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Carmen Hermoso – Cielo y Tierra

Carmen Hermoso: “La naturaleza tarda un año en crear una gran aceituna y nosotros tenemos cuatro horas para no estropearla”

 

Cielo y Tierra nació para que una aceituna dejara de ser una aceituna más. Al frente del proyecto están Carmen y Francisco Hermoso, propietarios de una marca que reivindica el aceite de oliva virgen extra como producto gastronómico, pero también como expresión de un paisaje, una cultura y una forma de entender el campo.

Juntos han transformado una historia familiar ligada al olivar desde hace cinco generaciones en una empresa contemporánea, construida sobre los valores aprendidos de sus padres y abuelos, pero abierta a la innovación, el diseño y una nueva manera de explicar el aceite.

Su picual de cosecha temprana necesita entre 12 y 14 kilos de aceituna para producir un litro, llega a la almazara en un máximo de cuatro horas y alcanza una acidez de 0,08. Un aceite que no busca competir en cantidad, sino demostrar que también se puede crecer renunciando a los atajos.

 

¿Cuándo decidisteis tu hermano Francisco y tú convertir vuestra historia familiar ligada al olivar en Cielo y Tierra?

Francisco y yo queríamos dar más valor a un fruto al que nuestra familia había dedicado toda una vida. Entendimos que no bastaba con producir un buen aceite: también debíamos venderlo con identidad propia y asegurar el futuro del proyecto familiar

El nombre Cielo y Tierra tiene una gran fuerza. ¿Qué cuenta de vuestra manera de entender el campo?

La tierra representa aquello que podemos tocar, cultivar y cuidar. El cielo, lo que no podemos tocar, pero también forma parte de nosotros: la belleza, la intuición, la espiritualidad y las generaciones que nos precedieron. El nombre resume nuestra manera de entender la vida.

¿Qué parte del conocimiento heredado de tus padres y abuelos continúa siendo intocable?

Los principios: el respeto por la tierra, la paciencia, la honestidad y el esfuerzo. Lo que cambian son las herramientas. La innovación tiene sentido cuando nos ayuda a cuidar mejor el olivo y preservar la calidad del aceite.

Algunas de vuestras botellas superan los 20 euros. ¿Estamos ante un producto de lujo?

Sí, si entendemos el lujo como tiempo, salud y cuidado. Producir un gran aceite exige menos rendimiento y mucha precisión. No es ostentación, sino hacer las cosas sin atajos.

La cosecha temprana obliga a utilizar entre 12 y 14 kilos de aceituna para obtener un litro. ¿Qué representan esos kilos?

Una renuncia. Si esperáramos unas semanas, obtendríamos más aceite, pero perderíamos aromas, frescura y antioxidantes. Elegimos menos cantidad para conseguir más calidad.

Desde que se recoge la aceituna hasta que se transforma en aceite pasan como máximo cuatro horas. ¿Qué os jugáis en ese proceso?

Prácticamente todo. La naturaleza necesita un año para crear una gran aceituna y nosotros tenemos unas horas para no estropearla. Trabajar rápido y controlar la temperatura nos permite conservar mejor sus aromas y propiedades.

Vuestro aceite alcanza una acidez de 0,08. ¿Qué nos dice realmente esa cifra?

La acidez no se percibe en boca. Lo que realmente indica es cómo se ha tratado la aceituna desde el árbol hasta la almazara. Ese 0,08 es la consecuencia de trabajar rápido, con precisión y respetando el fruto.

La botella y el estuche poseen una identidad visual muy cuidada. ¿Qué importancia tiene el diseño?

Es la primera manera de contar nuestra historia. Queríamos que los materiales, las texturas y cada detalle expresaran el mismo cuidado que ponemos en el aceite. El diseño no debe disfrazar el producto, sino representarlo.

El vino ha conseguido que el consumidor hable de variedades, añadas y territorios. ¿Puede el aceite recorrer el mismo camino?

Tiene todo lo necesario: variedades, territorios, cosechas, historia y cultura gastronómica. No necesita imitar al vino, pero sí aprender a explicar mejor su diversidad y su valor.

¿Qué tipo de cocina y qué clase de chef entienden mejor la personalidad de Cielo y Tierra?

La cocina de producto. Nos identificamos con los chefs que conocen el origen de los ingredientes, respetan las estaciones y mantienen una relación cercana con los productores.

Vuestro modelo incorpora agricultura regenerativa, cubiertas vegetales, energía renovable y vidrio reciclado. ¿Qué decisión ha supuesto el cambio más profundo?

Cambiar nuestra forma de decidir. La sostenibilidad no depende siempre de grandes gestos, sino de elegir mejor cada día: los materiales, los embalajes, el aprovechamiento de la poda o el cuidado del suelo.

Además de aceite, vuestra familia produce miel, nueces, higos y cerezas. ¿Puede Cielo y Tierra convertirse en un universo de productos mediterráneos?

El aceite siempre será el corazón del proyecto. Pero ya hemos incorporado mieles e infusiones y continuaremos creciendo con productos que compartan nuestra manera de entender el Mediterráneo.

El clima está alterando los ritmos del campo. ¿Cómo está cambiando vuestra manera de mirar el olivar?

Nos obliga a cuidar más el suelo, gestionar mejor el agua y favorecer la biodiversidad. Cada vez medimos menos el éxito por los litros producidos y más por la salud del olivar.

¿Cómo es tu desayuno perfecto y qué aceite eliges cuando nadie te está observando profesionalmente?

Un buen pan de trigo sarraceno, Cielo y Tierra, fruta de temporada y un poco de miel. Y cuando nadie me observa elijo exactamente el mismo aceite. Es el que hacemos para nuestra familia.

¿Con qué maridarías Cielo y Tierra?

Con buenos productos: pan, tomate, pescado, verduras o chocolate negro. El aceite no debe imponerse, sino acompañar y realzar el ingrediente.

¿A quién invitarías a compartir una botella de Cielo y Tierra?

A Antonio Gaudí. Me fascina su forma de observar la naturaleza, su respeto por la artesanía y su búsqueda de la excelencia. Creo que hablaríamos más de belleza, tiempo y legado que de arquitectura o aceite.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Dani Carnero – Kaleja

Dani Carnero: “He descubierto que soy más feliz cocinando desde la memoria y el guiso”

 

El chef malagueño cerró La Cosmopolita cuando todavía era un restaurante lleno de vida. Un proceso natural, asegura. Hoy reparte su tiempo entre Kaleja, La Cosmo, su asesoramiento gastronómico en Balausta y proyectos como Juanito Baker, siempre desde una cocina directa, reconocible y honesta, como todo lo que hace. 

Habla sin rodeos del agotamiento de los menús degustación clónicos, de la influencia de Instagram, del precio de los restaurantes o de la falta de pescado por el cambio climático. A sus 52 años sigue visitando proyectos jóvenes para aprender, reivindica el guiso y confiesa que le interesa mucho más comprender que crear. Todo un ejemplo. 

 

Cerraste La Cosmopolita cuando seguía siendo un restaurante querido. ¿Cuánto valor hace falta para cerrar una casa así?

A veces no es valor, sino sentido común. Las cosas tienen un principio y un final, pero muchas veces no sabemos leerlo. Por diferentes motivos, entendimos que había llegado el momento de cerrar y lo hicimos. Pero la razón fue simplemente que la situación nos decía que era mejor terminar.

La ensaladilla de La Cosmopolita ha reaparecido en La Cosmo. ¿Cómo decides qué platos merecen una segunda vida?

Durante un tiempo no quería ponerla porque La Cosmo no debía convertirse en La Cosmopolita. Pero un día pensé que era una receta mía y que tenía tanto derecho como cualquiera a seguir cocinándola. Ahora aparece, desaparece y vuelve cuando nos apetece. Podemos recuperar platos antiguos sin convertir el nuevo restaurante en una copia del anterior.

Has dicho que muchos clientes están cansados del menú degustación. ¿Está llegando a su fin?

Cuando viajo a Casa Marcial o a Enigma quiero vivir su menú degustación completo. Lo que el cliente está pidiendo es libertad y una mayor diversidad de formatos. El problema es la masificación y la repetición. No tiene sentido que cualquier restaurante que antes te ofrecía una carta de producto pase a servirte obligatoriamente un menú degustación. Cuando todo se repite, el cliente se aburre.

¿Cuánto tarda un cocinero en encontrar realmente su lenguaje?

Cuando tenía 18 años, José Carlos Capel escribió en una crítica que yo era un cocinero que todavía debía encontrarse. Entonces pensé que era una tontería. Casi cuarenta años después tengo que reconocer que tenía toda la razón. Cada cocinero debe abrir su propio camino. Yo he descubierto que soy más feliz cocinando desde la memoria y el guiso.

Los restaurantes gastronómicos tienen fama de ser caros. ¿Lo son realmente?

Seguimos teniendo una restauración muy barata. Comer en uno de los mejores restaurantes del mundo puede costar 300 euros, mientras una entrada de fútbol alcanza precios disparatados y una noche en un gran hotel puede costar miles. No existe comparación entre el trabajo que hay detrás y lo que se paga.

Kaleja recibe a muchos clientes extranjeros mientras parte del público malagueño se aleja del centro. ¿Se corre el riesgo de perder el alma local?

Intentamos que no. Seguimos cocinando maimones, lentejas y platos muy ligados a nuestra cultura, aunque fuera haga cuarenta grados. Muchos extranjeros vienen precisamente porque quieren conocer Málaga, igual que yo quiero descubrir la cocina italiana cuando viajo a Milán.

¿Qué buscas cuando visitas restaurantes en otros países?

Me interesan especialmente los proyectos jóvenes. Intento mirarlos con ganas de aprender porque el problema de cumplir años es empezar a pensar que ya lo sabes todo. Me atrae su hambre, su lenguaje, la manera de emplatar, servir, elegir la música y entender el restaurante. Huyo de los restaurantes intercambiables, esos en los que da igual estar en Málaga, Nueva York o cualquier otra ciudad.

En Balausta ejerces como asesor gastronómico. ¿Qué estás aportando al proyecto?

Estamos dando mayor frescura a un restaurante que antes tenía un formato algo más clásico. Queremos que conviva de una manera más natural con Málaga y con la vida de la ciudad. Lo hacemos poco a poco, sin romperlo todo. Es un mundo completamente diferente. Un hotel permanece abierto las 24 horas, los 365 días del año.

¿Las redes sociales pueden perjudicar la creatividad?

Muchísimo. Ves un plato repetido miles de veces y terminas incorporando ideas, modas o formas que no tienen nada que ver contigo. Después crees que son tuyas, pero no lo son. La manera más limpia de cocinar sería no saber qué está haciendo el cocinero de al lado.

Has dicho que te interesa más entender que crear. ¿No te consideras un cocinero creativo?

No especialmente. Me interesa muchísimo la creatividad, leo sobre ella y trato de comprenderla, pero no me defino como un cocinero creativo. Me interesa mucho más entender por qué funciona algo que crear por el simple hecho de hacerlo.

El calamar crudo, los pimientos a la candela o el tuétano con gambas se han convertido en platos muy reconocibles. ¿Cuál ha marcado más tu trayectoria?

Probablemente el calamar crudo sea uno de los más importantes. También están el tartar de gamba con tuétano, los pimientos o la ensaladilla. Un amigo me dijo una vez que no es fácil conseguir que el público asocie cuatro o cinco platos a un mismo cocinero. En ese sentido, he tenido suerte.

El cambio climático está afectando a productos tan malagueños como la sardina. ¿Qué futuro imaginas?

Tengo asumido que, si algún día tengo nietos, probablemente comerán muy poco pescado salvaje. Cada vez hay menos sardina buena, menos boquerón y menos pescado en general, mientras aumenta el número de restaurantes que lo demandan.

¿Cómo nació tu relación con Juanito Baker?

Carlos, su fundador, llegaba a La Cosmopolita con su mono de panadero para trabajar las masas. De ahí nació una relación muy bonita. España es un país de pan, pero hemos perdido gran parte de esa cultura. Cada vez existe menos cuidado, menos detalle y menos amor por un producto esencial en nuestra mesa.

¿Qué valor tienen guías como Macarfi?

Una guía que valora con la misma seriedad un gastronómico y un chiringuito tiene mucho valor porque reconoce formatos muy diferentes.

Tienes 24 horas sin cocina, teléfono ni proveedores. ¿Cómo sería tu día perfecto en Málaga?

Desayunaría en cualquier casa de mi barrio un pitufo de jamón, aceite y queso. Después me iría con mi familia a El Saladero, me sentaría cerca de la arena con mi amigo Juanillo y comería tranquilamente, sin prisas.

¿Qué encontraríamos ahora mismo en la nevera de tu casa?

Morcilla y chorizo de Montilla, porque mi familia política es de allí; tomates rosados del huerto de mi suegro y algún embutido que intentamos comprar sin envasar. Y seguramente un táper con las lentejas del día anterior. Una nevera completamente normal de una casa familiar.

¿A quién invitarías a comer en uno de tus restaurantes?

A Camarón. No sé exactamente qué comería, aunque creo que algún potaje caería. Seguramente hablaríamos muy poco porque yo tampoco soy una persona de demasiadas palabras. Me encantaría simplemente verlo sentado allí.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Miguel González Castro – Castro y González

Miguel González Castro: “Un jamón no es mejor por tener más años, sino por abrirlo en su momento”

 

El director general de Castro y González representa la cuarta generación de una familia que lleva más de un siglo vinculada al ibérico.. Creció entre dehesas, bodegas y conversaciones sobre montaneras. Habla del jamón con naturalidad, pero también con la precisión de quien sabe que detrás de cada pieza existe un proceso en el que todavía intervienen muchas manos. 

Castro y González ha llevado esa inquietud a proyectos como Jamón Fusión, elaborado entre Guijuelo y la Sierra de Huelva, o la edición Premium Reserve 80 Montaneras, seleccionada personalmente por su padre. Pero Miguel también baja el jamón de su pedestal y nos explica cómo servir correctamente un sobre de loncheado, revela su maridaje favorito y reconoce que en su casa no siempre tiene una pata abierta.

 

¿Cómo reconoces un gran jamón antes de probarlo?

La forma de la pata ofrece las primeras pistas. Una pieza más larga, estrecha y estilizada suele indicar una mayor pureza genética. También hay que observar el tocino: su untuosidad y jugosidad permiten intuir la alimentación del animal y la cantidad de ácido oleico presente en la grasa.

¿Y qué descubres cuando puedes tocarlo y olerlo?

Al presionar la maza y la babilla puedes comprobar el grado de curación. La dureza, la corteza y su tonalidad también aportan información. Después está la cala, un pequeño hueso que introducimos en determinados puntos para comprobar el aroma y detectar cómo ha evolucionado la pieza en la bodega.

¿Existe el jamón perfecto?

Puedes acercarte mucho, pero nunca garantizarlo al cien por cien. Estamos ante un producto natural que depende de la genética, la alimentación, la salazón, el clima, la bodega y el trabajo de muchas personas. Incluso una pequeña anomalía interna puede aparecer cuando abres la pieza.

Alrededor del jamón existe todo un ritual. ¿Cuál es realmente imprescindible?

El corte a cuchillo en directo. Es la máxima expresión del jamón. Un buen cortador puede conseguir que una gran pieza resulte todavía mejor, siempre que esté a la temperatura adecuada y las lonchas se sirvan sin dejarlas demasiado tiempo expuestas.

¿Cuánto más tiempo de curación tiene un jamón, mejor es?

Hasta cierto punto. Un jamón de bellota necesita tiempo, pero no puede envejecer eternamente. Existe un momento óptimo y, a partir de ahí, empieza una curva descendente. Para una pieza de entre siete y ocho kilos, una curación de cuatro o cinco años puede ser perfecta. Si pesa más, puedes prolongarla algo, pero ocho o nueve años me parecen excesivos.

Defendéis la importancia de las añadas. ¿Recuerdas alguna especialmente buena?

La de 2014 fue maravillosa. La montanera resultó muy buena y las analíticas de los cerdos fueron extraordinarias. También recuerdo especialmente 2020. Fue un año terrible por la pandemia, pero la añada del jamón resultó excelente.

Jamón Fusión se cura entre Guijuelo y la Sierra de Huelva. ¿Cómo nació la idea?

Queríamos unir dos climas y dos maneras de entender el jamón. La pieza pasa su primer año en Guijuelo, aprovechando el frío del invierno, y después se traslada a nuestra bodega de Huelva para completar la curación con la humedad atlántica y las temperaturas del sur. Guijuelo aporta jamones más dulces y suaves. Huelva, más intensidad. 

¿Cómo se moderniza una casa histórica sin perder su identidad?

Ese es nuestro trabajo diario. Debemos conservar la forma de salar, perfilar y curar que aprendimos de nuestros abuelos, pero también incorporar mejores cámaras, automatizar determinados procesos y contar con profesionales cada vez más preparados. Queremos mirar al futuro sin perder la parte artesanal.

Sin nombre ni etiqueta, ¿qué debería permitir reconocer inmediatamente un jamón de Castro y González?

El respeto por el origen y el control de todo el proceso. Somos una empresa familiar que conoce de dónde procede cada pieza, cómo se ha criado el animal y qué ha ocurrido durante la curación. Esa seriedad debe percibirse en el resultado.

Premium Reserve 80 Montaneras reúne únicamente 80 piezas. ¿Qué historia existe detrás de esta edición?

Nació como homenaje a mi padre, Miguel González Blanco, cuando cumplió 80 años. En una finca familiar cercana a Guijuelo selecciona personalmente las 80 mejores piezas de cada partida. Es lo mejor de la casa y lleva su nombre y su criterio.

¿El consumidor español entiende lo que cuesta producir un gran jamón?

Todavía falta cultura. Mucha gente disfruta del jamón ibérico, pero desconoce todo lo que existe detrás: la crianza del animal, la dehesa, la montanera, los años de curación y el riesgo que asume el productor. Cuando explicas el proceso, se entiende mejor su precio.

¿Debemos considerarlo un producto de lujo?

Un gran jamón compite de lleno con el caviar, el champán y los mejores productos gastronómicos del mundo. No porque deba ser inaccesible, sino porque necesita una materia prima excepcional, mucho tiempo y un conocimiento difícil de reproducir.

¿Qué países valoran mejor el ibérico fuera de España?

En Europa funcionan especialmente bien Reino Unido, Francia, Italia y Portugal. Fuera de Europa destacan China, Estados Unidos y México. La internacionalización es fundamental para diversificar y seguir creciendo.

¿Cómo puede afectar el cambio climático a las montaneras?

Dependemos del agua, de las encinas y de la producción de bellota. Las sequías pueden reducir la cabaña porcina y, por tanto, la cantidad de jamones disponibles. Debemos prepararnos, por eso estamos reforestando nuestras fincas y reforzando el arbolado para garantizar su futuro. Si disminuye la producción, probablemente los jamones serán más escasos y subirán de precio. 

¿Qué aporta a la marca estar presente en la alta gastronomía?

Nos permite acercar el producto a personas que valoran la calidad y explicar mejor todo el trabajo que existe detrás. Participar como jamón oficial en la Gala Macarfi forma parte de esa apuesta por relacionarnos con grandes cocineros, restaurantes y profesionales de la gastronomía.

¿Cuál es el error más frecuente al consumir jamón o embutido en casa?

Abrir más producto del que vamos a consumir y guardarlo después de cualquier manera. En el caso de un embutido, no conviene devolverlo a la misma bolsa cerrada y sin vacío porque pierde sus condiciones y puede ablandarse. Lo mejor es abrir únicamente la cantidad que vas a comer.

¿Cómo debemos servir un sobre de jamón loncheado?

Hay que sacarlo del frigorífico con tiempo. Si continúa envasado al vacío, puedes mantenerlo durante tres o cuatro minutos bajo agua templada, secar bien el envase y abrirlo. Después conviene dejar las lonchas unos cinco minutos en el plato para que se atemperen y la grasa recupere su textura.

¿Qué maridaje te parece imbatible?

La manzanilla. Organizamos una cata con las distintas partes del jamón y varios vinos, acompañados por un sumiller, y fue la opción que mejor funcionó. Su frescura y su carácter salino limpian el paladar y acompañan muy bien la grasa.

¿Con quién compartirías una de las piezas de 80 Montaneras?

Con la selección española de fútbol, que acaba de ganar el Mundial. Me encantaría aparecer con un jamón y compartirlo con todos los jugadores durante una gran celebración.

¿En tu casa siempre hay una pata de jamón abierta?

Mis hijos son grandes consumidores de embutidos y les encanta especialmente el lomo, pero una pata necesita atención. Mi abuelo decía que “el jamón come contigo todos los días”: si no lo cortas con frecuencia, se reseca y pierde facultades. En casa suelo tener loncheado y abro una pieza entera cuando reunimos a la familia o a los amigos.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Raül Bobet – Castell d’Encus

Raül Bobet: “El vino será uno de los últimos reductos de la creatividad humana”

 

El enólogo y propietario de Castell d’Encús, y cofundador de Ferrer Bobet, pisaba uvas cuando apenas tenía tres años, y durante mucho tiempo creyó que elaborar vino era una actividad tan cotidiana como hacer aceite. Su camino parecía dirigirse hacia otro lugar: se formó como ingeniero químico, se especializó en ciencia de los alimentos y desarrolló una trayectoria ligada a la investigación dentro y fuera de España.

La ciencia terminó conduciéndolo de nuevo hasta el vino. Hoy reparte su curiosidad entre dos proyectos que responden a paisajes casi opuestos. En Castell d’Encus trabaja con viñedos de montaña y explora las posibilidades de la altitud; en Ferrer Bobet se enfrenta al Priorat, a sus laderas. Dos territorios distintos que le obligan a mantener despierta la mirada.

Bobet nos habla del vino como científico, pero también como alguien convencido de que las fórmulas no sirven de nada sin intuición. Observa con inquietud el cambio climático y todavía confía en que una copa pueda resistir a la aceleración del mundo. Nos lo cuenta todo en esta entrevista. 

En tu casa se hacía vino y pisabas uvas desde muy pequeño. ¿Cuándo dejó de ser algo cotidiano y empezó a interesarte de verdad?
Recuerdo que, con tres años, me lavaban los pies dos veces y después me dejaban pisar las uvas. Pero durante mucho tiempo no sentí una atracción especial por el vino. Me interesaban mucho más la investigación, la ingeniería y la química. El acercamiento llegó poco a poco, especialmente durante mis estudios en California.

¿Qué puede explicar la ciencia sobre un gran vino?
El vino reúne tantas materias que resulta muy difícil encontrar a alguien que pueda afirmar que sabe realmente de vino. La ciencia permite estudiar, ordenar y comprender muchos de sus matices, pero no ofrece todas las respuestas.

¿Trabajar únicamente una cosecha al año aumenta la presión?
Muchísimo. Solo tienes una oportunidad cada año y, si quieres que tu trabajo tenga trascendencia, necesitas método. Debes conocer el clima, los suelos, la genética de cada variedad, las prácticas en el viñedo y todo lo que puedes hacer después en la bodega. No puedes permitirte improvisar sin criterio.

Castell d’Encus y Ferrer Bobet parten de territorios muy distintos. ¿Qué te atraía de afrontar dos proyectos casi opuestos?
Precisamente su carácter complementario. He trabajado en Chile, California y Burdeos y he colaborado con investigadores de diferentes lugares. Para mí, cada vino representa un reto y una oportunidad para escribir la poesía que me interesa a partir del clima, el suelo y la variedad. Cambiar de escenario obliga a mantener una gran flexibilidad mental.

Defiendes que tu mejor vino todavía está por llegar. ¿Es ambición o curiosidad?
Es una manera de continuar siendo joven. Significa que sigues investigando, probando y equivocándote. Me espantaría llegar a un punto en el que dijera: “Ya lo tengo”. No encaja con mi carácter ni con mi forma de trabajar.

Cuando imaginaste Castell d’Encus te planteaste cambiar de latitud o buscar altura. ¿Por qué elegiste la montaña?
La alternativa era marcharme a otro país o buscar aquí unas condiciones diferentes. Vi que la montaña ofrecía margen para trabajar con otros climas y con una heterogeneidad de suelos extraordinaria. También implicaba dificultades logísticas, económicas y humanas, pero precisamente ahí estaba el reto.

¿Un viñedo situado a mayor altura produce necesariamente un vino mejor?
No. Convertir la altura en una competición hace un flaco favor a la verdad. En algunas de las grandes regiones vinícolas, las parcelas más elevadas han sido tradicionalmente las menos valoradas. La altura solo funciona cuando se analiza junto a la variedad, la latitud, el mesoclima, el suelo y el estilo de vino que quieres elaborar.

¿Qué puede aportar entonces la altitud?
Puede favorecer una mayor acidez, una maduración más lenta, aromas menos evolucionados y grados alcohólicos más moderados. También existe una mayor diferencia térmica entre el día y la noche y una radiación ultravioleta distinta. Todo eso puede ayudar a conseguir vinos más frescos, finos y punzantes, pero nunca debe analizarse de manera aislada.

¿La preocupación por el cambio climático estuvo ya en el origen de Castell d’Encus?
Sí. La idea empezó a tomar forma después de asistir en los años ochenta y noventa a conferencias científicas sobre los cambios en la atmósfera. Ya se advertía que tendríamos problemas, aunque mucha gente no quisiera verlo. Castell d’Encus nació en parte de aquella inquietud.

¿Existe un límite a la altura a la que puede plantarse una viña?
Si subes demasiado, la maduración puede verse comprometida y puedes encontrarte lluvias durante la floración o justo antes de la vendimia. La altura también puede ir claramente en contra de la calidad. Todo depende de la latitud, la influencia marítima, el mesoclima y las condiciones concretas del lugar.

En Castell d’Encus has trabajado con variedades que no son propias de la zona. ¿Cómo respondes a quienes defienden que solo deben plantarse variedades autóctonas?
La genética de la vid siempre ha estado en movimiento y muchas de las variedades que hoy consideramos propias de un territorio llegaron allí en algún momento. Yo debía valorar también cuánto tiempo requiere realizar una buena selección. Si necesitas setenta u ochenta años para desarrollarla, las decisiones deben ser muy conscientes. Lo importante es que cada variedad tenga sentido en el lugar y dentro del vino que quieres elaborar.

Los jóvenes consumen menos vino. ¿El sector debe asumirlo como algo inevitable?
Una parte puede responder a una moda y otra a una preocupación por la salud. Pero también se está produciendo un cambio hacia consumir menos cantidad y elegir productos con mayor personalidad. El sector puede hacer cosas, especialmente mejorar la educación y explicar el vino sin exageraciones. Beber de forma abusiva y como vía de evasión es una cosa; compartir moderadamente una botella es otra muy distinta.

¿Cómo está entrando la inteligencia artificial en el mundo del vino?
Como en cualquier otra empresa: en la administración, el análisis, las ventas o la gestión de datos. En el campo tendrá además un impacto enorme porque falta mano de obra. Veremos más robots, drones y sistemas capaces de realizar trabajos rutinarios, controlar el viñedo y reducir algunos tratamientos.

¿Llegará la inteligencia artificial a elaborar y catar un gran vino?
De momento, los robots no catan. Pueden analizar muchos parámetros, pero tienen dificultades cuando aparecen la sinergia, la intuición y la creatividad. Creo que el vino será uno de los últimos reductos en los que creatividad humana resulte difícil de sustituir. 

¿Qué regiones vinícolas te están sorprendiendo últimamente?
Se están haciendo cosas interesantes en Suiza, y también en Alemania, Eslovenia y algunas zonas de Estados Unidos como Oregon o el Estado de Washington. En España se percibe un desplazamiento hacia territorios más frescos, desde el Bierzo hasta algunas zonas de Ávila, Madrid o Galicia. Pero no debemos simplificarlo todo: el cambio climático también implica costes, problemas de agua, logística y recursos humanos.

¿Con quién abrirías una de las botellas especiales de tu colección?
Con Bertrand Russell. Me hubiera encantado compartir un vino con él y mantener una conversación que durara toda la noche. 

Meditas, haces ejercicio y vives alejado del ruido. ¿Cómo consigues frenar en un mundo tan acelerado?
Tengo la suerte de vivir en la montaña, sin vecinos y rodeado de un paisaje extraordinario. El silencio, la brisa y los sonidos de la naturaleza te devuelven a tus orígenes. Reconozco que, viviendo aquí, lo tengo más fácil que muchas otras personas.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Iván Cerdeño – Restaurante Iván Cerdeño, Cigarral del Ángel

Iván Cerdeño: “La caza te enfrenta a sabores que no ha alterado la mano del hombre”

 

Desde el Cigarral del Ángel, el chef toledano ha levantado una cocina que encuentra en la memoria de Mocejón, la caza, el río y las recetas antiguas de Castilla-La Mancha un territorio todavía lleno de posibilidades. Un lujo. 

 

Toledo no es para Iván Cerdeño un simple punto de partida, sino el lugar que ordena todo lo que sucede en el Cigarral del Ángel. La memoria del bar familiar de Mocejón, la bollería de sus abuelos, las legumbres, las verduras de la ribera del Tajo y la caza de los Montes de Toledo forman un mapa que el chef ha convertido en una de las propuestas más interesantes del país.

Ese arraigo ha situado su restaurante en lo más alto de nuestra guía Macarfi, pero su cocina no busca convertir Toledo en un sitio más. Defiende el río, las huertas, la caza, la confitería y los recetarios antiguos. Todo aparece en un menú que cambia con la temporada y que entiende el territorio como una fuente inagotable de matices.

¿Qué recuerdo gastronómico de infancia te acompaña todavía?
Antes del bar de mi madre, mi abuela y mis tías tenían una churrería y bollería. Vendían leche al peso, porque tenían vacas, y elaboraban todo tipo de dulces. Recuerdo una mesa enorme llena de bollos, los buñuelos, las torrijas, la leche frita… Verles cocinar es una imagen muy bonita que me acompaña siempre.

Podrías haber construido tu carrera en cualquier gran ciudad, pero elegiste Toledo. ¿Qué hay allí que necesitas contar?
Me he formado en grandes restaurantes, dentro y fuera de España, pero siempre pensé en volver a casa. Inicialmente quería regresar a Mocejón, aunque el negocio de mis padres funcionaba y no tenía sentido cambiarlo. Toledo era el lugar lógico. Soy toledano, quiero mucho a mi ciudad y a su gente, y no me imagino cocinando en otro sitio. Cocino los recuerdos, los sabores del entorno y la temporada de mi tierra.

El Cigarral del Ángel se ha convertido en una de las grandes mesas de Castilla-La Mancha. Cuando miras atrás, ¿qué te viene a la cabeza?
Sobre todo, el equipo. Hemos llegado hasta aquí gracias a una plantilla enorme, tanto en cocina como en sala, que lleva muchos años trabajando junta. Esa conexión se nota. Nuestro objetivo es sencillo: cuidar a quien viene a casa, conseguir que esté a gusto, que coma bien y que se lleve un buen recuerdo.

¿Qué producto castellano te parece más infravalorado?
La caza. Los Montes de Toledo y toda la serranía de alrededor nos dan jabalí, conejo, ciervo o liebre, y es un producto que todavía se trabaja poco. Es difícil, pero precisamente por eso resulta apasionante. Te enfrenta a sabores primitivos y salvajes, muy distintos de los de una carne criada y alimentada bajo control.

¿Qué exige la caza al cocinero?
Cada pieza pide una atención distinta. En el jabalí, por ejemplo, hay que seleccionar muy bien el peso y elegir hembras, que tienen más grasa. En la liebre, importa muchísimo respetar la temporada y trabajar el animal con su sangre e interiores, porque ahí está gran parte de su identidad. Después, cada corte necesita su propio tratamiento: no se cocina igual un lomo, una pierna o un cuello. Eso se aprende a base de probar, observar y ajustar adobos y marinadas.

