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Autor: Elena Rodrigo Salaverri

Mario Valles – El Patio de Claudio

Mario Valles: “No cocino para Instagram; lo hago para la persona que tengo sentada en la mesa”

 

El chef Mario Valles dirige hoy El Patio de Claudio, uno de los restaurantes más interesantes de Madrid. Su cocina, elegante y honesta nace de una trayectoria poco común: antes de dedicarse a los fogones compitió como judoka en dos Juegos Olímpicos. Y eso, suma.

Disciplina, método y respeto absoluto por el producto definen una manera de cocinar que mira a Francia, dialoga con España y no pierde de vista sus raíces colombianas. En nuestra conversación repasa su trayectoria, habla sin rodeos del impacto de las redes sociales en la gastronomía y reivindica una cocina donde el cliente sigue siendo lo verdaderamente importante.

 

Vienes del deporte de élite y has competido en dos Juegos Olímpicos. ¿Qué parte de la mentalidad de judoka sigue viva hoy en tu cocina?

La disciplina. Es algo que se mantiene siempre. Muchos cocineros hablan de disciplina, pero yo la viví antes en un tatami y esa manera de entender el esfuerzo se queda contigo para siempre.

¿En qué se parece un servicio de cocina a un combate en el tatami?

En realidad, no es exactamente comparable. En un combate dependes solo de ti. En un servicio de cocina no: dependes de todo un equipo. Un restaurante funciona cuando todo está coordinado, cuando cada persona sabe qué tiene que hacer para que el servicio salga bien. Es una conjunción de elementos que tienen que rodar perfectamente.

Una lesión marcó, de alguna manera, el final de tu carrera deportiva. Con perspectiva, ¿fue mala suerte o el inicio de algo mejor?

La lesión no cambió mi vida de golpe. Durante toda mi carrera deportiva yo ya estaba formándome en hostelería. Cuando terminaron mis segundos Juegos Olímpicos y después de una recuperación muy larga, vi que no llegaría a los terceros. Entonces decidí dedicarme por completo a lo que había estudiado y a lo que realmente me apasionaba: la cocina.

Tus primeros pasos en cocina profesional fueron en Londres. ¿Qué recuerdas de aquella etapa?

Recuerdo sobre todo una sensación de impotencia. Llegar a una cocina con 150 comensales, todo ocurriendo a la vez, y tú empezando como practicante… todo era extremadamente rápido y había muy poco tiempo para reaccionar. Pero también entendí algo que todavía me apasiona: el reto diario que supone ser cocinero.

Has pasado por cocinas importantes. ¿Qué papel jugó Koldo Rodero en tu trayectoria?

Koldo Rodero fue mi mentor. Le debo muchísimo. Es una persona muy sabia y, además, alguien que ayuda de manera desinteresada. Su familia me abrió las puertas de una forma increíble. Gracias a él estoy donde estoy hoy.

Antes de El Patio de Claudio estuvo el proyecto de Hortensio, muy querido por la crítica. ¿Qué te dejó aquella etapa?

Sentir el respaldo de los clientes es una fortuna enorme. Hortensio fue el inicio de mi carrera gastronómica y guardo un recuerdo muy especial de todo lo que vivimos allí.

En El Patio de Claudio hablas de una cocina elegante pero accesible. ¿Dónde está la línea entre sofisticación y complicación?

La propuesta es clara: una cocina tranquila. Técnicamente no buscamos la complicación extrema. Queremos una cocina honesta, bien hecha, que pueda disfrutar tanto el huésped del hotel como la gente del barrio. Es un restaurante pequeño, de 27 comensales, y eso permite trabajar con mucha atención al cliente.

Tu cocina dialoga entre Francia, España y tus raíces colombianas. ¿Cómo se construye ese equilibrio sin que parezca un collage?

Francia es la base metodológica de muchas cocinas. Yo intento mantener ese método francés, pero trabajando con producto local y con la cultura gastronómica que he vivido en España desde 1996. Ese diálogo entre Francia y España se construye a través del producto y de técnicas clásicas.

La cocina francesa concede mucha importancia a las salsas. ¿Crees que la cocina contemporánea ha descuidado ese capítulo?

En muchos casos sí. La evolución de la cocina ha ido hacia otros caminos y, en algunos casos, el resultado final del plato ha dejado de ser lo más importante. A mí eso me da pena. Yo soy bastante ortodoxo y creo que debemos seguir cuidando el producto y el método con el máximo esmero.

Muchos restaurantes parecen pensados para Instagram. Tú has dicho que no cocinas pensando en eso.

Las redes sociales están condicionando mucho la gastronomía. Yo entiendo que hoy forman parte de la ecuación comercial, pero a mí me da mucha tristeza cocinar pensando en un influencer o en una fotografía. Yo cocino para mi público, para la persona que se sienta en la mesa.

¿Algún producto fetiche?

Me encanta el salmonete. Y también la paloma, especialmente la que se caza en Echalar, en Navarra. Conozco bien ese proceso y es un producto que me fascina.

¿Hay algún plato de tu carta que resuma tu cocina?

En los postres, el limón desamargado. Es un diálogo entre la España árabe, América y Francia. Resume muchas cosas de mi historia. Y luego el pâté en croûte, que hacemos con lagarto ibérico y perdiz. Es un plato que me gusta mucho y que creo que Madrid merece tener.

¿Sigues manteniendo algún ritual deportivo más allá del judo?

Sí. Juego al tenis. Me levanto a las siete de la mañana para jugar cada vez que puedo.

Cuando no estás en tu restaurante, ¿dónde te gusta comer?

Me gusta viajar y descubrir cocinas locales. Siempre intento comer lo que se cocina en el lugar al que voy.

¿Algún viaje reciente que te haya marcado gastronómicamente?

Hace poco estuve en Colombia y comí en un restaurante del Pacífico colombiano que me encantó. Una cocina muy sabrosa, muy rica.

¿Un plato que te devuelva a tu infancia?

El pandebono. Es un pan típico de Cali, hecho con almidón de yuca, harina de maíz, leche y mantequilla.

¿Algún cocinero que te haya marcado?

Muchos. Alain Passard, Alain Ducasse, Bernard Pacaud… y en España, por supuesto, Koldo Rodero o Luis Lera.

Madrid vive un gran momento gastronómico. ¿Dónde te gusta comer en la ciudad?

Me gusta volver a los sitios que me gustan: La Tasquita, Sacha… y últimamente también el restaurante Haramboure. 

¿Qué plato te habría gustado inventar?

Está casi todo inventado… pero me habría encantado haber sido partícipe de la invención de la mantequilla. 

 

TEXTO DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Mar Cozcolluela – mArincello

Mar Cozcolluela: “Pasé de trabajar diez años en Codorníu a crear mi propio licor”

 

En el universo de las sobremesas memorables hay algo que siempre se repite: una conversación que se alarga, un último brindis y ese pequeño gesto de sacar una botella que convierte el final de la comida en un momento especial. De esa escena doméstica, casi improvisada, nació mArincello, un licor de mandarina que empezó como experimento casero y hoy comienza a hacerse un hueco en restaurantes y barras.

Detrás del proyecto está Mar Cozcolluela, que tras una década en Codorníu decidió transformar una receta que preparaba para sus amigos en una marca con identidad propia. Mandarinas ecológicas valencianas, maceración larga y una idea muy clara: capturar en una copa el sabor fresco y natural de un gajo de mandarina. Hablamos con ella sobre el origen del proyecto, la construcción de la marca y el ritual de la sobremesa que inspira todo su universo.

¿Quién era Mar antes de mArincello?

Trabajé durante diez años en Codorníu. Pero siempre me ha gustado mucho cocinar y un día, preparando cosas en casa, pensé que podía hacer un licor casero para mis amigos cuando vinieran a cenar. Busqué la receta de limoncello, lo probé… y empecé a experimentar.

¿Cómo pasas de un limoncello casero a crear un licor de mandarina?

Primero lo probé con naranja. Funcionaba mejor que con limón. Después pensé: ¿y si lo hago con mandarina? Empecé con mandarinas del supermercado, luego de frutería y finalmente fui a Valencia a buscar mandarinas ecológicas. Ahí el producto dio un salto enorme.

¿Cuándo te das cuenta de que aquello podía convertirse en un proyecto real?

Cuando mis amigos empezaron a comprarlo… y también algunos restaurantes. En ese momento pensé que tenía que legalizarlo y hacerlo bien. Entonces surgió la pregunta del nombre. “Mandarinchelo” era demasiado largo, así que lo acortamos a mArincello.

Si tuvieras que definir el ADN del proyecto en una frase, ¿cuál sería?

El sabor de la sobremesa con amigos.

¿Qué buscabas exactamente en boca al crear el licor?

Quería la sensación que tienes cuando te comes un gajo de mandarina. Ese sabor fresco que se queda después. Mandarina pura.

