia e insistencia en una filosofía de trabajo, la gente se da cuenta.

– Cuando un comensal dice “me siento ligero, pero he comido increíble”, ¿qué te provoca? 
Que se cierra el círculo. Nuestro dogma es el placer de la ingestión y el bienestar de la digestión. Si después de un menú de siete u ocho platos no te sientes pesado, es que hemos hecho bien los deberes al componerlo.

– Comer ligero no es solo verduras. ¿Cómo integras proteínas, carnes o pescados sin perder esa ligereza? 
Seguimos creciendo, pero la base es la misma: nutrición ayurveda, medicina india, y equilibrio. Menús sin gluten, sin lactosa prácticamente, y si aparece en el menú omnívoro o vegetariano es en proporciones que no inflaman. Miramos mucho el balance entre proteína y vegetal y calculamos carbohidratos. Usamos mucho kuzu, que rectifica el intestino y además nos ayuda a ligar salsas sin mantequillas, cremas o leche. Eso hace la cocina más ligera y, a la vez, más fiel al sabor natural del producto.

– “Healthy” es una etiqueta omnipresente. ¿Qué te gusta y qué te molesta de esa palabra? 
Hace diez años igual no me molestaba porque casi nadie la usaba. Hoy, como pasa con “sostenible”, hay un punto en el que la etiqueta no refleja el esfuerzo real. “Healthy” en inglés se usó para llegar a más público, pero a veces ya parece esnobismo. Prefiero hablar de cocina saludable, equilibrada.

– Si tuvieras que elegir un plato que te represente, ¿cuál sería? 
Es difícil reducirlo a uno, pero la patata y judía es muy representativa. También la zanahoria. Esa patata con judía conecta con la cocina doméstica. Y cuando alguien te dice “me has llevado a mi abuela, a mi madre, a la cocina pelando patatas”… eso emociona.

– Sigues obsesionado con el aprovechamiento, pero sin la “bronca”. ¿Cómo lo vives hoy? 
Aprovechar al máximo es la forma. Cuando tienes un vegetal vivo, todas sus partes son comestibles y hay que saber darles uso. Es un trabajo interior y profesional: entender el vegetal, la carne o el pescado como un todo, no buscar solo la parte “bonita”.

– ¿Has descubierto algún vegetal nuevo que te haya sorprendido últimamente? 
Más que “exótico”, me sorprenden cosas que llegan del trabajo de agricultores del territorio. Ahora, por ejemplo, la fioreta, la flor de la coliflor. Y una “lengua de buey”, una lechuga nueva que hemos probado este año y es extraordinaria. 

– ¿Te preocupa el giro hacia cultivos más rentables económicamente? 
Me preocupa el enfoque exclusivo en la rentabilidad. Es necesario, claro, pero a veces dejamos cultivos tradicionales para ir a formatos más transgénicos, híbridos o hidropónicos. Yo intento evitarlos no por rechazo, sino por filosofía: me interesa arropar el sector primario más básico, estar cerca, trabajar también desde una mirada más holística, de energías. 

– Es época de trufas y la incluyes en tu oferta. ¿Qué buscas en ella? 
Cuando era jefe de partida en París, en el 92, en temporada de trufa llegaban cantidades enormes y yo tenía que seleccionarlas una a una: por tamaño, por punto, por uso. Ahí aprendí a entender qué trufa me gusta: la que tiene un gusto más lleno, que recuerda al whisky, al coñac viejo, a armario de madera antigua… esos aromas son los que busco.

– Fuiste presidente del jurado europeo de los Young Chef Awards. ¿Qué le exiges hoy a un joven cocinero para creer en él? 
En el debate del jurado dimos prioridad a que transmitiera su origen en el plato. Nos pesó mucho que se note de dónde viene. También el equilibrio, la sensatez, la delicadeza y la técnica bien elaborada. La juventud sube con ambición, con ganas de demostrar que en su lugar se hacen cosas distintas.

– Se dice que la gastronomía española vive un gran momento. ¿Dónde ves la grieta? 
A nivel económico hay una desaceleración clara del consumo en alta gastronomía. Solo hay que mirar cierres y traspasos. La calidad de la oferta es extraordinaria y la cocina de identidad y territorio sigue muy latente, pero la sostenibilidad empieza por la económica. No creo en ningún negocio que no tenga sostenibilidad económica desde el inicio. Si no, estás muerto: cierras y te replanteas otras cosas.

–  Si pudieras inventar un producto de la historia, ¿cuál sería? 
La mayonesa me parece un gran invento. Con un huevo y aceite… es espectacular.

 ¿Tu cena en modo piloto automático? 
No ceno tarde. Eso me lo quité hace tiempo. Ceno a las siete y media. 

– Más allá de comer saludable, ¿qué le falta a la vida de una persona para estar bien? 
No comer y acostarte con la barriga llena haciendo digestión. Para descansar es lo peor. El gran mal del cocinero es llegar por la noche con hambre, comer y dormir así.

– Confiesa: ¿qué “capricho” te da vergüenza admitir? 
Patatas chips. Pero intento elegir opciones con mejor aceite y sin glutamato.

Un plato que te lleve directo a la infancia
El couscous, un asado de ternera lechal, la patata con judía… y ese olor del agua hirviendo con la judía tierna. Lo tengo muy presente.

– ¿Qué relación mantienes con las redes sociales? 
Tengo un Instagram que apenas uso y el del restaurante que se mueve más, pero tengo que mejorar la comunicación. Meter el móvil mientras preparo unas alcachofas, me cuesta. 

– Si pudieras cocinar para una celebridad, ¿Quién sería? 
Nos apetecía mucho que se acercara Chris Martin de Coldplay… y ¡vino! Y nos invitó luego a todos: 20 entradas para el concierto. También me parecería interesante alguien como Hansi Flick, el entrenador del Barça. Pero han venido muchos actores, músicos, deportistas… al final son gente normal. Cuando vino Richard Gere flipamos, porque lo ves como lejísimo, pero luego es normal.

– ¿Qué opinas de fotografiar los platos? 
Si se enfría el plato, prevalece el plato sobre la foto. A mí no me molesta, pero creo que quien hace la foto debería tener criterio: si te pierdes la realidad del plato por buscar la luz perfecta, el problema es ese. Yo he dejado de fotografiar platos.

Un objetivo para 2026 
Seguir con lo que estamos haciendo. Nunca se sabe: siempre hay cosas que apetece transformar. Mis ciclos vitales se mueven en septenios y decenios: siete años aquí, diez desde el otro proyecto. Estamos bien, el proyecto se consolida, la gente sale contenta. 

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Manu Lachica y Rita Llanes- Restaurante Leartá

Manu y Rita, copropietarios de Leartá: “No nos representa el caviar; somos más de altramuces”.


Un restaurante de sólo cinco mesas y una visión libre que ha convertido a Manu y Rita en uno de los Rookies del año para la guía Macarfi. Bienvenidos a su pequeño refugio creativo en el corazón de Sevilla.

 

Leartá no es un restaurante: es una casa pequeña, luminosa y hecha a mano, donde Manu, sevillano y Rita, catalana, trabajan como quien afina un oficio antiguo. Forja, cerámica, madera… En este acogedor local del centro de Sevilla, todo tiene una historia, una huella y un gesto artesano. Incluso su cocina cercana invita a convivir con ellos como en aquellas comidas familiares en las que el cocinero apenas se separaba de la mesa.

Su propuesta nace de una idea sencilla: cocinar con libertad. No siguen dogmas, ni recrean recetas tradicionales al pie de la letra, ni persiguen técnicas por obligación. Lo suyo es traducir momentos. El verano puede ser un melocotón en la playa; un aperitivo sevillano, un juego entre altramuz y aceituna; una regañá, un universo entero de texturas. Y todo desde un espíritu honesto, ligero, que se aleja de lo pretencioso y se reivindica en lo cotidiano.

Quizá por eso Leartá emociona. Por su tamaño casi doméstico, por su pulso andaluz sin artificio, por la manera en que dignifica esos productos que nunca se consideraron “nobles” y que aquí brillan con carácter. Y también por la serenidad con la que Manu y Rita miran hacia adelante: sin prisas, sin ruido y sin más ambición que seguir construyendo un espacio donde lo pequeño es, sencillamente, lo esencial. Esta entrevista lo confirma. 

¿Qué parte de la cocina de vuestra infancia os ha marcado más?
Rita: En mi casa no se guisaba demasiado. No había esa cultura de la plancha, el sofrito y el pim pam pum diario.
Manu: En la mía, justo lo contrario. Mi familia cocinaba muchísimo, sobre todo cuando nos juntábamos todos: migas, calderetas, guisos… Siempre alrededor de una olla. Eso sí, nunca viví de cerca el ambiente profesional de una cocina. Eso llegó después, ya estudiando Ingeniería, cuando me di cuenta de que mi afición estaba en otro sitio.