La caza también genera debates sobre sostenibilidad y consumo. ¿Qué responsabilidad tiene un cocinero que la lleva a la alta cocina?

Trabajamos con especies que tienen una superproducción, como el jabalí o el conejo de monte, que ahora son las carnes con las que estamos cocinando. En muchos casos generan problemas en el campo, así que creo que podemos contribuir dando valor gastronómico a animales para los que no existe un riesgo de extinción.

Has dicho que en Toledo no te sale hacer un tartar de atún porque tu cocina nace de otro paisaje. ¿Dónde está el límite?
Me encanta el atún y, cuando voy a Barbate o a Zahara, disfruto muchísimo de un tartar. Pero en Toledo no me sale cocinarlo tal cual, porque no tiene que ver con nuestro entorno. Nuestra cocina es muy local, de paisaje y de temporada. El atún podría pasar por una lectura castellana, quizá a través de un escabeche, pero servirlo sin más no encajaría con lo que hacemos aquí.

Tus menús no son una sucesión de platos, sino un recorrido por Toledo y Castilla-La Mancha. ¿Cómo los construyes?
Comenzamos con muchos bocados, después llegan pequeñas tapas y más tarde los platos. El recorrido une la cocina popular castellana con la cocina burguesa de Toledo, una ciudad de reyes, curas y militares, con una historia gastronómica mucho más rica que la de los pueblos de alrededor. Recuperamos recetas y productos, con legumbres, verduras de la ribera del Tajo, pescado de río, caza y una pequeña confitería al final.

El menú puede rondar los treinta pases. ¿Cómo consigues que el comensal se olvide del reloj?
Con ritmo. Quien viene a nuestra casa quiere conocer una cocina y probar muchas cosas, porque normalmente no nos visita cuatro veces al año: quizá viene una vez y vuelve al cabo de uno o dos años. Queremos ofrecerle un recorrido completo, pero el comensal siempre tiene libertad. Si alguien desea acortar el menú, no tenemos ningún problema.

También has llevado tu cocina fuera de Toledo, a formatos como Forbes House. ¿Qué se gana al sacar el Cigarral de su lugar?
Casi siempre nos traemos más de lo que llevamos. Aprendemos, conocemos gente y presentamos nuestro trabajo a un público que quizá todavía no conocía la cocina del Cigarral ni nuestra manera de entender el territorio. Estoy agradecido por esas oportunidades, porque ayudan a que la cocina de nuestra tierra viaje y se comprenda mejor.

Annika García-Escudero es esencial en el proyecto. ¿Qué ha cambiado desde que llegó?
La llegada de Annika marcó un antes y un después. Equilibra todo y consigue que las cosas fluyan como deben. Ha estado a mi lado desde el inicio del proyecto y trabajamos codo con codo. Para mí es una suerte compartir el restaurante con ella, además de la vida y nuestra familia.

¿Qué aporta una guía como Macarfi al mapa gastronómico?
Está haciendo una labor muy importante porque selecciona restaurantes por comunidades y ofrece una orientación muy clara. Ayuda al comensal a encontrar de manera directa el lugar que busca. A nosotros nos han tratado siempre de maravilla y han cuidado mucho cada iniciativa en la que hemos participado.

Un chef español al que admires.
Luis Lera. Para mí es un chef mágico y Lera es el restaurante de España en el que más disfruto.

¿Qué plato te habría gustado inventar?
La tortilla de patatas. Con cebolla.

¿A quién invitarías a sentarse en tu restaurante?
A Joaquín Sabina. Me parece un grandísimo cantautor desde hace años y sería fantástico que pasara por aquí.

¿Qué encontraríamos en la nevera de tu casa?
Sobre todo, comida para los niños. Tenemos tres pequeños, así que hay bases de pizza, pollo y chuletitas de cordero, que les encantan. Nosotros comemos poco en casa porque pasamos mucho tiempo en el restaurante, aunque el día libre sí intentamos cocinar algo para toda la familia o hacer una parrillada en verano.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Carlos Casillas – Restaurante Barro

Carlos Casillas “Los reconocimientos son un antídoto contra las dudas”.

 

Quería ser ingeniero aeroespacial, pero la gastronomía se cruzó en su camino. A los 27 años, ha convertido Barro en el primer restaurante de Ávila y el cuarto de Castilla y León para nuestra guía Macarfi, con una cocina que mira de frente a su territorio. Todo un ejemplo. 

Ávila ha sumado una nueva razón para el viaje gastronómico. Carlos Casillas ha convertido un antiguo almacén de trigo, en la carretera de Salamanca, en un restaurante al que se llega expresamente desde España y otros países. Barro ha pasado de tres a nueve mesas sin abandonar una idea muy clara: construir desde el producto, el vino y los productores de la zona.

Casillas nos habla de creatividad sin despegar los pies del suelo. Con una mirada muy concreta sobre lo que puede aportar un restaurante a una ciudad. Junto a Barro, Surco amplía el proyecto con una propuesta más cotidiana y accesible. El joven que pensó estudiar Ingeniería Aeroespacial ha encontrado en Ávila su lugar para construir un proyecto fascinante. 

 

Con solo 27 años has avanzado muy rápido. ¿Te imaginabas aquí en tan poco tiempo?
La verdad es que no. Quería ser ingeniero y no tenía pensado que la cocina fuese mi camino profesional. Mi hermana me conocía bien y sabía que por aquí iba a ser más feliz. Me encontré con las puertas abiertas del Basque Culinary Center y fui con dudas. Como para imaginarme entonces que acabaría teniendo un negocio propio, libertad creativa, que para mí es lo más importante, y todas las alegrías que han venido después.

Ávila no era a priori, la primera opción para triunfar. Pero tú lo tenías muy claro
Al final yo soy de aquí y tenía la inquietud de hacer algo en mi tierra, de poner Ávila en el mapa. Era importante que la gente entendiese que aquí también podían hacerse cosas deslocalizadas. Al principio éramos un proyecto muy pequeño, con tres mesas, y Barro se convirtió en un refugio para las personas y los abulenses que querían algo diferente.

Y de repente todo cambió…
Ahora la dimensión es mucho mayor, tanto a nivel nacional como internacional. Nos visita mucha gente que viene expresamente a comer a Barro, cada vez más público de otros países. Es algo que me hace muy feliz porque era uno de los objetivos: atraer a personas de fuera y compartir protagonismo con Santa Teresa, que es una de las grandes razones por las que nos visita el público internacional. 

Querer, Quererse y Acercarse son los nombres de tus tres menús. ¿Qué cuentan de Barro?
El lenguaje importa mucho en lo que hacemos. Querer es el menú más breve, aunque mantiene entre 15 y 16 pases, y habla de libertad y de cuidar al comensal. Quererse es el más técnico y arriesgado, el que nos permite poner sobre la mesa las ideas más nuevas. Acercarse propone una versión más ágil entre semana, para quien quiere entender nuestra cocina con menos tiempo.

¿Qué producto de Ávila ha sido un reto mayor y cuál sigue estando por descubrir?
La chuleta, sin duda. Es un símbolo de Ávila y cualquiera llega con una idea previa en la cabeza. La llevamos a la bienvenida del restaurante con pan de cereales locales y una emulsión de grasa de chuleta que servimos como mantequilla. Es una manera sutil de integrarla en nuestra cocina. Y los vinos de Gredos siguen siendo el gran tesoro: las garnachas de la zona viven un buen momento, pero todavía tienen muchísimo futuro.

¿Se puede defender la cercanía, el aprovechamiento y los pequeños productores sin renunciar a la rentabilidad?
No solo se puede, es imprescindible. La salud económica permite crear, probar, equivocarse y sostener un equipo. También nos da margen para trabajar de verdad con los productores y responder a la temporada. Si nuestro carnicero tiene una picaña en un punto concreto, podemos darle salida en Barro o en Surco. Esa red es buena para todos y reduce la merma casi a cero.

Barro es número uno en Ávila y cuarto en Castilla y León en Macarfi. ¿Qué dan los reconocimientos?
Nos alegran y nos dan energía, pero no pueden ser la meta. La creatividad te obliga a cuestionarte, a asumir inseguridades y a probar cosas que no has visto antes. En esos momentos, los reconocimientos funcionan como un antídoto contra las dudas: te recuerdan que quizá estás avanzando por el camino correcto.

Surco ha sumado otra puerta de entrada al proyecto. ¿Qué te está enseñando?
Que la recurrencia cambia la relación con el público. Con un ticket más contenido, mucha gente de Ávila puede volver y hacer suyo el restaurante. También nos permite mover producto, aprovechar cortes o vegetales que no llegan a la mesa de Barro y abrir espacio a vinos de poca intervención. Además, ha sido clave para formar a nuevas incorporaciones y dar oportunidades a perfiles que necesitaban una primera puerta.

Pasaste por elBullifoundation y trabajaste en Sapiens del Vino. ¿Qué permanece de esa etapa?
Sobre todo, una forma de pensar. Allí entendí que antes de crear, hay que comprender e investigar. Ordenar y cuestionar las ideas forma parte de cocinar. Barro tiene mucho de esa búsqueda: probar, ajustar y no dar nada por hecho.

¿Qué queda del chico que quería estudiar Ingeniería Aeroespacial?
La curiosidad por entender cómo funcionan las cosas. Me gustaban la física, el espacio y los aviones. La cocina apareció cuando fui a una jornada de puertas abiertas del Basque y esa puerta ya no se cerró.

¿Con quién te habría gustado sentarte a la mesa en Barro?
Con José Mujica. Me parece una figura extraordinaria.

¿Qué plato te habría gustado inventar?
El cocido. No tiene un único autor, admite infinitas lecturas y seguimos fascinados por todo lo que contiene.

¿Qué nunca falta en tu nevera?
Ahora está muy llena porque estoy pasando una temporada con mi madre y es una nevera generosa. Pero hay cosas que nunca fallan. Cacaolat, sobre todo en verano. Salgo a correr todos los días y, cuando vuelvo, me encanta tomarme un trago de batido de chocolate bien frío. Y, por supuesto, mucha fruta y muchos quesos. Mi hermana vive en Suiza y cada vez que viene, llena la maleta de quesos. Es una de las cosas que nunca puede faltar.

Una duda que nos ronda, ¿eres familia de Iker Casillas?
Primos directos no, pero nuestros abuelos eran familia. Somos del mismo pueblo, muy pequeño, y nos conocemos desde hace tiempo. Iker es muy generoso con su gente y mantenemos buena relación. 

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Miguel Ángel de la Cruz – Castilla Termal Hoteles

Miguel Ángel de la Cruz: “Cada hotel tiene que ofrecer gastronómicamente lo que tiene cerca”.

 

El chef de La Botica de Matapozuelos lleva cerca de seis años colaborando con Castilla Termal y ha desarrollado una propuesta que conecta cada casa con su paisaje, sus productores y la cocina de proximidad. Converso, en el Monasterio de Valbuena, representa su apuesta más ambiciosa.

Dar una identidad gastronómica común a seis hoteles con arquitecturas, paisajes y despensas muy diferentes exige algo más que renovar una carta. Miguel Ángel de la Cruz ha trazado para Castilla Termal una ruta basada en el producto cercano, el respeto por el calendario y una forma de cocinar que se aleja de las fórmulas repetidas. En Solares manda Cantabria; en El Burgo de Osma, la cocina soriana; en Brihuega, La Alcarria; y en Valbuena, el viñedo, la huerta y la Ribera del Duero.

El chef de La Botica de Matapozuelos, uno de los grandes nombres de la cocina castellana contemporánea, ha encontrado en este grupo hotelero un espacio coherente con su manera de entender la gastronomía. Converso, el restaurante del Monasterio de Valbuena, concentra buena parte de esa visión.

 

Llegaste hace seis años a Castilla Termal compaginándolo con La Botica de Matapozuelos. ¿qué te atrajo de este proyecto?

Con Roberto García, CEO del grupo, siempre he tenido muchos puntos en común en la manera de entender el negocio, la sostenibilidad y la relación con el entorno. Cuando me pidió que colaborara, antes de la pandemia, no se trataba de poner un nombre ni de construir una imagen. Querían hacer bien las cosas, ordenar la oferta gastronómica, definir un camino y conseguir que los equipos encajaran en el concepto que tenía el grupo.

Dirigir la gastronomía de seis hoteles en territorios tan distintos obliga a encontrar un equilibrio delicado. ¿Qué deben compartir todos?

El punto común es generar una relación de cercanía con el cliente a través del lugar. En Solares debe respirarse Cantabria; en Valbuena, el interior, la Milla de Oro y la ruta del vino. Cada hotel tiene que ofrecer gastronómicamente lo que tiene cerca. Ese es el eje que une a todos, pero luego cada uno necesita expresar su territorio y no repetir una propuesta que podría estar en cualquier sitio.

¿Cómo se traslada tanta historia y arquitectura a la cocina sin repetirse?

El lugar es un estímulo muy potente. En Valbuena, por ejemplo, trabajamos con recetarios históricos, con productos que se utilizaban en el monasterio y con la huerta. Todo eso ayuda a construir una oferta que tiene que ver con el edificio y con lo que ha sucedido allí, pero sin forzar nada. El entorno te da muchas pistas a la hora de plantear los platos.

Converso es la gran apuesta gastronómica del Monasterio de Valbuena. 

¿Cuándo sentisteis que era el momento de abrir un restaurante de este nivel?

Llevábamos años colaborando y primero había que consolidar muchas cosas. Cuando el equipo ya estaba compacto, el hotel funcionaba bien y los clientes estaban contentos, entendimos que era el momento de dar un salto. Converso nace de esa voluntad de buscar la excelencia desde una base que ya estaba asentada.

El nombre Converso invita al diálogo. ¿Qué querías que ocurriera entre la cocina, el monasterio, el vino y quien se sienta a la mesa?

Converso es un lugar para compartir. Nos interesaba que fuese un restaurante abierto tanto a los clientes del hotel como a quienes llegan desde fuera, y también compartirlo con cocineros amigos. Hemos organizado encuentros y cocinado con compañeros a los que admiro mucho. Esa convivencia forma parte de la propuesta y permite trasladar a los clientes una manera más viva de entender la gastronomía.

¿Cuál ha sido uno de esos ingredientes humildes del entorno que mejor ha respondido cuando le habéis dado protagonismo?

Las piñas de pino. En La Botica empezamos a trabajar con ellas hace muchos años, ya en 2010 hicimos una investigación importante, y en la Ribera del Duero encontramos una conexión natural con la Tierra de Pinares. Es un ingrediente poco utilizado, pero permite muchas aplicaciones y tiene todo el sentido en este paisaje.

La huerta del monasterio es fundamental ¿Cómo cambia una cocina cuando el calendario lo marca la tierra y no una hoja de pedidos?

La huerta es de producción real. Eso condiciona la carta por completo. Si un producto dura quince días o dos meses, lo aprovechamos mientras está en su mejor momento. Cuando no hay espárragos, los sacamos de la carta y cambiamos. Algunos platos que gustan mucho se mantienen más tiempo, pero el resto se mueve según la temporada.

De todos los destinos del grupo, ¿cuál te ha obligado a reaprender más?

Todos te enseñan algo, pero Soria es un lugar muy especial para mí por la micología. Estamos desarrollando allí un trabajo con un micólogo alrededor de las setas, sus usos en la alimentación y su dimensión nutricional. Me interesa mucho seguir aprendiendo de la naturaleza, y los hoteles rurales permiten estar en contacto con ese conocimiento de una forma muy directa.

El desayuno suele ser una de las asignaturas pendientes de muchos hoteles. No en vuestro caso…

Un ejemplo claro es el café. Estamos trabajando con Supra Café y con su proyecto junto a mujeres productoras del Cauca, en Colombia. Me interesa porque conecta calidad, trazabilidad y una dimensión social real. Castilla Termal es un grupo muy ligado a la sostenibilidad y a la solidaridad, y ese tipo de decisiones tienen sentido dentro de su manera de hacer las cosas.

Habéis impulsado encuentros que se despliegan por distintos espacios del monasterio. ¿Te interesa convertir el hotel en escenario gastronómico?

El monasterio tiene rincones y espacios extraordinarios. Es un lugar que ya tiene una fuerza enorme por sí mismo, así que merece la pena aprovecharlo. Hemos hecho aperitivos, cenas y experiencias en distintas zonas del edificio porque cada una aporta una atmósfera diferente. La cocina gana cuando sale de su espacio habitual y dialoga con un entorno así.

En Valbuena el vino forma parte del paisaje. ¿Puede marcar el punto de partida de una propuesta gastronómica?

Aquí tiene una relevancia especial porque estamos en el corazón de la Ribera del Duero. La oferta está muy vinculada al vino, igual que sucede en otros hoteles del grupo cercanos a zonas vitivinícolas. Tenemos un vino propio, Converso, elaborado por una pequeña bodega próxima al monasterio. 

Cuando viajas y cenas en un hotel que no es el tuyo, ¿en qué te fijas?

Valoro mucho que exista una cocina personal. Da igual que sea tradicional, moderna, creativa o sencilla. Lo importante es percibir que detrás hay una idea propia y no una oferta estandarizada que podrías encontrarte en cualquier hotel de España. Eso es lo que premio de verdad.

¿A quién invitarías a sentarse en Converso?

A Epicteto. Me interesa mucho la filosofía estoica y me encantaría poder compartir una mesa con él en Converso. Sería una comida larga.

¿Qué plato te habría gustado inventar?

La tortilla de patatas. Es uno de esos platos que gustan a todo el mundo y que parecen sencillos, pero en realidad son un invento extraordinario. Me habría encantado ser quien tuvo esa idea por primera vez.

¿Qué encontraríamos en la nevera de tu casa?

Yogures, muchos yogures. Me gustan especialmente los yogures artesanos y de calidad. Es uno de esos productos que nunca faltan.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

José Polo y Toño Pérez – Restaurante Atrio

José Polo y Toño Pérez, de Atrio: «Todavía hoy hay días en los que me pregunto cómo hemos llegado hasta aquí.»

 

Atrio, mejor restaurante de Extremadura para la Guía Macarfi, no nació en una capital gastronómica evidente ni siguió el camino más fácil. José Polo y Toño Pérez levantaron en Cáceres un proyecto que empezó como restaurante y ha terminado integrando cocina, hotel, bodega, arte, arquitectura, territorio y una fundación con vocación social.

Cuarenta años después (se cumplen justo este año) Atrio sigue mirando a Extremadura desde un lugar propio. La cocina ha evolucionado, la bodega ha vivido uno de los episodios más conocidos de la gastronomía reciente y el proyecto ha ampliado su sentido más allá del restaurante. Pero en el centro permanece una idea sencilla: cuidar a cada cliente como si fuera único.

 

¿Qué os impresiona más, 40 años después: haber llegado tan lejos y haberlo hecho sin salir de Cáceres?
José Polo: Tuvimos otros dos restaurantes, uno en Badajoz y otro en Mérida, y pensábamos que allí sería más fácil. Eran ciudades con más movimiento, más actividad y más público potencial. Sin embargo, ninguno pudo seguir. En Cáceres, que era mucho más pequeño y más difícil, Atrio salió adelante. Todavía hoy hay días en los que me pregunto cómo hemos llegado hasta aquí.

¿Por qué crees que sí funcionó en Cáceres?
José Polo: Porque Cáceres nos obligó a no relajarnos nunca. En una gran ciudad, si llenas siempre, puedes creerte la persona más guapa del baile. Aquí eso dura muy poco. Puedes tener un fin de semana magnífico y después semanas mucho más tranquilas. Eso nos enseñó a pensar y actuar como si cada cliente fuera único. Creo que ese ha sido uno de nuestros secretos.

Todo arrancó por la concesión de un crédito en el último momento. ¿Qué hubiera pasado si no llega ese crédito?
Toño Pérez: No lo sé. Es como estar en una estación y ver pasar un tren. Si lo coges, llegas a un sitio; si no, te quedas en la estación. Yo nunca pensé que iba a ser cocinero ni que iba a dedicarme a esto, pero esta profesión te atrapa. Cuando te pica el bicho, ya no hay vuelta atrás.
José Polo: La vida nos ha ido llevando. No teníamos una hoja de ruta cerrada. Nos subimos a un barco y el barco fue avanzando. Ha habido muchas casualidades en nuestra historia, como si todo indicara que teníamos que ir por este camino.

Atrio puso Extremadura en el mapa gastronómico. ¿Lo vivís con orgullo?
Toño Pérez: Sí, claro, aunque no somos mucho de medallas. Los reconocimientos agradan, pero no hemos trabajado buscándolos. Nos gusta que nos escuchen en nuestra región, que nos hagan un poco de caso y seguir trabajando.
José Polo: Irnos a Madrid quizá nos habría dado más dinero y algunas cosas más fáciles, pero también nos habría desviado de lo que ha terminado siendo nuestra vida. Si nos hubiéramos ido, seguramente no tendríamos estos edificios, ni esta relación con Cáceres, ni esta manera de entender Atrio.

Extremadura tiene producto, despensa y paisaje. ¿Qué le sigue faltando?
Toño Pérez: Mejores comunicaciones. Para ir a Barcelona a un evento podemos necesitar un día para ir, otro allí y otro para volver. Desde otros puntos de España lo resolverías en una jornada. Eso afecta al turismo, a las empresas y a la relación con otros territorios.
José Polo: Y también falta comunicar mejor lo que es Extremadura. Tenemos joyas que mucha gente no conoce. Vienen clientes de fuera, descubren Cáceres, Guadalupe, Zurbarán, la dehesa, Atrio, y se sorprenden. No basta con tenerlo. Hay que contarlo.

¿Qué aporta una guía como Macarfi a la gastronomía de Extremadura?
Toño Pérez: Aporta muchísimo porque no solo se fija en los restaurantes más consolidados como el nuestro sino que se centra en pequeños locales y nos mide a todos de la misma forma. Eso es enormemente positivo para la región. 

Atrio ya no es solo un restaurante. ¿Cuándo entendisteis que estabais construyendo algo más amplio?
José Polo: Ha ocurrido de forma natural. Atrio ha terminado siendo una manera de vivir la gastronomía, la hospitalidad, el arte, el vino, la arquitectura y la ciudad. A la gente le gusta llamarlo experiencia. A mí me gusta más hablar de vivencias o de sueños, porque eso es lo que uno se lleva: recuerdos que se quedan.

¿Qué lugar ocupa el hotel dentro de esa vivencia?
José Polo: Es fundamental. Tenemos 14 habitaciones en el edificio principal y 11 suites en la Casa Palacio, una casa fuerte del siglo XIII transformada después en palacio. Pero lo importante no es solo dormir. Es estar con nuestro equipo, vivir la arquitectura, la luz, las obras de arte, los muebles, las plantas de Toño. Si yo tuviera que elegir entre cenar en Atrio o pasar 24 horas en el hotel, elegiría las 24 horas en el hotel.

El ibérico aparece como hilo conductor de vuestra cocina. ¿Cuándo decidisteis que debía tener ese papel?
Toño Pérez: No fue una decisión tomada de golpe. Con los años vimos que el ibérico estaba presente en muchas de las cosas que queríamos contar. No solo como producto, sino como compañero de viaje. Habla de Extremadura, de la matanza, de la memoria familiar, de la temporada, de la forma de conservar y de comer. Además, dialoga muy bien con verduras, mariscos, caza, caldos y grasas.

¿Esa presencia del ibérico condiciona el menú?
Toño Pérez: Le da sentido, pero no nos hace rígidos. Vienen clientes musulmanes, judíos, vegetarianos, veganos, personas que no comen carne, pescado o marisco, y nos adaptamos. Atrio tiene 40 años de historia y muchos recursos. Cocinar para alguien concreto es precioso. Si un cliente no quiere cilantro, puede vivir un ceviche sin cilantro. Se trata de que sea feliz.

¿Qué plato resume mejor los 40 años de Atrio?
José Polo: La careta con cigala. Ha ido cambiando, pero mantiene la esencia. Lleva cigala, careta de cerdo y un consomé untuoso con un toque de foie gras. Antes la careta iba a la plancha y ahora hacemos una especie de galleta crujiente que rompemos encima. Lo pruebas y sigue siendo nuestra cigalita con careta.

¿Y qué plato representa el momento actual?
José Polo: La papada con caviar. Son dos elementos y una idea muy sencilla. Cuando curas un jamón, la sal entra en la pieza y genera ese umami casi adictivo. Pensé que el caviar podía actuar como una sal de lujo. Estábamos trabajando una papada que fundía casi a temperatura corporal y un día le puse una cucharada de caviar. La sensación fue brutal. 

La bodega de Atrio es una de las más singulares del mundo. ¿De qué dimensión real hablamos?
José Polo: Tenemos unas 4.500 referencias y entre 35.000 y 40.000 botellas. Lo bonito es que aquí puedes encontrar borgoñas con 15 o 20 años, burdeos con 30, 40 o 50, rieslings alemanes con mucha guarda. Eso es una maravilla.

Después del famoso robo, ¿cambió vuestra forma de mirar la bodega?
José Polo: Nos cambió un poco todo. Éramos demasiado confiados. Lo pasamos mal durante tres o cuatro meses. Yo intentaba racionalizarlo y pensar que eran botellas, que estábamos vivos, pero la tristeza estaba ahí. Luego llegó 2022 y firmamos la Fundación Atrio y en noviembre nos dieron la tercera Estrella. Ese año lo tengo en el corazón. De un mal momento salieron cosas buenas.

La Fundación Atrio parece cada vez más el futuro del proyecto. ¿Qué está ocurriendo ahora alrededor de ella?
José Polo: Es ya una parte esencial. Los edificios ya no pertenecen a nuestra sociedad, sino a la fundación. Toño y yo seguimos gestionando la actividad, pero el patrimonio está ahí. Trabajamos con niños de entre 3 y 7 años y también con residencias de ancianos, personas con parálisis cerebral, mayores, gente de la cárcel y colectivos que necesitan apoyo. 

¿Qué restaurante os ha sorprendido últimamente fuera de Atrio?
José Polo: Le Gabriel, en París. Hicimos allí un menú de caza y creo que ha sido una de las mejores comidas que hemos hecho en París. 

¿Qué hay en vuestra nevera de casa?
José Polo: Prácticamente nada. Algo para hacer café, unos yogures que toma Toño para el colesterol, agua mineral y poco más. Pasamos casi todo el día en el hotel, con el equipo y con la gente. También hay chocolate, porque somos muy golosos, aunque intentamos controlarnos.

¿Qué plato popular os habría gustado inventar?
Toño Pérez: La sopa tradicional de tomate extremeña, que en verano se acompaña con fruta fresca: higos, uvas, melón. Es herencia de la cocina árabe-judía y me parece uno de los bocados más extraordinarios que existen. Tomates madurados al sol, pan duro, fruta y comino. El comino es lo que bendice esa receta. 

 

TEXTO: DAVID RUIZ
FOTO: CEDIDA

Enrique Basarte – Bodega Otazu

Enrique Basarte: “El vino tiene que representar el lugar del que procede”

 

El director técnico de la bodega navarra Otazu, habla de suelo, clima, memoria y precisión con la calma de quien sabe que el vino no se entiende solo desde la copa, sino también desde el lugar que lo hace posible. En su caso, ese lugar está a pocos kilómetros de Pamplona, entre la Sierra de Sarbil y la Sierra del Perdón, en una zona fría, lluviosa y marcada por una identidad muy concreta.

La recuperación del Berués, una variedad que prácticamente desapareció hace más de 150 años, ha situado a Otazu ante uno de sus proyectos más singulares. No se trata solo de elaborar un vino nuevo, sino de devolver al presente una parte olvidada del paisaje vitícola de la Cuenca de Pamplona. Nos lo cuenta como un trabajo de investigación, pero también como una forma de respeto hacia quienes cultivaron esta tierra antes que ellos.

El Berués llevaba más de 150 años prácticamente desaparecido. ¿Qué significa para Otazu recuperar ahora esta variedad?
Supone recuperar una parte muy importante de nuestro paisaje. En la Cuenca de Pamplona llegó a haber más de 6.000 hectáreas de viñedo antes de la filoxera y el Berués era una de las variedades más representativas. No es solo una variedad recuperada; es una forma de reconectar con lo que esta zona fue.

¿Cómo empieza exactamente este proyecto?
Se hizo una prospección por la Cuenca de Pamplona, buscando plantas en lindes, caminos, antiguos terrenos de viñedo e incluso zonas que hoy son bosque. La vid es muy superviviente y fueron apareciendo distintos biotipos. Después se hizo un trabajo genético muy riguroso para saber qué habíamos encontrado. De todos ellos, el Berués fue una de las grandes sorpresas.

¿No fue entonces un hallazgo casual en una finca?
Fue el resultado de una búsqueda muy amplia y muy científica. Encontramos más de 40 biotipos de distintas variedades, algunos conocidos y otros que no estaban identificados. A partir de ahí se hicieron todos los estudios genéticos y pudimos confirmar que entre ellos estaba el Berués.

¿Qué tiene esta variedad para que resulte tan especial?
Lo primero es que es muy genuina. Procede de un grupo de variedades emparentadas con la Traminer y tiene relación directa con variedades como Pinot Noir y Trousseau. En el viñedo estamos viendo comportamientos muy interesantes, tanto en el ciclo vegetativo como en la parte polifenólica.

¿Se parece a alguna otra variedad o tiene un carácter muy propio?
Tiene un carácter propio. En el viñedo estamos encontrando similitudes que nos ayudan a leerla mejor, aunque todavía queda mucho camino. Ahora mismo estamos aprendiendo de ella. Es una variedad que vuelve después de mucho tiempo y hay que escucharla con calma.

De momento habéis elaborado muy pocas botellas. ¿Qué producción tiene esta primera añada?
Es una producción muy pequeña. Tenemos una parcela experimental de una hectárea y en esta primera añada han salido algo más de 400 botellas. Es muy poco, pero para nosotros tiene un valor enorme. Después de 150 años, poder vinificar el primer Berués y verlo convertido en vino ya es un paso histórico.

Si el resultado es bueno, ¿la idea es ampliar el cultivo?
Sí, claro. El Berués va a ir recomponiendo nuestro paisaje después de 150 años. Ahora estamos llenos de incógnitas, como es lógico, pero también ante un camino muy bonito. Con los años iremos teniendo más producción y más conocimiento. 

Otazu también ha impulsado proyectos relacionados con sostenibilidad, agua o cambio climático. ¿Forma parte de la manera de trabajar de la bodega?
Sí. El mundo del vino es tradición, pero tiene que adaptarse a las nuevas realidades. Tenemos que trabajar con el cambio climático, ser respetuosos con el medio ambiente y cuidar la tierra si queremos que nuestros vinos sigan teniendo identidad. No se puede hablar de paisaje sin responsabilidad.

Otazu está muy cerca de Pamplona, entre dos sierras y con influencia atlántica. ¿Cómo marca esa ubicación vuestros vinos?
El vino es paisaje. Tiene que representar el lugar del que procede, porque ahí está su diferencia. Tenemos suelos con un componente calcáreo muy marcado y una orientación al norte que nos trae vientos del Cantábrico y de los Pirineos. Eso hace que tengamos un clima frío y lluvioso. Puede parecer paradójico hoy, pero esa frescura marca mucho nuestros vinos.

¿Cuál dirías que es el ADN de Otazu en la copa?
Frescura, tensión e identidad. Nuestros vinos tienen que hablar de este lugar. No buscamos vinos que puedan ser de cualquier sitio. Queremos que expresen el suelo, el clima y esa situación tan particular que tenemos en el norte de la península.