¿Tenías algún vínculo previo con el mundo de los cítricos?

Ninguno. Me gustaban las mandarinas, como a cualquiera, pero no tenía ninguna conexión especial con ese mundo.

Los licores cítricos a veces pecan de demasiado dulces o demasiado perfumados. ¿Cómo encontraste el equilibrio?

Al ser un producto muy natural, el equilibrio es más fácil. Al principio tenía más azúcar, pero con el tiempo lo hemos reducido bastante. La mandarina tiene suficiente carácter para hablar por sí sola.

¿Cómo recomiendas servir un mArincello?

Muy sencillo: frío de nevera. Se puede tomar solo, pero a mí me gusta especialmente con un hielo.

¿Y fuera de la sobremesa? ¿Tiene recorrido en coctelería?

Sí, también funciona muy bien en cócteles. Es otra forma de consumirlo y abre muchas posibilidades.

¿Cómo lograsteis entrar en restaurantes y bares con cierto nivel?

Llamando a la puerta. Literalmente. Contactando con la gente, presentando el producto y enseñándolo.

En un momento en que los jóvenes beben cada vez menos alcohol, ¿cómo se adapta un proyecto como el vuestro?

Estamos trabajando en versiones con menos azúcar y con menor graduación alcohólica. Queremos adaptarnos a las nuevas formas de consumo.

¿Un mArincello sin alcohol sería posible?

Lo veo muy complicado. He probado versiones 0,0 de otros licores y pierden completamente el sentido. Se convierten en algo que no es ni un licor ni un zumo.

La sobremesa está muy presente en vuestro relato. ¿Es realmente el momento ideal para beberlo?

Sí. Después de comer o después de cenar es cuando tiene más sentido. Ese momento en que la conversación se alarga y aparece algo dulce.

¿Qué canal os interesa más ahora mismo: restauración, distribución o e-commerce?

Ahora mismo estamos reordenando todo el proyecto. Estos primeros meses han sido prueba y error. En breve tendremos más claro el plan, pero el canal de restaurantes es muy importante.

¿Habéis pensado en mercados internacionales?

Sí. De hecho he probado muchos licores de mandarina de toda Europa, más de veinte, y hemos hecho catas a ciegas. Nuestro producto se defiende muy bien.

Si el proyecto creciera mucho, ¿qué parte artesanal no sacrificarías nunca?

Las mandarinas ecológicas. Son la base del producto.

Trabajaste diez años en Codorníu. ¿Qué aprendizaje te llevaste a tu propio proyecto?

Sobre todo disciplina. Y también conocer cómo se elaboran muchos tipos de licores y bebidas. Ese conocimiento me ha servido mucho.

¿Dónde se elabora mArincello?

En Terrassa. Allí se hace la maceración y la elaboración del licor.

¿Cuánto tiempo de maceración tiene?

Nos hemos dado cuenta de que cuanto más tiempo pasa, mejor está. Aproximadamente unos seis meses.

¿Es un proyecto de equipo o muy personal?

El proyecto es mío. Pero me apoyo mucho en amigos: una amiga abogada lleva patentes y marcas, otra me ayudó con el plan de negocio, otro amigo diseñó la identidad… Ha sido un proyecto muy colaborativo.

¿Con qué lo maridarías en una sobremesa?

Con chocolate, con postres, con cualquier dulce. Funciona muy bien con todo lo que llega al final de la comida.

Si pudieras servir un mArincello en una sobremesa a cualquier persona, ¿a quién invitarías?

Al Rey de España.

 

TEXTO; DAVID RUIZ

FOTO: MARINCELLO

Bakri Bouchi – Josper

Bakri Bouchi :“El fuego forma parte de nuestra memoria gastronómica; nosotros sólo le hemos dado un nuevo protagonismo”

 

Dirige Josper -llegó a la compañía hace ahora diez años- desde febrero de 2025, en una etapa de expansión global y de consolidación de una marca que ha logrado algo poco habitual: convertirse en lenguaje común dentro de las cocinas. En muchas cartas ya no basta con decir “a la brasa”; se dice “cocinado con Josper”, y eso habla de producto, de técnica y de marca.

Repasamos con él la evolución de la compañía, de sus raíces en Pineda de Mar, cerca de Barcelona, a su presencia internacional. Nos explica por qué la brasa vuelve a ocupar el centro de la cocina contemporánea y señala el gran reto del sector: llevar el fuego a escala sin perder consistencia, control ni identidad.

Este año cumplís 57 años. ¿Cómo resumirías la trayectoria de la marca?
Josper nace de una idea que no existía en el mercado: convertir la lógica del horno de leña doméstico en un horno de brasa profesional. Josep y Pere, los fundadores, crearon un producto prácticamente único durante años y, con el tiempo, la marca se rodeó de perfiles muy gastronómicos para crecer con criterio y posicionarse donde está hoy.

¿La evolución ha sido constante o hubo un gran punto de inflexión?
Ha habido varios, pero el primero de verdad llegó a principios de los 2000. Hasta entonces Josper era una marca más regional, muy presente en España, Francia y Bélgica; el salto global empezó con la entrada en Londres, en La Petite Maison, que marcó un antes y un después.

¿Qué mercado os impulsa después de Londres?
Rusia fue clave. Durante una etapa llegó a ser nuestro principal mercado internacional, incluso por delante de España, porque allí entendieron muy bien el producto y supieron posicionarlo como algo exclusivo.

¿Qué otras palancas han sido decisivas en ese crecimiento?
La consultoría ha sido fundamental: consultores gastronómicos, ingenierías e instaladores respetan mucho el producto porque permite llevar la brasa a entornos limpios, ordenados y controlados. Otro punto clave fue entrar en Middleby hace siete años. Pasamos a formar parte de un grupo global con base en Chicago y eso nos ha dado estructura, alcance y mucha más capilaridad internacional; hoy exportamos directamente a más de 130 países.

¿Entrar en un gran grupo no pone en riesgo el alma de marca?
No. La identidad y la filosofía se mantienen, pero sí incorporas una forma de trabajar más ordenada: más planificación, más estructura y más cultura de gestión.

Muchos restaurantes ya escriben “cocinado con Josper” en la carta. ¿Qué valor tiene eso?
Muchísimo, porque es una señal de reconocimiento real del producto. Los chefs vieron hace años que el resultado no era el mismo que con una parrilla abierta y empezaron a nombrarlo en la carta para diferenciarlo; ha sido clave en la construcción de marca.

El fuego está viviendo un momento muy fuerte en cocina. ¿Qué lectura haces?
La brasa nunca se fue del todo, pero durante años quedó más asociada a entornos rurales o informales. Lo que está pasando ahora es que la alta cocina ha recuperado esa memoria del fuego y la ha llevado al siglo XXI con técnica, limpieza y control. El fuego forma parte de nuestra memoria gastronómica, en Josper solo le hemos dado un nuevo protagonismo. 

En el diálogo con chefs y grupos de restauración, ¿qué os piden hoy?
La palabra clave es escalabilidad. El sector pide cada vez más consistencia, facilidad de uso, experiencia de usuario y procesos replicables, y esa conversación está muy presente en nuestro trabajo con I+D.

¿Y a nivel culinario, hacia dónde va la demanda?
Hacia la adaptabilidad. Ya no se trata solo de hacer carne o pescado a la parrilla, sino de llevar el sabor de la brasa y del humo a otras técnicas: salteados, wok y formatos que antes no se asociaban al fuego.

¿Un Josper encaja solo en ciertos restaurantes o puede entrar en casi cualquier cocina?
Puede entrar en muchísimas más cocinas de las que parece. Si entiendes Josper como un horno de brasa, puede integrarse en cualquier cocina que trabaje con horno y cubrir procesos muy distintos, no solo asado.

¿También tiene sentido en una cocina vegana o vegetariana?
Perfectamente. Un concepto 100 % vegano puede funcionar igual de bien que uno muy carnívoro, porque el valor está en la técnica, los accesorios y el sabor de la brasa que aporta al producto.

Vuestro negocio es claramente profesional, pero ¿existe Josper para casa?
Sí. Durante años hubo demanda de chefs y restauradores que querían un Josper en su vivienda, y en 2023 lanzamos una estrategia específica con la línea Josper Casa, especialmente enfocada al mercado estadounidense.

¿Qué mantiene y qué cambia en esa línea residencial?
Mantiene la esencia del producto profesional, que era imprescindible para nosotros. Lo que se adapta es la usabilidad y la seguridad, y además se trabaja mucho la idea de fuego y brasa como punto de unión en casa.

Tenéis una relación muy fuerte con chefs de primer nivel. ¿Fue una estrategia o surgió de forma natural?
Ha sido bastante natural, porque la compañía siempre ha tenido una mirada muy gastronómica y muy cercana al oficio. Esa búsqueda nos ha dado además un posicionamiento muy sólido en un nicho tan específico como la brasa profesional.