¿Cómo definiríais la filosofía de Leartá?
Un lugar de encuentro entre oficios, con un arraigo andaluz muy marcado.

Si alguien llega por primera vez, ¿con qué se va a encontrar?
Es un restaurante muy andaluz porque está construido desde los oficios tradicionales: los azulejos son sevillanos, las mesas están hechas a mano por un herrero, un marmolista, un carpintero… Todo tiene un origen artesano. Queríamos que lo de siempre siguiera vivo, pero con otra estética. Y al ser un espacio muy pequeño —solo cinco mesas— la experiencia se vuelve más íntima.

¿Qué aporta trabajar con un formato tan reducido?
Al principio, honestamente, miedo. Queríamos montar algo asumible, controlar costes y empezar poco a poco. Pero después nos enamoramos del formato. Nos permite estar cerca del comensal, cocinar en una cocina vista que genera una sensación de casa. El cocinero está ahí mismo, compartiendo un botellín mientras cocina. Buscamos esa cercanía familiar, aunque la cocina tenga un enfoque más gastronómico.

¿Os guiais por la técnica, por la emoción o por otra cosa al diseñar platos?
Por la libertad. Pensamos en la época del año, en lo que nos evoca. En verano, por ejemplo, un melocotón comido en la playa. A partir de ahí vemos cómo transmitir ese recuerdo: a veces la técnica manda y otras no tanto, pero la base es siempre la emoción. También trabajamos desde el producto: elegimos uno y lo llevamos al límite hasta que aparece la idea. Intentamos no imponer reglas.

La puesta en escena, desde la vajilla a la artesanía, o el ritmo de sala, es muy importante en vuestra propuesta.
Para nosotros todo tiene que estar conectado. La artesanía, la sala, el ritmo, la vajilla… Todo forma parte del mismo relato. No vemos el restaurante como cocina por un lado y sala por otro, sino como un conjunto en equilibrio.

En un escenario tan cambiante, ¿dónde imagináis Leartá dentro de unos años?
Aquí mismo. No miramos tanto hacia fuera, sino hacia dentro: pensar, darle vueltas a lo que hacemos, construir desde nuestro ritmo. Como cuando alguien vive en un pueblo y, sin moverse, sigue creando cosas. Nos sentimos cada vez más libres, y lo que ocurra alrededor nos afectará lo justo para adaptarnos.

¿Hay algún producto que sea indispensable en vuestra cocina?
El aceite de oliva, claro. Pero sobre todo trabajamos con productos considerados “no nobles”: garbanzos, altramuces, lentejas, ajos… No nos representa el caviar, por ejemplo. Nos divierte más darle una vuelta a lo que comemos todos los días. Nuestro aperitivo de altramuces y aceitunas es un buen ejemplo: algo muy de bar llevado a nuestra manera.

¿Cuándo surgen las mejores ideas?
Cuando no estamos trabajando. Nos gusta mucho hacer rutas de senderismo y ahí hablamos de todo; también en un bar o en casa. El espacio de descanso es clave.

¿Algún restaurante al que tengáis muchas ganas de ir?
Puente del Gato, y también Odisea, aunque todavía no hemos ido. Nos interesan mucho los proyectos nuevos: el otro día vino una pareja de El Tuc, un restaurante recién abierto en un pueblecito del Pirineo. Hacen cocina local y sencilla, y eso nos encanta.

¿Qué opináis de la gente que hace fotos a los platos?
No nos molesta salvo cuando tardan tanto que se enfría el plato. Pero si esa persona es más feliz con la foto que comiéndolo caliente, adelante. La gente viene a disfrutar, y cada uno disfruta como quiere.

¿Qué tendencias gastronómicas os han llamado la atención últimamente?
La fuerza que está tomando la cocina andaluza desde el producto local y las salsas propias. Los proyectos de Bagá, Ángel León, Tosca o Pedrito del Alcalá han marcado un camino creativo muy potente.

¿Con quién os gustaría hacer un cuatro manos?
Con amigos. Nos sentimos más cómodos en círculos pequeños. Tenemos pendiente algo con unos amigos de Zarautz que han abierto Masta, una taberna de cocina vasca con guisos y fondos espectaculares. Más que un cuatro manos, sería un evento divertido, distinto.

Si pudierais invitar a una celebrity, ¿a quién sería y qué le serviríais?
La verdad, no pensamos en celebrities. Nos hace más ilusión que vengan personas a las que queremos: familia, amigos, compañeros de profesión. Admiramos a quien conocemos, no tanto a quien está lejos.

¿Qué hay en la nevera de dos cocineros cuando llegan a casa?
Muy poca cosa. Últimamente siempre tenemos un lomo blanco espectacular que hace Gabriel Castaño. Sirve para todo: desayuno, merienda o cena.

¿Algún secreto inconfesable?
Manu: Soy fanático de las papas fritas. A veces elijo un sitio solo por eso. Si las papas son buenas, para mí ya está todo dicho.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Las barras de Sevilla

Las barras de Sevilla

 

Repite con nosotros: “Las barras en Sevilla son pura maravilla”. Y prueba de esta afirmación son esta selección de barras, clásicas y modernas, donde el tapeo es arte.

 

La Barra de Cañabota: Un bar, una taberna, una marisquería…de la mano de Juanlu Fernández. 

Ambiente de una barra clásica sevillana y un producto de primera.

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Jaylu: En el popular barrio de Triana. Un local con encanto que destaca por la calidad y frescura de sus productos, así como por mantener una clientela fiel. Un must sevillano.

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Baltazares: En Dos Hermanas. Espectacular local con decoración moderna y llamativa con mesas altas y bajas para tapear, zona de bar y coctelería. Un lugar diferente en el que el buen ambiente está asegurado.

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La Isla: Desde 1946 una referencia para comer pescados y mariscos. La vitrina que da a la calle es un emblema.  Ojo, con su ensaladilla de gambas, una de las mejores de la ciudad.

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Mariatrifulca: Situado en el emblemático puente de Triana con vistas inmejorables. Cocina moderna que no olvida sus raíces, en la que destaca su excelente selección de pescados y mariscos.

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Caladero: Taberna marinera junto a la estación de Santa Justa donde los protagonistas son el pescado y el marisco fresco. Excelente ensaladilla y frituras de pescado.

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Bodeguita Antonio Romero: Un clásico del centro histórico de Sevilla. Tapas y platos típicos andaluces. El montadito estrella en la barra es el Piripi. Siempre a rebosar de clientela fiel.

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Casa Rafel: Este pequeño y discreto local apuesta por una cocina honesta centrada en el producto. Una dirección fiable y consolidada.

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Besana Tapas: Un lugar para dejarse cautivar por los sabores y su atractiva carta de tapas en la que destacan clásicos como las patatas bravas en forma de gofre o  la ensaladilla con gambas cristal.

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Octubre 2025 – Por Equipo Macarfi

Julius Bienert – Restaurante Bacai

Julius Bienert: “En la cocina soy mucho más pirómano que cirujano”

 

Con más de 25 años entre fogones y una trayectoria que ha pasado por Canal Cocina, Julius Bienert es de esos chefs que combinan oficio, instinto y una buena dosis de humor. En su restaurante Bacai, abierto hace poco más de un año en el barrio de Malilla (Valencia), defiende una cocina veraz, sincera y centrada en el producto. Elegido uno de los Rookies de 2025 por la Guía Macarfi, acaba de abrir Jardines, su nuevo proyecto. Charlamos con él sobre tecnología, errores convertidos en éxitos, el poder del tiempo y su amor incondicional por las hamburguesas.

 

¿Qué plato te puso en el mapa o cambió tu manera de cocinar?
Si tengo que elegir uno, me quedo con un plato tradicional de carrilleras al vino tinto que hago con mucho cariño y que llevo haciendo 25 años, jugando un poquito con ellas. 

¿Qué tres adjetivos definen la cocina de Bacai sin usar las palabras “creativo”, “local” y “honesto”?
(risas) Honesto lo cambiaría por “veraz”. Una cocina donde el protagonista es el producto, no el cocinero. Elaboraciones sencillas, muy veraces, donde todo parte del producto y su verdad.

Hablas de inteligencia artificial para conocer al comensal antes de que llegue. ¿Hasta qué punto la tecnología está al servicio del sabor o del recuerdo?
Hoy es necesaria. Cualquier chef puede meterse en un ChatGPT y pedirle ayuda para elaborar una receta. Pero yo soy bastante analógico, me cuesta usar la tecnología a mi favor. Poco a poco la voy introduciendo, sobre todo para conectar con mensajes de todas partes del mundo. 

Bacai está en el barrio de Malilla, fuera del circuito gastronómico tradicional. ¿Qué ventajas o retos tiene eso?
Creemos que en poco tiempo será un barrio residencial en auge. Está cerca del hospital de la Fe y otras zonas que tradicionalmente han quedado fuera del circuito habitual, pero con mucho potencial. Será un barrio de futuro crecimiento en Valencia.