Otazu ha unido mucho vino y arte contemporáneo, ¿el arte inspira de verdad a la hora de pensar un vino?
Tenemos la suerte de vivir esa relación de una forma muy natural. En Otazu el arte no está solo colgado en una pared. Convive con nosotros. Vienen artistas, comparten su sensibilidad y eso enriquece mucho la vida de la bodega. Para mí forma parte del alma de Otazu.

Esa relación también se ve en las etiquetas. ¿Son una prolongación de esa identidad?
Claro. Las etiquetas son un reflejo de esa convivencia entre vino y arte. No lo vivimos como un museo separado de la bodega, sino como algo que nos acompaña en el día a día. Esa unión crea una experiencia muy singular.

La bodega se está posicionando también como destino enoturístico. ¿Qué encuentra quien visita Otazu?
Encuentra vino, paisaje, viñedo, bodega y arte en un mismo recorrido. Cuando alguien viene, pisa la tierra, ve el viñedo, entra en la bodega, entiende cómo trabajamos y después cata los vinos. Esa experiencia cambia la forma de mirar una botella. Al final, vivir el vino es la mejor manera de amarlo.

¿Qué papel juega el arte dentro de esas visitas?
Un papel muy importante. La bodega en sí misma es casi un museo, pero las obras no están colocadas como algo ajeno al recorrido. Forman parte de nuestra vida diaria. El visitante lo percibe enseguida. Y luego está el placer de catar, de aprender y de disfrutar. El factor lúdico para nosotros es fundamental.

Tenéis una experiencia llamada “Crea tu propio vino”. ¿En qué consiste?
Es una experiencia muy específica para personas que quieren hacer su propio cupaje. Trabajan con las tres variedades que nos representan, hacen la mezcla según su gusto y crean una barrica de su propio vino. Después tienen sus botellas para disfrutarlas.

Otazu también ha sido escenario de rodajes. ¿La bodega está abriendo una vida más allá del vino?
Sí, ha habido filmaciones, cortos y películas en la bodega y en los viñedos. Tiene sentido porque el audiovisual también es una expresión artística. En Otazu el arte contemporáneo está muy presente y el cine forma parte de ese universo creativo.

Si alguien llega sin saber nada de Otazu y quiere entender la bodega con una sola copa, ¿qué vino le servirías?
La virtud de un vino es que sea gastronómico, que acompañe una mesa y forme parte de un momento compartido. Quizá empezaría con nuestro Chardonnay, porque es fresco, fácil de entender y muy versátil. Tanto Pago Blanco como Pago Tinto son vinos muy representativos de Otazu y acompañan muy bien una buena conversación. 

Cuando llegas a casa y no ejerces de director técnico, ¿qué botella abres sin analizar demasiado?
En casa disfrutamos mucho del vino y abrimos muchas botellas a lo largo del año. Me gusta viajar a través del vino. California, Sudáfrica, Francia… No tengo una región preferida. Me interesa descubrir, probar y seguir aprendiendo. Esa es también una de las grandes alegrías del vino.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Javier Olleros – Culler de Pau

Javier Olleros: “ La gastronomía también empieza en el viaje y busca destinos. Culler de Pau es una excursión maravillosa.”

 

Javier Olleros ha construido en O Grove una de las cocinas más personales de Galicia. El chef y propietario de Culler de Pau, elegido mejor restaurante de Galicia por nuestra Guía Macarfi, defiende una forma de entender la alta cocina que nace desde el territorio. A pocos metros del mar, con un huerto de más de 3.000 metros cuadrados y una relación muy directa con el paisaje, su restaurante habla de mar, de mundo vegetal, de calma y de una identidad gallega.

Nieto de marineros, Olleros cocina desde una aldea, lejos del ruido de las grandes capitales, pero muy cerca de todo lo que mantiene su proyecto: el Atlántico, la huerta, la intuición, la sensibilidad y una mirada propia sobre el lujo contemporáneo. Charlamos de reconocimientos, de Galicia, de creatividad, de productos descartados, de su padre como gran referente y de una simple tortilla de patatas que, vista con perspectiva, sigue pareciéndole una invención mágica.

 

Culler de Pau, mejor restaurante de Galicia por la Guía Macarfi. ¿Qué suponen reconocimientos como este?
Los premios y los reconocimientos son para sentirse felices y para compartirlos con todo el equipo que hace posible un restaurante como este. Pero no son un objetivo en sí mismos. Son una consecuencia del buen trabajo. Así que lo que suponen es alegría y ganas de seguir caminando.

Galicia es un territorio donde el producto tiene un peso enorme. ¿Sientes que premios como este ayudan a mirarla de otra manera?
Galicia siempre está en su sitio. Tiene un potencial tremendo y nosotros lo sabemos desde hace mucho tiempo. La cuestión es quién viene a mirarla. Galicia está mejor que nunca.

Culler de Pau está en O Grove, fuera del circuito de las grandes capitales. ¿Esa distancia os da más libertad creativa?
Nos da tranquilidad. Estamos en un pueblo pequeño, en un entorno que nos inspira y que nos permite ser cada vez más auténticos. Ese era el objetivo: construir un restaurante con carácter singular. La gastronomía también empieza en el viaje y busca destinos. Culler de Pau es una excursión maravillosa.

¿El nuevo lujo gastronómico está más cerca del silencio, la calma y el paisaje que de la espectacularidad?
Creo que sí. El paradigma del lujo es otro. Para nosotros tiene que ver con la calma, la vida lenta y la naturaleza. Antes podía estar en una lata de caviar. Ahora puede estar en una hierba recién recogida. El gran éxito de la vida y del buen comer está también en la tranquilidad.

En tus redes aparecen muchas verduras, flores, hierbas y naturaleza. ¿Es una declaración de intenciones?
No soy especialmente hábil con las redes, pero publico lo que me nace. En Culler de Pau existe un vínculo muy fuerte con la naturaleza y creo que ya se nos relaciona con eso. El verde y el mar son dos elementos clave. 

Eres nieto de marineros. Culler de Pau tenía que estar necesariamente tan cerca del mar, ¿no?
Tenía que estar en mi pueblo, que es donde yo lo sentía. Al final uno va haciendo caso a lo que siente. El vínculo con el mar me viene de herencia, pero también de respirarlo. O Grove es una península preciosa, rodeada de mar. Todo huele a salitre y todo tiene una influencia natural del Atlántico. Yo no podría vivir sin esos dos elementos: el mar y el mundo vegetal.

¿Qué tiene que tener un plato para que digas: esto pertenece a Culler de Pau?
Tiene que tener intención. Esa es nuestra característica principal. 

La alta cocina se asocia muchas veces a la técnica y la precisión. Pero, ¿qué lugar ocupa la intuición en tu cocina?
La cocina es intuición, precisión y cuidado. Para mí es muy importante potenciarla a través de la sensibilidad, de los olores, de tocar las cosas. Nuestra cocina tiene mucho de intuición, pero no desde la improvisación sin base. 

¿Te cuesta más crear un plato nuevo o quitarle cosas a uno que ya funciona?
Me gusta quitar cosas a los platos. También me gusta esa pequeña frustración que aparece cuando empiezas a pensar un plato nuevo. Me interesa el caos del proceso creativo. Ves un plato de una manera y tres meses después lo entiendes de otra. Los platos están vivos. 

¿Te ha sorprendido últimamente algún producto?
Hace poco nos llegaron unas caracolas que se estaban retirando de la ría porque se comen otro marisco. Empezamos a probarlas para ver si podían tener un sentido gastronómico. Nos interesa mucho todo lo que se descarta, porque a veces se descarta por su valor comercial, no por el valor real del producto. Estas caracolas tenían una textura mágica y un sabor profundo, muy marino. 

Si alguien visita Culler de Pau por primera vez, ¿qué te gustaría que entendiera antes de sentarse a la mesa?
Que Culler de Pau es un viaje. Empieza antes de sentarse. Después nos toca a nosotros estar a la altura.

¿Qué deberían entender mejor quienes miran Galicia solo como una despensa?
Que se pongan otras gafas o que se quiten la venda. Galicia está muy relacionada con el producto, pero tiene muchas historias que contar. Quien se quite la venda descubrirá un mundo maravillosamente nuevo.

¿Quiénes han sido tus grandes referentes dentro de la gastronomía?
Mi padre, José Olleros Pérez. Es mi gran cocinero inspirador. Trabajé con él y lo sigo necesitando porque es mi gran asesor. Me prueba platos. No podría decir otro nombre antes que el suyo.

Cuando comes fuera, ¿qué te hace feliz de verdad?
Comer tranquilo con mi familia: con Antón, Zoe y Amaranta, mi pareja. Para mí, estar tranquilo ya es el mejor ingrediente.

Si pudieras invitar a cualquier personaje a Culler de Pau, ¿a quién sentarías a tu mesa?
A Pepe Mujica. En un mundo tan turbio y tan bélico me parece una figura brillante, inspiradora, con unas lógicas muy especiales. Me habría gustado darle de comer.

¿Un sabor de infancia?
El berberecho.

¿Qué producto gallego no falta nunca en tu cocina de casa?
En casa soy un pequeño desastre cuando cocino con prisas. Cuando tengo tiempo, lo disfruto y cocino rico, pero en el día a día no siempre es así. Lo que nunca falta es mejillón y alguna verdura.

¿Qué plato te habría gustado inventar?
Quien fue capaz de batir huevos, juntarlos con patata y hacer una tortilla hizo algo mágico. También quien se comió un centollo por primera vez. Me habría gustado descubrir esas dos cosas.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Cristina Lozano – Hoteles Cristine Bedfor

Cristina Lozano, CEO de Cristine Bedfor: “El verdadero lujo es poder parar un segundo”

 

Cristina Lozano ha construido Cristine Bedfor desde una idea muy personal de la hospitalidad: que un hotel pueda parecerse más a una casa que a una maquinaria de lujo. Fundadora y CEO de un proyecto con hoteles en Menorca, Málaga y Sevilla, defiende una forma de viajar más pausada, más local y más humana, donde el interiorismo, la gastronomía y el trato forman parte de una misma manera de recibir.

Su universo nace de una anfitriona casi literaria, Cristine Bedfor, pero se sostiene sobre algo muy real, una manera de mirar las ciudades, de cuidar los detalles y de entender el lujo silencioso. En sus hoteles conviven objetos con historia, cocinas arraigadas al territorio, equipos cercanos y una idea muy clara de belleza. Nos habla de hospitalidad, turismo, inteligencia artificial, gastronomía, interiorismo y de esa rara habilidad de convertir un hotel en un lugar en el que sentirse, de verdad, como en casa.

 

Cristine Bedfor nace de una idea muy personal de la hospitalidad. ¿Qué querías corregir de los hoteles convencionales cuando imaginaste este proyecto?
Quería recuperar la sensación de llegar a una casa. Creo que nos hemos perdido un poco en ese gran lujo tan apabullante, con mucho servicio y mucho de todo. Para mí no todo depende de tener a siete personas en la recepción sino que lo importante es que te sientas acogido. Y también quería que el hotel fuera de la ciudad, no un sitio aislado de ella. Me interesa que el huésped descubra algo auténtico.

¿La inspiración venía más de una casa que de un hotel?
Mi inspiración viene sobre todo de la campiña inglesa. Esas casas de bed and breakfast llevadas por un matrimonio que desayunan contigo, te cuentan cosas y te hacen sentir parte del lugar. A mí eso me encanta. Soy muy sociable y esa parte me divertía muchísimo.

Una buena anfitriona… ¿se nace o se hace?
Tengo seis hermanos y en mi casa siempre había gente. A mi padre le encantaba recibir y a mi madre también, cada uno a su manera. A mí me gusta estar con amigos, improvisar, montar planes. No me cuesta nada. Creo que lo tengo innato y luego lo he ido perfeccionando.

¿Dónde termina Cristina Lozano y dónde empieza la Cristine Bedfor literaria?
Ahora mismo soy más Cristine Bedfor que Cristina Lozano. Evidentemente hay una parte muy imaginaria: esa isla que flota, el padre diplomático, todo ese universo creado con Marta de la Rica, que me parece una genialidad. Pero está muy inspirado en mi forma de ser y en mi vida. Yo era muy amiga de los amigos de mis padres. La única diferencia es que no soy inglesa. Lo demás está bastante adaptado a mí.

En tus hoteles hay una idea muy clara del gusto, pero no del lujo ostentoso. ¿Qué significa hoy el lujo para ti?
Para mí el lujo es, primero, la belleza. Soy muy esteta. Me gusta lo bonito: en las personas, en los animales, en los objetos, en las ciudades. Estar rodeada de cosas bonitas me parece un lujazo, y no necesariamente tienen que ser caras. Después, el lujo es vivir con más calma. 

¿Nos cuesta quedarnos quietos cuando viajamos?
Muchísimo. En Málaga me da pena cuando tenemos muchas pernoctaciones de una sola noche. Pienso: si se quedaran tres días, lo pasarían bomba. Pero vivimos muy deprisa. Para mí, el verdadero lujo es poder parar un segundo.

Menorca, Málaga y Sevilla son los tres destinos de Cristine Bedfor. ¿Qué tienen en común?
Menorca fue el comienzo y es una plaza difícil, porque no funciona todo el año y llegar a la isla no siempre es sencillo. Pero era la casa donde vivía el único hermano de mi madre. Nosotros somos de Bilbao y para mí era un lugar familiar.

¿Y qué destinos te gustaría explorar ahora?
Me gustaría abrir algo en el norte, que es mi casa. Valencia también me parece un destino interesante y, por supuesto, Madrid, que es donde vivo. 

El interiorismo es una parte fundamental del ADN de Cristine Bedfor. ¿Qué detalles invisibles son los que más importan?
Hay muchos detalles que quizá no aprecias al principio, pero los hoteles están llenos de ellos.  Aunque parezca que no, en cada rincón ocurre algo. No hay una esquina vacía. A mí me encantan los objetos porque cuentan muchas cosas. Las telas, los papeles, la riqueza textil… todo eso se percibe nada más llegar.

En una época en la que los hoteles son cada vez más tecnológicos, ¿la inteligencia artificial es compatible con mirar a los ojos?
La inteligencia artificial nos puede ayudar en muchas cosas menos en el tú a tú. Para que te hagas una idea, yo trabajo con cuadernos. Evidentemente la evolución llega y hay que usarla donde tenga sentido. Pero en la relación con el huésped busco justo lo contrario. Busco la libreta.

¿Qué papel juega la gastronomía en la identidad de Cristine Bedfor?
Yo quería abrir un simple bed and breakfast y he acabado con tres hoteles y un buen restaurante en cada uno de ellos. Así que la gastronomía tiene muchísimo peso. Todo empezó en Menorca. Si allí no hubiera funcionado tan bien el proyecto gastronómico con Pau Sintes, quizá no me habría exigido intentar replicar algo parecido en Sevilla y Málaga.

¿Esa cocina ha terminado siendo tan importante como el propio hotel?
He viajado mucho y he comido muy bien desde pequeña. Mi padre era un gran viajero y un gran comedor. La gastronomía siempre ha sido importantísima en mi vida, pero yo imaginaba algo más sencillo. Poco a poco, con el producto local, la cocina local y las recetas históricas, todo eso que Pau ha traído, me ha apetecido aplicarlo también en los demás hoteles. En Málaga y Sevilla estamos trabajando con esa misma idea: cocina tradicional y producto local a muerte. 

¿Qué ha aportado Pau Sintes al proyecto?
Pau empezó con 21 años, recién salido de la escuela de Barcelona. Enseguida ganó el Premio de Mejor Jóven Chef Europeo y es una persona que no para de estudiar, viajar y crecer. Tiene muchísima energía y es muy bueno. De su mano hemos llegado a un nivel al que quizá yo no habría llegado sola. Pero siempre le digo al equipo que no quiero perder la sensación de casa. Les pido que estén abiertos a hacer una tortilla francesa, un filete empanado o un consomé. 

¿Qué parte de tu personalidad está más presente en los hoteles?
La capacidad de anfitriona. Esa voluntad de recibir, de cuidar, de que la gente se sienta cómoda. Creo que eso está muy presente.

Si pudieras sentar a una persona en una mesa de Cristine Bedfor, ¿a quién invitarías?
Si buscara a un artista, me encantaría invitar a Pablo Picasso. Teniendo un hotel en Málaga, tendría todo el sentido. Me parece un personaje creativo, peculiar, incluso siniestro a veces. Y también Jane Austen. Es un ídolo para mí. Me encanta, es inglesa y creo que entendería muy bien mi concepto hotelero. 

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Pelayo de la Mata – Marqués de Vargas

Pelayo de la Mata: “A Ava Gardner le habría servido Hacienda Pradolagar”

Presidente de Bodegas y Viñedos Marqués de Vargas, Pelayo de la Mata pertenece a una familia ligada al vino desde hace cuatro generaciones. En 1989 cumplió, junto a sus hermanos, el sueño de su padre: construir una bodega en la finca familiar de Hacienda Pradolagar, en Rioja, y elaborar vinos con identidad propia, nacidos de su propio viñedo.

En esta conversación habla de paciencia, excelencia, cultura de producto y gastronomía. También de cartas de vino, sumilleres, jóvenes que beben menos pero mejor, y de una idea que atraviesa toda su mirada: un gran vino no se improvisa.  

 

Marqués de Vargas es una bodega con historia familiar y una exigencia muy contemporánea. ¿Cómo se mantiene ese equilibrio?
Siendo muy respetuosos con nuestros valores. Tratamos de adaptarnos a la realidad de cada momento, pero sin perder aquello que define nuestra forma de trabajar. Siempre hemos creído en la gran calidad de nuestros productos. No hacemos vinos de cualquier manera: tenemos que hacer vinos con excelencia. 

En 1989 se construye la bodega en la finca familiar. ¿Qué supuso aquel paso?
Mi familia es riojana y en ambas ramas ha habido siempre una relación muy estrecha con el vino y con el cultivo de la vid.  Teníamos una finca familiar, Hacienda Pradolagar, situada a seis kilómetros de Logroño. Mi padre siempre quiso hacer allí su propia bodega, pero murió joven y no pudo cumplir esa aspiración. Años después, mis hermanos y yo decidimos hacer realidad aquel deseo: construir la bodega en la finca familiar y bajo el título de la familia.

Apostar por el viñedo propio no era tan habitual entonces en Rioja. ¿Por qué fue tan importante?
Porque la calidad de un gran vino empieza en el viñedo. En Rioja, durante mucho tiempo, la tradición era comprar uva a agricultores terceros. Cuando hicimos la bodega, a finales de los ochenta, quisimos elaborar vinos exclusivamente con la uva de Hacienda Pradolagar. Si cultivas tu propia uva, lo haces con más cariño, más esfuerzo y más control. Si la uva que entra en bodega no es de gran calidad, no habrá un gran vino. Puedes trabajar muy bien después, pero no puedes convertir una uva mediocre en un vino excepcional.

También buscabais que el vino tuviera una identidad reconocible.
Exactamente. Para nosotros es fundamental que el vino tenga identidad de viñedo. Cuando alguien lo prueba, debe poder reconocer unas características que vienen de la misma finca, del mismo suelo y de una forma de trabajar mantenida en el tiempo. Nosotros queremos que Marqués de Vargas se reconozca por su origen.

En un mundo que premia la velocidad, ¿el vino sigue exigiendo paciencia?
Sí, es fundamental no apresurarse. Un ejemplo clarísimo es la vendimia. No se fija por calendario, sino por el estado de maduración de la uva. A veces tienes que esperar unas semanas para que alcance la maduración alcohólica y fenólica adecuada. Esa espera implica riesgos, porque si llueve pueden aparecer enfermedades en la uva, pero ese riesgo forma parte de la búsqueda de calidad. 

¿Qué tiene que tener un vino para emocionarte?
Equilibrio. Un vino debe ser equilibrado en todos los aspectos: color, aroma, paso por boca y conjunto. Puede tener muchas virtudes, pero si no hay equilibrio pierde parte de su grandeza.

Has dicho alguna vez que al vino le ha pesado demasiado cierta solemnidad. ¿Cómo se acerca a más gente sin banalizarlo?
Creo que para apreciar un vino de alta calidad hay que tener una cierta cultura de vino. El vino forma parte de la gastronomía, y con él ocurre algo parecido a lo que pasa con la cocina: para comer bien también hay que aprender, tener criterio y saber valorar. Ahí el sumiller cumple una labor muy importante. No solo sirve el vino, también puede explicar por qué recomienda una botella, qué cualidades tiene y cómo funciona con un plato. 

¿Las catas ayudan a construir esa cultura?
Mucho. En nuestra bodega hacemos visitas que terminan en una sala de catas. Allí se prueban vinos y se explica por qué un vino es especial en color, aroma, sabor o estructura. Para alguien interesado en el vino, visitar bodegas o asistir a catas es una manera natural de ir entrando en esa cultura.

¿El vino español necesita explicarse mejor?
Creo que la cultura del vino en España no se ha extendido lo suficiente hasta hace relativamente poco. Una de las cosas positivas del estado de las autonomías es que ha hecho que se reivindiquen más los vinos regionales. Soy riojano y aprecio muchísimo Rioja, por supuesto, pero en España hay buen vino en muchas regiones. Ese despertar regional ha ayudado a que la cultura del vino se extienda. Las cartas de los restaurantes son hoy mucho más completas, incluso en restaurantes de tipo medio. 

¿Francia e Italia han sabido vender mejor ese valor?
Sí. Italianos y, sobre todo, franceses han ido por delante en ese terreno. Han desarrollado un marketing mucho más sofisticado que el nuestro. Y durante mucho tiempo nosotros hemos vendido mal nuestros vinos. Si en un restaurante pagas 100 o 150 euros por una botella, estás hablando de un capricho importante. Pero para que tenga sentido pagar eso, necesitas cultura de producto. 

¿Qué lugar ocupa la gastronomía en la construcción de una marca de vino?
El canal de la restauración es prioritario, sobre todo para los vinos de alta gama. En un restaurante tienes un prescriptor muy especial, que es el sumiller: alguien que sabe catar, que entiende por qué un vino es mejor que otro y que puede orientar al cliente.

En una buena mesa, ¿cuándo debe mandar el vino y cuándo debe acompañar?
Ambos se apoyan mutuamente. Hay menús que realzan el vino, igual que hay vinos que hacen que aprecies más un plato. Elegir el vino adecuado para una comida, o incluso el plato adecuado para un vino, hace que el conjunto se disfrute más.

¿Qué tipo de cocina funciona especialmente bien con los vinos de Marqués de Vargas?
Nuestros vinos van especialmente bien con una cocina europea, francesa o española tradicional. Ahora están muy de moda las cocinas hispanoamericanas o asiáticas, pero creo que nuestros vinos se entienden mejor con una cocina más clásica. También depende mucho del producto. A mí me encanta la verdura, pero reconozco que no siempre es fácil maridarla con vino tinto. Un espárrago, por ejemplo, puede funcionar muy bien con un albariño gallego. Cada producto tiene su lógica.

En España comemos muy bien, pero a veces cuesta pagar lo que vale un buen vino. ¿Nos falta cultura de producto?
Sí, creo que ha faltado cultura del vino. Durante una época, el vino se vulgarizó mucho con el chateo. Ir de bar en bar tomando el vino que te daban en la barra era una forma de consumo muy extendida, pero no necesariamente vinculada a la elección de calidad. Ahora estamos entrando en otra etapa, en la que el vino se entiende más como complemento de la gastronomía y como producto de valor añadido. 

Los jóvenes cada vez beben menos alcohol. ¿Te preocupa?
Hay una bajada del consumo de alcohol a nivel internacional. Algunos expertos dicen que puede ser algo más coyuntural que estructural, y habrá que ver cómo evoluciona. Mi impresión es que, en el futuro, iremos hacia un menor consumo, pero de más calidad. Creo que la cultura del vino puede resultar muy atractiva para una persona joven con cierta madurez. 

¿Qué parte de tu trabajo sigue divirtiéndote como el primer día?
Yo me considero un vendedor. Lo que he disfrutado toda la vida ha sido el marketing, las relaciones públicas y el área comercial. Aunque pueda parecer extraño, visitar a un cliente me sigue produciendo una enorme satisfacción. Dialogar con un cliente y convencerle de que tu producto es adecuado me sigue apasionando.

Si tuvieras que abrir una botella para explicar quién eres, ¿cuál elegirías?
Elegiría uno de nuestros vinos de parcela. Son vinos calificados como Viñedo Singular, procedentes de viñedos antiguos y de las partes de nuestra finca con más personalidad. Ahí es más fácil explicar lo que pretendemos hacer.

¿Qué te gusta encontrar en una mesa cuando no eres tú el anfitrión?
Depende mucho del momento. Para el aperitivo me encanta el champán. En cambio, no me gusta tomar champán con el postre. Para el postre soy más de un buen oporto o un buen jerez.

Luego depende del menú. Si hablamos de marisco, me gusta mucho nuestro albariño. Si es una merluza, también hay blancos secos que funcionan muy bien, como Sanamaro, que tiene un perfil más seco. Y si hablamos de platos fuertes o de carne, me gustan tanto Ribera como Rioja: una reserva de Marqués de Vargas o una reserva de Conde de San Cristóbal serían dos grandes opciones.

¿Con quién abrirías una botella especial de tu bodega?
Con Ava Gardner, por ejemplo. Tuve ocasión de conocerla personalmente cuando pasaba temporadas en Madrid. Yo era muy joven, tendría 17 o 18 años, pero me fascinaba. Coincidí con ella en tablaos flamencos. Sabía que le gustaba el vino y que lo apreciaba. Creo que haberle ofrecido un gran vino le habría gustado, porque era entendida y aficionada.

¿Qué botella le habrías servido?
Le habría servido Hacienda Pradolagar. Es uno de nuestros vinos más emblemáticos, calificado como Viñedo Singular y procedente de la parte más antigua de nuestra finca. Creo que es un vino muy especial.

 

DAVID RUIZ

IMAGEN: CEDIDA

Vicente Rioja – Restaurante Rioja

Vicente Rioja: “Una paella valenciana debe tener las tres S: seca, sabrosa y suelta”

El chef valenciano es una autoridad mundial en arroces. En su discurso hay memoria, técnica, producto y una idea muy clara de lo que no se debe tocar. La publicación, hace unos meses, de El gran libro secreto de la paella confirma además algo que ya se intuía en su cocina: que detrás de una gran paella hay mucho más conocimiento del que parece.

Chef y heredero del histórico Restaurante Rioja, en Benissanó, ha convertido el arroz en su gran territorio de estudio. Desde una casa familiar con más de un siglo de historia, ha construido una mirada muy personal que une tradición, investigación y una obsesión poco negociable por el sabor. Aquí nos lo cuenta todo.

 

Has escrito El gran libro secreto de la paella. Después de tantos años cocinándola, ¿qué te faltaba por contar?
El libro nace de una evolución personal y de una obsesión muy concreta: recuperar el sabor de la paella de mi niñez, ese sabor de antaño que sentía que se había perdido. A partir de ahí ha habido años de trabajo para volver a ese punto, recuperando producto, semillas y razas que nos devolvieran esos sabores.

En tu caso, la memoria pesa mucho, pero también la investigación. ¿Hoy entiendes la paella más desde el recuerdo o desde el conocimiento?
Hay memoria, claro, pero también muchísimo análisis. No se trata solo de repetir una receta heredada, sino de entender por qué una paella sabía como sabía y qué ha cambiado para que eso se haya ido perdiendo.

Se habla mucho de la paella, pero poco de su técnica. ¿Se ha simplificado demasiado?
Todo el mundo habla de paella y muchísima gente cree que sabe hacerla, pero luego ves que no se entiende lo más básico. Hablamos mucho de paella, pero del ingrediente principal, que es el arroz, sabemos muy poco. Mucha gente te dice la marca, pero no sabe qué variedad está usando ni cómo se comporta en una cocción concreta.

Defiendes una mirada muy seria de la paella, pero sin caer en el simplismo de decir que solo existe una.
Hay que defender la paella, sí, pero entendiendo que también existe una geografía de la paella. No se cocinaba igual en todas las zonas de Valencia, porque no en todas había los mismos productos ni las mismas condiciones.

Cuando tú defines una paella valenciana, ¿qué rasgos no negocias?
Siempre lo resumo en tres ideas muy claras: seca, sabrosa y suelta.

Hablas mucho de equilibrio. ¿Una paella puede arruinarse más por exceso que por carencia?
Sin duda. La leña, el romero, el azafrán tienen que sumar sin invadir. Yo no quiero una paella con sabor a humo, por ejemplo. Quiero que la leña perfume el arroz, no que lo ahume.

El fuego es, pues, casi tan importante como el arroz. ¿Ahí está una de las claves de la paella?
Sí. Primero está el arroz, pero enseguida aparece el fuego. Son las dos grandes claves y, a la vez, dos de las cosas que peor se entienden. El fuego tiene una danza. Hay un momento de máxima potencia que sirve para sellar el arroz y otro momento en el que ya no conviene tocarlo. Si no entiendes eso, la paella se te va.

El arroz bomba se ha asociado a la idea de calidad. Tú, sin embargo, no lo utilizas para la paella. ¿Por qué te alejas de ese consenso tan instalado?
Porque, de las variedades más conocidas, es la que menos capacidad de absorción tiene. Y para una paella eso importa mucho.

En tu libro hablas de 16 minutos de cocción. ¿Qué ocurre realmente en esos primeros minutos en los que una paella empieza a definirse?
Ocurre algo decisivo: el arroz se sella. Si arrancas con poca fuerza, empieza a absorber demasiado pronto un caldo todavía poco concentrado. En cambio, si el fuego entra con potencia, el arroz aguanta más y absorbe después un caldo con más sabor.

Existe además un dogma muy repetido: que el arroz no se toca una vez puesto…
Durante los siete primeros minutos puedes moverlo para repartir bien carnes y verduras. El problema llega después, cuando el arroz empieza ya a hincharse y absorber de verdad. Ahí sí conviene no tocarlo.

El socarrat tiene defensores y detractores. ¿Está mal entendido?
Un buen socarrat es un ligero tostado de la propia paella, un potenciador natural de sabor. Lo que pasa es que ahora se ven cosas que no tienen nada que ver con eso. Lo otro es muchas veces aceite añadido al final, quemado exagerado y puro efectismo. Y eso puede llegar a ser peligroso para la salud. 

La paella con chorizo sigue funcionando como una especie de caricatura universal. ¿Te incomoda o te interesa más entender de dónde sale?
Me interesa más entenderla. La historia de la paella es más compleja de lo que parece y hay recetas antiguas, incluso valencianas, muy recargadas. Otra cosa es que eso represente la esencia de la paella valenciana. El chorizo puede funcionar perfectamente en una paella.

La paella sigue asociándose mucho más a la comida que a la cena. ¿Por qué nos cuesta tanto imaginar una buena paella de noche?
Porque durante décadas se deformó mucho el plato para poder servirlo rápido, sobre todo con el boom turístico. Eso trajo arroces más pesados, peores digestiones y la falsa idea de que la paella por la noche sienta mal.

Si pudieras cocinar una paella a alguien del mundo del arte o la cultura, ¿con quién te apetecería sentarte a la mesa?
Al comisario de arte contemporáneo, Vicente Todolí. Me interesa mucho su mirada sobre el arte y siempre es muy enriquecedor compartir mesa con alguien así.

¿Qué suele haber en la nevera de Vicente Rioja cuando no está cocinando para los demás?
Buena comida, verdura, fruta de temporada y mucho producto del huerto. Me gusta comer bien, así de simple.

Después de tantos años, ¿cuál es la mayor barbaridad que recuerdas haber visto sobre una paella?
Una chuleta encima de una paella de pescado, en un restaurante de París. Aquello fue tremendo.