Si tuvieras que elegir un solo producto que sube de nivel en Josper, ¿con cuál te quedas?
La alcachofa funciona de maravilla, pero yo me quedo con la berenjena. Bien trabajada, con aceite de oliva, sal y pimienta, cambia por completo; de hecho, creo que donde más se nota el salto de Josper es en los vegetales.

Y justo las verduras están viviendo un gran momento en cocina. ¿Lo notáis?
Muchísimo. Son producto estacional, sostenible, cercano y muy agradecido cuando se trabajan bien, y la brasa les da una profundidad de sabor espectacular.

¿Qué peso tienen hoy las redes sociales para una marca como Josper?
Son nuestro principal canal de comunicación, junto con la web. Nos ayudan a conectar con nuevas generaciones y mercados lejanos, aunque seguimos cuidando mucho el cara a cara en ferias, porque ahí el producto se prueba y se entiende de verdad.

¿Qué aprendizaje de la restauración te has llevado a tu vida personal?
La organización, sin duda. Antes cocinaba más por intuición y ahora planifico compras, cantidades y tiempos con una disciplina mucho más profesional.

¿Qué te apetece comer cuando no tocas el fuego?
Sigo disfrutando muchísimo de la brasa, pero cuando cambio de registro me va una buena paella, unas buenas ensaladas y también cocina japonesa. Me gusta comer de todo.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Bo Jimmy Zhu – Restaurante Haku

Bo Jimmy Zhu : “En un nigiri, el pescado es el 20% de la importancia. Al final, el arroz lo hace todo.”

 

El chef italo-japonés -italiano de nacimiento, pero de padres japoneses- dirige HAKU en Valencia con una idea muy clara: fusión sí, pero con criterio. Nada de trucos fáciles. El hilo conductor es la pureza y el respeto por el producto.  Su barra se ha hecho un hueco a base de nigiris ( la estrella es el de anguila), una lectura propia del arroz y una manera de entender la cocina que conecta con algo muy mediterráneo: cuando la materia prima es buena, lo inteligente es no estorbar. HAKU fue elegido uno de los rookie del pasado año para nuestra guía, que celebra este mes de febrero una nueva edición.

 

¿Qué es exactamente Haku? 
Haku, en japonés, tiene varios significados. Uno de ellos es “pureza”. Y para mí va por ahí: una idea de pureza, de intentar hacer las cosas de forma limpia.

— Vuestra fusión italo-japonesa no busca lo extremo. ¿Dónde pones el límite? 
Lo de “fusión” ya existe muchísimo, el Mediterráneo-japonés es muy amplio. En nuestro caso, lo de italo-japonés es simplemente juntar las dos cocinas que dominamos mejor, sin hacer cosas raras porque sí.

— La Guía Macarfi os reconoció como Rookie en la última gala. ¿Qué representan los premios para un proyecto joven?
Hoy en día cocinar muy bien, simplemente, no es suficiente. Tienes que adaptarte y evolucionar. Los premios ayudan a que te reconozcan, a captar más público. Mi sueño es que el restaurante vaya bien. 

— ¿Cómo es el día a día del restaurante en Valencia? 
Los fines de semana hay mucho trabajo, viernes y sábado por la noche estamos siempre con faena. Entre semana baja un poco, como en casi todos los sitios. Viene gente curiosa, con ganas de probar cosas distintas.

— En clave nigiri, ¿qué pescado no usarías? 
No depende solo del pescado. En un nigiri, el pescado es como el 20% de la importancia. Al final, el arroz lo hace todo. De hecho, el arroz es japonés, pero el vinagre es italiano.

— Un italiano de padres japoneses que acaba en Valencia. Parece un cuento…
Mi hermana está casada con un chico valenciano. Ella quería abrir un restaurante aquí y yo, como ya era cocinero, vine a echar un cable. Y desde ahí me quedé. Me encanta la luz del Mediterráneo, la vida que hay aquí. 

— De Valencia, ¿qué te ha conquistado a nivel gastronómico? 
El almuerzo de media mañana para coger fuerzas. El esmorzaret de las 10 es maravilloso..

— ¿Te planteas una reinterpretación italo-japonesa del esmorzaret? 
No lo sé. El desayuno japonés es muy japonés: sopa, verduras casi sin sal… No sé si pegaría mucho aquí.

— ¿Con qué te gustaría que la gente recordase HAKU? 
Como un restaurante un poco diferente. No es un japonés tradicional y no hacemos las cosas que puedes encontrar en cualquier japonés.

— A quien te dice “yo no como crudo”, ¿qué le respondes? 
Muchas veces es por tradición. Antes no se podía comer pescado crudo. Y luego también es entender el producto. La cocina japonesa es mucho de producto. La italiana a veces “ayuda” un poco más con salsas. Y algo que me sorprendió de España es que la cocina española se parece más a la japonesa: el producto es el protagonista. Si el producto es bueno, no tengo que hacer mucho.

— ¿Qué hay en tu nevera cuando llegas a casa y no te apetece cocinar? 
Mi nevera es muy triste. Latas y cervezas, poco más (risas)

— Cuando no estás en el restaurante, ¿cómo desconectas? 
En el gimnasio. Es mi mejor forma de mantenerme en forma.

— Si no existiera HAKU, ¿qué abrirías? 
Creo que podría abrir un restaurante italiano. Ahora HAKU es más japonés que italiano y podría darle la vuelta.

— Dime un recuerdo de infancia alrededor de la comida. 
La mortadela, sin duda. Es el producto que más me lleva a cuando era un niño.

— ¿Y a quién te gustaría invitar a HAKU?
Lo más divertido sería tener a Gordon Ramsay aquí dentro.

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Javier de las Muelas – Dry Martini

Javier de las Muelas: “Quentin Tarantino me confesó que Dry Martini era el bar que más le había gustado en su vida”

 

Este año se cumplen treinta años desde que tomó las riendas de Dry Martini  y Javier de las Muelas sigue hablando de coctelería como quien habla de cultura: con oficio, con memoria y con una idea fija sobre la barra como lugar de encuentro. Más que la obsesión por la marca, el destilado o la técnica de laboratorio, le interesa lo que pasa delante: el cliente, la liturgia, el ambiente, la conversación.

Pionero en abrir la coctelería a una generación que no se veía reflejada en los códigos de hotel clásico, defiende una modernidad que no necesita artificios: lo clásico bien hecho. En esta charla, mientras compartimos un cóctel a media tarde, recorre el camino, desde sus inicios a finales de los 70 a la consolidación de Dry Martini como un referente. Habla de recetas, de proyectos y recorre la historia del local a través de algunos de sus invitados más ilustres. 

Treinta años desde que te hiciste con Dry Martini. Si echas la vista atrás, ¿cómo ha evolucionado en estas tres décadas?

Lo importante no es tanto Dry Martini, sino cómo me inicio yo en el mundo del bar, en la cultura del bar. La gente me reconoce por Dry Martini, pero si hice algo especialmente particular, algo que cambiara las reglas del juego, fue antes, con mi primer bar: ahí pusimos a gente joven detrás de la barra, en chaquetilla blanca, haciendo cócteles en un momento en el que eso no existía fuera de hoteles de lujo.

¿Eso fue a finales de los 70 en Barcelona?

Sí. Yo entonces estaba en Medicina y alternaba muchas cosas: vendía cómics del mundo underground, trabajaba en conciertos de rock… y me apasioné por el mundo del cóctel. En aquella época, un bar de cócteles era cosa de hombres, y entraba muy poca gente joven y pocas mujeres. Había que cambiar eso.

¿Crees que, sin pretenderlo, rejuvenecisteis la coctelería?

En ese momento intuías que era rompedor, pero no lo ves de verdad hasta que pasa el tiempo. Luego llega la compra de Dry Martini, que ya era una marca con prestigio, y eso le da otra singularidad.

En los últimos años la coctelería se ha hecho masiva. ¿Qué te interesa y qué te preocupa de esa popularidad?

Me interesa que hoy el cóctel se disfrute también fuera de coctelerías especializadas: en restaurantes, en bares, en lo cotidiano. Lo que me preocupa es que no se pierda el oficio. El oficio es entender que los importantes están al otro lado de la barra.

Barcelona lleva años en el mapa mundial de la coctelería. ¿Por qué aquí?

Por una suma de cosas: ciudad abierta, cómoda, con cultura, con mar… y también por gente que ha venido de fuera, especialmente italianos, que se han instalado. Barcelona acoge, en general. Todo eso se traslada a la escena.

Si tuvieras que definir Dry Martini para alguien que no ha pisado el bar nunca, ¿qué le dirías en una frase?

Cuando descubrí la coctelería por primera vez, en Boadas, pensé: “Esto es una catedral”, porque para mí los bares son iglesias. Y cuando entré aquí por primera vez dije: “Esto no es una catedral: esto es el Vaticano”. Para mí, eso explica mucho.

