Angélica del Villar – Mirador de Deyo
Angélica del Villar: «No quisimos dejar morir la casa de nuestra familia.»
Una casa familiar que empezaba a deteriorarse, dos hermanos decididos a darle una segunda vida y un pueblo navarro por el que pasa el Camino de Santiago. Mirador de Deyo nació de una decisión poco romántica (había que hacer algo con aquella vivienda) y terminó convirtiéndose en un hotel boutique de ocho habitaciones en Villamayor de Monjardín. Del edificio original solo quedan algunos muebles y piedras de la fachada.
Angélica del Villar comparte el proyecto con su hermano Daniel. La entrevista es con ella, pero podría perfectamente haber sido con los dos, ya que comparten el mismo discurso. Él se ocupa principalmente del área comercial y ella, del funcionamiento cotidiano. Entre ambos han creado un establecimiento solo para adultos en el que el descanso, la atención individual cuentan mucho. Igual que su propuesta gastronómica, que mira al producto navarro y a la brasa. Un acierto.
Mirador de Deyo era vuestra casa familiar. ¿Cómo acabó convertido en un hotel?
Nunca nos habíamos planteado tener un hotel. Era la casa de la familia, una vivienda antigua que llevaba tiempo sin habitarse y que empezaba a presentar problemas estructurales. No quisimos dejarla morir. La primera idea era hacer una especie de casa rural, pero el proyecto fue creciendo. Nos fuimos enamorando de las posibilidades del lugar y terminamos creando un hotel de ocho habitaciones con restaurante.
¿No hubo nada de la antigua casa que se salvara del derribo?
La construcción se derribó por completo, pero recuperamos algunas cosas que queríamos conservar. Hay muebles de la casa familiar repartidos por distintas estancias del hotel y reutilizamos piedras de la fachada antigua en partes de la nueva. Son detalles que nos permiten mantener algo de aquella historia.
¿Qué se siente al ver a desconocidos durmiendo donde antes dormía vuestra familia?
Para nosotros sigue siendo nuestra casa. Esa es precisamente la idea que intentamos transmitir a las personas que llegan. Queremos que se sientan acogidas, no que entren en un establecimiento impersonal. La decoración, el trato y la manera de recibirlas tienen mucho que ver con lo que aquella casa ha significado siempre para nosotros.
Montar un negocio con un hermano puede poner a prueba hasta las comidas familiares. ¿Cómo os lleváis?
Hemos tenido que tener mucha paciencia el uno con el otro. (Ríe). Pero también he confirmado algo que ya sabía de Daniel: el enorme cariño que siente por Navarra, por el pueblo y por sus costumbres. Tiene una capacidad especial para transmitir lo que significa este lugar para nosotros.
Hoy casi cualquier hotel pequeño se llama boutique. ¿Qué tiene el vuestro para merecerlo?
Creo que la diferencia está en cómo entiendes la hospitalidad. Podemos aprendernos los nombres de los huéspedes, saludarles por la mañana, darles las buenas noches y adaptarnos a lo que necesitan. Como no dependemos de una gran estructura, tenemos mucha flexibilidad.
¿Qué es el lujo para ti?
Un lujo silencioso, que está en los pequeños detalles y que se adapta a cada huésped. Algunas personas quieren que les prestes mucha atención, que les hables del pueblo y que les recomiendes cosas. Otras prefieren disfrutar de una buena cama, de la gastronomía y de la tranquilidad. Lo importante es saber entender a cada persona y ofrecerle lo que busca, con cercanía, calidad y sencillez.
¿Por qué decidisteis que el hotel fuera solo para adultos?
Porque queríamos crear un lugar para descansar, relajarse y escuchar el silencio. Esa era la experiencia que teníamos en mente y pensamos que un hotel solo para adultos nos ayudaría a mantenerla.
¿Tienes alguna habitación favorita?