 

TEXTO DAVID RIUIZ

FOTO CEDIDA

Josean Alija – Nerua Guggenheim Bilbao

Josean Alija: “Hacer mucho con muy poco exige precisión, sensibilidad y una enorme honestidad”

El chef vasco lleva años construyendo una de las propuestas más singulares de la alta cocina española desde Nerua, el restaurante del Museo Guggenheim Bilbao. No es un detalle menor. Cocinar cada día en uno de los grandes iconos culturales del país encaja con una manera de entender la gastronomía que en su caso siempre ha estado ligada a la sensibilidad, la belleza y la búsqueda de una emoción limpia. Su cocina precisa, dialoga con ese entorno de arte y arquitectura con una naturalidad poco frecuente.

Por sus mesas han pasado algunas de las figuras más admiradas del panorama internacional. Desde Giorgio Armani hasta Norman Foster, Frank Gehry o Yoko Ono. Nerua se ha convertido en una parada casi obligada para nombres que pertenecen al universo de la creación, el diseño y la cultura. Más que una colección de clientes ilustres, esa nómina confirma el lugar que ocupa Josean Alija: el de un chef que ha logrado que su restaurante, en pleno corazón del Guggenheim, trascienda lo gastronómico para convertirse en una experiencia con peso propio.

 

Nerua lleva más de una década dentro del Guggenheim. ¿Cómo influye trabajar dentro de un museo?
Llevo vinculado al museo desde 1998. Lo vivo como una oportunidad para rejuvenecer la cocina vasca desde el máximo respeto a las recetas tradicionales, al producto y a la memoria gustativa de quienes nos precedieron.

Tu cocina se define a menudo como una búsqueda de la esencia del producto. ¿Qué implica?
Mi cocina busca realzar las cualidades más nobles del producto. Ponemos el foco en la temporada y en el momento óptimo de cada ingrediente. Cocinar desde la esencia es escuchar el producto, entenderlo y acompañarlo sin enmascararlo. 

En muchos platos de Nerua hay muy pocos ingredientes. ¿La dificultad está precisamente en hacer mucho con muy poco? 
Eso es precisamente Muina: pocos elementos, muy bien seleccionados y en perfecto equilibrio. Detrás hay un trabajo invisible que no siempre se ve, pero que acaba traduciéndose en sabor, en memoria, en emoción, en juego y en territorio. Hacer mucho con muy poco exige precisión, sensibilidad y una enorme honestidad.

La cocina vasca tiene una tradición muy fuerte. ¿Dónde empieza tu propio lenguaje culinario?
La tradición responde a un tiempo, a unos hábitos, a una forma de vivir, y queda muy bien reflejada en los libros. Pero también puede ser lo que hiciste ayer. Mi lenguaje nace de una raíz muy profunda que evoluciona hacia una mirada personal, creativa y siempre conectada con Muina. Esa evolución es, en el fondo, lo que nos mantiene despiertos.

A lo largo de tu carrera has insistido en la investigación del producto. ¿Qué significa investigar un ingrediente cuando llevas tantos años cocinando?
Siempre hemos entendido el conocimiento como una herramienta para activar la creación. Investigar un producto es profundizar en él, descubrir matices, entender mejor su comportamiento y ampliar sus posibilidades. Todo ese trabajo tiene un único fin: compartirlo con el comensal y enriquecer su experiencia en la mesa.

En Nerua la verdura tiene un protagonismo muy marcado. ¿Crees que el mundo vegetal todavía está infravalorado en la alta cocina?
Los vegetales son fundamentales en nuestra cocina, igual que los caldos y todo lo que nace del diálogo entre mar y huerta, cercanía y temporada. Todavía existe una asignatura pendiente con el mundo vegetal. Aunque lo tenemos muy cerca, sigue habiendo un gran desconocimiento sobre cómo potenciar sus cualidades. A menudo se olvida que trabajar un vegetal exige sensibilidad, técnica y una labor artesanal enorme. 

Cuando estás desarrollando un plato, ¿cómo sabes que ha llegado al punto justo y que no necesita nada más?
Un plato llega a su punto cuando la idea y la técnica se complementan de forma natural, sin forzar nada. Cuando eso sucede, nos hacemos siempre la misma pregunta: qué le sobra, nunca qué le falta. Ahí empieza, de verdad, la depuración.

Si miras la despensa vasca, ¿qué producto crees que aún tiene mucho recorrido gastronómico aún por descubrir? 
Hay que mirar con mucha atención, porque a veces la verdadera novedad está en lo cotidiano. Un bacalao, por ejemplo, es un producto mágico. Pero la pregunta es: ¿de verdad lo hemos explorado del todo? ¿Hemos prestado atención a partes que suelen pasar desapercibidas, como la cabeza? Muchas veces el futuro está escondido en lo que creemos conocer.

¿Cómo se construye un menú en Nerua: pensando primero en los platos o en el ritmo global de la experiencia?
Cada menú es el resultado de un año de trabajo. Para mí, un menú debe tener verdad, producto, esencia y convicción. Y detrás de todo eso, siempre hay tiempo, naturaleza, conocimiento, trabajo, amor y pasión.

¿Cuántas nacionalidades hay en Nerua y como logras que todo funcione?
No se trata tanto del número de nacionalidades. Hemos conseguido algo que es muy bonito y es que gente de distintas partes del mundo hayan elegido nuestro restaurante para aprender un oficio y que lo tomen como referencia en su carrera profesional.

En un momento en el que muchos restaurantes buscan el impacto inmediato, tu cocina apuesta por la calma. ¿La emoción gastronómica también puede ser silenciosa? 
Siempre he creído en el silencio y en la reflexión como punto de partida para construir. Nunca me han interesado las tendencias, sino el trabajo bien hecho. Sí, por supuesto que la emoción puede ser silenciosa; a veces, incluso, es la más verdadera.

Si alguien quisiera entender tu cocina en un solo plato, ¿cuál elegirías?
Podría citar varios platos, como Tomates, hierbas aromáticas y fondo de alcaparras, Cebolla dulce, bacalao y pimiento verde o Ensalada, patata, lechuga y cebolla. La experiencia del comensal no se resume en una sola elaboración, sino en el conjunto.

La kokotxa de merluza a la brasa con filamentos de oreja de cerdo, salsa verde y unos yodados berberechos es una de tus ocurrencias. ¿Cómo nacen estas ideas?
Ese plato nació como un homenaje a Joan Roca. Lo creamos para un evento y terminó quedándose en el menú. Un mar y montaña a la vasca. Joan siempre ha tenido una elegancia especial para construir este tipo de platos; posee un don muy particular para encontrar armonías complejas con una enorme naturalidad.

A lo largo de estos años, ¿te consta que algún artista que haya expuesto en el Guggenheim haya acabado sentado en una mesa de Nerua?
Han pasado muchos artistas por Nerua, y para mí ha sido una gran suerte poder recibirlos. Guardo un recuerdo especial de personas como Giorgio Armani, Norman Foster, Frank Gehry o Yoko Ono, entre otros. De hecho, conservo un libro de firmas que para mí es ya una auténtica obra de arte.

Si un artista del Guggenheim tuviera que diseñar un plato contigo, ¿a quién elegirías?
Elegiría a Domingo Zapata. Me atrae su energía: es rápido, brillante, divertido. Admiro la belleza de su locura.

El Guggenheim es uno de los templos del arte contemporáneo. ¿La alta cocina se parece más a una galería de arte o a un taller de artesano?
En mi cocina se respira más el aire de un txoko. Puede parecer un taller artesano, aunque trabajamos con la precisión y la curiosidad de un laboratorio. La sala, en cambio, sí la siento más cerca de una galería de arte: es el lugar donde todo se muestra, donde la experiencia adquiere su forma final.

Si pudieras sentar en una mesa de Nerua a tres artistas para cocinarles un menú, ¿a quién invitarías?
Karre Elejalde, Fito, Domingo Zapata, y por supuestísimo, mi querida Maribel Verdú…

Cuando no estás en Nerua, ¿qué te gusta cocinar en casa?
Me gusta ir al mercado, cocinar productos de temporada y volver a las recetas de la memoria. Esa cocina honesta, doméstica, vinculada a la economía familiar, tiene algo profundamente valioso: una buena comida puede cambiarte el día.

Y cuando no estás en Nerua, ¿en qué restaurante te podríamos ver?
En Bilbao no quedamos… nos encontramos en los restaurantes, en los bares. Lugares sencillos que me hacen sentir bien como el Mugi, el Indusi o el Grand Prix. Y tengo unas ganas locas de ir a Forastera, que está a punto de abrir, porque es el fruto de dos personas que han trabajado conmigo durante años y a las que admiro mucho. 

¿Qué tres productos no faltan nunca en tu nevera?
Nunca faltan el queso, las anchoas en salazón, las chacinas y los vegetales.

¿Cuál ha sido el momento más gratificante de tu carrera?
Volver a cocinar tras un accidente en el que estuve en coma durante un tiempo. Sentí que perdía aquello que amaba, la cocina. Volver a disfrutar de ella ha sido fundamental. También los reconocimientos al esfuerzo de mi equipo y las pequeñas cosas de cada día como el contacto con el cliente, que permite ver que lo que haces, compensa.

¿Cuál es el sabor que te lleva directamente a tu infancia?
He tenido la suerte de crecer rodeado de grandes cocineras como mi madre y mi abuela. Echo mucho de menos la tortilla de cebolla y pimiento verde, las alubias blancas con berza, los tigres, los mejillones en salsa de tomate picante, el arroz con chirlas en salsa verde, los txipirones en su tinta, y, por encima de todo, el marmitako. 

Si tuvieras que cocinar mañana solo con dos ingredientes, ¿cuáles elegirías?
Aceite de oliva y un huevo. Hay pocas cosas mejores que un huevo frito.

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Francesc Escánez – Atlántida Travel

Francesc Escánez:Para el viajero español, comer bien no es un añadido: es una parte central del viaje”

El fundador de la agencia de viajes Atlántida Travel lleva más de dos décadas dedicado a una forma de entender el viaje que tiene poco que ver con el paquete estándar y mucho con el detalle, el criterio y la experiencia real. Atlántida nació en 2002 y, desde Barcelona, ha ido consolidando un modelo basado en el conocimiento directo de los destinos, el trato personalizado y una idea del lujo menos obvia y más afinada. Acertar con el hotel, con el ritmo, con el guía y, por supuesto, con la mesa.

Antes de poner en marcha su propio proyecto, ya venía del sector, algo que se percibe en una mirada muy pegada al viajero real. Nos habla del tiempo como el gran lujo contemporáneo, de cómo ha cambiado la forma de viajar en las últimas dos décadas y de por qué cada vez más clientes buscan algo más que encadenar destinos. En su caso, viajar bien tiene que ver con entender a quién tienes delante y saber que, muchas veces, un lugar también se termina de revelar a través de lo que se come.

Cuando alguien os confía sus vacaciones, en realidad os está confiando su tiempo. ¿Eso hoy vale más que nunca?
Nuestros clientes tienen poco tiempo y son muy exigentes. Muchas veces te dicen algo muy claro: el dinero ya lo tienen; lo que quieren comprar es tiempo.

No recomendáis nada que no hayáis vivido antes. ¿Es una declaración de principios desde el inicio?
Sí, absolutamente. Sobre todo en los viajes vacacionales y de larga distancia, siempre hemos tenido claro que no puedes vender bien un destino si no lo conoces de verdad. Por eso el equipo viaja constantemente, revisa hoteles, destinos y experiencias, y solo aconsejamos desde el conocimiento real.

Además de vender un viaje, hacéis también mucho trabajo de recomendación personal.
A veces un cliente no solo quiere vuelos y hotel; también quiere que le recomiendes un restaurante, una visita privada o un plan concreto. Ahí hacemos un trabajo casi de concierge, y eso solo se puede hacer bien si lo has vivido antes.

Si hablamos de resultados, ¿cuál es hoy el gran destino?
Desde la pandemia y especialmente en 2024 y 2025, Japón ha sido el destino que más hemos vendido. Tiene cultura, gastronomía, identidad y una manera de viajar muy atractiva para el cliente español. 

¿Qué otros destinos están hoy especialmente fuertes?
Maldivas sigue funcionando muy bien, sobre todo en viaje de novios o combinada con otros destinos. Y también hemos notado un crecimiento claro de los safaris en África, porque mucha gente busca naturaleza, espacio, tranquilidad y experiencias menos masificadas. 

Irán, que vive un momento complicado, es uno de esos países que mucha gente describe como inolvidable. ¿Tú lo compartes?
Sí, es un país extraordinario. No sé si diría el mejor del mundo, pero sí uno de los grandes viajes. Tiene cultura, historia y ciudades impresionantes.

¿Qué distingue a alguien que ha viajado mucho de alguien que simplemente ha estado en muchos sitios?
El que ha viajado mucho busca detalle, servicio, discreción y excelencia. Es un cliente al que cada vez cuesta más sorprender, pero precisamente por eso valora mucho más las cosas bien hechas.

¿Dónde está la diferencia entre un viaje caro y un viaje realmente bien diseñado?
En los pequeños detalles. En saber qué le encaja a ese cliente, cómo recibirlo, qué tipo de habitación ofrecerle, qué guía ponerle o cómo hacer que viva una experiencia distinta a la estándar.

¿Ha cambiado la idea de lujo en el viaje en estos últimos 25 años?
Muchísimo. Antes el lujo era, casi siempre, lo más caro. Hoy no. Ahora el cliente valora más la privacidad, el encanto, la autenticidad, la dimensión del hotel o la calidad gastronómica que el simple precio.

Las redes sociales han convertido medio planeta en decorado. ¿Qué te provoca esa forma de viajar?
Que muchas veces la gente va, se hace la foto y se va. Y viajar debería ser algo más que eso. Todavía quedan rincones por descubrir, pero sobre todo quedan otras maneras de mirarlos.

¿Crees que hay destinos que han perdido identidad de tanto éxito?
Sí, claro. Hay países o zonas que han sufrido la masificación y han perdido parte de su encanto original. Luego algunos consiguen reinventarse, pero ese desgaste existe.

Cuando un cliente viaja con vosotros, ¿prefiere libertad o estructura?
Normalmente quiere viajar con libertad, pero con una estructura sólida detrás. Es decir, salir desde aquí por su cuenta, pero tener a alguien esperándole en destino y un viaje muy bien armado.

Si solo pudieras recomendar un país para ir al menos una vez en la vida, ¿cuál sería?
La India, sin duda. Me parece un país inagotable, inmenso y con una capacidad brutal para sorprender. Para una primera vez recomendaría el norte, que es la India más icónica, la que todo el mundo imagina. Y para quien ya la conoce, el sur es una maravilla completamente distinta.

Viajar es también comer. Fuera de España, ¿qué países te han impresionado más en la mesa?
España está a un nivel altísimo y para mí sigue siendo incomparable por variedad y riqueza. Fuera, diría Japón, Argentina y Australia, por motivos distintos.

¿Puede un restaurante justificar un viaje?
Casi te diría que sí. Igual no haces un viaje solo por una cena, pero la gastronomía puede ser un motivo muy potente para elegir destino o para enriquecer muchísimo la experiencia.

¿El cliente español le da más importancia a la gastronomía que otros mercados?
Muchísima más. Nosotros lo vemos clarísimo. Para el viajero español, comer bien no es un añadido: es una parte central del viaje.

¿Tenéis una línea específica de viajes gastronómicos?
Como departamento cerrado, no. Pero sí tenemos gente en el equipo que domina muy bien ese territorio y que puede recomendar restaurantes y experiencias gastronómicas en muchísimos destinos.

También ocurre al revés: gente que viene a España precisamente por la gastronomía.
Hemos tenido grupos que han venido directamente a hacer rutas de restaurantes y vino por el País Vasco o La Rioja. Eso existe y funciona muy bien.

Después de tantos años, ¿dirías que hoy la gente viaja mejor o simplemente viaja más?
Viaja más. Mejor, no necesariamente. Ahora el cliente llega muchísimo más informado y, a veces, incluso demasiado, porque intenta llevar el viaje programado al minuto.

Después de toda una vida viajando, ¿qué sigue teniendo sentido para ti cuando haces una maleta?
Seguir ganando experiencia y, sobre todo, seguir encontrándome con la gente. Para mí eso sigue siendo lo más valioso de viajar.

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Mario Valles – El Patio de Claudio

Mario Valles: “No cocino para Instagram; lo hago para la persona que tengo sentada en la mesa”

 

El chef Mario Valles dirige hoy El Patio de Claudio, uno de los restaurantes más interesantes de Madrid. Su cocina, elegante y honesta nace de una trayectoria poco común: antes de dedicarse a los fogones compitió como judoka en dos Juegos Olímpicos. Y eso, suma.

Disciplina, método y respeto absoluto por el producto definen una manera de cocinar que mira a Francia, dialoga con España y no pierde de vista sus raíces colombianas. En nuestra conversación repasa su trayectoria, habla sin rodeos del impacto de las redes sociales en la gastronomía y reivindica una cocina donde el cliente sigue siendo lo verdaderamente importante.

 

Vienes del deporte de élite y has competido en dos Juegos Olímpicos. ¿Qué parte de la mentalidad de judoka sigue viva hoy en tu cocina?

La disciplina. Es algo que se mantiene siempre. Muchos cocineros hablan de disciplina, pero yo la viví antes en un tatami y esa manera de entender el esfuerzo se queda contigo para siempre.

¿En qué se parece un servicio de cocina a un combate en el tatami?

En realidad, no es exactamente comparable. En un combate dependes solo de ti. En un servicio de cocina no: dependes de todo un equipo. Un restaurante funciona cuando todo está coordinado, cuando cada persona sabe qué tiene que hacer para que el servicio salga bien. Es una conjunción de elementos que tienen que rodar perfectamente.

Una lesión marcó, de alguna manera, el final de tu carrera deportiva. Con perspectiva, ¿fue mala suerte o el inicio de algo mejor?

La lesión no cambió mi vida de golpe. Durante toda mi carrera deportiva yo ya estaba formándome en hostelería. Cuando terminaron mis segundos Juegos Olímpicos y después de una recuperación muy larga, vi que no llegaría a los terceros. Entonces decidí dedicarme por completo a lo que había estudiado y a lo que realmente me apasionaba: la cocina.

Tus primeros pasos en cocina profesional fueron en Londres. ¿Qué recuerdas de aquella etapa?

Recuerdo sobre todo una sensación de impotencia. Llegar a una cocina con 150 comensales, todo ocurriendo a la vez, y tú empezando como practicante… todo era extremadamente rápido y había muy poco tiempo para reaccionar. Pero también entendí algo que todavía me apasiona: el reto diario que supone ser cocinero.

Has pasado por cocinas importantes. ¿Qué papel jugó Koldo Rodero en tu trayectoria?

Koldo Rodero fue mi mentor. Le debo muchísimo. Es una persona muy sabia y, además, alguien que ayuda de manera desinteresada. Su familia me abrió las puertas de una forma increíble. Gracias a él estoy donde estoy hoy.

Antes de El Patio de Claudio estuvo el proyecto de Hortensio, muy querido por la crítica. ¿Qué te dejó aquella etapa?

Sentir el respaldo de los clientes es una fortuna enorme. Hortensio fue el inicio de mi carrera gastronómica y guardo un recuerdo muy especial de todo lo que vivimos allí.

En El Patio de Claudio hablas de una cocina elegante pero accesible. ¿Dónde está la línea entre sofisticación y complicación?

La propuesta es clara: una cocina tranquila. Técnicamente no buscamos la complicación extrema. Queremos una cocina honesta, bien hecha, que pueda disfrutar tanto el huésped del hotel como la gente del barrio. Es un restaurante pequeño, de 27 comensales, y eso permite trabajar con mucha atención al cliente.

Tu cocina dialoga entre Francia, España y tus raíces colombianas. ¿Cómo se construye ese equilibrio sin que parezca un collage?

Francia es la base metodológica de muchas cocinas. Yo intento mantener ese método francés, pero trabajando con producto local y con la cultura gastronómica que he vivido en España desde 1996. Ese diálogo entre Francia y España se construye a través del producto y de técnicas clásicas.

La cocina francesa concede mucha importancia a las salsas. ¿Crees que la cocina contemporánea ha descuidado ese capítulo?

En muchos casos sí. La evolución de la cocina ha ido hacia otros caminos y, en algunos casos, el resultado final del plato ha dejado de ser lo más importante. A mí eso me da pena. Yo soy bastante ortodoxo y creo que debemos seguir cuidando el producto y el método con el máximo esmero.

Muchos restaurantes parecen pensados para Instagram. Tú has dicho que no cocinas pensando en eso.

Las redes sociales están condicionando mucho la gastronomía. Yo entiendo que hoy forman parte de la ecuación comercial, pero a mí me da mucha tristeza cocinar pensando en un influencer o en una fotografía. Yo cocino para mi público, para la persona que se sienta en la mesa.

¿Algún producto fetiche?

Me encanta el salmonete. Y también la paloma, especialmente la que se caza en Echalar, en Navarra. Conozco bien ese proceso y es un producto que me fascina.

¿Hay algún plato de tu carta que resuma tu cocina?

En los postres, el limón desamargado. Es un diálogo entre la España árabe, América y Francia. Resume muchas cosas de mi historia. Y luego el pâté en croûte, que hacemos con lagarto ibérico y perdiz. Es un plato que me gusta mucho y que creo que Madrid merece tener.

¿Sigues manteniendo algún ritual deportivo más allá del judo?

Sí. Juego al tenis. Me levanto a las siete de la mañana para jugar cada vez que puedo.

Cuando no estás en tu restaurante, ¿dónde te gusta comer?

Me gusta viajar y descubrir cocinas locales. Siempre intento comer lo que se cocina en el lugar al que voy.

¿Algún viaje reciente que te haya marcado gastronómicamente?

Hace poco estuve en Colombia y comí en un restaurante del Pacífico colombiano que me encantó. Una cocina muy sabrosa, muy rica.

¿Un plato que te devuelva a tu infancia?

El pandebono. Es un pan típico de Cali, hecho con almidón de yuca, harina de maíz, leche y mantequilla.

¿Algún cocinero que te haya marcado?

Muchos. Alain Passard, Alain Ducasse, Bernard Pacaud… y en España, por supuesto, Koldo Rodero o Luis Lera.

Madrid vive un gran momento gastronómico. ¿Dónde te gusta comer en la ciudad?

Me gusta volver a los sitios que me gustan: La Tasquita, Sacha… y últimamente también el restaurante Haramboure. 

¿Qué plato te habría gustado inventar?

Está casi todo inventado… pero me habría encantado haber sido partícipe de la invención de la mantequilla. 

 

TEXTO DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Mar Cozcolluela – mArincello

Mar Cozcolluela: “Pasé de trabajar diez años en Codorníu a crear mi propio licor”

 

En el universo de las sobremesas memorables hay algo que siempre se repite: una conversación que se alarga, un último brindis y ese pequeño gesto de sacar una botella que convierte el final de la comida en un momento especial. De esa escena doméstica, casi improvisada, nació mArincello, un licor de mandarina que empezó como experimento casero y hoy comienza a hacerse un hueco en restaurantes y barras.

Detrás del proyecto está Mar Cozcolluela, que tras una década en Codorníu decidió transformar una receta que preparaba para sus amigos en una marca con identidad propia. Mandarinas ecológicas valencianas, maceración larga y una idea muy clara: capturar en una copa el sabor fresco y natural de un gajo de mandarina. Hablamos con ella sobre el origen del proyecto, la construcción de la marca y el ritual de la sobremesa que inspira todo su universo.

¿Quién era Mar antes de mArincello?

Trabajé durante diez años en Codorníu. Pero siempre me ha gustado mucho cocinar y un día, preparando cosas en casa, pensé que podía hacer un licor casero para mis amigos cuando vinieran a cenar. Busqué la receta de limoncello, lo probé… y empecé a experimentar.

¿Cómo pasas de un limoncello casero a crear un licor de mandarina?

Primero lo probé con naranja. Funcionaba mejor que con limón. Después pensé: ¿y si lo hago con mandarina? Empecé con mandarinas del supermercado, luego de frutería y finalmente fui a Valencia a buscar mandarinas ecológicas. Ahí el producto dio un salto enorme.

¿Cuándo te das cuenta de que aquello podía convertirse en un proyecto real?

Cuando mis amigos empezaron a comprarlo… y también algunos restaurantes. En ese momento pensé que tenía que legalizarlo y hacerlo bien. Entonces surgió la pregunta del nombre. “Mandarinchelo” era demasiado largo, así que lo acortamos a mArincello.

Si tuvieras que definir el ADN del proyecto en una frase, ¿cuál sería?

El sabor de la sobremesa con amigos.

¿Qué buscabas exactamente en boca al crear el licor?

Quería la sensación que tienes cuando te comes un gajo de mandarina. Ese sabor fresco que se queda después. Mandarina pura.

¿Tenías algún vínculo previo con el mundo de los cítricos?

Ninguno. Me gustaban las mandarinas, como a cualquiera, pero no tenía ninguna conexión especial con ese mundo.

Los licores cítricos a veces pecan de demasiado dulces o demasiado perfumados. ¿Cómo encontraste el equilibrio?

Al ser un producto muy natural, el equilibrio es más fácil. Al principio tenía más azúcar, pero con el tiempo lo hemos reducido bastante. La mandarina tiene suficiente carácter para hablar por sí sola.

¿Cómo recomiendas servir un mArincello?

Muy sencillo: frío de nevera. Se puede tomar solo, pero a mí me gusta especialmente con un hielo.

¿Y fuera de la sobremesa? ¿Tiene recorrido en coctelería?

Sí, también funciona muy bien en cócteles. Es otra forma de consumirlo y abre muchas posibilidades.

¿Cómo lograsteis entrar en restaurantes y bares con cierto nivel?

Llamando a la puerta. Literalmente. Contactando con la gente, presentando el producto y enseñándolo.

En un momento en que los jóvenes beben cada vez menos alcohol, ¿cómo se adapta un proyecto como el vuestro?

Estamos trabajando en versiones con menos azúcar y con menor graduación alcohólica. Queremos adaptarnos a las nuevas formas de consumo.

¿Un mArincello sin alcohol sería posible?

Lo veo muy complicado. He probado versiones 0,0 de otros licores y pierden completamente el sentido. Se convierten en algo que no es ni un licor ni un zumo.

La sobremesa está muy presente en vuestro relato. ¿Es realmente el momento ideal para beberlo?

Sí. Después de comer o después de cenar es cuando tiene más sentido. Ese momento en que la conversación se alarga y aparece algo dulce.

¿Qué canal os interesa más ahora mismo: restauración, distribución o e-commerce?

Ahora mismo estamos reordenando todo el proyecto. Estos primeros meses han sido prueba y error. En breve tendremos más claro el plan, pero el canal de restaurantes es muy importante.

¿Habéis pensado en mercados internacionales?

Sí. De hecho he probado muchos licores de mandarina de toda Europa, más de veinte, y hemos hecho catas a ciegas. Nuestro producto se defiende muy bien.

Si el proyecto creciera mucho, ¿qué parte artesanal no sacrificarías nunca?

Las mandarinas ecológicas. Son la base del producto.

Trabajaste diez años en Codorníu. ¿Qué aprendizaje te llevaste a tu propio proyecto?

Sobre todo disciplina. Y también conocer cómo se elaboran muchos tipos de licores y bebidas. Ese conocimiento me ha servido mucho.

¿Dónde se elabora mArincello?

En Terrassa. Allí se hace la maceración y la elaboración del licor.

¿Cuánto tiempo de maceración tiene?

Nos hemos dado cuenta de que cuanto más tiempo pasa, mejor está. Aproximadamente unos seis meses.

¿Es un proyecto de equipo o muy personal?

El proyecto es mío. Pero me apoyo mucho en amigos: una amiga abogada lleva patentes y marcas, otra me ayudó con el plan de negocio, otro amigo diseñó la identidad… Ha sido un proyecto muy colaborativo.

¿Con qué lo maridarías en una sobremesa?

Con chocolate, con postres, con cualquier dulce. Funciona muy bien con todo lo que llega al final de la comida.

Si pudieras servir un mArincello en una sobremesa a cualquier persona, ¿a quién invitarías?

Al Rey de España.

 

TEXTO; DAVID RUIZ

FOTO: MARINCELLO

Bakri Bouchi – Josper

Bakri Bouchi :“El fuego forma parte de nuestra memoria gastronómica; nosotros sólo le hemos dado un nuevo protagonismo”

 

Dirige Josper -llegó a la compañía hace ahora diez años- desde febrero de 2025, en una etapa de expansión global y de consolidación de una marca que ha logrado algo poco habitual: convertirse en lenguaje común dentro de las cocinas. En muchas cartas ya no basta con decir “a la brasa”; se dice “cocinado con Josper”, y eso habla de producto, de técnica y de marca.

Repasamos con él la evolución de la compañía, de sus raíces en Pineda de Mar, cerca de Barcelona, a su presencia internacional. Nos explica por qué la brasa vuelve a ocupar el centro de la cocina contemporánea y señala el gran reto del sector: llevar el fuego a escala sin perder consistencia, control ni identidad.

Este año cumplís 57 años. ¿Cómo resumirías la trayectoria de la marca?
Josper nace de una idea que no existía en el mercado: convertir la lógica del horno de leña doméstico en un horno de brasa profesional. Josep y Pere, los fundadores, crearon un producto prácticamente único durante años y, con el tiempo, la marca se rodeó de perfiles muy gastronómicos para crecer con criterio y posicionarse donde está hoy.

¿La evolución ha sido constante o hubo un gran punto de inflexión?
Ha habido varios, pero el primero de verdad llegó a principios de los 2000. Hasta entonces Josper era una marca más regional, muy presente en España, Francia y Bélgica; el salto global empezó con la entrada en Londres, en La Petite Maison, que marcó un antes y un después.

¿Qué mercado os impulsa después de Londres?
Rusia fue clave. Durante una etapa llegó a ser nuestro principal mercado internacional, incluso por delante de España, porque allí entendieron muy bien el producto y supieron posicionarlo como algo exclusivo.

¿Qué otras palancas han sido decisivas en ese crecimiento?
La consultoría ha sido fundamental: consultores gastronómicos, ingenierías e instaladores respetan mucho el producto porque permite llevar la brasa a entornos limpios, ordenados y controlados. Otro punto clave fue entrar en Middleby hace siete años. Pasamos a formar parte de un grupo global con base en Chicago y eso nos ha dado estructura, alcance y mucha más capilaridad internacional; hoy exportamos directamente a más de 130 países.

¿Entrar en un gran grupo no pone en riesgo el alma de marca?
No. La identidad y la filosofía se mantienen, pero sí incorporas una forma de trabajar más ordenada: más planificación, más estructura y más cultura de gestión.

Muchos restaurantes ya escriben “cocinado con Josper” en la carta. ¿Qué valor tiene eso?
Muchísimo, porque es una señal de reconocimiento real del producto. Los chefs vieron hace años que el resultado no era el mismo que con una parrilla abierta y empezaron a nombrarlo en la carta para diferenciarlo; ha sido clave en la construcción de marca.

El fuego está viviendo un momento muy fuerte en cocina. ¿Qué lectura haces?
La brasa nunca se fue del todo, pero durante años quedó más asociada a entornos rurales o informales. Lo que está pasando ahora es que la alta cocina ha recuperado esa memoria del fuego y la ha llevado al siglo XXI con técnica, limpieza y control. El fuego forma parte de nuestra memoria gastronómica, en Josper solo le hemos dado un nuevo protagonismo. 

En el diálogo con chefs y grupos de restauración, ¿qué os piden hoy?
La palabra clave es escalabilidad. El sector pide cada vez más consistencia, facilidad de uso, experiencia de usuario y procesos replicables, y esa conversación está muy presente en nuestro trabajo con I+D.