Hablas del bar como concepto, casi como institución. ¿Qué te fascina de esa idea?

El bar es algo muy español: punto de reunión, lugar de vida. La importancia de una cafetería de pueblo o un bar de barrio es sociológica. La gente no solo viene a tomar algo; viene a encontrarse, a interesarse por quién trabaja ahí, a sentirse parte de algo.

¿Qué tipo de público convive en Dry Martini hoy?

Hay mezcla. Aproximadamente un 40-45% es clientela extranjera, según temporada. Y hay un elemento clave: es un local con alma. La gente busca alma, y hoy cuesta más encontrarla. Aquí hay autenticidad.

¿Cómo se construye esa autenticidad sin convertirla en decorado?

Con historia real. Las marcas de uso, las pequeñas cicatrices del sitio, la barra vivida. Muchos bares adoptan una estética muy de diseño, muy de interiorismo, pero se quedan sin espíritu. Un bar necesita oficio, y el oficio se nota.

El dry martini como cóctel se ha convertido en icono. ¿Dónde está su éxito?

En la humildad y en la sencillez. Evoca literatura, cine… es el rey de los cócteles. Y esa simbología se ha ido haciendo grande con el tiempo.

¿La ginebra sigue mandando en el mundo de la coctelería

En nuestro caso sí. Lo hacemos más con ginebra que con vodka, como en países anglosajones. Pero en coctelería también son básicos el ron, el brandy… El brandy, por ejemplo, es un ingrediente de gran valor. Nosotros trabajamos proyectos con brandy, con tequila… al final hay un universo enorme.

¿Cuál es el mayor malentendido sobre lo que hace un bartender?

Olvidar que esto va del cliente. Saber callar, saber escuchar, situarte. Si entiendes el oficio, entiendes a las personas: las barras cuentan mucho de quien se sienta en ellas.

¿Se bebe mejor ahora que antes?

La gente viene más informada, sí. Pero otra vez: no me obsesiona que una ginebra tenga cien destilaciones; probablemente le sobran noventa y nueve. Lo importante es la liturgia: como en una iglesia, importa cómo se oficia, no solo el “vino” que uses.

¿Te interesa la coctelería espectáculo, la que busca la foto?

Es otra vertiente, no la juzgo, pero no es la mía. Para mí el bar no es un escaparate. Aquí hay clientes que vienen a diario: gente que viene sola, a leer la prensa, a trabajar, a pensar. Un bar también es un lugar de recogimiento.

¿Eres bebedor?

No, no suelo ser bebedor. No soy de ir obsesionado por probarlo todo. Me gustan los clásicos: el dry martini, el pisco sour, el negroni… y el momento lo es todo: no es lo mismo estar solo que acompañado, viajar que estar en tu ciudad.

Si tuvieras que elegir un negroni perfecto, ¿dónde lo tomarías?

Me imagino en una terraza, en Barcelona, en Madrid o en Roma, con un vaso frío, el color, la luz… y música. El negroni tiene algo mágico.

¿Tú tienes redes sociales?

A nivel de empresa sí, pero yo personalmente no. Y tampoco es algo que me preocupe.

¿Quién te gustaría tener sentado en tu barra?

Tengo varios nombres. A Sharon Stone, por ejemplo, porque le creé un cóctel hace años, y me parece una mujer con valores. Madonna también tuvo durante mucho tiempo un predicamento especial para mí. Y como iconos, Rita Hayworth o Marilyn Monroe.

¿Algún famoso que haya pasado por aquí y del que guardes un buen recuerdo?

Hemos tenido a Quentin Tarantino. Y dijo que era el bar que más le había gustado en su vida. Y tuve además la oportunidad de enseñarle a mover la coctelera a Bryan Ferry cuando presentó el disco Avalon.

En Dry Martini también hay gastronomía. ¿Cómo se integra en un bar como este?

La coctelería ya es gastronomía. Y además fuimos pioneros en maridajes: tenemos menús de cóctel y plato. Eso exige trabajarlo mucho: el cóctel tiene que conversar con el plato, no imponerse.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Nacho Ventosa – Restaurante Los 33

Nacho Ventosa, de Los 33: “No hay mejor espectáculo visual que un buen fuego”

 

Los 33, que en mayo cumple 4 años, se ha convertido en uno de esos sitios imprescindibles que obliga a hacer las cosas con la cabeza bien amueblada. Nacho Ventosa lo explica de forma natural: el éxito no estaba en el guión, y la única manera de que funcione y se mantenga es trabajar como si aún estuvieran empezando. Esa es la fórmula. 

Detrás del proyecto están Nacho y Sara, socios y pareja, con un intenso aprendizaje previo: Sara creció literalmente entre barras -su familia está detrás de El Viajero-, y juntos levantaron durante años un concepto que ha acabado dándoles oficio. En Los 33, la parrilla nace de un viaje a Uruguay, pero aterriza en Madrid con una idea clara: quitar solemnidad, acercar el fuego al público. Y esa lista de espera interminable (de las mayores de España) parece que les ha dado la razón. Pero ellos siguen con los pies muy en la tierra. 

¿Qué decisión concreta dirías que cambió el destino de Los 33 desde el día uno?

Ojalá supiera decirte “la” receta, pero no la sé. Sería muy pretencioso. Lo que sí te puedo decir es que somos muy obsesivos con el detalle y con el negocio, y cada día entramos con la idea de que todavía tenemos muchísimo margen de mejora.

Firmas Los 33 junto a Sara. ¿Fue vuestro primer proyecto juntos?

No. Sara viene de una familia de hostelería: su familia montó El Viajero en La Latina y ella creció entre cañas, barras y barriles. Cuando nos conocimos, los dos éramos muy workaholics y emprendedores. Al poco de empezar, montamos un proyecto efímero que duró unos seis años y que mutó en Manzana Mahou, en el Palacio de Santa Bárbara. Eso nos dio mucho know-how: durante seis años, en la práctica, abres y creces un restaurante.

¿Qué os aportó también gestionar un sitio ya mítico como El Viajero?

Mucho callo. Hace años nos quedamos con El Viajero y lo reformamos y actualizamos porque, después de más de dos décadas de trote, estaba muy castigado. Reflotar algo y devolverlo a la vida es incluso más duro que arrancar de cero: aprendes a tomar decisiones con más perspectiva.

Cuando alguien escucha “asador”, imagina una cosa muy concreta. Pero Los 33 es otra cosa…

Nosotros quisimos ir un poco en contra: descontextualizar la parrilla y quitarle solemnidad. Aquí, en España, la parrilla suele ser algo muy serio, muy “importante”, con grandes piezas y una liturgia muy marcada. Y nosotros queríamos hacerlo más cercano.

Hay una pasión general por el fuego. ¿Por qué crees que conecta tanto ahora?

Porque no hay mejor espectáculo visual que un buen fuego: una chimenea o una brasa ya son un show en sí mismos, por la luz y por lo que generan. Y también porque hay una vuelta al origen: al producto, a tocar lo menos posible, a la esencia. En nuestro caso, además, cocinamos con leña; es distinto a la brasa tradicional de carbón.

La lista de espera es un arma de doble filo. ¿Cómo se gestiona sin convertirla en un trofeo ni en una frustración?

Todos abrimos preparados para el fracaso y nunca para el éxito. La lista de espera nos la hemos encontrado y la hemos ido gestionando como hemos podido. Con mucha verdad: agradeciendo a quien llama y quiere venir a nuestra casa, intentando ser justos y sin hacer preferencias.

¿Cuál es el error más típico de los restaurantes que se ponen en boca de todos… y que vosotros queréis evitar?

Creértelo. Ese es el mayor error. Yo vengo del mundo de la música y sé que estas cosas pueden ser temporales. Hay que disfrutarlas, sí, pero lo que haga que dure más o menos depende de lo bien que lo hagas cada día.

¿Cómo os repartís roles tú y Sara en el día a día?

Nosotros somos empresarios y tenemos equipo. Hay unas 70 personas y un jefe de cocina, Rolando, que es una parte clave del proyecto. Nosotros coordinamos: yo estoy más en sala y en el día a día; Sara también está muy encima, aunque de forma distinta.

¿Tenéis una regla para no hablar del restaurante en casa… o eso es ciencia ficción?

No, la verdad. Además, ahora tenemos hijos y, cuando llegas a casa, te ocupan muchísimo y te sacan del trabajo. Pero, aunque lo hemos intentado, a veces en la cama sale un tema y acabas hablando de lo que está pasando.

El restaurante cumple cuatro años. Si miras atrás: ¿imaginabais estar así?

Cumplimos cuatro años en mayo. Encontramos el local en febrero de 2020, en plena pandemia. La obra y la preparación del concepto fueron lentas; nos lo tomamos con tiempo. En realidad, no estás preparado para esto: estás preparado para abrir un local e intentar no cerrarlo en los primeros años.