¿En la cocina eres más cirujano o pirómano?
[Ríe] Soy mucho más pirómano. 

¿Qué ingrediente te ha cambiado la vida o al menos un servicio?
El tiempo. Para mí es fundamental: el guiso largo, la baja temperatura o incluso la olla exprés, que aunque sea rápida, tiene su tiempo y su rollo. Es un ingrediente fundamental.

¿A qué hora del día se te ocurren las mejores ideas?
A las seis de la mañana, cuando estoy abriendo los ojos. Pienso: “¿qué voy a hacer hoy?”. Soy muy de emociones. Si me apetecen unas lentejas, me las hago, pero no unas normales: unas lentejitas con algún producto de caza, alguna seta… Me gusta mucho cocinar por temporada. El otoño me flipa: esos olores a monte, a tierra mojada…

¿Qué piensas cuando alguien hace fotos de tus platos durante varios minutos?
Soy imparcial. Cada uno es libre. Pero hay fotos que no son fieles al alma del plato. Es como decían los indios americanos, que al fotografiarles les robaban el alma. Yo no soy nada talibán con eso.

¿Qué parte del proceso creativo disfrutas más y cuál te agota?
Me agotan los números, los escandallos, los costes. Me funden el cerebro. Los sigo haciendo en papel, sumando y restando de cabeza. Lo que disfruto es el momento de crear por la mañana y luego probarlo con el equipo. Ahí vemos qué tiene de realidad y qué de fantasía. Muchos platos se quedan en el camino, otros salen y son maravillosos.

¿Algún fracaso culinario que luego convertiste en éxito?
Sí, los huevos poché. Estuvieron de moda hace años y desaparecieron. Yo los he recuperado en Bacai y en Jardines. Son un plato sencillo, económico y delicioso: con patatas paja, trufa, setas o jamón. A la gente le encanta.

¿Qué tendencia gastronómica te divierte o te llama la atención últimamente?
Estoy descubriendo los picantes y la cocina latinoamericana. Mi jefe de cocina, Sebastián, me está enseñando mucho sobre la colombiana. Más allá de las arepas, hay platos estupendos como el sancocho. Esa cocina indígena me parece una maravilla. 

Tú fuiste presentador en Canal Cocina. ¿Cómo fue ese paso del chef televisivo al del restaurante?
Me gusta estar con el cliente. Me flipa cuando alguien llega al restaurante y dice: “¡Pero estás aquí y trabajando!”. No solo cocino: sirvo platos, friego, pelo patatas… No se me caen los anillos. La gente ve que soy una persona normal, real, no un muñeco de pantalla. Eso me gusta.

¿Qué te enseñó la tele que sigues aplicando o evitas en Bacai?
A no hacer experimentos sin probarlos antes. Siempre les digo a los chicos: “Hazlo, pruébalo y demuéstrame que se puede hacer”. A veces una idea es buena, pero luego no es viable con 50 personas en el servicio. La tele me enseñó a preparar, repetir y explicar bien los procesos.

¿Qué plato te gustaría haber inventado?
El hojaldre. Me parece maravilloso, aunque últimamente no lo uso tanto por lo complicado que es.

¿Con quién harías un cuatro manos?
Con Luis Irízar, aunque ya, lógicamente, no pueda ser. Y, con Ricard Camarena… me encanta su cocina y su discurso. Y si tiro por lo alto, ¿por qué no? con Gordon Ramsay.

Si mañana cerraras el restaurante, ¿qué harías al día siguiente?
Pasar más tiempo con mis hijos. Cocinaría mucho más para ellos. Soy padre de trillizos.

¿El mejor bocado de los últimos seis meses?
Unos percebes en Cedeira, el pueblo de mi madre. Brutales. Supuestamente ganaron el campeonato del mundo, y no me extraña.

¿Qué hay ahora mismo en la nevera de casa?
Aguacates. Muchos. A mis hijos les flipan, y a mí también.

Si pudieras invitar a una celebridad a tu restaurante, ¿a quién sería?
A Rafa Nadal o a Marc Márquez. De hecho, a los dos a la vez. Me gustaría conocerlos como personas, no solo como deportistas.

Un secreto inconfesable o aberración gastronómica que te permites de vez en cuando.
Las hamburguesas. Me encantan… eso sí, bien hechas, preparadas por mí con mucho cariño. 

 

ENTREVISTA: DAVID RUIZ

FOTOS: CEDIDAS

Restaurantes de caza en Madrid

15 restaurantes “de pelo y pluma” para celebrar la gastronomía cinegética en Madrid. 

 

Abierta la veda, comienzan a llegar a las mesas de la capital las primeras carnes salvajes. Los restaurantes que trabajan la temporalidad comienzan la búsqueda de las mejores piezas tanto nacionales como internacionales, mientras en sus cocinas se cultiva la paciencia entre ollas de cobre y de hierro fundido.

 

Es el momento de rendir homenaje a la tradición culinaria europea y seguir al dedillo las recetas legadas. Piezas nobles que merecen el mayor de los respetos, salsas oscuras y brillantes, aromas de sotobosque y humo a fuego lento. 

El equipo Macarfi ha seleccionado 15 restaurantes de Madrid para darte un festín de reyes, que reúnen rigor en sala, precisión en cocina y coherencia en bodega. 

 

Ancestral: Se acaba de mudar de Illescas a Madrid, en una finca de Pozuelo de Alarcón. Su chef Víctor Infante propone un menú degustación con sobresalientes platos de caza. Como el corzo a la brasa con cerezas encurtidas.                              

https://macarfi.com/es/mad/ficha-restaurante/ancestral

 

Beker 6: Te va a ser difícil elegir entre propuestas como: Coq au vin, Perdiz salvaje de Fuente Rey, asada rellena de castañas y sus higaditos, Coquelet de Bresse o Codorniz en camisa de barro.                                                                                   

https://macarfi.com/es/mad/ficha-restaurante/beker-6

 

La Buena Vida: en su carta de otoño puedes encontrar platos tan sugerentes como el arroz de liebre con trompeta de los muertos, grouse o pato azulón.                                                                                                                                                                             

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Chirón – Valdemoro: El chef Iván Muñoz apuesta por la gastronomía madrileña con toques manchegos ofreciendo alta cocina moderna y creativa. Inolvidables sus perdices a la toledana, liebre à la royale o Wellington de ciervo.                                          

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Horcher: Clásico y elegante, historia viva de la gastronomía nacional. En su carta el afortunado comensal siempre encontrará impecables platos de caza de tradición europea como el stroganoff de corzo, el ragout de ciervo o el pichón Bresse.               

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La Paloma: Cocina refinada de inspiración vasco-francesa y un clásico de Madrid para degustar platos de caza con una técnica impecable. 

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Lakasa: Buscan y encuentran las mejores piezas cinegéticas del mercado para servirlas en un menú temático de caza, previa reserva.   

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La Montería: Su nombre ya es toda una declaración de intenciones. No te pierdas el solomillo de venado, los escalopines de jabalí o la perdiz al curry.                                                                                                                                                                   

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Osa: Proyecto singular dirigido por los jóvenes y talentosos chefs Jorge Muñoz y Sara Peral. No hay carta, solo dos menús degustación que cambian por temporada y que incluyen embutidos, casquería, caza y pescados, muchos de ellos madurados, reposados o ahumados.

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Saddle: Cocina clásica de temporada y servicio impecable. Mítico, su pichón Mont Royal. La experiencia se completa con innumerables carros de pan, quesos y destilados de primer nivel.                                                                                                     

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Santerra: Miguel Carretero presenta una gastronomía de nivel con inspiración toledana. Carta y menús de temporada donde no faltan platos de caza como la rillete de perdiz escabechada, parfait de jabalí o el pato azulón a la royale.                   

https://macarfi.com/es/mad/ficha-restaurante/santerra

 

Taberna Verdejo: Juegan con la temporalidad de cada producto para aprovechar su máximo sabor y expresión. Tratan con maestría tanto la pluma como el pelo.                                                                                                                                                        

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La Tasquita de Enfrente: La búsqueda, casi obsesiva, del producto de temporada de Juanjo López la convierte en visita obligada en esta época para los amantes de la gastronomía cinegética.                                                                                                 

https://macarfi.com/es/mad/ficha-restaurante/la-tasquita-de-enfrente

 

Treze: Una referencia en la cocina de mercado y platos de caza en la capital. Su carta cambia constantemente por lo que en otoño la visita es obligada para los amantes de las carnes de caza.                                                                                                            

https://macarfi.com/es/mad/ficha-restaurante/treze

 

Zalacaín: Un clásico de la gastronomía capitalina. Su elegancia traspasa la sala y llega en plato a la mesa. Maestros del recetario cinegético europeo.                                                                                                                                                                              

https://macarfi.com/es/mad/ficha-restaurante/zalacain

 

Octubre 2025Por Equipo Macarfi

 

 

 

Quién lo está petando en Catalunya/Barcelona – Por equipo Macarfi

Estos son los restaurantes que más están dando que hablar en Catalunya/Barcelona

 

Si empezamos por Lleida, el restaurante que suena con fuerza es La Dolceta. No es novedad porque lleva mucho tiempo, pero lo empiezan a catalogar como «el nuevo Etxebarri». Menos conocido, El Raier, es una pequeña joya escondida en La Pobla de Segur que conquista a todo el que va.