¿Y a nivel culinario, hacia dónde va la demanda?
Hacia la adaptabilidad. Ya no se trata solo de hacer carne o pescado a la parrilla, sino de llevar el sabor de la brasa y del humo a otras técnicas: salteados, wok y formatos que antes no se asociaban al fuego.

¿Un Josper encaja solo en ciertos restaurantes o puede entrar en casi cualquier cocina?
Puede entrar en muchísimas más cocinas de las que parece. Si entiendes Josper como un horno de brasa, puede integrarse en cualquier cocina que trabaje con horno y cubrir procesos muy distintos, no solo asado.

¿También tiene sentido en una cocina vegana o vegetariana?
Perfectamente. Un concepto 100 % vegano puede funcionar igual de bien que uno muy carnívoro, porque el valor está en la técnica, los accesorios y el sabor de la brasa que aporta al producto.

Vuestro negocio es claramente profesional, pero ¿existe Josper para casa?
Sí. Durante años hubo demanda de chefs y restauradores que querían un Josper en su vivienda, y en 2023 lanzamos una estrategia específica con la línea Josper Casa, especialmente enfocada al mercado estadounidense.

¿Qué mantiene y qué cambia en esa línea residencial?
Mantiene la esencia del producto profesional, que era imprescindible para nosotros. Lo que se adapta es la usabilidad y la seguridad, y además se trabaja mucho la idea de fuego y brasa como punto de unión en casa.

Tenéis una relación muy fuerte con chefs de primer nivel. ¿Fue una estrategia o surgió de forma natural?
Ha sido bastante natural, porque la compañía siempre ha tenido una mirada muy gastronómica y muy cercana al oficio. Esa búsqueda nos ha dado además un posicionamiento muy sólido en un nicho tan específico como la brasa profesional.

Si tuvieras que elegir un solo producto que sube de nivel en Josper, ¿con cuál te quedas?
La alcachofa funciona de maravilla, pero yo me quedo con la berenjena. Bien trabajada, con aceite de oliva, sal y pimienta, cambia por completo; de hecho, creo que donde más se nota el salto de Josper es en los vegetales.

Y justo las verduras están viviendo un gran momento en cocina. ¿Lo notáis?
Muchísimo. Son producto estacional, sostenible, cercano y muy agradecido cuando se trabajan bien, y la brasa les da una profundidad de sabor espectacular.

¿Qué peso tienen hoy las redes sociales para una marca como Josper?
Son nuestro principal canal de comunicación, junto con la web. Nos ayudan a conectar con nuevas generaciones y mercados lejanos, aunque seguimos cuidando mucho el cara a cara en ferias, porque ahí el producto se prueba y se entiende de verdad.

¿Qué aprendizaje de la restauración te has llevado a tu vida personal?
La organización, sin duda. Antes cocinaba más por intuición y ahora planifico compras, cantidades y tiempos con una disciplina mucho más profesional.

¿Qué te apetece comer cuando no tocas el fuego?
Sigo disfrutando muchísimo de la brasa, pero cuando cambio de registro me va una buena paella, unas buenas ensaladas y también cocina japonesa. Me gusta comer de todo.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Bo Jimmy Zhu – Restaurante Haku

Bo Jimmy Zhu : “En un nigiri, el pescado es el 20% de la importancia. Al final, el arroz lo hace todo.”

 

El chef italo-japonés -italiano de nacimiento, pero de padres japoneses- dirige HAKU en Valencia con una idea muy clara: fusión sí, pero con criterio. Nada de trucos fáciles. El hilo conductor es la pureza y el respeto por el producto.  Su barra se ha hecho un hueco a base de nigiris ( la estrella es el de anguila), una lectura propia del arroz y una manera de entender la cocina que conecta con algo muy mediterráneo: cuando la materia prima es buena, lo inteligente es no estorbar. HAKU fue elegido uno de los rookie del pasado año para nuestra guía, que celebra este mes de febrero una nueva edición.

 

¿Qué es exactamente Haku? 
Haku, en japonés, tiene varios significados. Uno de ellos es “pureza”. Y para mí va por ahí: una idea de pureza, de intentar hacer las cosas de forma limpia.

— Vuestra fusión italo-japonesa no busca lo extremo. ¿Dónde pones el límite? 
Lo de “fusión” ya existe muchísimo, el Mediterráneo-japonés es muy amplio. En nuestro caso, lo de italo-japonés es simplemente juntar las dos cocinas que dominamos mejor, sin hacer cosas raras porque sí.

— La Guía Macarfi os reconoció como Rookie en la última gala. ¿Qué representan los premios para un proyecto joven?
Hoy en día cocinar muy bien, simplemente, no es suficiente. Tienes que adaptarte y evolucionar. Los premios ayudan a que te reconozcan, a captar más público. Mi sueño es que el restaurante vaya bien. 

— ¿Cómo es el día a día del restaurante en Valencia? 
Los fines de semana hay mucho trabajo, viernes y sábado por la noche estamos siempre con faena. Entre semana baja un poco, como en casi todos los sitios. Viene gente curiosa, con ganas de probar cosas distintas.

— En clave nigiri, ¿qué pescado no usarías? 
No depende solo del pescado. En un nigiri, el pescado es como el 20% de la importancia. Al final, el arroz lo hace todo. De hecho, el arroz es japonés, pero el vinagre es italiano.

— Un italiano de padres japoneses que acaba en Valencia. Parece un cuento…
Mi hermana está casada con un chico valenciano. Ella quería abrir un restaurante aquí y yo, como ya era cocinero, vine a echar un cable. Y desde ahí me quedé. Me encanta la luz del Mediterráneo, la vida que hay aquí. 

— De Valencia, ¿qué te ha conquistado a nivel gastronómico? 
El almuerzo de media mañana para coger fuerzas. El esmorzaret de las 10 es maravilloso..

— ¿Te planteas una reinterpretación italo-japonesa del esmorzaret? 
No lo sé. El desayuno japonés es muy japonés: sopa, verduras casi sin sal… No sé si pegaría mucho aquí.

— ¿Con qué te gustaría que la gente recordase HAKU? 
Como un restaurante un poco diferente. No es un japonés tradicional y no hacemos las cosas que puedes encontrar en cualquier japonés.

— A quien te dice “yo no como crudo”, ¿qué le respondes? 
Muchas veces es por tradición. Antes no se podía comer pescado crudo. Y luego también es entender el producto. La cocina japonesa es mucho de producto. La italiana a veces “ayuda” un poco más con salsas. Y algo que me sorprendió de España es que la cocina española se parece más a la japonesa: el producto es el protagonista. Si el producto es bueno, no tengo que hacer mucho.

— ¿Qué hay en tu nevera cuando llegas a casa y no te apetece cocinar? 
Mi nevera es muy triste. Latas y cervezas, poco más (risas)

— Cuando no estás en el restaurante, ¿cómo desconectas? 
En el gimnasio. Es mi mejor forma de mantenerme en forma.

— Si no existiera HAKU, ¿qué abrirías? 
Creo que podría abrir un restaurante italiano. Ahora HAKU es más japonés que italiano y podría darle la vuelta.

— Dime un recuerdo de infancia alrededor de la comida. 
La mortadela, sin duda. Es el producto que más me lleva a cuando era un niño.

— ¿Y a quién te gustaría invitar a HAKU?
Lo más divertido sería tener a Gordon Ramsay aquí dentro.

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Javier de las Muelas – Dry Martini

Javier de las Muelas: “Quentin Tarantino me confesó que Dry Martini era el bar que más le había gustado en su vida”

 

Este año se cumplen treinta años desde que tomó las riendas de Dry Martini  y Javier de las Muelas sigue hablando de coctelería como quien habla de cultura: con oficio, con memoria y con una idea fija sobre la barra como lugar de encuentro. Más que la obsesión por la marca, el destilado o la técnica de laboratorio, le interesa lo que pasa delante: el cliente, la liturgia, el ambiente, la conversación.

Pionero en abrir la coctelería a una generación que no se veía reflejada en los códigos de hotel clásico, defiende una modernidad que no necesita artificios: lo clásico bien hecho. En esta charla, mientras compartimos un cóctel a media tarde, recorre el camino, desde sus inicios a finales de los 70 a la consolidación de Dry Martini como un referente. Habla de recetas, de proyectos y recorre la historia del local a través de algunos de sus invitados más ilustres. 

Treinta años desde que te hiciste con Dry Martini. Si echas la vista atrás, ¿cómo ha evolucionado en estas tres décadas?

Lo importante no es tanto Dry Martini, sino cómo me inicio yo en el mundo del bar, en la cultura del bar. La gente me reconoce por Dry Martini, pero si hice algo especialmente particular, algo que cambiara las reglas del juego, fue antes, con mi primer bar: ahí pusimos a gente joven detrás de la barra, en chaquetilla blanca, haciendo cócteles en un momento en el que eso no existía fuera de hoteles de lujo.

¿Eso fue a finales de los 70 en Barcelona?

Sí. Yo entonces estaba en Medicina y alternaba muchas cosas: vendía cómics del mundo underground, trabajaba en conciertos de rock… y me apasioné por el mundo del cóctel. En aquella época, un bar de cócteles era cosa de hombres, y entraba muy poca gente joven y pocas mujeres. Había que cambiar eso.

¿Crees que, sin pretenderlo, rejuvenecisteis la coctelería?

En ese momento intuías que era rompedor, pero no lo ves de verdad hasta que pasa el tiempo. Luego llega la compra de Dry Martini, que ya era una marca con prestigio, y eso le da otra singularidad.

En los últimos años la coctelería se ha hecho masiva. ¿Qué te interesa y qué te preocupa de esa popularidad?

Me interesa que hoy el cóctel se disfrute también fuera de coctelerías especializadas: en restaurantes, en bares, en lo cotidiano. Lo que me preocupa es que no se pierda el oficio. El oficio es entender que los importantes están al otro lado de la barra.

Barcelona lleva años en el mapa mundial de la coctelería. ¿Por qué aquí?

Por una suma de cosas: ciudad abierta, cómoda, con cultura, con mar… y también por gente que ha venido de fuera, especialmente italianos, que se han instalado. Barcelona acoge, en general. Todo eso se traslada a la escena.

Si tuvieras que definir Dry Martini para alguien que no ha pisado el bar nunca, ¿qué le dirías en una frase?

Cuando descubrí la coctelería por primera vez, en Boadas, pensé: “Esto es una catedral”, porque para mí los bares son iglesias. Y cuando entré aquí por primera vez dije: “Esto no es una catedral: esto es el Vaticano”. Para mí, eso explica mucho.

Hablas del bar como concepto, casi como institución. ¿Qué te fascina de esa idea?

El bar es algo muy español: punto de reunión, lugar de vida. La importancia de una cafetería de pueblo o un bar de barrio es sociológica. La gente no solo viene a tomar algo; viene a encontrarse, a interesarse por quién trabaja ahí, a sentirse parte de algo.

¿Qué tipo de público convive en Dry Martini hoy?

Hay mezcla. Aproximadamente un 40-45% es clientela extranjera, según temporada. Y hay un elemento clave: es un local con alma. La gente busca alma, y hoy cuesta más encontrarla. Aquí hay autenticidad.

¿Cómo se construye esa autenticidad sin convertirla en decorado?

Con historia real. Las marcas de uso, las pequeñas cicatrices del sitio, la barra vivida. Muchos bares adoptan una estética muy de diseño, muy de interiorismo, pero se quedan sin espíritu. Un bar necesita oficio, y el oficio se nota.

El dry martini como cóctel se ha convertido en icono. ¿Dónde está su éxito?

En la humildad y en la sencillez. Evoca literatura, cine… es el rey de los cócteles. Y esa simbología se ha ido haciendo grande con el tiempo.

¿La ginebra sigue mandando en el mundo de la coctelería

En nuestro caso sí. Lo hacemos más con ginebra que con vodka, como en países anglosajones. Pero en coctelería también son básicos el ron, el brandy… El brandy, por ejemplo, es un ingrediente de gran valor. Nosotros trabajamos proyectos con brandy, con tequila… al final hay un universo enorme.

¿Cuál es el mayor malentendido sobre lo que hace un bartender?

Olvidar que esto va del cliente. Saber callar, saber escuchar, situarte. Si entiendes el oficio, entiendes a las personas: las barras cuentan mucho de quien se sienta en ellas.

¿Se bebe mejor ahora que antes?

La gente viene más informada, sí. Pero otra vez: no me obsesiona que una ginebra tenga cien destilaciones; probablemente le sobran noventa y nueve. Lo importante es la liturgia: como en una iglesia, importa cómo se oficia, no solo el “vino” que uses.

¿Te interesa la coctelería espectáculo, la que busca la foto?

Es otra vertiente, no la juzgo, pero no es la mía. Para mí el bar no es un escaparate. Aquí hay clientes que vienen a diario: gente que viene sola, a leer la prensa, a trabajar, a pensar. Un bar también es un lugar de recogimiento.

¿Eres bebedor?

No, no suelo ser bebedor. No soy de ir obsesionado por probarlo todo. Me gustan los clásicos: el dry martini, el pisco sour, el negroni… y el momento lo es todo: no es lo mismo estar solo que acompañado, viajar que estar en tu ciudad.

Si tuvieras que elegir un negroni perfecto, ¿dónde lo tomarías?

Me imagino en una terraza, en Barcelona, en Madrid o en Roma, con un vaso frío, el color, la luz… y música. El negroni tiene algo mágico.

¿Tú tienes redes sociales?

A nivel de empresa sí, pero yo personalmente no. Y tampoco es algo que me preocupe.

¿Quién te gustaría tener sentado en tu barra?

Tengo varios nombres. A Sharon Stone, por ejemplo, porque le creé un cóctel hace años, y me parece una mujer con valores. Madonna también tuvo durante mucho tiempo un predicamento especial para mí. Y como iconos, Rita Hayworth o Marilyn Monroe.

¿Algún famoso que haya pasado por aquí y del que guardes un buen recuerdo?

Hemos tenido a Quentin Tarantino. Y dijo que era el bar que más le había gustado en su vida. Y tuve además la oportunidad de enseñarle a mover la coctelera a Bryan Ferry cuando presentó el disco Avalon.

En Dry Martini también hay gastronomía. ¿Cómo se integra en un bar como este?

La coctelería ya es gastronomía. Y además fuimos pioneros en maridajes: tenemos menús de cóctel y plato. Eso exige trabajarlo mucho: el cóctel tiene que conversar con el plato, no imponerse.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Nacho Ventosa – Restaurante Los 33

Nacho Ventosa, de Los 33: “No hay mejor espectáculo visual que un buen fuego”

 

Los 33, que en mayo cumple 4 años, se ha convertido en uno de esos sitios imprescindibles que obliga a hacer las cosas con la cabeza bien amueblada. Nacho Ventosa lo explica de forma natural: el éxito no estaba en el guión, y la única manera de que funcione y se mantenga es trabajar como si aún estuvieran empezando. Esa es la fórmula. 

Detrás del proyecto están Nacho y Sara, socios y pareja, con un intenso aprendizaje previo: Sara creció literalmente entre barras -su familia está detrás de El Viajero-, y juntos levantaron durante años un concepto que ha acabado dándoles oficio. En Los 33, la parrilla nace de un viaje a Uruguay, pero aterriza en Madrid con una idea clara: quitar solemnidad, acercar el fuego al público. Y esa lista de espera interminable (de las mayores de España) parece que les ha dado la razón. Pero ellos siguen con los pies muy en la tierra. 

¿Qué decisión concreta dirías que cambió el destino de Los 33 desde el día uno?

Ojalá supiera decirte “la” receta, pero no la sé. Sería muy pretencioso. Lo que sí te puedo decir es que somos muy obsesivos con el detalle y con el negocio, y cada día entramos con la idea de que todavía tenemos muchísimo margen de mejora.

Firmas Los 33 junto a Sara. ¿Fue vuestro primer proyecto juntos?

No. Sara viene de una familia de hostelería: su familia montó El Viajero en La Latina y ella creció entre cañas, barras y barriles. Cuando nos conocimos, los dos éramos muy workaholics y emprendedores. Al poco de empezar, montamos un proyecto efímero que duró unos seis años y que mutó en Manzana Mahou, en el Palacio de Santa Bárbara. Eso nos dio mucho know-how: durante seis años, en la práctica, abres y creces un restaurante.

¿Qué os aportó también gestionar un sitio ya mítico como El Viajero?

Mucho callo. Hace años nos quedamos con El Viajero y lo reformamos y actualizamos porque, después de más de dos décadas de trote, estaba muy castigado. Reflotar algo y devolverlo a la vida es incluso más duro que arrancar de cero: aprendes a tomar decisiones con más perspectiva.

Cuando alguien escucha “asador”, imagina una cosa muy concreta. Pero Los 33 es otra cosa…

Nosotros quisimos ir un poco en contra: descontextualizar la parrilla y quitarle solemnidad. Aquí, en España, la parrilla suele ser algo muy serio, muy “importante”, con grandes piezas y una liturgia muy marcada. Y nosotros queríamos hacerlo más cercano.

Hay una pasión general por el fuego. ¿Por qué crees que conecta tanto ahora?

Porque no hay mejor espectáculo visual que un buen fuego: una chimenea o una brasa ya son un show en sí mismos, por la luz y por lo que generan. Y también porque hay una vuelta al origen: al producto, a tocar lo menos posible, a la esencia. En nuestro caso, además, cocinamos con leña; es distinto a la brasa tradicional de carbón.

La lista de espera es un arma de doble filo. ¿Cómo se gestiona sin convertirla en un trofeo ni en una frustración?

Todos abrimos preparados para el fracaso y nunca para el éxito. La lista de espera nos la hemos encontrado y la hemos ido gestionando como hemos podido. Con mucha verdad: agradeciendo a quien llama y quiere venir a nuestra casa, intentando ser justos y sin hacer preferencias.

¿Cuál es el error más típico de los restaurantes que se ponen en boca de todos… y que vosotros queréis evitar?

Creértelo. Ese es el mayor error. Yo vengo del mundo de la música y sé que estas cosas pueden ser temporales. Hay que disfrutarlas, sí, pero lo que haga que dure más o menos depende de lo bien que lo hagas cada día.

¿Cómo os repartís roles tú y Sara en el día a día?

Nosotros somos empresarios y tenemos equipo. Hay unas 70 personas y un jefe de cocina, Rolando, que es una parte clave del proyecto. Nosotros coordinamos: yo estoy más en sala y en el día a día; Sara también está muy encima, aunque de forma distinta.

¿Tenéis una regla para no hablar del restaurante en casa… o eso es ciencia ficción?

No, la verdad. Además, ahora tenemos hijos y, cuando llegas a casa, te ocupan muchísimo y te sacan del trabajo. Pero, aunque lo hemos intentado, a veces en la cama sale un tema y acabas hablando de lo que está pasando.

El restaurante cumple cuatro años. Si miras atrás: ¿imaginabais estar así?

Cumplimos cuatro años en mayo. Encontramos el local en febrero de 2020, en plena pandemia. La obra y la preparación del concepto fueron lentas; nos lo tomamos con tiempo. En realidad, no estás preparado para esto: estás preparado para abrir un local e intentar no cerrarlo en los primeros años.

Si el local está a reventar: ¿qué detalle de la experiencia es intocable?

El concepto inicial. Tienes que adaptar el negocio a lo que te marcan los clientes, el personal, el momento, la época, el barrio… pero sin olvidar el concepto. Eso es lo que te hace creíble y lo que te da un sello.

¿Qué es más difícil: crear ambiente o sostenerlo todos los días?

Sostenerlo. Estar ahí todos los días para que no baje el ecosistema que se crea alrededor del fuego y de Los 33. La clave es intentar hacerlo mejor cada día: si funcionó ayer, que salga mejor mañana.

Si tuvieras que elegir un plato que defina Los 33…

El concepto nació en Uruguay, viendo cómo cocinaban un mixto de parrilla. Queríamos que esa idea estuviera en la carta porque define lo que queríamos ser. Los 33 es un restaurante que abre todo el día, es cercano, y busca que te sientas en casa. En ese sentido, el bikini también cuenta mucho de nosotros.

Cuando Sara y tú salís a comer, ¿qué os apetece de verdad?

Depende del momento. A veces sales a celebrar y te apetece probar o disfrutar de un restaurante. Pero muchas veces lo que más nos apetece es estar en casa, con comida sencilla: unos macarrones y poco más.

Entonces, ¿qué suele haber en vuestra nevera?

Yo intento no cenar, y Sara igual. Como aquí o fuera para ver qué se cuece por Madrid. En casa hay yogures, lo que comen los niños, pollo, sopa, caldo… básicamente comida de niños.

¿Cómo os lleváis con las redes sociales?

Fantástico, porque prácticamente no las practicamos. Tenemos un Instagram con muchos seguidores y no publicamos post  Solo subimos stories. Parte de nuestro ADN es que el restaurante se vea a través de los ojos de la gente: preferimos eso a una foto “perfecta” hecha por un fotógrafo.

¿Te molesta que la gente fotografíe platos o esté pendiente del móvil?

A mí no me incomoda nada. Mientras sea respetuoso con los demás, cada uno está en su mesa y en libertad de disfrutar como quiera.

Vienes de la música. ¿Qué te dio ese mundo que hoy te sirve en hostelería?

La obsesión por los detalles, sobre todo por los que no se ven. Y la multinacional musical me enseñó la importancia del back office: a corto plazo parece lo menos rentable y lo más difícil de justificar, pero a medio plazo es lo que más te hace ganar.

Si Los 33 fuese un sello discográfico, ¿qué sonaría?

Sería un sello con gusto analógico. Tenemos una colección grande de vinilos y un equipo de sonido de estudio de los años 70. Todas las noches hay un DJ. No ponemos modas actuales: tiramos a clásicos, a música de los 60, 70, 80… y el sonido evoluciona según avanza el día, igual que evoluciona el ambiente.

¿A qué celebrity te gustaría ver cenando aquí?

No tengo ni idea, de verdad. Intentamos ser muy respetuosos con quien viene. Para nosotros, cualquiera que entra por la puerta es una celebrity: tratamos a todo el mundo con el mismo cuidado.

Mirando a futuro: ¿qué te gustaría que dijeran de Los 33 dentro de cinco o diez años?

Que sigue siendo un sitio al que la gente quiere ir. Que sigue teniendo vida.

¿Tenéis algún otro proyecto gastronómico en marcha?

Estamos con otro proyecto ligado al mundo del pescado.

¿Cómo ves el momento actual de la gastronomía de Madrid?

Madrid está en un nivel altísimo, de ciudades top de Europa. Con lo bueno y lo malo: para el cliente es una maravilla, pero hay tantas aperturas semanales que es difícil que la ciudad lo absorba todo. Aun así, el momento es muy potente.

 

Texto: David Ruiz

Foto: cedida

Xavier Pellicer – Restaurante Xavier Pellicer

Xavier Pellicer: “Si tras ocho platos no te sientes pesado es que hemos hecho bien los deberes”

 

Está al frente de uno de los restaurantes de comida saludable más famosos de España, ubicado en el Eixample barcelonés. Su propuesta es una cocina sin artificio y un menú que busca algo concreto: que salgas feliz de la mesa… y que tu cuerpo no te pase factura después. 

Entre etiquetas gastadas, redes que exigen presencia constante y un sector que también necesita sostenibilidad económica, el chef catalán, cuyo restaurante fue elegido en 2018 mejor restaurante de verduras del mundo, defiende un modelo sencillo: el de comer bien y sentirse mejor. Y no solo con verduras y hortalizas. En su propuesta caben carnes y pescados, pero todo en una armonía perfecta para cuerpo y mente. 

 

– Hace poco recibiste el premio Barcelona Restauración por la sostenibilidad y cocina saludable. ¿Qué representa para ti? 
Los reconocimientos suelen llegar un poco tarde. Pero este confirma que lo que empezamos a proponer hace diez años, hoy empieza a tener luz. Con constancia e insistencia en una filosofía de trabajo, la gente se da cuenta.

– Cuando un comensal dice “me siento ligero, pero he comido increíble”, ¿qué te provoca? 
Que se cierra el círculo. Nuestro dogma es el placer de la ingestión y el bienestar de la digestión. Si después de un menú de siete u ocho platos no te sientes pesado, es que hemos hecho bien los deberes al componerlo.

– Comer ligero no es solo verduras. ¿Cómo integras proteínas, carnes o pescados sin perder esa ligereza? 
Seguimos creciendo, pero la base es la misma: nutrición ayurveda, medicina india, y equilibrio. Menús sin gluten, sin lactosa prácticamente, y si aparece en el menú omnívoro o vegetariano es en proporciones que no inflaman. Miramos mucho el balance entre proteína y vegetal y calculamos carbohidratos. Usamos mucho kuzu, que rectifica el intestino y además nos ayuda a ligar salsas sin mantequillas, cremas o leche. Eso hace la cocina más ligera y, a la vez, más fiel al sabor natural del producto.

– “Healthy” es una etiqueta omnipresente. ¿Qué te gusta y qué te molesta de esa palabra? 
Hace diez años igual no me molestaba porque casi nadie la usaba. Hoy, como pasa con “sostenible”, hay un punto en el que la etiqueta no refleja el esfuerzo real. “Healthy” en inglés se usó para llegar a más público, pero a veces ya parece esnobismo. Prefiero hablar de cocina saludable, equilibrada.

– Si tuvieras que elegir un plato que te represente, ¿cuál sería? 
Es difícil reducirlo a uno, pero la patata y judía es muy representativa. También la zanahoria. Esa patata con judía conecta con la cocina doméstica. Y cuando alguien te dice “me has llevado a mi abuela, a mi madre, a la cocina pelando patatas”… eso emociona.

– Sigues obsesionado con el aprovechamiento, pero sin la “bronca”. ¿Cómo lo vives hoy? 
Aprovechar al máximo es la forma. Cuando tienes un vegetal vivo, todas sus partes son comestibles y hay que saber darles uso. Es un trabajo interior y profesional: entender el vegetal, la carne o el pescado como un todo, no buscar solo la parte “bonita”.

– ¿Has descubierto algún vegetal nuevo que te haya sorprendido últimamente? 
Más que “exótico”, me sorprenden cosas que llegan del trabajo de agricultores del territorio. Ahora, por ejemplo, la fioreta, la flor de la coliflor. Y una “lengua de buey”, una lechuga nueva que hemos probado este año y es extraordinaria. 

– ¿Te preocupa el giro hacia cultivos más rentables económicamente? 
Me preocupa el enfoque exclusivo en la rentabilidad. Es necesario, claro, pero a veces dejamos cultivos tradicionales para ir a formatos más transgénicos, híbridos o hidropónicos. Yo intento evitarlos no por rechazo, sino por filosofía: me interesa arropar el sector primario más básico, estar cerca, trabajar también desde una mirada más holística, de energías. 

– Es época de trufas y la incluyes en tu oferta. ¿Qué buscas en ella? 
Cuando era jefe de partida en París, en el 92, en temporada de trufa llegaban cantidades enormes y yo tenía que seleccionarlas una a una: por tamaño, por punto, por uso. Ahí aprendí a entender qué trufa me gusta: la que tiene un gusto más lleno, que recuerda al whisky, al coñac viejo, a armario de madera antigua… esos aromas son los que busco.

– Fuiste presidente del jurado europeo de los Young Chef Awards. ¿Qué le exiges hoy a un joven cocinero para creer en él? 
En el debate del jurado dimos prioridad a que transmitiera su origen en el plato. Nos pesó mucho que se note de dónde viene. También el equilibrio, la sensatez, la delicadeza y la técnica bien elaborada. La juventud sube con ambición, con ganas de demostrar que en su lugar se hacen cosas distintas.

– Se dice que la gastronomía española vive un gran momento. ¿Dónde ves la grieta? 
A nivel económico hay una desaceleración clara del consumo en alta gastronomía. Solo hay que mirar cierres y traspasos. La calidad de la oferta es extraordinaria y la cocina de identidad y territorio sigue muy latente, pero la sostenibilidad empieza por la económica. No creo en ningún negocio que no tenga sostenibilidad económica desde el inicio. Si no, estás muerto: cierras y te replanteas otras cosas.

–  Si pudieras inventar un producto de la historia, ¿cuál sería? 
La mayonesa me parece un gran invento. Con un huevo y aceite… es espectacular.

 ¿Tu cena en modo piloto automático? 
No ceno tarde. Eso me lo quité hace tiempo. Ceno a las siete y media. 

– Más allá de comer saludable, ¿qué le falta a la vida de una persona para estar bien? 
No comer y acostarte con la barriga llena haciendo digestión. Para descansar es lo peor. El gran mal del cocinero es llegar por la noche con hambre, comer y dormir así.

– Confiesa: ¿qué “capricho” te da vergüenza admitir? 
Patatas chips. Pero intento elegir opciones con mejor aceite y sin glutamato.

Un plato que te lleve directo a la infancia
El couscous, un asado de ternera lechal, la patata con judía… y ese olor del agua hirviendo con la judía tierna. Lo tengo muy presente.

– ¿Qué relación mantienes con las redes sociales? 
Tengo un Instagram que apenas uso y el del restaurante que se mueve más, pero tengo que mejorar la comunicación. Meter el móvil mientras preparo unas alcachofas, me cuesta. 

– Si pudieras cocinar para una celebridad, ¿Quién sería? 
Nos apetecía mucho que se acercara Chris Martin de Coldplay… y ¡vino! Y nos invitó luego a todos: 20 entradas para el concierto. También me parecería interesante alguien como Hansi Flick, el entrenador del Barça. Pero han venido muchos actores, músicos, deportistas… al final son gente normal. Cuando vino Richard Gere flipamos, porque lo ves como lejísimo, pero luego es normal.

– ¿Qué opinas de fotografiar los platos? 
Si se enfría el plato, prevalece el plato sobre la foto. A mí no me molesta, pero creo que quien hace la foto debería tener criterio: si te pierdes la realidad del plato por buscar la luz perfecta, el problema es ese. Yo he dejado de fotografiar platos.

Un objetivo para 2026 
Seguir con lo que estamos haciendo. Nunca se sabe: siempre hay cosas que apetece transformar. Mis ciclos vitales se mueven en septenios y decenios: siete años aquí, diez desde el otro proyecto. Estamos bien, el proyecto se consolida, la gente sale contenta. 

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Luis Suárez de Lezo – Presidente de la Real Academia de Gastronomía

Luis Suárez de Lezo, presidente de la Real Academia de Gastronomía: “Me emociona por igual la cocina que innova como la que se ancla en las raíces”

 

España presume -con razón- de producto, talento y un estilo de vida que gira alrededor de la mesa. Pero el reto ya no es solo mantener el nivel: es protegerlo. Luis Suárez de Lezo pone el foco en lo que no siempre se trata con la seriedad debida: el acceso al talento en toda la cadena de valor, la necesidad de creernos (de verdad) lo que significa la gastronomía para España y la responsabilidad que implica opinar cuando una reseña puede afectar a la vida de varias familias. Y nos confiesa su debilidad por las patatas fritas. 

 

– ¿Qué tema gastronómico te parece crucial y sin embargo no está en la conversación pública?

Aunque sí que está en la opinión pública, no se está tratando como debería el tema del acceso al talento, no solo en hostelería sino en toda la cadena de valor. Tenemos que establecer estrategias para conseguir que la gente quiera trabajar en este sector y que sea más atractivo de lo que es ahora, porque sino vamos a tener un problema importante en algo relevante para nuestro país.

– ¿Qué hemos hecho bien como país gastronómico en estos últimos 10 o 15 años?

Estamos en uno de los mejores momentos por el incremento de la calidad y la búsqueda de la excelencia, en general, en todos los productos y en todos los establecimientos, y prácticamente en toda la cadena de valor, incluso en la industria alimentaria. Se ha profesionalizado mucho el uso de las tecnologías, de la innovación. Eso nos convierte en una de las potencias mundiales en el ámbito de la gastronomía.