No hay una que quiera destacar por encima de las demás, pero algunas tienen algo muy especial para mí. Por ejemplo, en una de las habitaciones hay un armario que estaba en mi dormitorio de la casa antigua. Encontrarte esos muebles en el hotel tiene una carga emocional que no tiene una pieza comprada para decorarlo.
¿Quién llega hasta un hotel de ocho habitaciones en un pueblo navarro?
Todavía estamos conociendo a nuestros huéspedes. Vienen bastantes peregrinos del Camino de Santiago, clientes extranjeros que utilizan el hotel como punto de partida para recorrer Navarra y también visitantes nacionales que buscan desconectar.
¿Qué aporta al hotel estar en pleno Camino de Santiago?
Sobre todo, personas e historias. Es muy enriquecedor hablar con los peregrinos y escuchar por qué hacen el Camino o cómo lo están viviendo. Cada uno tiene una experiencia distinta. Además, su paso da mucha vida al pueblo y también al ambiente que encuentran los huéspedes.
Desde que eres hotelera, ¿te has vuelto una huésped más exigente?
Ahora me fijo mucho más en cómo te reciben y cómo te hacen sentir. Me interesan esos detalles que parecen pequeños pero cambian la experiencia. También observo cómo trabajan los equipos y cómo cuidan la atención al cliente. Viajar se ha convertido en otra forma de aprender.
La gastronomía pesa en vuestro proyecto. ¿Estaba la idea desde el principio?
Sí. Cuando presentamos el proyecto a David Yárnoz queríamos que la experiencia fuera buena en todos los aspectos, también en la mesa. Además, estamos en un pueblo pequeño, donde no había demasiadas opciones para comer más allá del bar. Tener un restaurante permitía completar la estancia. Queríamos mostrar Navarra a través de sus productos y trabajar con productores de aquí.
¿Qué papel juega David Yárnoz en esa propuesta?
Contamos con él desde la concepción gastronómica del proyecto. Queríamos que el restaurante tuviera una propuesta cuidada, con calidad y una identidad ligada a Navarra. La cocina se apoya en el producto local, en el fuego y en una carta que cambia con la temporada.
Si me siento a comer en vuestro restaurante, ¿qué plato debería pedir?
Las verduras a la brasa. Puede parecer algo muy sencillo, porque al final son verduras, pero el fuego les da un sabor diferente. Además, las vamos cambiando según la temporada y según lo que nos ofrece el campo. Es un plato que me gusta especialmente y que representa bien la manera en que queremos cocinar.
¿El restaurante atrae también a personas que no duermen en el hotel?
Al principio el restaurante formaba parte de la experiencia que queríamos ofrecer a los huéspedes, pero ahora también hay clientes que vienen expresamente por la gastronomía. Es una manera de dar a conocer el proyecto y de conseguir que más gente se acerque a esta zona de Navarra.
Organízanos dos días perfectos en el Mirador de Deyo.
Empezaría con un buen desayuno en el hotel y un paseo por Villamayor de Monjardín. Subiría hasta el castillo, que tiene mucha historia, y después visitaría una bodega de Navarra. Recomendaría comer en algún restaurante de la zona, volver al hotel para disfrutar del spa y cenar aquí. Al día siguiente, se puede visitar el monasterio de Irache o pasear entre los viñedos. En dos días da tiempo a disfrutar muchísimo del entorno.
¿Qué te gustaría que aportara Mirador de Deyo al pueblo?
Para nosotros era importante apostar por este lugar. Hemos hecho una inversión importante en un pueblo pequeño porque creemos en Navarra y en su entorno rural. Queríamos que la casa siguiera teniendo vida y que el proyecto ayudara también a que otras personas descubrieran el pueblo y todo lo que tiene alrededor.
¿A qué personaje famoso alojarías en tu hotel?
A Amancio Ortega, para poder charlar con él, que seguro que tiene historias súper interesantes, y si se nos pega algo de su éxito, mejor.
TEXTO: DAVID RUIZ
FOTO: CEDIDA