En Girona, la sensación del verano ha sido AlKostat del Mar, en Begur. Con el sello de Jordi Vilà y el Grupo Harry’s, la propuesta tenía todas las papeletas para funcionar. Y lo ha hecho. Otra de las novedades imprescindibles es el Restaurant Fontané, el homenaje de los hermanos Roca a su madre.

En Tarragona, El Terrat es siempre una apuesta segura, mientras que para los más atrevidos y amantes de la cocina fusión, Hiu es un must

Ya en tierras barcelonesas, pero fuera de la capital, otro restaurante que suena fuerte es Via Restaurant, en Vic. En un imponente y majestuoso local ofrece una cocina de mercado y de proximidad en la que todo está extremadamente cuidado. Hay que tenerlo en mente en época de trufa. De Cal Tallón, en Olesa de Montserrat, nos encanta su menú de mediodía, pero su carta es aún mejor. Y otra apuesta segura es La Bonaigua, en Sant Just Desvern.

Por la ciudad de Barcelona, hay varias novedades que están dando de qué hablar. La Fonda Balmes abrió hace unos meses en el antiguo local de Fermí Puig, con Romagosa en sala y Josep Mª Masó en cocinas, lo que es una garantía. Otro lugar de buen comer como Casa Fiero es la sucursal que Maleducat ha instalado en la calle Londres. Mantequerías Pirenaicas sigue en expansión con un exitoso local con terraza en Mandri, la calle cool de la zona alta. El recién abierto Casa Tejada ha arrancado con fuerza y se ha ganado rápidamente su público. Y, por último, la nueva ubicación de Direkte ensalza aún más su excelente oferta.

En cuanto a próximos proyectos, Romain Fornell y Lázaro Rosa-Violán amenazan con una nueva propuesta, pero aún no se conocen los detalles. Rafa Zafra, que sigue haciendo las Américas con su recién apertura de Jondal en Montecarlo y un posible proyecto en Miami, abrirá un restaurante en el Tibidado. 

La moda actual tiende hacia una cocina más popular, económica y sencilla. Grandes nombres como Jubany, Ultramarinos Marín, Rafa Zafra y alguno más van a apostar por este estilo en sus segundas marcas.

Dejando de lado las novedades, otro lugar de buen comer y que llena a diario es La Barceloneta, de un grupo exitoso y discreto. En la zona alta de la ciudad, el place to be lo forman el triángulo Bar Milagros, Bar Remedios y Bar Lorenzo, con el común denominador de Llorenç Balagué. Y para comida peruana, Maymanta no falla.

Si lo tuyo es el mar, apunta. En Cervecería Brasería Gallega, en el Eixample Esquerre, encontrarás calidad top a precios razonables. Pero no nos olvidemos de Mesón Galicia ni de la Marisquería El Capitán Garfio en El Prat de Llobregat. Para comer un buen besugo hay que pasar por Kresala en el nuevo Port Olímpic. Samuel, hijo de los afamados Mari y Rufo, inicia su andadura en solitario en Somsis Restaurante, en Ciutat Vella. De tal palo tal astilla: aquí el producto está por encima de todo. Eso sí, hay que ir con la cartera bien provista.

También nos gustaría nombrar algunas aperturas de los últimos años que siguen manteniendo el listón bien alto: Taberna Noroeste, Fishology, Aüc Bar, Glug, Olivos Comida y Vinos, Cruix, Besta, Bravo, Maleducat, Galante, Tangana

Y no nos olvidemos nunca de esa clase histórica que parece que no está en el mapa pero que constituye el buen hacer de la cocina local: Sense Pressa, Can Vallés, Passadís del Pep, Granja Elena, Al Kostat, Gresca, Coure, Xavier Pellicer, Capet, Bonanova, Gorría, Roig Rubí, La Estrella 1924, Windsor (con próximas reformas), Tram-Tram o Casa Palet.

José María Borrás – Annua Signature Hotels

José María Borrás: “Si viniera Albert Adrià al restaurante le prepararía una fideuá de salicornia ”

 

Es una de las voces más prometedoras de la nueva gastronomía española. El joven chef menorquín, nuevo director gastronómico de Annua Signature Hotels, representará a nuestro país en la gran final mundial S. Pellegrino Young Chef Academy a finales de octubre en Milán. Puro talento. 

 

Con 26 años recién cumplidos, el menorquín José María Borrás es una de las grandes voces jóvenes de la gastronomía española. Formado en la escuela Hofmann de Barcelona y curtido junto a grandes nombres como Paco Roncero, ha construido un discurso propio que combina raíces menorquinas, respeto al producto, técnica y atrevimiento.

En 2024 fue proclamado Mejor Cocinero Joven de España y Portugal por la S. Pellegrino Young Chef Academy, y a finales de octubre de este año representará a la región ibérica en la final mundial de Milán con su famoso plato Langosta con cochinillo balear, una fabulosa interpretación del mar y montaña. 

Además, acaba de ser nominado a Cocinero Revelación en Madrid Fusión 2026, un reconocimiento que confirma su proyección meteórica. Hoy reparte su talento entre dos espacios de Annua Signature Hotels en Menorca: Aquiara y El Espiell en el hotel Morvedra Nou, y El Olivar, en Amagatay. Desde ahí despliega visiones distintas pero un mismo latido: cocinar Menorca desde Menorca, con creatividad e intensidad culinaria.

¿Cuál es tu primer recuerdo gastronómico de la infancia?
Unas cañitas de sobrasada, muy típicas de Menorca. En casa no eran muy fans de cocinar y vivíamos la experiencia de ir a comer fuera en familia.

¿Y cómo llegaste a la cocina profesional?
Con 16 años. Fue mi primer trabajo y llegó de casualidad. Pero en cuanto pisé una cocina, lo tuve claro: quería ser cocinero.

Si fueras un plato típico menorquín, ¿cuál serías?
Las berenjenas rellenas.

Te formaste en la Hofmann. ¿Qué aprendizajes sigues aplicando cada día?
Disciplina y compañerismo.

Este año te has incorporado como director gastronómico al grupo Annua Hotels. ¿Qué te aporta estar dentro de un grupo hotelero?
Mucho trabajo, pero también un gran equipo. Antes, estaba en un restaurante familiar, yo hacía de todo: marketing, recados, eventos… Ahora hay equipos especializados en cada área y eso permite avanzar más rápido.

¿Qué une a tus proyectos gastronómicos?
La brújula es siempre el producto. En Aquiara lo tratamos desde una visión más gastronómica, en El Espiell, reinterpretando el Bistrot francés con carácter menorquín, en El Olivar sacamos la fuerza de la auténtica comida mediterránea, pero en todos el centro es el mismo: respetarlo y realzarlo.

Entre tus ingredientes fetiche están el trigo, la sobrasada de vaca roja o la langosta. ¿Son los que más te definen?
Sí, y también esa idea de mar y montaña tan catalana y balear. Son productos que se complementan y se potencian entre sí.

En tu oferta incluso hay una cerveza de sal marina. ¿Por qué?
Menorca tiene grandes productos, pero a veces limitados. Así que preferimos crearlos aquí, con identidad propia.

Uno de tus proyectos más comentados es la sobrasada de vaca. ¿Cómo surge?
De la misma lógica que con el cerdo: aprovechar todo el animal. Con vaca vieja menorquina elaboramos embutidos, y ha tenido muy buena acogida. Quiero en breve ampliarlo a otros embutidos. 

¿Qué otras disciplinas inspiran tu cocina?
La música es fundamental. El chelo y el piano siempre están presentes, incluso en la sala.

¿Qué consejo le darías a un cocinero que empieza?
Que se relaje. Yo soy muy nervioso y la cocina me ayuda a canalizarlo, pero al final todo llega con paciencia.

En 2024 fuiste elegido Mejor Cocinero Joven de España y en octubre representarás a la península ibérica en Milán. ¿Cómo te preparas?
Practico el plato -langosta con cochinillo balear- en Aquiara todas las noches, como si fuera el concurso: con cronómetro, pesando todo, cinco horas para diez raciones perfectas.