— Y aunque resulte un poco incómodo decirlo, ¿qué estamos haciendo no del todo bien o qué sería mejorable? En dos frases.

Lo primero es no creernos la importancia que tiene la gastronomía para todos los ámbitos de nuestra vida: desde la salud, a la economía, al empleo, al turismo, a la sostenibilidad, a la cultura. Además, no nos creemos que somos tan buenos y que somos realmente los mejores del mundo. 

— ¿Qué te gustaría que se entendiera fuera de España sobre nuestra cocina, que hoy a lo mejor no se entienda del todo bien?

Somos el país con el mejor producto y no siempre se ve así. Esta forma de relacionarnos con la comida está presente en todas las esferas, desde la más personal, hasta la profesional.

— ¿Hay que salir del “topicazo” de la paella? 

Afortunadamente en España no solo tenemos platos tan relevantes como la paella. Al revés, lo que tenemos es un acceso, con dos mares y un océano, a los mejores pescados y mariscos que se pueden, tenemos vacuno, cordero, verdura… Tenemos tesoros únicos como las dehesas y el cerdo ibérico, un aceite de oliva que es de los mejores del mundo, si no el mejor, y tenemos vinos de primer nivel en todas las provincias y regiones de España … o sea que podemos sacar pecho.

— ¿Crees que el relato de potencia gastronómica se sostiene igual en todas las capas: alta cocina, casas de comida y bares?

Empezó en la alta gastronomía y de repente se está extendiendo como una mancha de calidad por todos los pueblos, ciudades y provincias del país. Las casas de comida han mejorado enormemente en los últimos años, un ejemplo en Madrid, son los restaurantes centenarios. Y los bares están en su mejor momento. Han mejorado muchísimo las coctelerías, y los mercados están haciendo un esfuerzo por adaptarse a nuevos hábitos de consumo. Se está produciendo un gran cambio.

— En un momento de sobreinformación, ¿qué papel deben jugar las guías gastronómicas?

Me parecen muy importantes y creo que, con la cantidad de información que hay, por lo menos te dan una opinión con la que puedes estar más o menos de acuerdo, pero que ayuda mucho. 

— ¿Qué cocina te emociona más: la que innova o la que se ancla en las raíces?

Depende del día, depende de con quién vaya, depende de lo que esté celebrando, creo que hay espacio para todo y me emocionan ambas. 

— Redes sociales e influencers gastronómicos: ¿han mejorado o empeorado la gastronomía?

Creo honestamente que la han mejorado pero lo que pediría es un poco más de exigencia en la búsqueda de a quién sigues, de a quién lees, o sea, qué información consumes. Lo que pido a la gente aficionada a la gastronomía, es que sean capaces de detectar dónde hay criterio, dónde hay conocimiento, y dónde les están contando cosas de verdad.

— ¿Fotografiar los platos interfiere en la experiencia o ya es parte del mundo actual?

A mí me gusta hacer fotos a los platos, recordar las comidas que hago, me gusta guardarlas en carpetas para luego ver la evolución cuando vuelvo todos los años. Y me cuesta decir que no me parece bien que fotografíen. 

— ¿Qué plato o experiencia te sigue emocionando sin necesidad de novedades?

Unos huevos con patatas o una liebre royal, por ejemplo. Me fascinan los platos de cuchara, un buen pescado a la parrilla del norte hecho en Getaria. 

— ¿Y ese pequeño vicio casi inconfesable?

Unas patatas chips de bolsa. Yo con las patatas fritas me vuelvo loco. Y soy capaz de comerlas a las 11 de la noche. Es una tara como otra cualquiera (risas).

— ¿A quién invitarías a tu casa y qué le prepararías? 

A mi antepasado, Don Blas de Lezo. Me encantaría comer con él y que me contara su vida, que fue fascinante. Novena generación, para que me explicara cómo le fue en su batalla de Cartagena de Indias.

— ¿Qué hay en la nevera de la casa de un presidente de la academia?

Una botella de manzanilla siempre, preparada para consumir en cualquier momento. Y quesos.

— Si pudieras dejar una idea clara sobre la gastronomía española para los próximos 10 años, ¿cuál sería?

Que la gastronomía se convierta en una cuestión de Estado y que seamos capaces de establecer estrategias globales para todos los sectores. Y que, entre todos, tanto la sociedad como los medios de comunicación y sobre todo la administración, seamos conscientes del valor que tiene para nuestro país. Eso lo mejorará en todos los ámbitos.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Miguel Aguado – Wolstton Coffee

Miguel Aguado: “Me sentaría a tomar un café con Amancio Ortega y con Rafa Nadal, por lo que representan”


Wolstton Coffee no nace desde el marketing ni desde una moda pasajera, sino desde un deseo concreto: devolver al café el nivel de exigencia que sí tienen otros productos gastronómicos. Miguel Aguado, fundador y CEO de la marca, habla sin atajos de origen, cápsulas, restauración y de por qué el café, todavía hoy, sigue siendo el olvidado de la experiencia gastronómica.

 

– Wolstton nace en 2021, pero el origen es bastante poco convencional. ¿Cómo empieza realmente todo?
Empieza casi por casualidad. Yo era socio de un hotel en Formentera y, además, gestionaba el restaurante. Intentábamos cuidar absolutamente todos los detalles: el producto, el servicio, el espacio… hasta que un día me di cuenta de que había algo que no habíamos cuidado nada: el café. Y eso, en un hotel y especialmente en los desayunos, es clave. 

– ¿Dirías que el café ha sido históricamente el gran olvidado dentro de la restauración?
Sin ninguna duda. Creo que no hay otro producto en la restauración que se haya tratado con tan poco cariño como el café. Sigues yendo a restaurantes extraordinarios donde todo está muy bien… y el café es simplemente algo que te dan al final para cumplir.

– ¿En qué momento decides que esto no iba a ser solo mejorar un café, sino crear una marca?
Cuando empiezo a entender el nivel de calidad que existe en el café de especialidad y veo que prácticamente no se estaba trasladando ni al consumidor final ni a la restauración. Ahí es cuando se empieza a gestar la idea de crear una marca muy orientada a la máxima calidad.

– Trabajáis exclusivamente con café de especialidad. ¿Qué significa eso exactamente?
Que trabajamos con cafés que están dentro de ese 4 % del café mundial que alcanza la categoría de especialidad. Para llegar ahí, el café tiene que ser evaluado y puntuado por la SCA, la Specialty Coffee Association. El resto del café del mundo no entra en esa categoría.

– Al principio solo trabajabais con cápsulas, algo poco habitual en este segmento. ¿Por qué esa decisión?
Porque vimos una oportunidad muy clara. En España hay una penetración enorme de la cápsula en los hogares y, sin embargo, la calidad que se estaba ofreciendo era muy mejorable. Siempre se ha visto la cápsula como algo menor dentro del mundo del café, especialmente entre los puristas.

– ¿Qué le dirías a quien piensa que cápsula y calidad son conceptos incompatibles?
Que es una visión muy simplista. Evidentemente, una cápsula no tiene la frescura de un café recién molido, eso es indiscutible. Pero también tiene muchas ventajas, sobre todo para el consumidor y para ciertos modelos de restauración. Nosotros defendemos la cápsula como una solución de calidad, bien hecha y bien pensada.

– Usas a menudo una comparación muy gráfica.
Sí, siempre digo que es como comparar un jamón entero con el jamón en sobre. El jamón entero es maravilloso, pero requiere tiempo, conocimientos, consumo rápido y cuidado. La cápsula es práctica, consistente y permite disfrutar de un buen producto sin esa complejidad.

– Además, sois pioneros en introducir la cápsula en el canal Horeca.
Para muchos restaurantes, una máquina tradicional tiene demasiadas limitaciones: espacio, mantenimiento, formación del personal… Una máquina de cápsulas permite ofrecer un café de alto nivel con mucha más facilidad y consistencia, especialmente en locales donde el café no es el eje del negocio.

– Vuestras cápsulas, además, son compostables.
Desde el primer día. Están hechas a partir de derivados del maíz y no llevan ni plástico ni aluminio. Queríamos nacer ya alineados con una visión más responsable.

– ¿Qué te interesa más: ¿el origen del grano, el sabor o la experiencia completa?
El café no es solo el grano. Es cómo se presenta, cómo se sirve y cómo se disfruta. Por eso incluso hemos desarrollado una copa específica para café, fabricada en la Real Fábrica de Cristales, igual que se hace con el vino.

– El packaging de Wolstton es especialmente llamativo.
Es una parte fundamental de la experiencia. Nos hemos dado cuenta de que tenemos uno de los packagings más lujosos y detallados del mundo del café, y eso nos ha abierto puertas en mercados como Singapur, Australia, Estados Unidos, Oriente Medio….

– ¿Qué perfil de consumidor conecta mejor hoy con la marca?
Detectamos sobre todo un perfil femenino, entre 30 y 45 años, con cultura gastronómica y poder adquisitivo medio-alto. Personas que valoran el detalle y la calidad.

– El café de especialidad vive un momento de efervescencia en España. ¿Moda o cambio real?
Cambio real. Gracias a pequeños tostadores y cafeterías especializadas, la gente empieza a entender que el café puede ser algo más. Antes el café era una lotería; ahora, cuando lees “café de especialidad”, sabes que hay una intención detrás.

– ¿España tiene cultura de café?
De café, sí. De buen café, todavía estamos aprendiendo. Consumimos mucho, pero durante años se ha priorizado el precio y el rendimiento frente a la calidad.

– ¿Cómo se hace crecer una marca sin perder su esencia?
No aspirando a crecer sin límite. Trabajamos con cafés exclusivos y limitados. Si el volumen compromete la calidad, preferimos no crecer. Nuestro sitio es un nicho muy concreto.

– A nivel personal, ¿cómo es tu relación con el café?
Tomo dos cafés por la mañana y un descafeinado por la tarde. Siempre solo, sin azúcar ni leche. Un buen café tiene su propio dulzor natural.

– Si pudieras sentarte a tomar un café con alguien, ¿a quién elegirías?
A Amancio Ortega y a Rafa Nadal. Por admiración y por lo que representan.

– Para terminar, ¿qué te gustaría que quedara de Wolstton dentro de diez o quince años?
Que se recuerde como una marca pionera. Que ayudó a cambiar la manera de entender y servir el café en España, siempre desde la máxima calidad.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTOS. CEDIDAS

Inés Basterra – Hoy Comemos Sano

Inés Basterra: “Un simple guiso de garbanzos con calamares ha sido uno de mis grandes éxitos”.

 

Dejó su trabajo en marketing y convirtió un proyecto personal en una comunidad de más de un millón y medio de seguidores. Hoy, es una de las voces más influyentes de la cocina saludable en redes donde arrasa con su cuenta Hoy Comemos Sano, en Instagram. 

 

Hablamos con ella de cambios de vida, de recetas virales y de tradición, de maternidad, de la presión de las redes y de cómo se construye una carrera desde la intuición, la constancia y el disfrute. También de neveras reales, de placeres confesables y de restaurantes que dejan huella.

Tu historia empieza en una playa de Cádiz. ¿Azar o destino?
Un poco de las dos cosas. En 2017 dejé mi trabajo en marketing, cogí mis cosas y me fui, desde el País Vasco a Cádiz con mis padres, que acababan de jubilarse. Estaba en una playa, una de mis favoritas, y tuve una sensación muy clara de “ahora o nunca”. Sentía que necesitaba parar, cambiar de ritmo, tener luz, calma e inspiración para atreverme a apostar por lo mío de verdad. Y ese lugar me lo daba todo.

Antes de eso, ¿ya sabías que querías dedicarte a la cocina?
Sabía que me apasionaba, aunque no tenía del todo claro que pudiera ser una profesión. Tenía un blog, subía recetas, me movía en redes… y poco a poco me di cuenta de que eso me motivaba mucho más que mi trabajo. Cuando vi que había gente que ya vivía de ello, entendí que yo también podía intentarlo, pero solo si apostaba de verdad.

¿Qué receta marcó el primer gran “click”?
Unos espárragos trigueros con huevos escalfados y jamón ibérico. Era muy sencilla, pero tuvo un éxito enorme. Ahí entendí de verdad que se come por los ojos: el color de la yema, el verde del espárrago, el brillo del jamón… Todo contaba. Esa receta me hizo ver que iba por buen camino.

Si hoy hablaras con la Inés de hace diez años, ¿qué le dirías?
Que disfrute mucho del chute de ilusión, porque es una fuerza brutal, pero que no se asuste cuando lleguen los momentos de duda, de bajón o de cansancio. Todo eso también forma parte del proceso y, al final, las cosas se colocan.

Vienes de familia muy cocinera. ¿Eso pesa?
Muchísimo. Mi abuela paterna era medio francesa y cocinaba increíble. Mi padre es un gran cocinero, muy de producto, muy vasco. Yo empecé a cocinar con mi abuela desde muy pequeña. Para mí la cocina siempre ha sido hogar, refugio y punto de encuentro.

Tu cocina es saludable, pero cero aburrida. ¿Ese es el secreto?
Sí, totalmente. Siempre he querido que la gente entienda que comer sano no es comer triste ni estar a dieta. Se puede ser rápido, rico, creativo y visual. Comer bien tiene que apetecer, no dar pereza.

Desde fuera parece fácil, pero detrás de cada vídeo hay horas.
Muchísimas más de las que se ven. Grabación, edición, locución, limpieza, planificación… Para sacar 30 segundos de vídeo igual has estado casi una hora grabando. Y antes de eso hay un trabajo creativo de pensar la idea, ver si puede funcionar, cómo contarla. Hoy ya se entiende como una profesión, pero ha costado mucho llegar ahí.

¿Qué receta te ha sorprendido más por su éxito?
Un guiso de garbanzos con calamares. Pensé que algo tan tradicional no encajaría en redes, y fue un éxito brutal. Lo he repetido varias veces y siempre funciona. Me encanta porque demuestra que la cocina de siempre sigue teniendo muchísimo tirón.

¿Y una que no funcionó como esperabas?
Unas flores de calabacín al horno con huevo, jamón y queso. Me parecían preciosas, súper vistosas… y no terminaron de gustar. A veces no sabes muy bien por qué, pero Instagram decide.

Últimamente hablas mucho de especias.
Porque me han descubierto un mundo nuevo. Un mismo plato puede transformarse completamente solo cambiando las especias. De repente viajas a Asia, a México o a la India sin moverte de tu cocina. Me parece algo mágico.

Abrimos tu nevera un martes cualquiera. ¿Qué encontramos seguro?
Huevos, siempre. Yo como huevos prácticamente todos los días, igual que mi hija. También queso de cabra, kéfir, yogur… Son mis básicos.

¿Tu plato salvavidas para un día caótico?
Los tarros de verduras. Unas judías verdes con un buen aliño, un poco de queso o jamón, o un salteado rápido con cebolla. Son un recurso infalible cuando no tienes tiempo.

Un restaurante que te haya marcado últimamente.
La Viña de Abelardo, en Bilbao. Producto espectacular, cocina muy honesta. Me quedé con muchísimas ganas de volver. Ahora además tengo antojo de cocina asiática, aunque no suele ser lo mío.

Un placer culpable pero confesable.
Las patatas fritas de bolsa. No las de freír en casa: las de bolsa. Y sí, tengo mi ranking.

El plato que te habría gustado inventar.
La tortilla de patata. Jugosa, bien hecha, la auténtica.

Tienes una comunidad gigantesca. ¿Te pones techo?
No, ahora mismo mi mayor reto es mantenerme. Las redes van a una velocidad brutal y o evolucionas con ellas o te quedas atrás. Ese es mi foco ahora mismo.

¿Te interesa la tele, la radio…?
Comunicar me encanta y la radio, especialmente, me apasiona. Me siento muy cómoda en ese formato.

Un sabor que te lleve directa a la infancia.
La bechamel, sin duda.

Dentro de cinco años, ¿qué te gustaría leer sobre ti?
Que sigo donde estoy ahora. Eso ya sería un logro enorme, porque ahora mismo estoy en un muy buen momento personal y profesional.

Un plato fácil para triunfar en Navidad.
Mi crema de marisco. Es una apuesta segura, la hago todos los años y mucha gente me dice que la repite en casa. Y de postre, mis turrones saludables de chocolate con cereales inflados.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

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Manu Lachica y Rita Llanes- Restaurante Leartá

Manu y Rita, copropietarios de Leartá: “No nos representa el caviar; somos más de altramuces”.


Un restaurante de sólo cinco mesas y una visión libre que ha convertido a Manu y Rita en uno de los Rookies del año para la guía Macarfi. Bienvenidos a su pequeño refugio creativo en el corazón de Sevilla.

 

Leartá no es un restaurante: es una casa pequeña, luminosa y hecha a mano, donde Manu, sevillano y Rita, catalana, trabajan como quien afina un oficio antiguo. Forja, cerámica, madera… En este acogedor local del centro de Sevilla, todo tiene una historia, una huella y un gesto artesano. Incluso su cocina cercana invita a convivir con ellos como en aquellas comidas familiares en las que el cocinero apenas se separaba de la mesa.

Su propuesta nace de una idea sencilla: cocinar con libertad. No siguen dogmas, ni recrean recetas tradicionales al pie de la letra, ni persiguen técnicas por obligación. Lo suyo es traducir momentos. El verano puede ser un melocotón en la playa; un aperitivo sevillano, un juego entre altramuz y aceituna; una regañá, un universo entero de texturas. Y todo desde un espíritu honesto, ligero, que se aleja de lo pretencioso y se reivindica en lo cotidiano.

Quizá por eso Leartá emociona. Por su tamaño casi doméstico, por su pulso andaluz sin artificio, por la manera en que dignifica esos productos que nunca se consideraron “nobles” y que aquí brillan con carácter. Y también por la serenidad con la que Manu y Rita miran hacia adelante: sin prisas, sin ruido y sin más ambición que seguir construyendo un espacio donde lo pequeño es, sencillamente, lo esencial. Esta entrevista lo confirma. 

¿Qué parte de la cocina de vuestra infancia os ha marcado más?
Rita: En mi casa no se guisaba demasiado. No había esa cultura de la plancha, el sofrito y el pim pam pum diario.
Manu: En la mía, justo lo contrario. Mi familia cocinaba muchísimo, sobre todo cuando nos juntábamos todos: migas, calderetas, guisos… Siempre alrededor de una olla. Eso sí, nunca viví de cerca el ambiente profesional de una cocina. Eso llegó después, ya estudiando Ingeniería, cuando me di cuenta de que mi afición estaba en otro sitio.

¿Cómo definiríais la filosofía de Leartá?
Un lugar de encuentro entre oficios, con un arraigo andaluz muy marcado.

Si alguien llega por primera vez, ¿con qué se va a encontrar?
Es un restaurante muy andaluz porque está construido desde los oficios tradicionales: los azulejos son sevillanos, las mesas están hechas a mano por un herrero, un marmolista, un carpintero… Todo tiene un origen artesano. Queríamos que lo de siempre siguiera vivo, pero con otra estética. Y al ser un espacio muy pequeño —solo cinco mesas— la experiencia se vuelve más íntima.

¿Qué aporta trabajar con un formato tan reducido?
Al principio, honestamente, miedo. Queríamos montar algo asumible, controlar costes y empezar poco a poco. Pero después nos enamoramos del formato. Nos permite estar cerca del comensal, cocinar en una cocina vista que genera una sensación de casa. El cocinero está ahí mismo, compartiendo un botellín mientras cocina. Buscamos esa cercanía familiar, aunque la cocina tenga un enfoque más gastronómico.

¿Os guiais por la técnica, por la emoción o por otra cosa al diseñar platos?
Por la libertad. Pensamos en la época del año, en lo que nos evoca. En verano, por ejemplo, un melocotón comido en la playa. A partir de ahí vemos cómo transmitir ese recuerdo: a veces la técnica manda y otras no tanto, pero la base es siempre la emoción. También trabajamos desde el producto: elegimos uno y lo llevamos al límite hasta que aparece la idea. Intentamos no imponer reglas.

La puesta en escena, desde la vajilla a la artesanía, o el ritmo de sala, es muy importante en vuestra propuesta.
Para nosotros todo tiene que estar conectado. La artesanía, la sala, el ritmo, la vajilla… Todo forma parte del mismo relato. No vemos el restaurante como cocina por un lado y sala por otro, sino como un conjunto en equilibrio.

En un escenario tan cambiante, ¿dónde imagináis Leartá dentro de unos años?
Aquí mismo. No miramos tanto hacia fuera, sino hacia dentro: pensar, darle vueltas a lo que hacemos, construir desde nuestro ritmo. Como cuando alguien vive en un pueblo y, sin moverse, sigue creando cosas. Nos sentimos cada vez más libres, y lo que ocurra alrededor nos afectará lo justo para adaptarnos.

¿Hay algún producto que sea indispensable en vuestra cocina?
El aceite de oliva, claro. Pero sobre todo trabajamos con productos considerados “no nobles”: garbanzos, altramuces, lentejas, ajos… No nos representa el caviar, por ejemplo. Nos divierte más darle una vuelta a lo que comemos todos los días. Nuestro aperitivo de altramuces y aceitunas es un buen ejemplo: algo muy de bar llevado a nuestra manera.

¿Cuándo surgen las mejores ideas?
Cuando no estamos trabajando. Nos gusta mucho hacer rutas de senderismo y ahí hablamos de todo; también en un bar o en casa. El espacio de descanso es clave.

¿Algún restaurante al que tengáis muchas ganas de ir?
Puente del Gato, y también Odisea, aunque todavía no hemos ido. Nos interesan mucho los proyectos nuevos: el otro día vino una pareja de El Tuc, un restaurante recién abierto en un pueblecito del Pirineo. Hacen cocina local y sencilla, y eso nos encanta.

¿Qué opináis de la gente que hace fotos a los platos?
No nos molesta salvo cuando tardan tanto que se enfría el plato. Pero si esa persona es más feliz con la foto que comiéndolo caliente, adelante. La gente viene a disfrutar, y cada uno disfruta como quiere.

¿Qué tendencias gastronómicas os han llamado la atención últimamente?
La fuerza que está tomando la cocina andaluza desde el producto local y las salsas propias. Los proyectos de Bagá, Ángel León, Tosca o Pedrito del Alcalá han marcado un camino creativo muy potente.

¿Con quién os gustaría hacer un cuatro manos?
Con amigos. Nos sentimos más cómodos en círculos pequeños. Tenemos pendiente algo con unos amigos de Zarautz que han abierto Masta, una taberna de cocina vasca con guisos y fondos espectaculares. Más que un cuatro manos, sería un evento divertido, distinto.

Si pudierais invitar a una celebrity, ¿a quién sería y qué le serviríais?
La verdad, no pensamos en celebrities. Nos hace más ilusión que vengan personas a las que queremos: familia, amigos, compañeros de profesión. Admiramos a quien conocemos, no tanto a quien está lejos.

¿Qué hay en la nevera de dos cocineros cuando llegan a casa?
Muy poca cosa. Últimamente siempre tenemos un lomo blanco espectacular que hace Gabriel Castaño. Sirve para todo: desayuno, merienda o cena.

¿Algún secreto inconfesable?
Manu: Soy fanático de las papas fritas. A veces elijo un sitio solo por eso. Si las papas son buenas, para mí ya está todo dicho.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Carlos Álvaro – El Catalatas

Carlos Álvaro, El Catalatas: «Abrir una lata puede ser el mayor placer del mundo o la mayor decepción».

 

Carlos Álvaro, más conocido en Instagram como El Catalatas, abre conservas con mucho sentido del humor ante más de 300.000 personas que lo siguen con devoción. Un artículo de José Carlos Capel sobre las sardinas que envejecen en lata como el vino en botella le fascinó tanto que aparcó su pasión por el whisky y se dedicó en cuerpo y alma a las latas. Madrileño, afincado en Mallorca, habla con tanta pasión de mejillones como de berberechos. Y ahora acaba de abrir el ecommerce de conservas – elcatalatas.com- que aspira a convertirse en el mayor y más especializado del mundo. Abrimos la lata. 

 

¿Quién hay detrás de El Catalatas?
Soy un coleccionista frustrado de whisky. Quería hacer en YouTube lo mismo que hago ahora en Instagram, pero con whisky. Hasta que leí un artículo de José Carlos Capel sobre las sardinas que envejecen en lata como el vino en botella. Me fascinó. 

¿Cómo surgió el nombre?
Sin pensar mucho, la verdad. Quería algo que sonara natural, reconocible, español. “El Catalatas” me pareció perfecto y ahí se quedó.

¿Tienes formación gastronómica o simplemente te gusta comer?
Disfruto comiendo. Me da igual un bocata de boquerones en la montaña que una chuleta en un restaurante con tres estrellas Michelín. No tengo formación: tengo hambre y curiosidad.

El humor está muy presente en tus vídeos. ¿Es necesario para hablar de comida?
Absolutamente. Aquí venimos a disfrutar o a reírnos. Si la lata es magnífica, me emociona; si es un desastre, al menos nos reímos todos.

¿Hay buenas marcas blancas?
Sí, pero hay que saber leer la letra pequeña. Detrás de cada marca blanca hay una conservera real. Algunas grandes superficies aprietan tanto los precios que el producto pierde mimo, pero hay otras que trabajan con cariño y se nota. He probado latas excelentes de marca blanca por poco más de un euro.

¿En qué región se vive más la cultura de la conserva?
Murcia, es una sorpresa. Allí no eres bien recibido si sirves los mejillones sin limón. Lo defienden con pasión. Y en Novelda tienen el “chanchullo”: patatas fritas, mejillones, berberechos, frutos secos, encurtidos… el final top del apetitivo. 

En el mundo de las latas, ¿el tamaño importa?
Solo en el precio. Cuanto más grande el bicho, más tarda en crecer, y eso se paga. Pero no siempre más grande es mejor. Con las anchoas, por ejemplo, muchos defienden que la lata pequeña concentra mejor el sabor. Cuestión de gustos.

¿Te consultan mucho los seguidores?
El 95 % de los mensajes son de cariño. Me mandan fotos de sus patatas con berberechos o me piden recomendaciones. 

Hablemos de tu tienda online….
La monté con mi amigo Cristóbal, gallego y conservero. Queremos ofrecer desde las latas más gourmet hasta las mejores para el día a día. Lo importante no es que sean caras, sino honestas. Queremos crecer en calidad y representar lo mejor de España.

¿Qué países podrían hacernos sombra en el mundo de las conservas?
Ninguno, pero Portugal y Francia hacen cosas muy buenas. Portugal nos gana en atún: lo pescan y elaboran fresco en las Azores. Y tanto ellos como los franceses nos adelantan en creatividad. Aquí tenemos cuatro fórmulas: aceite, escabeche, tomate y picante. Ellos tienen veinte.

Te invitan a un restaurante top y te dicen que traigas una lata. ¿Cuál llevarías?
Unas anchoas con mantequilla de Conservas Catalina o unas de Hondarribia. Estas últimas las hace una sola persona, no una cadena de producción. Son inimitables.

Termina la frase: abrir una lata es como…
…mirar al abismo y dejar que el abismo te mire a ti. Puede ser el mayor placer del mundo o la mayor decepción.

Un plato que consideres sublime, cocinado con conservas….
La pasta con berberechos. Lo subo mil veces a Instagram y me da igual repetirlo… es barato, fácil y lujurioso.

¿Con quién te gustaría abrir una lata?
Con Joan Manuel Serrat. Sin dudarlo. Es un referente absoluto y el mejor poeta en castellano de nuestra historia reciente.

¿Y a partir de ahora?
Seguir disfrutando. Y demostrando que una buena conserva no es un último recurso, no es supervivencia, es cultura, memoria y placer concentrados en una lata.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Julius Bienert – Restaurante Bacai

Julius Bienert: “En la cocina soy mucho más pirómano que cirujano”

 

Con más de 25 años entre fogones y una trayectoria que ha pasado por Canal Cocina, Julius Bienert es de esos chefs que combinan oficio, instinto y una buena dosis de humor. En su restaurante Bacai, abierto hace poco más de un año en el barrio de Malilla (Valencia), defiende una cocina veraz, sincera y centrada en el producto. Elegido uno de los Rookies de 2025 por la Guía Macarfi, acaba de abrir Jardines, su nuevo proyecto. Charlamos con él sobre tecnología, errores convertidos en éxitos, el poder del tiempo y su amor incondicional por las hamburguesas.

 

¿Qué plato te puso en el mapa o cambió tu manera de cocinar?
Si tengo que elegir uno, me quedo con un plato tradicional de carrilleras al vino tinto que hago con mucho cariño y que llevo haciendo 25 años, jugando un poquito con ellas. 

¿Qué tres adjetivos definen la cocina de Bacai sin usar las palabras “creativo”, “local” y “honesto”?
(risas) Honesto lo cambiaría por “veraz”. Una cocina donde el protagonista es el producto, no el cocinero. Elaboraciones sencillas, muy veraces, donde todo parte del producto y su verdad.

Hablas de inteligencia artificial para conocer al comensal antes de que llegue. ¿Hasta qué punto la tecnología está al servicio del sabor o del recuerdo?
Hoy es necesaria. Cualquier chef puede meterse en un ChatGPT y pedirle ayuda para elaborar una receta. Pero yo soy bastante analógico, me cuesta usar la tecnología a mi favor. Poco a poco la voy introduciendo, sobre todo para conectar con mensajes de todas partes del mundo. 

Bacai está en el barrio de Malilla, fuera del circuito gastronómico tradicional. ¿Qué ventajas o retos tiene eso?
Creemos que en poco tiempo será un barrio residencial en auge. Está cerca del hospital de la Fe y otras zonas que tradicionalmente han quedado fuera del circuito habitual, pero con mucho potencial. Será un barrio de futuro crecimiento en Valencia.

¿En la cocina eres más cirujano o pirómano?
[Ríe] Soy mucho más pirómano. 

¿Qué ingrediente te ha cambiado la vida o al menos un servicio?
El tiempo. Para mí es fundamental: el guiso largo, la baja temperatura o incluso la olla exprés, que aunque sea rápida, tiene su tiempo y su rollo. Es un ingrediente fundamental.

¿A qué hora del día se te ocurren las mejores ideas?
A las seis de la mañana, cuando estoy abriendo los ojos. Pienso: “¿qué voy a hacer hoy?”. Soy muy de emociones. Si me apetecen unas lentejas, me las hago, pero no unas normales: unas lentejitas con algún producto de caza, alguna seta… Me gusta mucho cocinar por temporada. El otoño me flipa: esos olores a monte, a tierra mojada…

¿Qué piensas cuando alguien hace fotos de tus platos durante varios minutos?
Soy imparcial. Cada uno es libre. Pero hay fotos que no son fieles al alma del plato. Es como decían los indios americanos, que al fotografiarles les robaban el alma. Yo no soy nada talibán con eso.

¿Qué parte del proceso creativo disfrutas más y cuál te agota?
Me agotan los números, los escandallos, los costes. Me funden el cerebro. Los sigo haciendo en papel, sumando y restando de cabeza. Lo que disfruto es el momento de crear por la mañana y luego probarlo con el equipo. Ahí vemos qué tiene de realidad y qué de fantasía. Muchos platos se quedan en el camino, otros salen y son maravillosos.

¿Algún fracaso culinario que luego convertiste en éxito?
Sí, los huevos poché. Estuvieron de moda hace años y desaparecieron. Yo los he recuperado en Bacai y en Jardines. Son un plato sencillo, económico y delicioso: con patatas paja, trufa, setas o jamón. A la gente le encanta.