Si el local está a reventar: ¿qué detalle de la experiencia es intocable?

El concepto inicial. Tienes que adaptar el negocio a lo que te marcan los clientes, el personal, el momento, la época, el barrio… pero sin olvidar el concepto. Eso es lo que te hace creíble y lo que te da un sello.

¿Qué es más difícil: crear ambiente o sostenerlo todos los días?

Sostenerlo. Estar ahí todos los días para que no baje el ecosistema que se crea alrededor del fuego y de Los 33. La clave es intentar hacerlo mejor cada día: si funcionó ayer, que salga mejor mañana.

Si tuvieras que elegir un plato que defina Los 33…

El concepto nació en Uruguay, viendo cómo cocinaban un mixto de parrilla. Queríamos que esa idea estuviera en la carta porque define lo que queríamos ser. Los 33 es un restaurante que abre todo el día, es cercano, y busca que te sientas en casa. En ese sentido, el bikini también cuenta mucho de nosotros.

Cuando Sara y tú salís a comer, ¿qué os apetece de verdad?

Depende del momento. A veces sales a celebrar y te apetece probar o disfrutar de un restaurante. Pero muchas veces lo que más nos apetece es estar en casa, con comida sencilla: unos macarrones y poco más.

Entonces, ¿qué suele haber en vuestra nevera?

Yo intento no cenar, y Sara igual. Como aquí o fuera para ver qué se cuece por Madrid. En casa hay yogures, lo que comen los niños, pollo, sopa, caldo… básicamente comida de niños.

¿Cómo os lleváis con las redes sociales?

Fantástico, porque prácticamente no las practicamos. Tenemos un Instagram con muchos seguidores y no publicamos post  Solo subimos stories. Parte de nuestro ADN es que el restaurante se vea a través de los ojos de la gente: preferimos eso a una foto “perfecta” hecha por un fotógrafo.

¿Te molesta que la gente fotografíe platos o esté pendiente del móvil?

A mí no me incomoda nada. Mientras sea respetuoso con los demás, cada uno está en su mesa y en libertad de disfrutar como quiera.

Vienes de la música. ¿Qué te dio ese mundo que hoy te sirve en hostelería?

La obsesión por los detalles, sobre todo por los que no se ven. Y la multinacional musical me enseñó la importancia del back office: a corto plazo parece lo menos rentable y lo más difícil de justificar, pero a medio plazo es lo que más te hace ganar.

Si Los 33 fuese un sello discográfico, ¿qué sonaría?

Sería un sello con gusto analógico. Tenemos una colección grande de vinilos y un equipo de sonido de estudio de los años 70. Todas las noches hay un DJ. No ponemos modas actuales: tiramos a clásicos, a música de los 60, 70, 80… y el sonido evoluciona según avanza el día, igual que evoluciona el ambiente.

¿A qué celebrity te gustaría ver cenando aquí?

No tengo ni idea, de verdad. Intentamos ser muy respetuosos con quien viene. Para nosotros, cualquiera que entra por la puerta es una celebrity: tratamos a todo el mundo con el mismo cuidado.

Mirando a futuro: ¿qué te gustaría que dijeran de Los 33 dentro de cinco o diez años?

Que sigue siendo un sitio al que la gente quiere ir. Que sigue teniendo vida.

¿Tenéis algún otro proyecto gastronómico en marcha?

Estamos con otro proyecto ligado al mundo del pescado.

¿Cómo ves el momento actual de la gastronomía de Madrid?

Madrid está en un nivel altísimo, de ciudades top de Europa. Con lo bueno y lo malo: para el cliente es una maravilla, pero hay tantas aperturas semanales que es difícil que la ciudad lo absorba todo. Aun así, el momento es muy potente.

 

Texto: David Ruiz

Foto: cedida

Xavier Pellicer – Restaurante Xavier Pellicer

Xavier Pellicer: “Si tras ocho platos no te sientes pesado es que hemos hecho bien los deberes”

 

Está al frente de uno de los restaurantes de comida saludable más famosos de España, ubicado en el Eixample barcelonés. Su propuesta es una cocina sin artificio y un menú que busca algo concreto: que salgas feliz de la mesa… y que tu cuerpo no te pase factura después. 

Entre etiquetas gastadas, redes que exigen presencia constante y un sector que también necesita sostenibilidad económica, el chef catalán, cuyo restaurante fue elegido en 2018 mejor restaurante de verduras del mundo, defiende un modelo sencillo: el de comer bien y sentirse mejor. Y no solo con verduras y hortalizas. En su propuesta caben carnes y pescados, pero todo en una armonía perfecta para cuerpo y mente. 

 

– Hace poco recibiste el premio Barcelona Restauración por la sostenibilidad y cocina saludable. ¿Qué representa para ti? 
Los reconocimientos suelen llegar un poco tarde. Pero este confirma que lo que empezamos a proponer hace diez años, hoy empieza a tener luz. Con constancia e insistencia en una filosofía de trabajo, la gente se da cuenta.

– Cuando un comensal dice “me siento ligero, pero he comido increíble”, ¿qué te provoca? 
Que se cierra el círculo. Nuestro dogma es el placer de la ingestión y el bienestar de la digestión. Si después de un menú de siete u ocho platos no te sientes pesado, es que hemos hecho bien los deberes al componerlo.

– Comer ligero no es solo verduras. ¿Cómo integras proteínas, carnes o pescados sin perder esa ligereza? 
Seguimos creciendo, pero la base es la misma: nutrición ayurveda, medicina india, y equilibrio. Menús sin gluten, sin lactosa prácticamente, y si aparece en el menú omnívoro o vegetariano es en proporciones que no inflaman. Miramos mucho el balance entre proteína y vegetal y calculamos carbohidratos. Usamos mucho kuzu, que rectifica el intestino y además nos ayuda a ligar salsas sin mantequillas, cremas o leche. Eso hace la cocina más ligera y, a la vez, más fiel al sabor natural del producto.

– “Healthy” es una etiqueta omnipresente. ¿Qué te gusta y qué te molesta de esa palabra? 
Hace diez años igual no me molestaba porque casi nadie la usaba. Hoy, como pasa con “sostenible”, hay un punto en el que la etiqueta no refleja el esfuerzo real. “Healthy” en inglés se usó para llegar a más público, pero a veces ya parece esnobismo. Prefiero hablar de cocina saludable, equilibrada.

– Si tuvieras que elegir un plato que te represente, ¿cuál sería? 
Es difícil reducirlo a uno, pero la patata y judía es muy representativa. También la zanahoria. Esa patata con judía conecta con la cocina doméstica. Y cuando alguien te dice “me has llevado a mi abuela, a mi madre, a la cocina pelando patatas”… eso emociona.

– Sigues obsesionado con el aprovechamiento, pero sin la “bronca”. ¿Cómo lo vives hoy? 
Aprovechar al máximo es la forma. Cuando tienes un vegetal vivo, todas sus partes son comestibles y hay que saber darles uso. Es un trabajo interior y profesional: entender el vegetal, la carne o el pescado como un todo, no buscar solo la parte “bonita”.

– ¿Has descubierto algún vegetal nuevo que te haya sorprendido últimamente? 
Más que “exótico”, me sorprenden cosas que llegan del trabajo de agricultores del territorio. Ahora, por ejemplo, la fioreta, la flor de la coliflor. Y una “lengua de buey”, una lechuga nueva que hemos probado este año y es extraordinaria. 

– ¿Te preocupa el giro hacia cultivos más rentables económicamente? 
Me preocupa el enfoque exclusivo en la rentabilidad. Es necesario, claro, pero a veces dejamos cultivos tradicionales para ir a formatos más transgénicos, híbridos o hidropónicos. Yo intento evitarlos no por rechazo, sino por filosofía: me interesa arropar el sector primario más básico, estar cerca, trabajar también desde una mirada más holística, de energías. 

– Es época de trufas y la incluyes en tu oferta. ¿Qué buscas en ella? 
Cuando era jefe de partida en París, en el 92, en temporada de trufa llegaban cantidades enormes y yo tenía que seleccionarlas una a una: por tamaño, por punto, por uso. Ahí aprendí a entender qué trufa me gusta: la que tiene un gusto más lleno, que recuerda al whisky, al coñac viejo, a armario de madera antigua… esos aromas son los que busco.

– Fuiste presidente del jurado europeo de los Young Chef Awards. ¿Qué le exiges hoy a un joven cocinero para creer en él? 
En el debate del jurado dimos prioridad a que transmitiera su origen en el plato. Nos pesó mucho que se note de dónde viene. También el equilibrio, la sensatez, la delicadeza y la técnica bien elaborada. La juventud sube con ambición, con ganas de demostrar que en su lugar se hacen cosas distintas.