¿Qué sensaciones tienes de cara a Milán?
Ilusión. El plato representa el Mediterráneo y eso ya es un premio en sí. Ganar sería increíble, pero estar allí ya lo es. 

¿Qué otros jóvenes chefs de España te inspiran?
Los cañitas, por ejemplo. Pero hay muchos más.

También has sido nominado a Cocinero Revelación en Madrid Fusión 2026. ¿Cómo lo llevas?
Para mí, estar nominado ya es ganar.

Si abriéramos tu nevera ahora mismo, ¿qué nos sorprendería?
Casi nada, porque como y ceno siempre en los restaurantes. Agua y poco más (risas).

¿Tienes algún vicio gastronómico inconfesable?
El chopped me encanta. 

Qué plato tuyo es intocable, ¿que jamás dejarías versionar?
Un plato de El Olivar con sandía, chalotas y hierbas.

¿Y si mañana se sienta Albert Adrià en tu mesa, ¿qué le prepararías?
Una fideuá de salicornia, ligada con mantequilla de ajo asado, tinta de calamar y ortiga de mar. Habla mucho de quiénes somos en la isla.

¿Hay algún producto que nunca usarías?
No. Yo cocino para los clientes, todo puede tener cabida.

¿A qué personaje famoso te gustaría invitar a tu mesa?
A Phil Collins.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

Entrevista a Coco Montes – Restaurante Pabú

Coco Montes: “Me siento orgulloso de haber cocinado para la familia Real; lo repetiría”

Logró su primera estrella Michelin para Pabú al año de su apertura, algo que consiguen muy pocos chefs en el mundo. Y acaba de ser elegido segunda mejor apertura de España (y primera de Madrid) para la Guía Macarfi. Pero no baja la guardia y confiesa que no le importaría lograr tres estrellas en tres años. De momento sigue con los pies en la tierra, apoyado por su entorno y apoyándose sobre todo en su madre, su gran referente y la jefa de sala del restaurante. La celebración del cumpleaños de la infanta Elena y la familia Real, al poco de abrir su local, le supuso un impulso mediático del que se siente profundamente agradecido.

 

Escuchándole hablar, se comprende desde el primer minuto que Coco Montes viene de un entorno en el que los modales y la educación exquisita han sido pilares de su vida. Transmite seguridad, empatía y calma. Abrió Pabú hace sólo un año y en este tiempo ha logrado colocarlo muy arriba: además de su primera Estrella Michelin (todo apunta a que no será la última), logró que el restaurante fuera la segunda mejor apertura del año a nivel nacional (y la primera de la Comunidad de Madrid) en la reciente 10 Gala de nuestra Guía Macarfi. Además, entró directamente en el puesto 39 de los mejores restaurantes de España, algo excepcional. Pabú es una sorpresa en todos los sentidos. No sólo por su espectacular interiorismo, obra de la madre de Coco, que te traslada a un estiloso comedor de casa, sino por su concepto de cocina de microtemporada, donde los platos varían según el momento del día. Su objetivo es siempre el mismo: que al acabar la jornada no sobre absolutamente nada para arrancar al día siguiente con producto fresco nuevo. “Hoy, por ejemplo, he comprado erizos y no sé muy bien qué saldrá de todo esto”, bromea.

Lograste una Estrella Michelin en tiempo récord. ¿Lo esperabas?
Mi verdadero objetivo, por encima de las estrellas, es devolver al cliente la hospitalidad y el cuidado que se merece y que la hostelería en una ciudad como Madrid, ha perdido. Traer estrellas Michelin a Pabú es un sueño, pero, detrás hay un trabajo muy bien ejecutado. Esta es mi hoja de ruta.

¿Te marcas el objetivo de tres Estrellas en tres años?
Me encanta soñar, aunque mi deseo real es que Pabú se convierta en un restaurante longevo. Logré una Estrella en sólo un año… ¿por qué no conseguir las tres Estrellas en tres años? ¡Ójala!

¿Notas la presión?
¡Claro que la noto! Mucha gente se permite comparar cómo se come en los restaurantes con Estrella Michelin y lo traslada a los cocineros. Que si he estado en este restaurante y es mejor que este…. Yo me pongo siempre la presión encima, lo vivo así, pero lo mío es una presión dulce.

¿Detectas cuando hay un inspector de la guía en tu casa?
Sí, y el miedo es tremendo. No sabes si van a venir solos o acompañados. Nunca se sabe. A mí me calan siempre cuando voy a otros restaurantes porque me fijo en todo. La gastronomía nos conecta.

Defines tu cocina como de microtemporada. ¿En qué consiste?
Fresca y efímera. Trato de hacer stock a cero, que no quede nada en las neveras para arrancar un nuevo día con producto fresco totalmente nuevo.

Tu formación en Administración de Empresas te habrá ayudado,¿no?
Trato de gestionar los números de manera clara. Tal vez soy un alumno aventajado en esto y la formación me ha ayudado, pero trato de centrarme únicamente en el plato y hacer soñar con mis creaciones. A pesar de mis estudios, intento que todo cambie cada día. Me interesa más la parte artística, aunque es importante tener una base en gestión de restauración.

Insistes mucho en que sin los tuyos, nada de esto hubiera sido posible…
Mis padres creyeron en mí desde el primer minuto. En el caso de mi madre, además, está en sala conmigo. Es también el alma de este proyecto. Ha decorado el espacio, pintado los cuadros…

Una pieza fundamental…
Mi madre es parte de todo esto. De la misma forma que no podría cocinar sin cacerolas, digo bien alto que Pabú no existiría sin ella, que es la parte que más me conecta con la realidad. Ella es la que consigue que este barco navegue bien.

No vienes de familia de restauradores, ¿ha sido un hándicap?
Para nada. Y cocino desde que tengo uso de razón. Mis padres no tenían un restaurante, pero eran grandes anfitriones. Recuerdo cómo mi madre presentaba la mesa, cómo cuidaba los detalles, cómo recibía a la gente… y eso lo he aplicado a Pabú.

¿Qué impacto tuvo la celebración del 60 cumpleaños de la infanta Elena en tu local?
El impacto fue brutal, no puedo negar esa realidad y me siento muy orgulloso. Se tradujo en reservas y en éxito. Me siento feliz de haber podido celebrar este evento y haber cocinado para la infanta y su familia. Digo más… Me daría mucha pena que mi abuelo o mi padre en sus años más bonitos de vida, cuando más hay que cuidarlos, estuvieran tan lejos de mí.

¿Repetirías?
Por supuesto. Hicimos un menú muy sencillo, con producto de primera calidad y todo muy cuidado. Se lo pasaron en grande. Me siento muy orgulloso de que los primeros pasos de Pabú fueran con la Familia Real.

Te formaste en el restaurante L´Arpege de París, templo de la gastronomía mundial. ¿Te sientes un privilegiado?
En restaurantes de este nivel tienes que estar preparado para trabajar sin parar, no tener relaciones personales, darlo todo por vivir esta experiencia, quedarte sin nada. ¿He tenido suerte? No, he tenido ayuda. Yo me he trabajado mucho la suerte.

¿A qué te refieres exactamente?
Cuando había que limpiar la cocina en el restaurante a las 5h de la mañana yo era el primero que levantaba la mano, lo juro. Así construí lo que quería. Solo depende de la fuerza y convencimiento con los que quieras cumplir tu sueño. No hay más.

¿Cómo ves la gastronomía actual?
Cuando el inversor con dinero solo busca resultados en una profesión que tiene mucho de artística, entramos en un problema gordo. Y eso es lo que está pasando aquí. A mí me encanta Madrid, pero si sigue así la dinámica, en diez años nos encontraremos con el mismo problema del que ahora están saliendo ciudades como Barcelona o París: los proyectos que buscan resultados de forma rápida. Hay que cambiar estas dinámicas como sea.

Tus chefs de cabecera
Entre los de aquí, Jordi Vilma de Alkimia, Y por supuesto Ferrán y Juan Mari Arzak. Me gustan los cocineros que tratan la naturalidad del producto.

¿Algún consejo que hayas aplicado en tu vida?
Ferrán Adrià me dijo en una ocasión que tuviera mucha paciencia. Creo que ahora hay demasiado dinero metido en proyectos gastronómicos que buscan rentabilidad inmediata. Y eso es un gran error. Hay que consolidar las cosas y buscar estabilidad.

¿Qué opinas de los nuevos Foodies y los gastro instagramers?
Trato de evitarlos en mi restaurante. Respeto mucho a los críticos gastronómicos, pero no creo demasiado en la gente que, con más o menos criterio, se empeña en hablar de tu negocio en las Redes Sociales. Creo que no hay que tirar por tierra todo el trabajo de muchos profesionales que pueden haber tenido un mail día. No es justo. Es el gran problema de la gastronomía actual.

Un plato con el que se te conquista…
Cualquier guiso con cariño. Desde unos guisantes hasta unas lentejas. Platos de cuchara, asados….