¿Qué tendencia gastronómica te divierte o te llama la atención últimamente?
Estoy descubriendo los picantes y la cocina latinoamericana. Mi jefe de cocina, Sebastián, me está enseñando mucho sobre la colombiana. Más allá de las arepas, hay platos estupendos como el sancocho. Esa cocina indígena me parece una maravilla. 

Tú fuiste presentador en Canal Cocina. ¿Cómo fue ese paso del chef televisivo al del restaurante?
Me gusta estar con el cliente. Me flipa cuando alguien llega al restaurante y dice: “¡Pero estás aquí y trabajando!”. No solo cocino: sirvo platos, friego, pelo patatas… No se me caen los anillos. La gente ve que soy una persona normal, real, no un muñeco de pantalla. Eso me gusta.

¿Qué te enseñó la tele que sigues aplicando o evitas en Bacai?
A no hacer experimentos sin probarlos antes. Siempre les digo a los chicos: “Hazlo, pruébalo y demuéstrame que se puede hacer”. A veces una idea es buena, pero luego no es viable con 50 personas en el servicio. La tele me enseñó a preparar, repetir y explicar bien los procesos.

¿Qué plato te gustaría haber inventado?
El hojaldre. Me parece maravilloso, aunque últimamente no lo uso tanto por lo complicado que es.

¿Con quién harías un cuatro manos?
Con Luis Irízar, aunque ya, lógicamente, no pueda ser. Y, con Ricard Camarena… me encanta su cocina y su discurso. Y si tiro por lo alto, ¿por qué no? con Gordon Ramsay.

Si mañana cerraras el restaurante, ¿qué harías al día siguiente?
Pasar más tiempo con mis hijos. Cocinaría mucho más para ellos. Soy padre de trillizos.

¿El mejor bocado de los últimos seis meses?
Unos percebes en Cedeira, el pueblo de mi madre. Brutales. Supuestamente ganaron el campeonato del mundo, y no me extraña.

¿Qué hay ahora mismo en la nevera de casa?
Aguacates. Muchos. A mis hijos les flipan, y a mí también.

Si pudieras invitar a una celebridad a tu restaurante, ¿a quién sería?
A Rafa Nadal o a Marc Márquez. De hecho, a los dos a la vez. Me gustaría conocerlos como personas, no solo como deportistas.

Un secreto inconfesable o aberración gastronómica que te permites de vez en cuando.
Las hamburguesas. Me encantan… eso sí, bien hechas, preparadas por mí con mucho cariño. 

 

ENTREVISTA: DAVID RUIZ

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José María Borrás – Annua Signature Hotels

José María Borrás: “Si viniera Albert Adrià al restaurante le prepararía una fideuá de salicornia ”

 

Es una de las voces más prometedoras de la nueva gastronomía española. El joven chef menorquín, nuevo director gastronómico de Annua Signature Hotels, representará a nuestro país en la gran final mundial S. Pellegrino Young Chef Academy a finales de octubre en Milán. Puro talento. 

 

Con 26 años recién cumplidos, el menorquín José María Borrás es una de las grandes voces jóvenes de la gastronomía española. Formado en la escuela Hofmann de Barcelona y curtido junto a grandes nombres como Paco Roncero, ha construido un discurso propio que combina raíces menorquinas, respeto al producto, técnica y atrevimiento.

En 2024 fue proclamado Mejor Cocinero Joven de España y Portugal por la S. Pellegrino Young Chef Academy, y a finales de octubre de este año representará a la región ibérica en la final mundial de Milán con su famoso plato Langosta con cochinillo balear, una fabulosa interpretación del mar y montaña. 

Además, acaba de ser nominado a Cocinero Revelación en Madrid Fusión 2026, un reconocimiento que confirma su proyección meteórica. Hoy reparte su talento entre dos espacios de Annua Signature Hotels en Menorca: Aquiara y El Espiell en el hotel Morvedra Nou, y El Olivar, en Amagatay. Desde ahí despliega visiones distintas pero un mismo latido: cocinar Menorca desde Menorca, con creatividad e intensidad culinaria.

¿Cuál es tu primer recuerdo gastronómico de la infancia?
Unas cañitas de sobrasada, muy típicas de Menorca. En casa no eran muy fans de cocinar y vivíamos la experiencia de ir a comer fuera en familia.

¿Y cómo llegaste a la cocina profesional?
Con 16 años. Fue mi primer trabajo y llegó de casualidad. Pero en cuanto pisé una cocina, lo tuve claro: quería ser cocinero.

Si fueras un plato típico menorquín, ¿cuál serías?
Las berenjenas rellenas.

Te formaste en la Hofmann. ¿Qué aprendizajes sigues aplicando cada día?
Disciplina y compañerismo.

Este año te has incorporado como director gastronómico al grupo Annua Hotels. ¿Qué te aporta estar dentro de un grupo hotelero?
Mucho trabajo, pero también un gran equipo. Antes, estaba en un restaurante familiar, yo hacía de todo: marketing, recados, eventos… Ahora hay equipos especializados en cada área y eso permite avanzar más rápido.

¿Qué une a tus proyectos gastronómicos?
La brújula es siempre el producto. En Aquiara lo tratamos desde una visión más gastronómica, en El Espiell, reinterpretando el Bistrot francés con carácter menorquín, en El Olivar sacamos la fuerza de la auténtica comida mediterránea, pero en todos el centro es el mismo: respetarlo y realzarlo.

Entre tus ingredientes fetiche están el trigo, la sobrasada de vaca roja o la langosta. ¿Son los que más te definen?
Sí, y también esa idea de mar y montaña tan catalana y balear. Son productos que se complementan y se potencian entre sí.

En tu oferta incluso hay una cerveza de sal marina. ¿Por qué?
Menorca tiene grandes productos, pero a veces limitados. Así que preferimos crearlos aquí, con identidad propia.

Uno de tus proyectos más comentados es la sobrasada de vaca. ¿Cómo surge?
De la misma lógica que con el cerdo: aprovechar todo el animal. Con vaca vieja menorquina elaboramos embutidos, y ha tenido muy buena acogida. Quiero en breve ampliarlo a otros embutidos. 

¿Qué otras disciplinas inspiran tu cocina?
La música es fundamental. El chelo y el piano siempre están presentes, incluso en la sala.

¿Qué consejo le darías a un cocinero que empieza?
Que se relaje. Yo soy muy nervioso y la cocina me ayuda a canalizarlo, pero al final todo llega con paciencia.

En 2024 fuiste elegido Mejor Cocinero Joven de España y en octubre representarás a la península ibérica en Milán. ¿Cómo te preparas?
Practico el plato -langosta con cochinillo balear- en Aquiara todas las noches, como si fuera el concurso: con cronómetro, pesando todo, cinco horas para diez raciones perfectas.

¿Qué sensaciones tienes de cara a Milán?
Ilusión. El plato representa el Mediterráneo y eso ya es un premio en sí. Ganar sería increíble, pero estar allí ya lo es. 

¿Qué otros jóvenes chefs de España te inspiran?
Los cañitas, por ejemplo. Pero hay muchos más.

También has sido nominado a Cocinero Revelación en Madrid Fusión 2026. ¿Cómo lo llevas?
Para mí, estar nominado ya es ganar.

Si abriéramos tu nevera ahora mismo, ¿qué nos sorprendería?
Casi nada, porque como y ceno siempre en los restaurantes. Agua y poco más (risas).

¿Tienes algún vicio gastronómico inconfesable?
El chopped me encanta. 

Qué plato tuyo es intocable, ¿que jamás dejarías versionar?
Un plato de El Olivar con sandía, chalotas y hierbas.

¿Y si mañana se sienta Albert Adrià en tu mesa, ¿qué le prepararías?
Una fideuá de salicornia, ligada con mantequilla de ajo asado, tinta de calamar y ortiga de mar. Habla mucho de quiénes somos en la isla.

¿Hay algún producto que nunca usarías?
No. Yo cocino para los clientes, todo puede tener cabida.

¿A qué personaje famoso te gustaría invitar a tu mesa?
A Phil Collins.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

David Martínez – Hotel Ercilla

David Martínez: “Bastaron seis minutos para que Álvaro Garrido y yo nos pusiéramos de acuerdo en traer Mina al Hotel Ercilla”

Forma parte de una familia de hosteleros vascos y lleva la hospitalidad en los genes. En octubre, el Hotel Ercilla, dará la bienvenida al restaurante Mina, el consolidado proyecto del chef Álvaro Garrido. Es un paso más en su decidida apuesta por la gastronomía, como eje fundamental de un discurso alrededor de la cultura, la identidad local y la excelencia culinaria que define a Bilbao como destino. 

 

¿Qué habéis aprendido de aquella etapa en los años 80 en la que el restaurante del hotel fue elegido durante varios años como Mejor Restaurante de Hotel en España?
Aprendimos mucho, no sólo por el hecho de haber mantenido durante casi una década ese galardón sino por todo lo que representaba, más allá de lo estrictamente gastronómico. Supimos ver que, si quieres ser un referente, debes debes cuidar cada detalle, rodearte de un gran equipo y entender que la experiencia del cliente empieza mucho antes de sentarse a la mesa. 

Bilbao es una ciudad de barra y pinchos, ¿Cómo se integra esa cultura en vuestra propuesta?
No tenemos la clásica barra de pintxos, pero sí que tenemos claras las señas de identidad de la ciudad. Creo que hemos vendido más txakoli que en muchos locales de Bilbao (risas). No es raro ver en nuestro Lobby a extranjeros disfrutando de un txakoli con ostras. 

Pavarotti se coló en una ocasión en vuestra cocina a preparar un plato de pasta. No muchos hoteles pueden presumir de un momento así. ¿Cómo fue el relato de aquella experiencia?
Ocurrió a las 3h de la mañana, tras regresar de un concierto a finales de los años 70. Propuso entrar en nuestra cocina para enseñarnos, con respeto, cómo se prepara una pasta italiana de verdad. Se sintió orgulloso de hablarnos de su cultura culinaria y ese es un legado que queda para siempre.

¿En qué se ha traducido?
En que, actualmente en la carta de nuestro restaurante sigue habiendo un plato de pasta en su honor, Los Linguini al estilo Pavarotti. 

Un hotel que ha visto pasar a miles de estrellas durante todos estos años, ¿cómo “se cocina la hospitalidad” de tanta celebrity?
La clave del éxito está en tratar a todos los clientes con el mismo respeto y dedicación, sin importar si se apellidan Pavarotti o Rodríguez. Esa igualdad en el trato es lo que nos permite trabajar con naturalidad y sin la presión añadida de tener una celebridad alojada en el hotel.

Celebridades como Lola Flores han pasado también por vuestro hotel.
Ahora que te refieres a Lola Flores, recuerdo que pasaba largas temporadas aquí cuando Bilbao era capital del teatro. ¡Llegó a montar un bingo en el hotel! De hecho, tenemos cinco tipos de llaves distintas con fotos en blanco y negro de celebridades que han estado en nuestro hotel como la propia Lola, Rocío Jurado o Manzanares.

Habéis vivido noches electorales con políticos de diversas ideologías compartiendo espacios en vuestro lobby. ¿Qué se aprende de gestionar la hospitalidad en momentos de tensión y foco mediático?
En esa época yo no estaba aún al frente de la dirección del hotel, pero se vivieron momentos electorales en los que absolutamente todos los partidos políticos, en momentos complicados para la sociedad vasca, pasaban las noches electorales con nosotros. Un orgullo.

En octubre Mina, el restaurante de Álvaro Garrido, con Estrella Michelin, se traslada a vuestro hotel.
Es nuestra forma de entender la empresa. Seguimos apostando por la alta gastronomía, pero esta vez, además, de la mano de este gran chef. Mina y nosotros tenemos muchas cosas en común. En seis minutos nos pusimos de acuerdo (risas). 

Si pudieras convertir en un souvenir comestible el Ercilla, ¿qué sabor sería?
A pesar de no ser un gran amante de los dulces, creo que me iría a un bollo de mantequilla, tan típico de Bilbao y que gusta a todo el mundo. Te ayuda a sentirte cerca de casa.

Si el room service de vuestro hotel fuera una ruta de pinchos en pijama, ¿Cuáles deberían pasar por tu habitación?
Esa ruta debería empezar por una Gilda, pasar por un taco de merluza y acabar con algo de txangurro, seguro. 

¿Cuál es tu rincón favorito del Ercilla?
El lobby. Nada más pisarlo, sabes perfectamente que es un termómetro muy claro de lo que ocurre en nuestro hotel y en la ciudad. Es un lugar muy vivo en el que suceden cosas casi las 24 horas del día. 

La terraza del hotel es otro de los puntos fuertes. ¿Qué ofrece desde un punto de vista gastronómico?
Está en la última planta del hotel. Es una maravillosa terraza con increíbles vistas a toda la ciudad donde puedes disfrutar desde un plato de jamón o unas anchoas, hasta un cóctel o una copa de champagne. Un lujo.

Y ahí, en las alturas, servís el Basque Sour
Es una reinterpretación muy personal del Pisco Sour. En vez de Pisco usamos txakoli y una receta muy especial. Fusiona tradición local con clásicos internacionales.

Si tuvieras que invitar a una celebridad a tu hotel, ¿quién sería?
Me encantaría cenar con Tiger Woods, al que llevaría luego a dar una vuelta por Bilbao y, estoy seguro, de que volvería al hotel, entusiasmado. Y si luego, además, él me invita a jugar al golf, sería inolvidable. 

Septiembre 2025

TEXTO: DAVID RUIZ

Andrés Soldevila – Hotel Villa Soro

Andrés Soldevila: “Los minibares de los hoteles son una sorpresa; me divierte abrirlos y ver lo que me encuentro”

 

Procede de una importante familia de hoteleros con más de un siglo de trayectoria y actualmente está al frente de la propiedad de tres hoteles, uno de ellos el hotel boutique Villa Soro en San Sebastián. Conversamos sobre hostelería y nuevos proyectos, pero, sobre todo, de gastronomía. 

 

La hospitalidad viene de herencia…
Lo tenemos integrado en nuestra forma de ser. Mi bisabuelo ya era propietario del Hotel Majestic en 1918 y mi padre lo convirtió en parte de un gran grupo hotelero con nuevas incorporaciones. Además, mi madre, interiorista de profesión, se ha involucrado siempre de lleno en todos los proyectos, aportando su visión y cuidando hasta el más mínimo detalle. Con todo este bagaje, mis padres, mis hermanos y yo decidimos construir un pequeño proyecto familiar PRELUDE COLLECTION. Nacimos con un hotel en Palma, después incorporamos otro en Santanyí, también en Mallorca, y el último en llegar ha sido Villa Soro en San Sebastián hace cuatro años.

¿Qué hace especial a Villa Soro?

Inicialmente el nombre era Eguzki Soro, que en euskera significa “Prado soleado”, porque es un espacio con mucho sol y una gran orientación. Una casa familiar de finales del siglo XIX de estilo neo Tudor, que perteneció a una conocida familia de San Sebastián. Seguimos con el legado. 

¿Cuáles son sus señas de identidad?
Es un hotel boutique, familiar, con un servicio excelente, un bonito jardín y ese porte tan típico de San Sebastián.  Villa Soro va a su ritmo porque tiene una privacidad que lo hace especial. Estás, por un lado, muy cerca del centro de San Sebastián, pero a la vez en unos jardines, diseñados por Pierre Ducasse, donde escuchas pajaritos y desconectas absolutamente de todo. 

¿Cuál es tu rincón favorito del hotel?
Sin duda, es la escalera de madera de la villa principal. Es preciosa. Parte de la planta baja, donde tenemos a un lado el salón principal con la chimenea y al otro lado el bar coctelería, dos lugares con un simbolismo y un encanto especial, ideales para relajarse y disfrutar. Y si subes por la escalera, llegas a la antigua capilla con una vidriera espectacular y a la planta de habitaciones más noble de la casa. 

¿Cómo percibes el futuro del lujo en el sector hotelero?
Los clientes del sector del lujo buscan una experiencia auténtica, volver a la raíces de las cosas, bajar el ritmo y disfrutar de esos pequeños instantes que encontramos cuando salimos de la rutina y nos vamos de viaje. El lujo ahora mismo es tener tiempo, espacio y silencio. Y los hoteleros tenemos que aprender a generar esos espacios. 

Si tuvieras que elegir a una celebridad para quedarse en el hotel, sería…
Barak Obama, porque hablar ahora, con la que está cayendo, de política con él sería una experiencia absoluta. Su punto de vista del mundo es muy enriquecedor. 

¿Qué lugar ocupa la gastronomía en la propuesta del hotel?
El País Vasco tiene la cultura gastronómica más rica del mundo y con una oferta interminable. Por eso decidimos dar todo el protagonismo a lo que ya hay y lo que está por venir. Lo que hacemos es coger el rol de casa y traerlo a nuestro territorio. Eso se traduce en una oferta sana, bien elaborada, con grandes ingredientes como una crema de verdura excelente o una tortilla de espárragos de primer nivel. 

¿Con qué chef te gustaría sentarte a la mesa
Con René Redzepi, de Noma. Su forma de trabajar me parece perfecta y es una eminencia en su forma de ejecutar y presentar los platos. 

¿Cuál es tu próximo restaurante?
En breve me iré con unos amigos a Los 33, de Nacho Ventosa y Sara Aznar. Me hace mucha ilusión. 

Si pudieras tener a un chef famoso haciendo un stage de un mes en vuestras cocinas, ¿a quién llamarías?
A Rafa Zafra, sin duda. Me gusta mucho como cocina, su discurso gastronómico.  

¿Qué es lo que siempre pides en el desayuno buffet de otros hoteles?
Creo que lo más interesante es encontrar productos locales, una oferta de la zona. Por ejemplo, ensaimada y sobrada en Mallorca o churros y porras en Madrid. Guiños locales que lo hacen más divertido, más auténtico. 

Si pudieras montar una cena secreta en un rincón de tu hotel, ¿en cuál sería?
Haría una noche de verano en la terraza de la habitación 12. 

Un pecado gastronómico que no has confesado nunca…
Una vez al mes me pido una hamburguesa de Vicio en Glovo y es como mi gran momento gore. 

Si pudieras recuperar un plato de la infancia e integrarlo en la carta del restaurante del hotel, ¿cuál sería?
Hay un plato que me recuerda a mi juventud, que preparaba con maestría Fermí Puig, es el “cabrito embarrado”. 

¿Qué banda sonora musical pondrías a la gastronomía del hotel?
Tal vez por mi relación con Francia, me quedaría con la canción Le Festin de la banda sonora de Ratatouille.  

Cuándo te alojas en otros hoteles, ¿en qué te fijas?
Abro el minibar y compruebo lo que hay dentro porque me divierte mucho. Es como mi deporte nacional. Los minibares de los hoteles son una sorpresa. Hace poco descubrí unas kombuchas estupendas en un hotel de Madrid. 

¿Qué nuevos proyectos tienes en mente?
Villa Soro ha cumplido ahora cuatro años. Nuestra base está consolidada y es el momento de pensar en ideas para el futuro. Estamos trabajando en un proyecto cerca de casa, en Cataluña, un lugar que nos inspira para tener un cuarto hotel en la colección. 

Septiembre 2025

TEXTO: DAVID RUIZ

Inés Pérez-Sala – Hotel Primero Primera y Casa Sagnier

Inés Pérez-Sala: “Invitaría a Bill Gates a pasar una noche en uno de nuestros hoteles”

 

Procede de familia de hoteleros catalanes y es sobrina del ex piloto de Fórmula1, Luis Pérez-Sala. Desde Primero Primera y Casa Sagnier, construye un relato en el que la atención al cliente es el eje central de todo. Y en sus (escasos) ratos libres, se vuelve loca por la gastronomía y los viajes. ¿Su restaurante pendiente? Disfrutar. 

 

¿Qué es el lujo en hostelería?
La oportunidad especial de conocer nuevos lugares sintiéndote parte del entorno como si estuvieras en casa. Nos gusta el lujo relajado, integrado. De hecho, el lujo es estar como en tu casa, pero con servicios extra. 

¿Cuál es vuestra identidad como hoteleros?  
Para nosotros es muy importante la historia que hay detrás de cada edificio. Buscamos lo diferente y queremos hacer hoteles especiales que aporten algo distinto al viajero. Creo que los detalles son los que marcan la diferencia. 

Tu tío, Luis Pérez-Sala, fue piloto de F1.  ¿Te inculcó algún valor?
Ha servido de inspiración en el proyecto de Primero Primera, por supuesto,  pero no es un ADN común a los distintos hoteles. 

¿Qué tienen en común Primero Primera y Hotel Sagnier?
Los dos cuentan historias especiales y te permiten conocer la ciudad de manera distinta porque ambos aportan valor y conocimiento. Hoy en día mucha gente reforma hoteles y poco más pero nuestro objetivo es ir un paso más allá.  

¿Y qué los hace diferentes?
Son hoteles con muchas similitudes, pero es cierto que en Casa Sagnier el cliente es más demandante a nivel conserjería y recomendaciones. Hemos puesto mucho el foco en el equipo.   

¿Qué importancia tiene el diseño en vuestros hoteles?
Es una columna vertebral fundamental porque creemos que el diseño es una forma de transmitir los valores y el alma de nuestro proyecto. Es un tangible que se ve directamente. En los detalles y la decoración está mucho de lo que somos. El estilo hogareño es un elemento común de nuestros hoteles. 

¿Tienes un rincón especial?
En Primero Primera, cualquier rincón es especial porque hasta hace tres meses vivía mi abuela y siempre lo he sentido como mi casa. Ese hotel se ha mantenido intacto. Por ejemplo, en la recepción está la maleta de mi abuela que usó en su viaje de novios. O el rincón del arquitecto, con planos y herramientas de la época. 

¿Qué valor tiene la gastronomía en vuestra propuesta hotelera?

En un hotel boutique cinco estrellas como Casa Sagnier, la restauración ha de ser impecable porque forma parte de la experiencia del cliente. Ofrecer un buen restaurante, donde se coma bien, es esencial en nuestra propuesta porque la gastronomía es una forma de conocer y vivir una ciudad. 

¿Qué espacio ocupa la Inteligencia Artificial en este engranaje?  
En Atención al Cliente, que es uno de nuestros puntos fuertes, es más complicado aplicarla. Pero estamos dándole vueltas para ver cómo le podemos sacar partido. Hay que ver la Inteligencia Artificial como un apoyo para facilitar las tareas de los equipos y poder centrarse en otras que aportan más valor al negocio.

¿Qué haces en tus tiempos libres?
Viajar y comer son mis dos grandes pasiones. Supongo que es algo que he heredado de mis padres y que me conecta con otra realidad fuera del ámbito laboral. 

¿Un país que te haya gustado especialmente?
Uno de los últimos viajes que más me ha gustado ha sido a Namibia, que visité en familia. Una combinación de paisajes, culturas, gente y alojamientos impresionantes.   

Hablas de alojamientos, ¿En qué te fijas cuando vas a un hotel?  
Una vez llego al hotel, me fijo en todo. Trato de alojarme en hoteles que me aporten algo y creo que es normal, dado a lo que me dedico (risas). 

¿Cómo compaginas tu vida familiar con el trabajo?
Tengo una máxima esencial que es la de tratar de ser productiva. Eso implica marcarse límites para saber hasta dónde hay que llegar. Y eso facilita la conciliación de la vida personal y profesional.   

¿Un chef con el que te gustaría trabajar?
Yo, si pudiera, lo haría con alguien cercano. Me gusta especialmente Nandu Jubany porque trata el producto muy bien. Es un profesional maravilloso.

¿Cuál es tu plato estrella?
Un buen pescado al horno, sabroso y con una buena guarnición que lo acompañe. Sin grandes complicaciones. Bien ejecutado. 

¿Un restaurante pendiente?
Me falta, de momento, Disfrutar, que tengo en la lista de prioridades absolutas, pero creo que hay grandes proyectos gastronómicos y una diversidad única en Barcelona.  

¿Qué personaje ilustre se ha alojado en vuestro hotel (y puedas explicar)?
Hemos tenido algunos famosos en ambos hoteles, pero para eso somos muy discretos. El hotel es muy “de casa” para nuestros invitados y sería contraproducente dar nombres. 

¿A quién te gustaría invitar a quedarse una noche gratis en el hotel?
Así, tirando alto, me encantaría que viniera Bill Gates.  

¿Alguna anécdota?
Deberías hacer esa pregunta a los recepcionistas de nuestros hoteles, pero es normal que siempre pasen cosas “curiosas”: desde un huésped que se paseó desnudo por el hotel hasta extrañas discusiones entre parejas. Los hoteles son todo un mundo. 

Septiembre 2025

TEXTO: DAVID RUIZ

Entrevista a Borja Cumella – Mare Ostrum

Borja Cumella: “Estamos siendo muy aburridos a la hora de comer y hay que cambiar las reglas del juego”. 

 

Está al frente de la distribuidora de productos gourmet Mare Ostrum, un curioso juego de palabras que evoca lo mejor del mar, las ostras, y su procedencia, el Mediterráneo. Pero detrás de la empresa, hay otros muchos productos, desde trufa o foie, a especias de lujo. En total, 14 referencias. Pero llegarán más. Y con varias premisas fundamentales: productos exclusivos, de enorme calidad y que no se pueden encontrar en nuestro país. 

 

Mare Ostrum es una distribuidora de productos gourmet muy exclusivos. Tiene actualmente un ecommerce –mareostrum.com- y un punto de venta en el mercado de La Boquería, en el centro de Barcelona, que sirve de showroom para chefs y lugar donde probar algunos de sus productos. El éxito del modelo es absoluto y ya tienen previsto replicarlo en 2026 en Madrid.  Se acaban de convertir en patrocinadores oficiales de nuestra guía y eso es motivo de celebración. Hablamos con Borja del proyecto Mare Ostrum y de sus retos. 

¿Cómo surge el proyecto?
Por la clara necesidad que observamos un grupo de amigos e inversores. Nos dimos cuenta de que España es un país con una enorme cultura culinaria y a la vez muy receptor de turismo, pero no existía una distribuidora capaz de traer a nuestro país producto gourmet de enorme calidad. Mi socio francés ha estado 20 años en el mundo de la distribución y alimentación, y eso es nuestra mejor carta de presentación.

¿Qué hace diferente a Mare Ostrum?
Desde el primer momento quisimos traer marcas que no estuvieran presentes en España, pero que tuvieran enorme prestigio en el resto del mundo y muy consideradas por los grandes chefs. Son empresas que tienen muchos años y que han saltado de generación en generación. No buscamos grandes grupos industriales sino algo muy cuidado, muy familiar y que aprecie mucho la calidad del producto. Es decir que haya una historia familiar detrás. 

Tenéis además un punto de venta en el mercado de la Boquería.
Es que es absolutamente necesario que se pueda ver y probar el producto, además de poder comprarlo online. Llevamos un año con este modelo y estamos encantados. 

¿Qué tipo de productos tenéis actualmente en lista?
La mayoría son productos procedentes del mar, y de origen francés, pero estamos incluyendo otras referencias de tierra, como especias de lujo, trufa…. Tenemos dos grandes proveedores españoles: uno es de Almería y el otro de Girona, para productos como la gamba o el carabinero. Vamos seleccionando con mucho mimo cada uno de ellos. 

¿A quién os dirigís?
Buscamos chefs con prestigio y con sensibilidad que entiendan los productos de calidad. Es decir, nuestro primer destinatario y gran objetivo es el canal Horeca. Pero como tenemos también el mercado de la Boquería, está viniendo mucho particular. 

¿En qué se traduce eso?
En que vamos a sacar una propuesta también para el particular, es decir el B2C. Estará listo en breve porque queremos llegar a navidad con todo esto lanzado y muy bien organizado. 

¿Hay cultura por los productos gourmet de lujo en España como la hay en Francia?
Por supuesto, somos un país de referencia mundial en este campo. Junto a Francia y Japón estamos en lo más alto. Además, en ocasiones son los propios chefs los que nos piden que les busquemos productos especiales porque se los reclaman sus clientes. Y nos trasladan esa petición. 

Ponme un ejemplo…
Acabamos de incluir en nuestras referencias un cangrejo azul del Mediterráneo que está gustando mucho. Vamos descubriendo productos y los vamos integrando poco a poco. Necesitamos que nos sorprendan con cosas distintas. Y ahí aparece Mare Ostrum. 

¿Cuál ha sido el hallazgo más inesperado o emocionante de todos estos años recorriendo el Mediterráneo en busca de excelencia?
La gamba azul, sin ninguna discusión. Como mediterráneos a los que nos apasiona la gamba roja, de repente tenemos una variedad igual de buena pero muy diferente. Nos ha cambiado el paso.

En tu web hablas de “reivindicar el arte de comer bien”. ¿Crees que lo hemos perdido en España o simplemente lo hemos confundido con otras cosas?
Lo que he notado es que nos hemos estandarizado demasiado. Hay que volver a comer bien, con gracia, con más salero. Estamos siendo muy aburridos a la hora de comer y hay que cambiar las reglas del juego.

¿En qué momento pasaste de “me gusta comer bien” a “voy a hacer que medio país disfrute como yo de la comida?
Vengo de familia vasca y, como sabes, tenemos una gran tradición culinaria. Yo siempre quería tener un restaurante propio y nunca cumplí ese deseo, ósea que Mare Ostrum es como ese proyecto gastronómico que nunca tuve. Y en vez de un restaurante, me convertí en proveedor de restaurantes. Y así sigo comiendo, que es mi gran pasión (risas)

Entre nosotros ¿alguna vez has escondido un tarro de caviar detrás del bote de garbanzos para que nadie te lo quite en casa?
¡Qué va! Lo bueno en casa es que son como yo y no sirve de nada esconder cosas porque las van a acabar encontrando.

¿Cómo es tu nevera en casa? ¿Más parecida a un showroom de Mare Ostrum o hay un hueco para el chorizo del súper y el queso en lonchas?
Hay una repisa exclusiva para los productos de Mare Ostrum. Hay un mini showroom en la nevera (risas).

¿Qué nuevos proyectos tenéis entre manos?
Queremos aterrizar en Madrid a partir del año que viene.

¿Por qué pensasteis en Macarfi para esta aventura?
Creemos que con este patrocinio podemos tener un aterrizaje más cómodo con algunos restaurantes y para nosotros es un gran valor adicional. Estamos encantados con esta colaboración.

Julio 2025

TEXTO: DAVID RUIZ

Entrevista a Meritxell Juvé – Juvé & Camps

Meritxell Juvé: “Mi terroir personal es todo aquello que me recuerda quien soy, incluso cuando todo cambia”.

Lidera, desde hace justo una década, una de las firmas con más peso del mundo de los espumosos, desde una visión que combina respeto por la tierra, compromiso y una forma de hacer las cosas que desafía las prisas del presente. Su apellido lleva más de cien años ligado a la excelencia vitivinícola, pero ella ha sabido dotarlo de una nueva dimensión, más estratégica, más abierta al mundo y más consciente. En un universo tradicionalmente masculino, su liderazgo ofrece una sensibilidad distinta y necesaria, marcada por la serenidad, la intuición y el pensamiento a largo plazo.

 

Desde que tomó las riendas de Juvé & Camps en 2015, Meritxell Juvé ha apostado por una forma de liderazgo que conjuga el respeto a las raíces con una mirada decididamente contemporánea. Sabe que el valor de una marca no se mide solo en tradición, sino en su capacidad de adaptarse sin perderse. Su gestión huye de las estridencias y se apoya en la estrategia, la escucha y una conexión profunda con la tierra. Nos acercamos a una mujer que habla de sostenibilidad, legado familiar y el reto de defender la paciencia en una era de inmediatez.