– Se dice que la gastronomía española vive un gran momento. ¿Dónde ves la grieta? 
A nivel económico hay una desaceleración clara del consumo en alta gastronomía. Solo hay que mirar cierres y traspasos. La calidad de la oferta es extraordinaria y la cocina de identidad y territorio sigue muy latente, pero la sostenibilidad empieza por la económica. No creo en ningún negocio que no tenga sostenibilidad económica desde el inicio. Si no, estás muerto: cierras y te replanteas otras cosas.

–  Si pudieras inventar un producto de la historia, ¿cuál sería? 
La mayonesa me parece un gran invento. Con un huevo y aceite… es espectacular.

 ¿Tu cena en modo piloto automático? 
No ceno tarde. Eso me lo quité hace tiempo. Ceno a las siete y media. 

– Más allá de comer saludable, ¿qué le falta a la vida de una persona para estar bien? 
No comer y acostarte con la barriga llena haciendo digestión. Para descansar es lo peor. El gran mal del cocinero es llegar por la noche con hambre, comer y dormir así.

– Confiesa: ¿qué “capricho” te da vergüenza admitir? 
Patatas chips. Pero intento elegir opciones con mejor aceite y sin glutamato.

Un plato que te lleve directo a la infancia
El couscous, un asado de ternera lechal, la patata con judía… y ese olor del agua hirviendo con la judía tierna. Lo tengo muy presente.

– ¿Qué relación mantienes con las redes sociales? 
Tengo un Instagram que apenas uso y el del restaurante que se mueve más, pero tengo que mejorar la comunicación. Meter el móvil mientras preparo unas alcachofas, me cuesta. 

– Si pudieras cocinar para una celebridad, ¿Quién sería? 
Nos apetecía mucho que se acercara Chris Martin de Coldplay… y ¡vino! Y nos invitó luego a todos: 20 entradas para el concierto. También me parecería interesante alguien como Hansi Flick, el entrenador del Barça. Pero han venido muchos actores, músicos, deportistas… al final son gente normal. Cuando vino Richard Gere flipamos, porque lo ves como lejísimo, pero luego es normal.

– ¿Qué opinas de fotografiar los platos? 
Si se enfría el plato, prevalece el plato sobre la foto. A mí no me molesta, pero creo que quien hace la foto debería tener criterio: si te pierdes la realidad del plato por buscar la luz perfecta, el problema es ese. Yo he dejado de fotografiar platos.

Un objetivo para 2026 
Seguir con lo que estamos haciendo. Nunca se sabe: siempre hay cosas que apetece transformar. Mis ciclos vitales se mueven en septenios y decenios: siete años aquí, diez desde el otro proyecto. Estamos bien, el proyecto se consolida, la gente sale contenta. 

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Luis Suárez de Lezo – Presidente de la Real Academia de Gastronomía

Luis Suárez de Lezo, presidente de la Real Academia de Gastronomía: “Me emociona por igual la cocina que innova como la que se ancla en las raíces”

 

España presume -con razón- de producto, talento y un estilo de vida que gira alrededor de la mesa. Pero el reto ya no es solo mantener el nivel: es protegerlo. Luis Suárez de Lezo pone el foco en lo que no siempre se trata con la seriedad debida: el acceso al talento en toda la cadena de valor, la necesidad de creernos (de verdad) lo que significa la gastronomía para España y la responsabilidad que implica opinar cuando una reseña puede afectar a la vida de varias familias. Y nos confiesa su debilidad por las patatas fritas. 

 

– ¿Qué tema gastronómico te parece crucial y sin embargo no está en la conversación pública?

Aunque sí que está en la opinión pública, no se está tratando como debería el tema del acceso al talento, no solo en hostelería sino en toda la cadena de valor. Tenemos que establecer estrategias para conseguir que la gente quiera trabajar en este sector y que sea más atractivo de lo que es ahora, porque sino vamos a tener un problema importante en algo relevante para nuestro país.

– ¿Qué hemos hecho bien como país gastronómico en estos últimos 10 o 15 años?

Estamos en uno de los mejores momentos por el incremento de la calidad y la búsqueda de la excelencia, en general, en todos los productos y en todos los establecimientos, y prácticamente en toda la cadena de valor, incluso en la industria alimentaria. Se ha profesionalizado mucho el uso de las tecnologías, de la innovación. Eso nos convierte en una de las potencias mundiales en el ámbito de la gastronomía.

— Y aunque resulte un poco incómodo decirlo, ¿qué estamos haciendo no del todo bien o qué sería mejorable? En dos frases.

Lo primero es no creernos la importancia que tiene la gastronomía para todos los ámbitos de nuestra vida: desde la salud, a la economía, al empleo, al turismo, a la sostenibilidad, a la cultura. Además, no nos creemos que somos tan buenos y que somos realmente los mejores del mundo. 

— ¿Qué te gustaría que se entendiera fuera de España sobre nuestra cocina, que hoy a lo mejor no se entienda del todo bien?

Somos el país con el mejor producto y no siempre se ve así. Esta forma de relacionarnos con la comida está presente en todas las esferas, desde la más personal, hasta la profesional.

— ¿Hay que salir del “topicazo” de la paella? 

Afortunadamente en España no solo tenemos platos tan relevantes como la paella. Al revés, lo que tenemos es un acceso, con dos mares y un océano, a los mejores pescados y mariscos que se pueden, tenemos vacuno, cordero, verdura… Tenemos tesoros únicos como las dehesas y el cerdo ibérico, un aceite de oliva que es de los mejores del mundo, si no el mejor, y tenemos vinos de primer nivel en todas las provincias y regiones de España … o sea que podemos sacar pecho.

— ¿Crees que el relato de potencia gastronómica se sostiene igual en todas las capas: alta cocina, casas de comida y bares?

Empezó en la alta gastronomía y de repente se está extendiendo como una mancha de calidad por todos los pueblos, ciudades y provincias del país. Las casas de comida han mejorado enormemente en los últimos años, un ejemplo en Madrid, son los restaurantes centenarios. Y los bares están en su mejor momento. Han mejorado muchísimo las coctelerías, y los mercados están haciendo un esfuerzo por adaptarse a nuevos hábitos de consumo. Se está produciendo un gran cambio.

— En un momento de sobreinformación, ¿qué papel deben jugar las guías gastronómicas?

Me parecen muy importantes y creo que, con la cantidad de información que hay, por lo menos te dan una opinión con la que puedes estar más o menos de acuerdo, pero que ayuda mucho. 

— ¿Qué cocina te emociona más: la que innova o la que se ancla en las raíces?

Depende del día, depende de con quién vaya, depende de lo que esté celebrando, creo que hay espacio para todo y me emocionan ambas. 

— Redes sociales e influencers gastronómicos: ¿han mejorado o empeorado la gastronomía?

Creo honestamente que la han mejorado pero lo que pediría es un poco más de exigencia en la búsqueda de a quién sigues, de a quién lees, o sea, qué información consumes. Lo que pido a la gente aficionada a la gastronomía, es que sean capaces de detectar dónde hay criterio, dónde hay conocimiento, y dónde les están contando cosas de verdad.

— ¿Fotografiar los platos interfiere en la experiencia o ya es parte del mundo actual?

A mí me gusta hacer fotos a los platos, recordar las comidas que hago, me gusta guardarlas en carpetas para luego ver la evolución cuando vuelvo todos los años. Y me cuesta decir que no me parece bien que fotografíen. 

— ¿Qué plato o experiencia te sigue emocionando sin necesidad de novedades?

Unos huevos con patatas o una liebre royal, por ejemplo. Me fascinan los platos de cuchara, un buen pescado a la parrilla del norte hecho en Getaria. 

— ¿Y ese pequeño vicio casi inconfesable?

Unas patatas chips de bolsa. Yo con las patatas fritas me vuelvo loco. Y soy capaz de comerlas a las 11 de la noche. Es una tara como otra cualquiera (risas).

— ¿A quién invitarías a tu casa y qué le prepararías? 

A mi antepasado, Don Blas de Lezo. Me encantaría comer con él y que me contara su vida, que fue fascinante. Novena generación, para que me explicara cómo le fue en su batalla de Cartagena de Indias.

— ¿Qué hay en la nevera de la casa de un presidente de la academia?

Una botella de manzanilla siempre, preparada para consumir en cualquier momento. Y quesos.

— Si pudieras dejar una idea clara sobre la gastronomía española para los próximos 10 años, ¿cuál sería?

Que la gastronomía se convierta en una cuestión de Estado y que seamos capaces de establecer estrategias globales para todos los sectores. Y que, entre todos, tanto la sociedad como los medios de comunicación y sobre todo la administración, seamos conscientes del valor que tiene para nuestro país. Eso lo mejorará en todos los ámbitos.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Miguel Aguado – Wolstton Coffee

Miguel Aguado: “Me sentaría a tomar un café con Amancio Ortega y con Rafa Nadal, por lo que representan”


Wolstton Coffee no nace desde el marketing ni desde una moda pasajera, sino desde un deseo concreto: devolver al café el nivel de exigencia que sí tienen otros productos gastronómicos. Miguel Aguado, fundador y CEO de la marca, habla sin atajos de origen, cápsulas, restauración y de por qué el café, todavía hoy, sigue siendo el olvidado de la experiencia gastronómica.