Y plato que nunca veremos en tu carta…
Todo tiene cabida en Pabú, pero nunca haría sushi porque ya hay otros grandes chefs que lo hacen muy bien (risas). Mira, justo hoy he traído erizos, que nunca había cocinado antes. Vamos a probar…

Mayo 2025

TEXTO: DAVID RUIZ

Macarfi te abre las puertas de los tres restaurantes de España más difíciles de conseguir mesa.

El Club Macarfi te abre las puertas en los tres restaurantes de España más difíciles de conseguir mesa.

 

 

Entrar en la cocina de fuego de Etxebarri. Asistir al espectáculo sensorial de Disfrutar. O descubrir la pureza marina de Desde 1911, el restaurante más solicitado de Madrid. Conseguir mesa en cualquiera de ellos es, para muchos, misión imposible. Pero desde el Club Macarfi, lo hacemos posible. Tres experiencias únicas. Tres destinos reservados a quienes entienden la gastronomía como una forma de arte. Esta vez, sin esperas, sin llamadas, sin suerte. Sólo con una plaza en el lugar adecuado. Sólo gracias al Club Macarfi.

Tres iconos. Tres oportunidades irrepetibles. Toma nota y haz tu reserva

 

Asador Etxebarri
26 de septiembre de 2025 | Axpe, Bizkaia

 

 

Tras el éxito de la primera convocatoria programada para el 6 de junio con un rotundo “ sold out” abrimos las reservas para una segunda convocatoria, para disfrutar del privilegio de comer en el segundo mejor restaurante del mundo.

Anota bien la fecha: viernes 26 de septiembre. Ese día tendrás la oportunidad de comer, gracias al Club Macarfi, en el segundo mejor restaurante del mundo, según la última edición de The World’s 50 Best Restaurants. El Asador Etxebarri, nos abre sus puertas.

Desde el Club Macarfi hemos organizado una de esas citas con la alta gastronomía que cualquier amante del buen comer sueña. Encontrar plaza en este templo de las brasas es algo que se antoja enormemente complicado. Pero, gracias al privilegio de ser miembro de nuestro club, lo hemos hecho posible.

El Asador Etxebarri, mejor restaurante de Vizcaya en la Guía Macarfi durante tres años consecutivos, ubicado en el idílico Valle de Atxondo, propone un viaje a una cocina inigualable, a base de paciencia, en el que el dominio de las brasas es su mejor carta de presentación. Conoces de sobra las bondades de la propuesta gastronómica ancestral de Bittor Arginzoniz, y por eso te animamos a que no pierdas esta oportunidad única de disfrutar de su menú, maridado por Moha Benabdallah, su sumiller y un referente mundial en caldos.

Además, desde el Club te lo ponemos muy fácil para que la experiencia sea aún más redonda. Te llevamos en transporte premium desde el centro de Bilbao para que no te preocupes por nada. El autobús saldrá a las 12.30h desde el centro de Bilbao. La comida arrancará a las 13.30h y se alargará hasta las 19.30h. Seis horas alrededor de unos de los más fabulosos relatos gastronómicos del mundo. Después de la comida, te llevamos de vuelta al centro de Bilbao. Y si necesitas alojamiento, también te lo gestionamos.

Más información. https://clubmacarfi.com/producto/asador-etxebarri-segunda-convocatoria/

 

Restaurante Desde 1911
9 de octubre de 2025 | Madrid

 

 

Desde 1911, el restaurante más deseado de Madrid, en exclusiva con el Club Macarfi.

Reservar mesa en Desde 1911 es una tarea casi imposible, que requiere paciencia y mucha suerte: la lista de espera supera los seis meses. No es casualidad que, por segundo año consecutivo, este templo gastronómico del grupo Pescaderías Coruñesas encabece el ranking de la Guía Macarfi Madrid. Su propuesta, centrada en el producto marino de máxima calidad y tratado con un respeto absoluto, lo ha convertido en uno de los restaurantes más admirados —y más difíciles de conquistar— de la capital.

El próximo 9 de octubre, el Club Macarfi hará posible lo que normalmente roza lo inalcanzable: cierra Desde 1911 en exclusiva para 50 invitados. Una cita única para disfrutar, sin listas de espera, de la esencia de un restaurante que ha elevado la cocina de producto a una forma de arte silenciosa, precisa y emocionante.

En Desde 1911 no hay artificios innecesarios. Cada plato habla por sí mismo: materia prima impecable (pescados y mariscos del día), técnica invisible y una sala donde la buena gastronomía se mide en detalles. El lugar donde el mar llega intacto a la mesa y donde cada bocado confirma que el verdadero lujo es, ante todo, la autenticidad. Y con Abel Valverde, director de restauración de Pescaderías Coruñesas, como maestro de ceremonias. Una maravilla.

Más información: https://clubmacarfi.com/producto/restaurante-desde-1911/

 

Restaurante Disfrutar
23 de octubre de 2025 | Barcelona

 

 

Haz la prueba: intenta reservar en el mejor restaurante del mundo. Si tienes suerte, encontrarás mesa, probablemente, dentro de un año. En el Club Macarfi, te lo vamos a poner en bandeja: el próximo 23 de octubre tendrás la oportunidad de conocer de primera mano la propuesta de Disfrutar, mejor restaurante del planeta, según la última edición de The World’s 50 Best Restaurants. Una experiencia sencillamente irrepetible. Y con una puntuación de 9.7/10 en el apartado de comida, otorgado por nuestra Guía Macarfi.

No caben adjetivos para definir la cocina vanguardista, mediterránea, imaginativa y creativa de Eduard, Oriol y Mateu, discípulos aventajados de Ferran Adrià. En diciembre pasado celebraron su décimo aniversario en el olimpo de la gastronomía mundial y su objetivo es mantener ese listón durante mucho tiempo. Reservar mesa en su restaurante es una de las tareas más complicadas hoy en día.

Un espacio, con un interiorismo que homenajea al Mediterráneo, donde legiones de amantes de alta gastronomía procedentes de los cinco continentes aguardan su día, para vivir una experiencia inolvidable. Ahora, 30 afortunados disfrutarán de una comida que recordarán siempre, gracias al Club Macarfi. Tú puedes ser uno de ellos, por ser socio. No pierdas ni un minuto. Toca disfrutar.

Más información: https://clubmacarfi.com/producto/restaurante-disfrutar/

 

Descubre otras experiencias únicas y exclusivas para socios del Club Macarfi
https://clubmacarfi.com/categoria-producto/experiencias/

Mayo 2025

Nuestros básicos. Bilbao- Por equipo Club Macarfi

¿A qué nos referimos con “nuestros básicos”? Son esos lugares, casi familiares, donde uno se siente como en casa, con personal muy cercano, en los que se suele reservar por teléfono. No son necesariamente sitios caros y donde suele imperar la cocina casera, los buenos platos de cuchara y en general, platos y cocina de toda la vida. Esos lugares que uno tiene en el radar para ir solo, para compartir con amigos o para epatar a algunos porque suelen estar fuera de los recorridos de moda o de las listas top. En Bilbao tenemos varios “básicos”, de diferentes estilos. Algunos son locales de barrio y otros son lugares únicos y con mucha personalidad.

Aquí van unos cuantos:

Nuestros básicos. Barcelona – Por equipo Club Macarfi

¿A qué nos referimos con “nuestros básicos”? Son esos lugares, casi familiares, donde uno se siente cómodo, conoce al personal, casi puede reservar por WhatsApp y el ambiente no le supera. No son necesariamente sitios caros. Impera la cocina casera, algún guiso de morirte y platos reconocibles. Esos lugares que uno tiene en el radar para ir solo, para compartir con amigos o para epatar a algunos porque suelen estar fuera de los recorridos cools o de las listas top.

En Barcelona tenemos varios “básicos”, de diferentes estilos. O muchos porque suelen ser locales de barrio y normalmente tienen una cierta antigüedad.

Aquí van unos cuantos:

Nuestros básicos. Madrid – Por equipo Club Macarfi

¿A qué nos referimos con “nuestros básicos”? Son esos lugares, casi familiares, donde uno se siente como en casa, con personal muy cercano, en los que se suele reservar por teléfono. No son necesariamente sitios caros y donde suele imperar la cocina casera, los buenos platos de cuchara y en general, platos y cocina de toda la vida. Esos lugares que uno tiene en el radar para ir solo, para compartir con amigos o para epatar a algunos porque suelen estar fuera de los recorridos de moda o de las listas top. En Madrid tenemos varios “básicos”, de diferentes estilos. Algunos son locales de barrio y otros son lugares únicos y con mucha personalidad.