La CEO de Juvé & Camps representa una nueva generación de liderazgo femenino en el mundo del vino, aún con una marcada presencia masculina. Comprometida, reflexiva y audaz, ha hecho de la herencia un motor de transformación. Su mirada combina el respeto por lo esencial con la capacidad de imaginar el futuro con determinación. 

¿Qué herencia familiar te ha marcado más: el respeto por la tradición o el impulso de innovar?
Ambas me han acompañado desde siempre, como dos corrientes que se entrelazan sin excluirse. La tradición me recuerda quién soy. La innovación me impulsa a imaginar quién podemos llegar a ser.

¿Qué es lo más difícil de liderar una empresa con un apellido que también es tuyo?
Llevar el apellido en la firma y en el corazón significa honrar una historia que no empieza contigo, pero que debes continuar. Lo más difícil es estar a la altura de esa historia y al mismo tiempo escribir la tuya propia.

Tu trayectoria ha sido meteórica. ¿Cómo has gestionado el vértigo?
Con confianza, pero también con humildad. Escuchando, aprendiendo y dejándome acompañar. El vértigo es inevitable cuando se avanza, pero también es señal de que se está creciendo.

¿Qué te hace sentir más orgullosa al mirar estos años al frente de Juvé & Camps?
Haber mantenido la esencia. Haber sabido crecer sin diluirnos. Seguir siendo nosotros, con más mundo, más mirada y más futuro.

¿Cómo se adapta una casa centenaria a un mercado en constante cambio?
Escuchando. Observando. Siendo flexibles sin dejar de ser fieles. La autenticidad no pasa de moda, pero debe saber hablar el lenguaje de su tiempo.

¿Dónde ves a Juvé & Camps antes de pasar el testigo?
Consolidada entre los grandes del mundo. Como símbolo de excelencia, sostenibilidad y elegancia. Y más cerca que nunca de quienes nos eligen para brindar.

¿Cuál ha sido la decisión más difícil que has tomado como CEO?
Transformar estructuras y dinámicas. Salir de la zona cómoda. Me enseñó que evolucionar no es renunciar a lo que eres, sino tener el coraje de reinventarte sin perderte.

¿Qué parte del negocio te apasiona más?
La estrategia. Pensar a largo plazo. Imaginar el rumbo. Decidir hacia dónde caminamos y por qué.

¿Cómo se defiende un proyecto que trabaja con tiempos largos en una era de inmediatez?
Reivindicando el valor del tiempo. Lo que se espera, se valora. Y lo que madura lento, deja huella.

¿Qué tres palabras definen la esencia de Juvé & Camps hoy?
Respeto. Compromiso. Transparencia.

¿Qué vino representa mejor tu forma de entender la vida?
La Capella, por su calma serena, profundidad y belleza. Aunque, si soy sincera, el Reserva de la Familia me conecta con mis raíces. Es el vino de mi infancia, el más icónico.

¿Qué papel juega lo ecológico en vuestra estrategia?
Es un pilar, no un añadido. Cultivar con respeto, elaborar con conciencia y pensar a largo plazo son decisiones que definen nuestra forma de estar en el mundo.

Si pudieras crear un nuevo producto sin límites, ¿cómo sería?
Un espumoso elegante, vibrante, con alma. De larga crianza, brut nature. Capaz de emocionar sin necesidad de palabras.

¿Qué importancia tiene el enoturismo en vuestro proyecto?
Mucha. Es abrir las puertas y mostrar lo invisible. Permitir que quienes nos visitan entiendan que cada copa tiene detrás una historia, una tierra, una forma de vivir.

¿Cómo imaginas a la próxima generación de mujeres del vino?
Valientes, visibles, libres. Aún falta reconocimiento, pero, sobre todo, dejar atrás etiquetas que limitan.

¿Aporta el liderazgo femenino una sensibilidad distinta al vino?
Sí. Hay otra forma de escuchar, de cuidar, de crear vínculos. No es mejor ni peor, pero sí diferente. Y muy necesaria.

¿Alguna mujer que te haya inspirado en el mundo del vino?
Mi madre, por su fuerza callada. Y mi bisabuela, que fundó una bodega hace más de un siglo. Su valentía sigue siendo pura inspiración.

¿Qué consejo darías a una joven enóloga o emprendedora?
Que no copie modelos. Que confíe en su intuición. Que sepa que la autenticidad siempre encuentra su lugar.

¿Crees que ha llegado el momento de contar el vino desde otro lugar?
Sin duda. Desde la emoción. Desde el paisaje. Desde la escucha. El vino también puede hablar en voz baja y tocar más hondo.

Eres madre. ¿Cómo influye eso en tu forma de liderar?
Me hace más empática y más consciente. Cuidar no es debilidad. Es una forma poderosa de liderar.

¿Qué has aprendido sobre ti misma al conciliar maternidad y dirección?
Que no se puede todo, todo el tiempo. Pero sí se puede vivir cada etapa con presencia. Delegar es un acto de confianza, no de renuncia.

¿Tienes alguna rutina personal que nunca sacrificas?
Respirar hondo al empezar el día. Mirar las viñas, aunque sea de lejos. Recordar por qué hago lo que hago.

¿Qué te gustaría que tus hijos entendieran del negocio familiar?
Que no se trata solo de vino. Se trata de valores, de vínculos, de compromiso con algo que nos trasciende.

¿Qué parte de tu día a día no aparece en la agenda, pero es esencial?
Las conversaciones espontáneas. Esos instantes de conexión auténtica con el equipo, con la tierra, con la historia que vamos escribiendo.

¿Cuál dirías que es tu “terroir” personal?
Mi familia. Mi equipo. Esta tierra. Todo aquello que me recuerda quién soy, incluso cuando todo cambia.

Junio 2025

TEXTO: DAVID RUIZ

Entrevista a Coco Montes – Restaurante Pabú

Coco Montes: “Me siento orgulloso de haber cocinado para la familia Real; lo repetiría”

Logró su primera estrella Michelin para Pabú al año de su apertura, algo que consiguen muy pocos chefs en el mundo. Y acaba de ser elegido segunda mejor apertura de España (y primera de Madrid) para la Guía Macarfi. Pero no baja la guardia y confiesa que no le importaría lograr tres estrellas en tres años. De momento sigue con los pies en la tierra, apoyado por su entorno y apoyándose sobre todo en su madre, su gran referente y la jefa de sala del restaurante. La celebración del cumpleaños de la infanta Elena y la familia Real, al poco de abrir su local, le supuso un impulso mediático del que se siente profundamente agradecido.

 

Escuchándole hablar, se comprende desde el primer minuto que Coco Montes viene de un entorno en el que los modales y la educación exquisita han sido pilares de su vida. Transmite seguridad, empatía y calma. Abrió Pabú hace sólo un año y en este tiempo ha logrado colocarlo muy arriba: además de su primera Estrella Michelin (todo apunta a que no será la última), logró que el restaurante fuera la segunda mejor apertura del año a nivel nacional (y la primera de la Comunidad de Madrid) en la reciente 10 Gala de nuestra Guía Macarfi. Además, entró directamente en el puesto 39 de los mejores restaurantes de España, algo excepcional. Pabú es una sorpresa en todos los sentidos. No sólo por su espectacular interiorismo, obra de la madre de Coco, que te traslada a un estiloso comedor de casa, sino por su concepto de cocina de microtemporada, donde los platos varían según el momento del día. Su objetivo es siempre el mismo: que al acabar la jornada no sobre absolutamente nada para arrancar al día siguiente con producto fresco nuevo. “Hoy, por ejemplo, he comprado erizos y no sé muy bien qué saldrá de todo esto”, bromea.

Lograste una Estrella Michelin en tiempo récord. ¿Lo esperabas?
Mi verdadero objetivo, por encima de las estrellas, es devolver al cliente la hospitalidad y el cuidado que se merece y que la hostelería en una ciudad como Madrid, ha perdido. Traer estrellas Michelin a Pabú es un sueño, pero, detrás hay un trabajo muy bien ejecutado. Esta es mi hoja de ruta.

¿Te marcas el objetivo de tres Estrellas en tres años?
Me encanta soñar, aunque mi deseo real es que Pabú se convierta en un restaurante longevo. Logré una Estrella en sólo un año… ¿por qué no conseguir las tres Estrellas en tres años? ¡Ójala!

¿Notas la presión?
¡Claro que la noto! Mucha gente se permite comparar cómo se come en los restaurantes con Estrella Michelin y lo traslada a los cocineros. Que si he estado en este restaurante y es mejor que este…. Yo me pongo siempre la presión encima, lo vivo así, pero lo mío es una presión dulce.

¿Detectas cuando hay un inspector de la guía en tu casa?
Sí, y el miedo es tremendo. No sabes si van a venir solos o acompañados. Nunca se sabe. A mí me calan siempre cuando voy a otros restaurantes porque me fijo en todo. La gastronomía nos conecta.

Defines tu cocina como de microtemporada. ¿En qué consiste?
Fresca y efímera. Trato de hacer stock a cero, que no quede nada en las neveras para arrancar un nuevo día con producto fresco totalmente nuevo.

Tu formación en Administración de Empresas te habrá ayudado,¿no?
Trato de gestionar los números de manera clara. Tal vez soy un alumno aventajado en esto y la formación me ha ayudado, pero trato de centrarme únicamente en el plato y hacer soñar con mis creaciones. A pesar de mis estudios, intento que todo cambie cada día. Me interesa más la parte artística, aunque es importante tener una base en gestión de restauración.

Insistes mucho en que sin los tuyos, nada de esto hubiera sido posible…
Mis padres creyeron en mí desde el primer minuto. En el caso de mi madre, además, está en sala conmigo. Es también el alma de este proyecto. Ha decorado el espacio, pintado los cuadros…

Una pieza fundamental…
Mi madre es parte de todo esto. De la misma forma que no podría cocinar sin cacerolas, digo bien alto que Pabú no existiría sin ella, que es la parte que más me conecta con la realidad. Ella es la que consigue que este barco navegue bien.

No vienes de familia de restauradores, ¿ha sido un hándicap?
Para nada. Y cocino desde que tengo uso de razón. Mis padres no tenían un restaurante, pero eran grandes anfitriones. Recuerdo cómo mi madre presentaba la mesa, cómo cuidaba los detalles, cómo recibía a la gente… y eso lo he aplicado a Pabú.

¿Qué impacto tuvo la celebración del 60 cumpleaños de la infanta Elena en tu local?
El impacto fue brutal, no puedo negar esa realidad y me siento muy orgulloso. Se tradujo en reservas y en éxito. Me siento feliz de haber podido celebrar este evento y haber cocinado para la infanta y su familia. Digo más… Me daría mucha pena que mi abuelo o mi padre en sus años más bonitos de vida, cuando más hay que cuidarlos, estuvieran tan lejos de mí.

¿Repetirías?
Por supuesto. Hicimos un menú muy sencillo, con producto de primera calidad y todo muy cuidado. Se lo pasaron en grande. Me siento muy orgulloso de que los primeros pasos de Pabú fueran con la Familia Real.

Te formaste en el restaurante L´Arpege de París, templo de la gastronomía mundial. ¿Te sientes un privilegiado?
En restaurantes de este nivel tienes que estar preparado para trabajar sin parar, no tener relaciones personales, darlo todo por vivir esta experiencia, quedarte sin nada. ¿He tenido suerte? No, he tenido ayuda. Yo me he trabajado mucho la suerte.

¿A qué te refieres exactamente?
Cuando había que limpiar la cocina en el restaurante a las 5h de la mañana yo era el primero que levantaba la mano, lo juro. Así construí lo que quería. Solo depende de la fuerza y convencimiento con los que quieras cumplir tu sueño. No hay más.

¿Cómo ves la gastronomía actual?
Cuando el inversor con dinero solo busca resultados en una profesión que tiene mucho de artística, entramos en un problema gordo. Y eso es lo que está pasando aquí. A mí me encanta Madrid, pero si sigue así la dinámica, en diez años nos encontraremos con el mismo problema del que ahora están saliendo ciudades como Barcelona o París: los proyectos que buscan resultados de forma rápida. Hay que cambiar estas dinámicas como sea.

Tus chefs de cabecera
Entre los de aquí, Jordi Vilma de Alkimia, Y por supuesto Ferrán y Juan Mari Arzak. Me gustan los cocineros que tratan la naturalidad del producto.

¿Algún consejo que hayas aplicado en tu vida?
Ferrán Adrià me dijo en una ocasión que tuviera mucha paciencia. Creo que ahora hay demasiado dinero metido en proyectos gastronómicos que buscan rentabilidad inmediata. Y eso es un gran error. Hay que consolidar las cosas y buscar estabilidad.

¿Qué opinas de los nuevos Foodies y los gastro instagramers?
Trato de evitarlos en mi restaurante. Respeto mucho a los críticos gastronómicos, pero no creo demasiado en la gente que, con más o menos criterio, se empeña en hablar de tu negocio en las Redes Sociales. Creo que no hay que tirar por tierra todo el trabajo de muchos profesionales que pueden haber tenido un mail día. No es justo. Es el gran problema de la gastronomía actual.

Un plato con el que se te conquista…
Cualquier guiso con cariño. Desde unos guisantes hasta unas lentejas. Platos de cuchara, asados….

Y plato que nunca veremos en tu carta…
Todo tiene cabida en Pabú, pero nunca haría sushi porque ya hay otros grandes chefs que lo hacen muy bien (risas). Mira, justo hoy he traído erizos, que nunca había cocinado antes. Vamos a probar…

Mayo 2025

TEXTO: DAVID RUIZ

Alberto Villarroel, un clásico moderno de la coctelería – Por Abraham Rivera

Entrevista a Alberto Villaroel

 

Sentado delante del mostrador, con la espalda recta y los brazos repletos de tatuajes, Alberto Villarroel infunde respeto. Lo encuentro esperándome en Vendittas, el bar de delicioso copeteo que creó el año pasado próximo a Santos y Desamparados —su coctelería, abierta en 2018— y que cuenta con la ayuda en el apartado gastronómico de Javi Goya, el chef que ha conseguido revitalizar las calles de Santa María y Moratín, en el barrio de Las Letras, con Triciclo, Sua, Taberna La Elisa o Tandem.

Villarroel es un bartender con alma de camarero (en el sentido más honesto y profundo de la palabra), crecido en el barrio de Quintana y amante del rock de los noventa. Su muñeca para preparar cócteles —con un dominio portentoso de los tragos de siempre— y su visión del negocio —renovador, pero sin dejar de mirar nunca a lo conseguido por las generaciones anteriores— le han convertido en un clásico moderno.

Saluda y rápidamente propone para beber un dry martini. Un 50/50 con una de las últimas novedades que han llegado al mercado español, la Crown Jewel de Beefeater. Una ginebra de 50 grados, creada en 1993 por Desmond Payne, el maestro destilador de la firma inglesa, a la que se le han añadido sus botánicos característicos más un punto de pomelo, algo que le da un necesario y delicado amargor. El trago es perfecto: tiene la pegada justa para ponernos a conversar.

 

Michel Guérard cumplió 90 años y la (su) Nouvelle Cuisine, 50. Por Oscar Caballero

Michel Guérard: Una de sus últimas entrevistas.

Esta primavera, Michel Guérard cumplió 90. Primaveras, claro, porque, afilado y ágil .

Propaganda viviente de Les Prés d’Eugénie, epicentro de su cadena de baños termales-, está cada día en cocina, pasa solícito por el comedor gastronómico, que ha cambiado de emplazamiento -una entre las modificaciones facilitadas por la dificultad del confinamiento y por el comedor de quienes siguen la cura de adelgazamiento -550 calorías por comida que también se ha mudado dentro de la finca.

“Me gusta crear platos, afinar las salsas, los rellenos, acortar las cocciones. Estar en cocina es para mi un placer -se justifica el nonagenario- : ¿por qué me privaría de hacerlo ? Y además, creo que los aprendices, que me ven participar, probar platos, sugerir, tienen la impresión de que no pierden su tiempo aquí, que aprenden, que hicieron bien en llamar a esta puerta”.

Dice Guérard que hacen falta dos años para pasar por todos los puestos de su vasto Eugénie (por Eugenia de Montijo, la emperatriz gaditana que frecuentaba aquellos baños). Y que el aprendizaje incluye “el de comprender el escenario en el que se sirve la cocina. Porque esto es un espectáculo y hay que cambiar los decorados para que la fiesta continúe”.

Actor principal y en parte responsable de la puesta en escena, Guérard es la piedra angular de la revolución bautizada Nouvelle cuisine française por los periodistas Henri Gault y Christian Millau, quienes además la codificaron en 1973, en el mensual Gault & Millau, que habían fundado cuatro años antes. O sea que aquellos diez mandamientos cumplen a su vez medio siglo, como lo relaté en Una historia de la Nouvelle Cuisine.

Cuando Michel Robert tenía seis años su padre, como Mambrú, se fue a la guerra. Y la madre se hizo cargo de la carnicería con ganadería y matadero que tenían en Normandía, la única región de Francia cosida a bombas y tiro de artillería tras el desembarco aliado, entre el apoyo aéreo de los liberadores y la respuesta del ocupante alemán.

De aquellos destrozos se habló tan poco como de la destrucción, también por bombas aliadas, de ciudades del III Reich ya derrotado. Víctimas civiles casi fuera de horario, como las de Hiroshima y Nagasaki.

Difícil de olvidar. En una charla, muchas décadas después, Guérard recordaba los miedos del niño que fue. Y resumía sobriamente: “varias veces estuvimos a punto de morir. Por eso, desde entonces, disfruto cada segundo”.

Infancia difícil, pobreza. Pero esa tradición familiar francesa de la buena cocina casera, la que la UNESCO clasificó como bien inmaterial. De abuela y madre, en su caso.

“Preparaban, por ejemplo, maravillosas tartas de frutas, un monumento de golosinería con el único secreto de su sencillez. Una buena pâte brisée o feuilletée; por encima, frutas bien maduras de nuestro huerto. Un poco de mantequilla y de azúcar cristalizada. Y al horno”.

Tengo una de las primeras guías de París de Gault y Millau, las Julliard, que publicaron antes de crear su revista y sus guías. En la edición de 1970, cuando calificaban cada uno con su nota, pero sin decir a quien correspondía, son reticentes con Le Pot-au-Feu. Uno le da 16/20 y el otro, 14.

“El patrón, el joven Michel Robert Guérard, es un íntimo amigo de Paul Bocuse y de los hermanos Troisgros. Es difícil contar con mejores referencias. Su cocina -explican- no toca las cumbres que alcanzan Bocuse y los Troisgros. Su carta no cae ni en la rutina ni en la originalidad a toda costa. Elogian los platos y “el admirable gevrey chambertin (un gran borgoña), servido como en Troisgros, fresco”. Buen dato: novedad absoluta en aquellos años que confundían chambré -temperatura de la habitación, la chambre- con tintos a 18º.

Poco después el goloso Gault será hechizado por la tarta de frutas de mamá y abuela que le sirvió Guérard en le Pot-au-Feu. Y ya en su Gault&Millau ensalzarán al chef que ya se llama solo Michel Guérard y que, sin proclamarlo, es el líder creativo de los Chapel, Senderens, Faugeron. Y de tantas estrellas fugaces.

Michel tiene 17 años cuando su familia se acerca a París. Se instalan por donde ahora está Eurodisney. Como su hermano mayor se ocupa de la carnicería, él debe renunciar al sueño de estudiar medicina y buscar trabajo. Tiene suerte de conseguir un puesto de aprendiz en la pastelería de un tal Kléber Alix, mal conocido traiteur (catering y por lo tanto cocina salada y dulce; adrenalina del fuego y trabajo sin horario en banquetes), admirado por quien fue su commis. Un “aprendizaje a la dura, como lo pedía la época. No me quejo: aprendí todo rápidamente”.

Hoy, matiza lo de la dureza en cocina. “Los tiempos han cambiado y está muy bien. Cuando nos instalamos en Eugénie mi mujer me convenció de que había que tratar de usted al personal. Respetarlo para que te respeten. Eso si, a nuestro nivel, el de un deporte de alta competición, difícil trabajar relajado. Felizmente hay distintos niveles, muchas posibilidades.

Pero nadie ha sido campeón olímpico sin sufrir”. Aquel sufrimiento de aprendiz le sirvió. Tanto que recién llegado a París se presenta como aprendiz al Crillon y lo nombran pastelero jefe. “Lo fascinante de la pastelería es ese milagro: pones en el horno un objeto incomestible de 22 milímetros de alto y sacas una delicia de 22 centímetros”.

Allí se prepara y gana, con apenas 25 años, el difícil concurso de MOF, mejor obrero de Francia en trabajos manuales, pastelería en su caso. La familia Clericó, propietarios del Lido, considerado el mayor cabaret del mundo, lo contrata como chef pastelero. Pero como también ha pasado por las cocinas de Lucas Carton y de Maxim’s, pronto se ocupa también de los banquetes.

“Un día de 1958 apareció por allí Paul Bocuse, aún me emociono porque él ya era conocido (precisamente, dice: “él ya sabía cómo hacer hablar de él”), y me dijo que le habían hablado bien de mi. Siete años después, cuando abrí mi Le Pot au Feu, Bocuse, que ya tenía tres estrellas, fue de los primeros en alentarme.

“Paul, que contrariamente a lo que se cree fue siempre un hombre discreto, incapaz de juzgar la cocina de sus amigos, pero que veía todo con sabiduría y lucidez, me transmitió el espíritu del combatiente. Con su apoyo, y el de Jean Delaveyne, un chef que, como yo, tenía la rara formación doble, en salado y en dulce, me decidí a salir de lo convencional y cocinar a mi aire”.

En el Pot-au-Feu, pronto triunfa con ese plato, el cocido, que distingue por un añadido inusual: foie gras. Y el tout Paris se divide muy pronto entre convencidos y enemigos de esa taberna de arrabal en la que, sacrilegio, el foie gras coincide con el vinagre.

Guérard la llamó salade gourmande, ensalada golosa. Pero fue rebautizada folle, loca. » Yo había osado mezclar foie gras y vinagre -recordaba en 2016, cuando celebró por anticipado 40 años con 3 estrellas- y la vieja guardia se escandalizó. Judías verdes al dente, puntas de espárragos, algo de trufa y unos copos de foie gras para reemplazar el aceite de la vinagreta, porque la quería menos grasa y más sabrosa. Era sencillo, sano y eficaz”.

En aquel mismo 1965, lejos de París, en Roanne, los hermanos Jean y Pierre Troisgros -sus amigos desde que le prestaron su invento, los luego famosos platos de 33 cm, divisa de la nouvelle cuisine, para un banquete del Lido…y de París al mundo-, aprovechan otra novedad, la sartén antiadherente para saltear apenas un filete de salmón.

Novedoso el corte: lo aprendió Pierre en su paso por Maxim’s, del chef Alex Humbert. Lo habitual era cortarlo en rodajas. Y también es nueva esa cocción corta. Y el color rosado: el salmón, entonces, era servido casi blanco. Y el por qué de la inhabitual guarnición, acedera: “ese año -me dirá Pierre Troisgros- hubo cosecha excesiva en la región”.

Es decir, acidez del vinagre en el Pot-au-Feu, amargor de la verdura en Frères Troisgros. Las dos puntas de la modernidad se insinúan en esos dos primeros platos emblemáticos, en una Francia que, como todo Europa, come más bien graso, hondo, marrón. Los Troisgros, con una italiana de pura cepa, la mujer de Pierre, en la familia, colarán el limón y más acideces aún. Era el paladar del padre de los hermanos que pedía incluso en el vino esas puntas de acidez que tardarían aún dos décadas en llegar.

Guérard utilizará los amargos pero con la circunspección de su cocina. “Como el ácido y el salado es una manera de equilibrar el azúcar. Una balanza que está en mi desde siempre. Y es una tradición local en donde vivo, con invernaderos de cítricos desde hace más de medio siglo”. Y si al contrario de mucha cocina nueva le disgustan los menús largos -que aprendió como sus colegas, en China, en un viaje colectivo de 1978-, porque “prefiero una comida construida en base a unos pocos platos importantes. Las secuencias numerosas fatigan.

Llega la nueva y has olvidado la anterior. Pero no critico a quienes lo practican. No hay mejor ni peor, en esto. Cada cual debe escenificar su cocina. Y nunca olvidar que además somos comerciantes”. Aquel foie gras del debut era el de los criadores y productores landeses Lafitte. Los mismos que se lo proveen hoy a Guérard. Fidelidad, proclaman unos y otros. En septiembre del 2016 participé de una jornada en Eugénie a la que estaban invitados los Chefs de Chefs (club de los chefs de jefes de estado) que en la cocina de Guérard siguieron la preparación del menú adelgazante de ese día. Brochettes de gambas con vinagreta de verbena (115 calorías), vinagreta de la novia (19 calorías por 10 g), foie gras con especias y salsa exótica (145 calorías) o soufflé ligero de manzanas y lima (220 calorías). Y una insólita –apenas 68 calorías- salsa béarnaise.

El conjunto hotelero de Guérard tiene puertas abiertas al pueblo, a cuyo panadero, además, deja el beneficio de fabricar el pan diseñado en sus cocinas. Además del bistrot La Ferme aux Grives, Guérard tenía un Café Mère Poule & Cie, con tostadas saladas y dulces, tartas de abuela y vino de la casa, para que los vecinos se atrevieran. Y en cada rincón, el servicio, eficaz y profesional, es al mismo tiempo relajado, próximo.

Esa noche, la cena, una lección sin objeciones: la perfección es de este mundo. Ni los chefs de chefs, ni los Lafitte, ni el escriba, olvidarán aquella cena, que fue por otra parte un viaje en el tiempo, abierto por el Zéphyr de trufa como una nube (2011). Desfilaron: el huevo en su cáscara y con caviar (1977), el bogavante asado ligeramente ahumado en la chimenea (1981), la deslumbrante torta hojaldrada de 1986. Y un curioso postre, de 1991: Gâteau Mollet du Marquis de Béchamel, con su bechamel dulce.

En aquellos 1970 de la explosión de la nouvelle cuisine, Guérard es una estrella. Y sin embargo, la invitación del propietario de Maxim’s, de asociarse al frente del por entonces más conocido restaurante del mundo, naufraga: el director de sala, todavía protagonista, se niega a “trabajar para un cocinero”.

Pero Guérard es feliz. En 1972, en Reginskaia, un restaurante ruso de Régine, reina de la noche parisina, en el que Guérard, infatigable, cocina los soupers, cenas de madrugada (“en la época yo dormía 3 horas por noche”), hubo flechazo del cocinero y Christine Barthélémy, que lo bautiza “principito con chaqueta blanca”. Se casan dos años después. Christine es la heredera de una pequeña cadena provincial, la de las estaciones termales del sol. Como las posibilidades parisinas no se concretizan, el matrimonio se marcha a las Landas. Guérard piensa lanzar la restauración y la hotelería y regresar a París. Nunca volverá.

Lo primero que hace, incitado por Christine, es adelgazar 30 kilos. Y, disgustado por la cocina de hospital que dan a los adelgazantes, empieza a crear platos de pocas calorías pero gastronómicos. Recuerda que en su tiempo del Pot-au-Feu, por invitación de un cliente peluquero, le creó, en la elegante peluquería de la milla de oro parisina, un restaurantito La Ligne, la línea. Con sus intuiciones, ya, de comida para adelgazar “o por lo menos no engordar”. Lo de Eugénie es más sistemático. Experimenta -primero consigo mismo-, y apunta todo. Así nace La cuisine minceur, primer libro de la célebre colección Les recettes originales de…, en la editorial Robert Laffont. El libro vende más de un millón de copias y es traducido a 13 lenguas. En 1976 el rostro de Guérard ocupa la cubierta de Time.

Sin perder tiempo, para no ser encasillado en sección regímenes, Guérard publica en la misma colección La grande cuisine française. Escrito por él, detalle significativo entre aquellos renovadores pero, como era normal en su tiempo, a veces ni habían completado estudios primarios. Millau, excelente escritor, bromeaba: “sin ofender, diría que mamá Guérard tuvo a Michel con algún noble distraído, intelectual”.

Otro éxito porque es y no es la gran cocina, influenciada por los descubrimientos de la adelgazante, por las búsquedas de la nouvelle cuisine, por esa nueva sociedad que pregona dietética sin desdeñar el placer, platos ricos pero más ligeros, menos baño maría, menos harina en las salsas, más producto fresco, poco desnaturalizado por salsas.

Segunda conmoción del microcosmos de la cocina. Guérard será el primer gran chef -bueno, el segundo: Escoffier coqueteó con la industria, deslumbrado por ejemplo con los primeros tomates en lata- en firmar un contrato que lo ligaría durante varias décadas con Nestlé.

El patrón de la multinacional suiza era cliente. Un día le propuso que trabajaran juntos. « En su fábrica de Beauvais había cocineros, ingenieros, nutricionistas. Me dije que sería una locura rechazar la oferta : podía aprender mucho ahí. Y el contrato me garantizaba el control total. O sea: Guérard entraba en Findus. Pero Findus no entraba en Guérard”.

Excepto por cierto savoir faire. El tratamiento estrella de Eugénie, un baño de barro blanco, en ingravidez, “lo pude crear gracias a lo que aprendí en Nestlé”. Era un acuerdo de caballeros. Y el de un gourmet, el patrón de Nestlé, y el cocinero que quiso estudiar medicina. El chef persiste: hace diez años creó en Eugénie una escuela de formación en cocina y pastelería de la salud, el Institut Michel Guérard, para difundir lo que se. Y enseñar, a las futuras generaciones, a cocinar y comer mejor”.

Pero la industria ha cambiado. “Los industriales, obligados por los accionistas, solo piensan en beneficios. Ecuación imposible entre dar dividendos y obrar por la alimentación sana”. La comida de Guérard, su escritura, su discurso, tienen esa misma sutileza. Ha inventado casi todo y no se arroga ningún invento. No subraya nada, ni cuando habla ni cuando cocina.

Apunté que la cena de 2016 coqueteaba con la perfección. Han pasado siete años y covid y lo pienso, lo siento, aún. Guérard perdió en 2017 a Christine. Hoy sus dos hijas controlan el pequeño imperio, pero Guérard, que se enorgullece de ser el único entre sus pares que no solo ha ganado los más altos honores de cocinero sino también los de hostelero, revienta records con esas tres estrellas desde hace 46 años.

En noviembre 2022, recibió el homenaje de algunos de los grandes chefs que formó. Lista lejos de ser exhaustiva : Alain Ducasse, Michel Sarran, Daniel Boulud, Gérald Passedat, Jacques Chibois, Arnaud Donckele, Arnaud Lallement, Laurent Petit, Sébastien Bras, Christopher Coutanceau, Alexandre Couillon, Lionel Giraud, Joseph Viola, Hugo Roellinger…

El diario L’Hôtellerie le preguntó que le había parecido el homenaje. « Me alegró encontrar a toda esa juventud a la que veo de vez en cuando y me dije qué suerte había tenido de que pasaran por Eugénie-Les-Bains y de que hayan recibido algo a su paso y de que hayan sabido aprovecharlo. Pero yo tengo poco que ver. El talento lo traían ellos ».

Otro talento, necesario para percibir la genialidad del hombre y de lo que sale de sus manos, lo tiene que traer puesto el comensal. Siempre dije que gran parte de culpa, en la renovación continua de buenos cocineros en Francia, la tenía una clientela burguesa, conocedora, exigente, pero también capaz de discernir entre paja y trigo.

En cuanto a esos -el lector conocerá uno seguramente- que vuelven desencantados de Eugénie (recuerdo a un engominado líder de conservas galegas, en un salón gastronómico, su desencanto gritado) solo diré que, yo, prefiero el mar a la montaña. Si un milagro me situara en la cumbre del Everest observaría el entorno sin entusiasmo.

¿Culpa del Everest o mía?