 

– Wolstton nace en 2021, pero el origen es bastante poco convencional. ¿Cómo empieza realmente todo?
Empieza casi por casualidad. Yo era socio de un hotel en Formentera y, además, gestionaba el restaurante. Intentábamos cuidar absolutamente todos los detalles: el producto, el servicio, el espacio… hasta que un día me di cuenta de que había algo que no habíamos cuidado nada: el café. Y eso, en un hotel y especialmente en los desayunos, es clave. 

– ¿Dirías que el café ha sido históricamente el gran olvidado dentro de la restauración?
Sin ninguna duda. Creo que no hay otro producto en la restauración que se haya tratado con tan poco cariño como el café. Sigues yendo a restaurantes extraordinarios donde todo está muy bien… y el café es simplemente algo que te dan al final para cumplir.

– ¿En qué momento decides que esto no iba a ser solo mejorar un café, sino crear una marca?
Cuando empiezo a entender el nivel de calidad que existe en el café de especialidad y veo que prácticamente no se estaba trasladando ni al consumidor final ni a la restauración. Ahí es cuando se empieza a gestar la idea de crear una marca muy orientada a la máxima calidad.

– Trabajáis exclusivamente con café de especialidad. ¿Qué significa eso exactamente?
Que trabajamos con cafés que están dentro de ese 4 % del café mundial que alcanza la categoría de especialidad. Para llegar ahí, el café tiene que ser evaluado y puntuado por la SCA, la Specialty Coffee Association. El resto del café del mundo no entra en esa categoría.

– Al principio solo trabajabais con cápsulas, algo poco habitual en este segmento. ¿Por qué esa decisión?
Porque vimos una oportunidad muy clara. En España hay una penetración enorme de la cápsula en los hogares y, sin embargo, la calidad que se estaba ofreciendo era muy mejorable. Siempre se ha visto la cápsula como algo menor dentro del mundo del café, especialmente entre los puristas.

– ¿Qué le dirías a quien piensa que cápsula y calidad son conceptos incompatibles?
Que es una visión muy simplista. Evidentemente, una cápsula no tiene la frescura de un café recién molido, eso es indiscutible. Pero también tiene muchas ventajas, sobre todo para el consumidor y para ciertos modelos de restauración. Nosotros defendemos la cápsula como una solución de calidad, bien hecha y bien pensada.

– Usas a menudo una comparación muy gráfica.
Sí, siempre digo que es como comparar un jamón entero con el jamón en sobre. El jamón entero es maravilloso, pero requiere tiempo, conocimientos, consumo rápido y cuidado. La cápsula es práctica, consistente y permite disfrutar de un buen producto sin esa complejidad.

– Además, sois pioneros en introducir la cápsula en el canal Horeca.
Para muchos restaurantes, una máquina tradicional tiene demasiadas limitaciones: espacio, mantenimiento, formación del personal… Una máquina de cápsulas permite ofrecer un café de alto nivel con mucha más facilidad y consistencia, especialmente en locales donde el café no es el eje del negocio.

– Vuestras cápsulas, además, son compostables.
Desde el primer día. Están hechas a partir de derivados del maíz y no llevan ni plástico ni aluminio. Queríamos nacer ya alineados con una visión más responsable.

– ¿Qué te interesa más: ¿el origen del grano, el sabor o la experiencia completa?
El café no es solo el grano. Es cómo se presenta, cómo se sirve y cómo se disfruta. Por eso incluso hemos desarrollado una copa específica para café, fabricada en la Real Fábrica de Cristales, igual que se hace con el vino.

– El packaging de Wolstton es especialmente llamativo.
Es una parte fundamental de la experiencia. Nos hemos dado cuenta de que tenemos uno de los packagings más lujosos y detallados del mundo del café, y eso nos ha abierto puertas en mercados como Singapur, Australia, Estados Unidos, Oriente Medio….

– ¿Qué perfil de consumidor conecta mejor hoy con la marca?
Detectamos sobre todo un perfil femenino, entre 30 y 45 años, con cultura gastronómica y poder adquisitivo medio-alto. Personas que valoran el detalle y la calidad.

– El café de especialidad vive un momento de efervescencia en España. ¿Moda o cambio real?
Cambio real. Gracias a pequeños tostadores y cafeterías especializadas, la gente empieza a entender que el café puede ser algo más. Antes el café era una lotería; ahora, cuando lees “café de especialidad”, sabes que hay una intención detrás.

– ¿España tiene cultura de café?
De café, sí. De buen café, todavía estamos aprendiendo. Consumimos mucho, pero durante años se ha priorizado el precio y el rendimiento frente a la calidad.

– ¿Cómo se hace crecer una marca sin perder su esencia?
No aspirando a crecer sin límite. Trabajamos con cafés exclusivos y limitados. Si el volumen compromete la calidad, preferimos no crecer. Nuestro sitio es un nicho muy concreto.

– A nivel personal, ¿cómo es tu relación con el café?
Tomo dos cafés por la mañana y un descafeinado por la tarde. Siempre solo, sin azúcar ni leche. Un buen café tiene su propio dulzor natural.

– Si pudieras sentarte a tomar un café con alguien, ¿a quién elegirías?
A Amancio Ortega y a Rafa Nadal. Por admiración y por lo que representan.

– Para terminar, ¿qué te gustaría que quedara de Wolstton dentro de diez o quince años?
Que se recuerde como una marca pionera. Que ayudó a cambiar la manera de entender y servir el café en España, siempre desde la máxima calidad.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTOS. CEDIDAS

Inés Basterra – Hoy Comemos Sano

Inés Basterra: “Un simple guiso de garbanzos con calamares ha sido uno de mis grandes éxitos”.

 

Dejó su trabajo en marketing y convirtió un proyecto personal en una comunidad de más de un millón y medio de seguidores. Hoy, es una de las voces más influyentes de la cocina saludable en redes donde arrasa con su cuenta Hoy Comemos Sano, en Instagram. 

 

Hablamos con ella de cambios de vida, de recetas virales y de tradición, de maternidad, de la presión de las redes y de cómo se construye una carrera desde la intuición, la constancia y el disfrute. También de neveras reales, de placeres confesables y de restaurantes que dejan huella.

Tu historia empieza en una playa de Cádiz. ¿Azar o destino?
Un poco de las dos cosas. En 2017 dejé mi trabajo en marketing, cogí mis cosas y me fui, desde el País Vasco a Cádiz con mis padres, que acababan de jubilarse. Estaba en una playa, una de mis favoritas, y tuve una sensación muy clara de “ahora o nunca”. Sentía que necesitaba parar, cambiar de ritmo, tener luz, calma e inspiración para atreverme a apostar por lo mío de verdad. Y ese lugar me lo daba todo.

Antes de eso, ¿ya sabías que querías dedicarte a la cocina?
Sabía que me apasionaba, aunque no tenía del todo claro que pudiera ser una profesión. Tenía un blog, subía recetas, me movía en redes… y poco a poco me di cuenta de que eso me motivaba mucho más que mi trabajo. Cuando vi que había gente que ya vivía de ello, entendí que yo también podía intentarlo, pero solo si apostaba de verdad.

¿Qué receta marcó el primer gran “click”?
Unos espárragos trigueros con huevos escalfados y jamón ibérico. Era muy sencilla, pero tuvo un éxito enorme. Ahí entendí de verdad que se come por los ojos: el color de la yema, el verde del espárrago, el brillo del jamón… Todo contaba. Esa receta me hizo ver que iba por buen camino.

Si hoy hablaras con la Inés de hace diez años, ¿qué le dirías?
Que disfrute mucho del chute de ilusión, porque es una fuerza brutal, pero que no se asuste cuando lleguen los momentos de duda, de bajón o de cansancio. Todo eso también forma parte del proceso y, al final, las cosas se colocan.

Vienes de familia muy cocinera. ¿Eso pesa?
Muchísimo. Mi abuela paterna era medio francesa y cocinaba increíble. Mi padre es un gran cocinero, muy de producto, muy vasco. Yo empecé a cocinar con mi abuela desde muy pequeña. Para mí la cocina siempre ha sido hogar, refugio y punto de encuentro.

Tu cocina es saludable, pero cero aburrida. ¿Ese es el secreto?
Sí, totalmente. Siempre he querido que la gente entienda que comer sano no es comer triste ni estar a dieta. Se puede ser rápido, rico, creativo y visual. Comer bien tiene que apetecer, no dar pereza.