Aquí van unos cuantos:

Nuestros básicos. Valencia- Por equipo Club Macarfi

Nuestros básicos los constituyen lugares donde uno se siente como en casa. Con personal que conoce tu nombre, en los que se suele reservar por teléfono. Suele imperar la cocina casera, los buenos platos de cuchara y no son necesariamente lugares con un precio alto. Son aquellos que se tienen en el radar para ir solo o para compartir con amigos y que suelen estar fuera de los recorridos de moda.

En Macarfi buscamos aquellas propuestas ‘Donde comen los locales’. Y estas son algunas de ellas en Valencia.

Michel Guérard cumplió 90 años y la (su) Nouvelle Cuisine, 50. Por Oscar Caballero

Michel Guérard: Una de sus últimas entrevistas.

Esta primavera, Michel Guérard cumplió 90. Primaveras, claro, porque, afilado y ágil .

Propaganda viviente de Les Prés d’Eugénie, epicentro de su cadena de baños termales-, está cada día en cocina, pasa solícito por el comedor gastronómico, que ha cambiado de emplazamiento -una entre las modificaciones facilitadas por la dificultad del confinamiento y por el comedor de quienes siguen la cura de adelgazamiento -550 calorías por comida que también se ha mudado dentro de la finca.

“Me gusta crear platos, afinar las salsas, los rellenos, acortar las cocciones. Estar en cocina es para mi un placer -se justifica el nonagenario- : ¿por qué me privaría de hacerlo ? Y además, creo que los aprendices, que me ven participar, probar platos, sugerir, tienen la impresión de que no pierden su tiempo aquí, que aprenden, que hicieron bien en llamar a esta puerta”.

Dice Guérard que hacen falta dos años para pasar por todos los puestos de su vasto Eugénie (por Eugenia de Montijo, la emperatriz gaditana que frecuentaba aquellos baños). Y que el aprendizaje incluye “el de comprender el escenario en el que se sirve la cocina. Porque esto es un espectáculo y hay que cambiar los decorados para que la fiesta continúe”.

Actor principal y en parte responsable de la puesta en escena, Guérard es la piedra angular de la revolución bautizada Nouvelle cuisine française por los periodistas Henri Gault y Christian Millau, quienes además la codificaron en 1973, en el mensual Gault & Millau, que habían fundado cuatro años antes. O sea que aquellos diez mandamientos cumplen a su vez medio siglo, como lo relaté en Una historia de la Nouvelle Cuisine.

Cuando Michel Robert tenía seis años su padre, como Mambrú, se fue a la guerra. Y la madre se hizo cargo de la carnicería con ganadería y matadero que tenían en Normandía, la única región de Francia cosida a bombas y tiro de artillería tras el desembarco aliado, entre el apoyo aéreo de los liberadores y la respuesta del ocupante alemán.

De aquellos destrozos se habló tan poco como de la destrucción, también por bombas aliadas, de ciudades del III Reich ya derrotado. Víctimas civiles casi fuera de horario, como las de Hiroshima y Nagasaki.

Difícil de olvidar. En una charla, muchas décadas después, Guérard recordaba los miedos del niño que fue. Y resumía sobriamente: “varias veces estuvimos a punto de morir. Por eso, desde entonces, disfruto cada segundo”.

Infancia difícil, pobreza. Pero esa tradición familiar francesa de la buena cocina casera, la que la UNESCO clasificó como bien inmaterial. De abuela y madre, en su caso.

“Preparaban, por ejemplo, maravillosas tartas de frutas, un monumento de golosinería con el único secreto de su sencillez. Una buena pâte brisée o feuilletée; por encima, frutas bien maduras de nuestro huerto. Un poco de mantequilla y de azúcar cristalizada. Y al horno”.

Tengo una de las primeras guías de París de Gault y Millau, las Julliard, que publicaron antes de crear su revista y sus guías. En la edición de 1970, cuando calificaban cada uno con su nota, pero sin decir a quien correspondía, son reticentes con Le Pot-au-Feu. Uno le da 16/20 y el otro, 14.

“El patrón, el joven Michel Robert Guérard, es un íntimo amigo de Paul Bocuse y de los hermanos Troisgros. Es difícil contar con mejores referencias. Su cocina -explican- no toca las cumbres que alcanzan Bocuse y los Troisgros. Su carta no cae ni en la rutina ni en la originalidad a toda costa. Elogian los platos y “el admirable gevrey chambertin (un gran borgoña), servido como en Troisgros, fresco”. Buen dato: novedad absoluta en aquellos años que confundían chambré -temperatura de la habitación, la chambre- con tintos a 18º.

Poco después el goloso Gault será hechizado por la tarta de frutas de mamá y abuela que le sirvió Guérard en le Pot-au-Feu. Y ya en su Gault&Millau ensalzarán al chef que ya se llama solo Michel Guérard y que, sin proclamarlo, es el líder creativo de los Chapel, Senderens, Faugeron. Y de tantas estrellas fugaces.

Michel tiene 17 años cuando su familia se acerca a París. Se instalan por donde ahora está Eurodisney. Como su hermano mayor se ocupa de la carnicería, él debe renunciar al sueño de estudiar medicina y buscar trabajo. Tiene suerte de conseguir un puesto de aprendiz en la pastelería de un tal Kléber Alix, mal conocido traiteur (catering y por lo tanto cocina salada y dulce; adrenalina del fuego y trabajo sin horario en banquetes), admirado por quien fue su commis. Un “aprendizaje a la dura, como lo pedía la época. No me quejo: aprendí todo rápidamente”.

Hoy, matiza lo de la dureza en cocina. “Los tiempos han cambiado y está muy bien. Cuando nos instalamos en Eugénie mi mujer me convenció de que había que tratar de usted al personal. Respetarlo para que te respeten. Eso si, a nuestro nivel, el de un deporte de alta competición, difícil trabajar relajado. Felizmente hay distintos niveles, muchas posibilidades.

Pero nadie ha sido campeón olímpico sin sufrir”. Aquel sufrimiento de aprendiz le sirvió. Tanto que recién llegado a París se presenta como aprendiz al Crillon y lo nombran pastelero jefe. “Lo fascinante de la pastelería es ese milagro: pones en el horno un objeto incomestible de 22 milímetros de alto y sacas una delicia de 22 centímetros”.

Allí se prepara y gana, con apenas 25 años, el difícil concurso de MOF, mejor obrero de Francia en trabajos manuales, pastelería en su caso. La familia Clericó, propietarios del Lido, considerado el mayor cabaret del mundo, lo contrata como chef pastelero. Pero como también ha pasado por las cocinas de Lucas Carton y de Maxim’s, pronto se ocupa también de los banquetes.

“Un día de 1958 apareció por allí Paul Bocuse, aún me emociono porque él ya era conocido (precisamente, dice: “él ya sabía cómo hacer hablar de él”), y me dijo que le habían hablado bien de mi. Siete años después, cuando abrí mi Le Pot au Feu, Bocuse, que ya tenía tres estrellas, fue de los primeros en alentarme.

“Paul, que contrariamente a lo que se cree fue siempre un hombre discreto, incapaz de juzgar la cocina de sus amigos, pero que veía todo con sabiduría y lucidez, me transmitió el espíritu del combatiente. Con su apoyo, y el de Jean Delaveyne, un chef que, como yo, tenía la rara formación doble, en salado y en dulce, me decidí a salir de lo convencional y cocinar a mi aire”.

En el Pot-au-Feu, pronto triunfa con ese plato, el cocido, que distingue por un añadido inusual: foie gras. Y el tout Paris se divide muy pronto entre convencidos y enemigos de esa taberna de arrabal en la que, sacrilegio, el foie gras coincide con el vinagre.

Guérard la llamó salade gourmande, ensalada golosa. Pero fue rebautizada folle, loca. » Yo había osado mezclar foie gras y vinagre -recordaba en 2016, cuando celebró por anticipado 40 años con 3 estrellas- y la vieja guardia se escandalizó. Judías verdes al dente, puntas de espárragos, algo de trufa y unos copos de foie gras para reemplazar el aceite de la vinagreta, porque la quería menos grasa y más sabrosa. Era sencillo, sano y eficaz”.

En aquel mismo 1965, lejos de París, en Roanne, los hermanos Jean y Pierre Troisgros -sus amigos desde que le prestaron su invento, los luego famosos platos de 33 cm, divisa de la nouvelle cuisine, para un banquete del Lido…y de París al mundo-, aprovechan otra novedad, la sartén antiadherente para saltear apenas un filete de salmón.

Novedoso el corte: lo aprendió Pierre en su paso por Maxim’s, del chef Alex Humbert. Lo habitual era cortarlo en rodajas. Y también es nueva esa cocción corta. Y el color rosado: el salmón, entonces, era servido casi blanco. Y el por qué de la inhabitual guarnición, acedera: “ese año -me dirá Pierre Troisgros- hubo cosecha excesiva en la región”.

Es decir, acidez del vinagre en el Pot-au-Feu, amargor de la verdura en Frères Troisgros. Las dos puntas de la modernidad se insinúan en esos dos primeros platos emblemáticos, en una Francia que, como todo Europa, come más bien graso, hondo, marrón. Los Troisgros, con una italiana de pura cepa, la mujer de Pierre, en la familia, colarán el limón y más acideces aún. Era el paladar del padre de los hermanos que pedía incluso en el vino esas puntas de acidez que tardarían aún dos décadas en llegar.

Guérard utilizará los amargos pero con la circunspección de su cocina. “Como el ácido y el salado es una manera de equilibrar el azúcar. Una balanza que está en mi desde siempre. Y es una tradición local en donde vivo, con invernaderos de cítricos desde hace más de medio siglo”. Y si al contrario de mucha cocina nueva le disgustan los menús largos -que aprendió como sus colegas, en China, en un viaje colectivo de 1978-, porque “prefiero una comida construida en base a unos pocos platos importantes. Las secuencias numerosas fatigan.

Llega la nueva y has olvidado la anterior. Pero no critico a quienes lo practican. No hay mejor ni peor, en esto. Cada cual debe escenificar su cocina. Y nunca olvidar que además somos comerciantes”. Aquel foie gras del debut era el de los criadores y productores landeses Lafitte. Los mismos que se lo proveen hoy a Guérard. Fidelidad, proclaman unos y otros. En septiembre del 2016 participé de una jornada en Eugénie a la que estaban invitados los Chefs de Chefs (club de los chefs de jefes de estado) que en la cocina de Guérard siguieron la preparación del menú adelgazante de ese día. Brochettes de gambas con vinagreta de verbena (115 calorías), vinagreta de la novia (19 calorías por 10 g), foie gras con especias y salsa exótica (145 calorías) o soufflé ligero de manzanas y lima (220 calorías). Y una insólita –apenas 68 calorías- salsa béarnaise.

El conjunto hotelero de Guérard tiene puertas abiertas al pueblo, a cuyo panadero, además, deja el beneficio de fabricar el pan diseñado en sus cocinas. Además del bistrot La Ferme aux Grives, Guérard tenía un Café Mère Poule & Cie, con tostadas saladas y dulces, tartas de abuela y vino de la casa, para que los vecinos se atrevieran. Y en cada rincón, el servicio, eficaz y profesional, es al mismo tiempo relajado, próximo.

Esa noche, la cena, una lección sin objeciones: la perfección es de este mundo. Ni los chefs de chefs, ni los Lafitte, ni el escriba, olvidarán aquella cena, que fue por otra parte un viaje en el tiempo, abierto por el Zéphyr de trufa como una nube (2011). Desfilaron: el huevo en su cáscara y con caviar (1977), el bogavante asado ligeramente ahumado en la chimenea (1981), la deslumbrante torta hojaldrada de 1986. Y un curioso postre, de 1991: Gâteau Mollet du Marquis de Béchamel, con su bechamel dulce.

En aquellos 1970 de la explosión de la nouvelle cuisine, Guérard es una estrella. Y sin embargo, la invitación del propietario de Maxim’s, de asociarse al frente del por entonces más conocido restaurante del mundo, naufraga: el director de sala, todavía protagonista, se niega a “trabajar para un cocinero”.

Pero Guérard es feliz. En 1972, en Reginskaia, un restaurante ruso de Régine, reina de la noche parisina, en el que Guérard, infatigable, cocina los soupers, cenas de madrugada (“en la época yo dormía 3 horas por noche”), hubo flechazo del cocinero y Christine Barthélémy, que lo bautiza “principito con chaqueta blanca”. Se casan dos años después. Christine es la heredera de una pequeña cadena provincial, la de las estaciones termales del sol. Como las posibilidades parisinas no se concretizan, el matrimonio se marcha a las Landas. Guérard piensa lanzar la restauración y la hotelería y regresar a París. Nunca volverá.

Lo primero que hace, incitado por Christine, es adelgazar 30 kilos. Y, disgustado por la cocina de hospital que dan a los adelgazantes, empieza a crear platos de pocas calorías pero gastronómicos. Recuerda que en su tiempo del Pot-au-Feu, por invitación de un cliente peluquero, le creó, en la elegante peluquería de la milla de oro parisina, un restaurantito La Ligne, la línea. Con sus intuiciones, ya, de comida para adelgazar “o por lo menos no engordar”. Lo de Eugénie es más sistemático. Experimenta -primero consigo mismo-, y apunta todo. Así nace La cuisine minceur, primer libro de la célebre colección Les recettes originales de…, en la editorial Robert Laffont. El libro vende más de un millón de copias y es traducido a 13 lenguas. En 1976 el rostro de Guérard ocupa la cubierta de Time.

Sin perder tiempo, para no ser encasillado en sección regímenes, Guérard publica en la misma colección La grande cuisine française. Escrito por él, detalle significativo entre aquellos renovadores pero, como era normal en su tiempo, a veces ni habían completado estudios primarios. Millau, excelente escritor, bromeaba: “sin ofender, diría que mamá Guérard tuvo a Michel con algún noble distraído, intelectual”.

Otro éxito porque es y no es la gran cocina, influenciada por los descubrimientos de la adelgazante, por las búsquedas de la nouvelle cuisine, por esa nueva sociedad que pregona dietética sin desdeñar el placer, platos ricos pero más ligeros, menos baño maría, menos harina en las salsas, más producto fresco, poco desnaturalizado por salsas.

Segunda conmoción del microcosmos de la cocina. Guérard será el primer gran chef -bueno, el segundo: Escoffier coqueteó con la industria, deslumbrado por ejemplo con los primeros tomates en lata- en firmar un contrato que lo ligaría durante varias décadas con Nestlé.

El patrón de la multinacional suiza era cliente. Un día le propuso que trabajaran juntos. « En su fábrica de Beauvais había cocineros, ingenieros, nutricionistas. Me dije que sería una locura rechazar la oferta : podía aprender mucho ahí. Y el contrato me garantizaba el control total. O sea: Guérard entraba en Findus. Pero Findus no entraba en Guérard”.

Excepto por cierto savoir faire. El tratamiento estrella de Eugénie, un baño de barro blanco, en ingravidez, “lo pude crear gracias a lo que aprendí en Nestlé”. Era un acuerdo de caballeros. Y el de un gourmet, el patrón de Nestlé, y el cocinero que quiso estudiar medicina. El chef persiste: hace diez años creó en Eugénie una escuela de formación en cocina y pastelería de la salud, el Institut Michel Guérard, para difundir lo que se. Y enseñar, a las futuras generaciones, a cocinar y comer mejor”.

Pero la industria ha cambiado. “Los industriales, obligados por los accionistas, solo piensan en beneficios. Ecuación imposible entre dar dividendos y obrar por la alimentación sana”. La comida de Guérard, su escritura, su discurso, tienen esa misma sutileza. Ha inventado casi todo y no se arroga ningún invento. No subraya nada, ni cuando habla ni cuando cocina.

Apunté que la cena de 2016 coqueteaba con la perfección. Han pasado siete años y covid y lo pienso, lo siento, aún. Guérard perdió en 2017 a Christine. Hoy sus dos hijas controlan el pequeño imperio, pero Guérard, que se enorgullece de ser el único entre sus pares que no solo ha ganado los más altos honores de cocinero sino también los de hostelero, revienta records con esas tres estrellas desde hace 46 años.

En noviembre 2022, recibió el homenaje de algunos de los grandes chefs que formó. Lista lejos de ser exhaustiva : Alain Ducasse, Michel Sarran, Daniel Boulud, Gérald Passedat, Jacques Chibois, Arnaud Donckele, Arnaud Lallement, Laurent Petit, Sébastien Bras, Christopher Coutanceau, Alexandre Couillon, Lionel Giraud, Joseph Viola, Hugo Roellinger…

El diario L’Hôtellerie le preguntó que le había parecido el homenaje. « Me alegró encontrar a toda esa juventud a la que veo de vez en cuando y me dije qué suerte había tenido de que pasaran por Eugénie-Les-Bains y de que hayan recibido algo a su paso y de que hayan sabido aprovecharlo. Pero yo tengo poco que ver. El talento lo traían ellos ».

Otro talento, necesario para percibir la genialidad del hombre y de lo que sale de sus manos, lo tiene que traer puesto el comensal. Siempre dije que gran parte de culpa, en la renovación continua de buenos cocineros en Francia, la tenía una clientela burguesa, conocedora, exigente, pero también capaz de discernir entre paja y trigo.

En cuanto a esos -el lector conocerá uno seguramente- que vuelven desencantados de Eugénie (recuerdo a un engominado líder de conservas galegas, en un salón gastronómico, su desencanto gritado) solo diré que, yo, prefiero el mar a la montaña. Si un milagro me situara en la cumbre del Everest observaría el entorno sin entusiasmo.

¿Culpa del Everest o mía?