Desde fuera parece fácil, pero detrás de cada vídeo hay horas.
Muchísimas más de las que se ven. Grabación, edición, locución, limpieza, planificación… Para sacar 30 segundos de vídeo igual has estado casi una hora grabando. Y antes de eso hay un trabajo creativo de pensar la idea, ver si puede funcionar, cómo contarla. Hoy ya se entiende como una profesión, pero ha costado mucho llegar ahí.

¿Qué receta te ha sorprendido más por su éxito?
Un guiso de garbanzos con calamares. Pensé que algo tan tradicional no encajaría en redes, y fue un éxito brutal. Lo he repetido varias veces y siempre funciona. Me encanta porque demuestra que la cocina de siempre sigue teniendo muchísimo tirón.

¿Y una que no funcionó como esperabas?
Unas flores de calabacín al horno con huevo, jamón y queso. Me parecían preciosas, súper vistosas… y no terminaron de gustar. A veces no sabes muy bien por qué, pero Instagram decide.

Últimamente hablas mucho de especias.
Porque me han descubierto un mundo nuevo. Un mismo plato puede transformarse completamente solo cambiando las especias. De repente viajas a Asia, a México o a la India sin moverte de tu cocina. Me parece algo mágico.

Abrimos tu nevera un martes cualquiera. ¿Qué encontramos seguro?
Huevos, siempre. Yo como huevos prácticamente todos los días, igual que mi hija. También queso de cabra, kéfir, yogur… Son mis básicos.

¿Tu plato salvavidas para un día caótico?
Los tarros de verduras. Unas judías verdes con un buen aliño, un poco de queso o jamón, o un salteado rápido con cebolla. Son un recurso infalible cuando no tienes tiempo.

Un restaurante que te haya marcado últimamente.
La Viña de Abelardo, en Bilbao. Producto espectacular, cocina muy honesta. Me quedé con muchísimas ganas de volver. Ahora además tengo antojo de cocina asiática, aunque no suele ser lo mío.

Un placer culpable pero confesable.
Las patatas fritas de bolsa. No las de freír en casa: las de bolsa. Y sí, tengo mi ranking.

El plato que te habría gustado inventar.
La tortilla de patata. Jugosa, bien hecha, la auténtica.

Tienes una comunidad gigantesca. ¿Te pones techo?
No, ahora mismo mi mayor reto es mantenerme. Las redes van a una velocidad brutal y o evolucionas con ellas o te quedas atrás. Ese es mi foco ahora mismo.

¿Te interesa la tele, la radio…?
Comunicar me encanta y la radio, especialmente, me apasiona. Me siento muy cómoda en ese formato.

Un sabor que te lleve directa a la infancia.
La bechamel, sin duda.

Dentro de cinco años, ¿qué te gustaría leer sobre ti?
Que sigo donde estoy ahora. Eso ya sería un logro enorme, porque ahora mismo estoy en un muy buen momento personal y profesional.

Un plato fácil para triunfar en Navidad.
Mi crema de marisco. Es una apuesta segura, la hago todos los años y mucha gente me dice que la repite en casa. Y de postre, mis turrones saludables de chocolate con cereales inflados.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTOS: CEDIDAS

Manu Lachica y Rita Llanes- Restaurante Leartá

Manu y Rita, copropietarios de Leartá: “No nos representa el caviar; somos más de altramuces”.


Un restaurante de sólo cinco mesas y una visión libre que ha convertido a Manu y Rita en uno de los Rookies del año para la guía Macarfi. Bienvenidos a su pequeño refugio creativo en el corazón de Sevilla.

 

Leartá no es un restaurante: es una casa pequeña, luminosa y hecha a mano, donde Manu, sevillano y Rita, catalana, trabajan como quien afina un oficio antiguo. Forja, cerámica, madera… En este acogedor local del centro de Sevilla, todo tiene una historia, una huella y un gesto artesano. Incluso su cocina cercana invita a convivir con ellos como en aquellas comidas familiares en las que el cocinero apenas se separaba de la mesa.

Su propuesta nace de una idea sencilla: cocinar con libertad. No siguen dogmas, ni recrean recetas tradicionales al pie de la letra, ni persiguen técnicas por obligación. Lo suyo es traducir momentos. El verano puede ser un melocotón en la playa; un aperitivo sevillano, un juego entre altramuz y aceituna; una regañá, un universo entero de texturas. Y todo desde un espíritu honesto, ligero, que se aleja de lo pretencioso y se reivindica en lo cotidiano.

Quizá por eso Leartá emociona. Por su tamaño casi doméstico, por su pulso andaluz sin artificio, por la manera en que dignifica esos productos que nunca se consideraron “nobles” y que aquí brillan con carácter. Y también por la serenidad con la que Manu y Rita miran hacia adelante: sin prisas, sin ruido y sin más ambición que seguir construyendo un espacio donde lo pequeño es, sencillamente, lo esencial. Esta entrevista lo confirma. 

¿Qué parte de la cocina de vuestra infancia os ha marcado más?
Rita: En mi casa no se guisaba demasiado. No había esa cultura de la plancha, el sofrito y el pim pam pum diario.
Manu: En la mía, justo lo contrario. Mi familia cocinaba muchísimo, sobre todo cuando nos juntábamos todos: migas, calderetas, guisos… Siempre alrededor de una olla. Eso sí, nunca viví de cerca el ambiente profesional de una cocina. Eso llegó después, ya estudiando Ingeniería, cuando me di cuenta de que mi afición estaba en otro sitio.

¿Cómo definiríais la filosofía de Leartá?
Un lugar de encuentro entre oficios, con un arraigo andaluz muy marcado.

Si alguien llega por primera vez, ¿con qué se va a encontrar?
Es un restaurante muy andaluz porque está construido desde los oficios tradicionales: los azulejos son sevillanos, las mesas están hechas a mano por un herrero, un marmolista, un carpintero… Todo tiene un origen artesano. Queríamos que lo de siempre siguiera vivo, pero con otra estética. Y al ser un espacio muy pequeño —solo cinco mesas— la experiencia se vuelve más íntima.

¿Qué aporta trabajar con un formato tan reducido?
Al principio, honestamente, miedo. Queríamos montar algo asumible, controlar costes y empezar poco a poco. Pero después nos enamoramos del formato. Nos permite estar cerca del comensal, cocinar en una cocina vista que genera una sensación de casa. El cocinero está ahí mismo, compartiendo un botellín mientras cocina. Buscamos esa cercanía familiar, aunque la cocina tenga un enfoque más gastronómico.

¿Os guiais por la técnica, por la emoción o por otra cosa al diseñar platos?
Por la libertad. Pensamos en la época del año, en lo que nos evoca. En verano, por ejemplo, un melocotón comido en la playa. A partir de ahí vemos cómo transmitir ese recuerdo: a veces la técnica manda y otras no tanto, pero la base es siempre la emoción. También trabajamos desde el producto: elegimos uno y lo llevamos al límite hasta que aparece la idea. Intentamos no imponer reglas.

La puesta en escena, desde la vajilla a la artesanía, o el ritmo de sala, es muy importante en vuestra propuesta.
Para nosotros todo tiene que estar conectado. La artesanía, la sala, el ritmo, la vajilla… Todo forma parte del mismo relato. No vemos el restaurante como cocina por un lado y sala por otro, sino como un conjunto en equilibrio.

En un escenario tan cambiante, ¿dónde imagináis Leartá dentro de unos años?
Aquí mismo. No miramos tanto hacia fuera, sino hacia dentro: pensar, darle vueltas a lo que hacemos, construir desde nuestro ritmo. Como cuando alguien vive en un pueblo y, sin moverse, sigue creando cosas. Nos sentimos cada vez más libres, y lo que ocurra alrededor nos afectará lo justo para adaptarnos.

¿Hay algún producto que sea indispensable en vuestra cocina?
El aceite de oliva, claro. Pero sobre todo trabajamos con productos considerados “no nobles”: garbanzos, altramuces, lentejas, ajos… No nos representa el caviar, por ejemplo. Nos divierte más darle una vuelta a lo que comemos todos los días. Nuestro aperitivo de altramuces y aceitunas es un buen ejemplo: algo muy de bar llevado a nuestra manera.

¿Cuándo surgen las mejores ideas?
Cuando no estamos trabajando. Nos gusta mucho hacer rutas de senderismo y ahí hablamos de todo; también en un bar o en casa. El espacio de descanso es clave.

¿Algún restaurante al que tengáis muchas ganas de ir?
Puente del Gato, y también Odisea, aunque todavía no hemos ido. Nos interesan mucho los proyectos nuevos: el otro día vino una pareja de El Tuc, un restaurante recién abierto en un pueblecito del Pirineo. Hacen cocina local y sencilla, y eso nos encanta.

¿Qué opináis de la gente que hace fotos a los platos?
No nos molesta salvo cuando tardan tanto que se enfría el plato. Pero si esa persona es más feliz con la foto que comiéndolo caliente, adelante. La gente viene a disfrutar, y cada uno disfruta como quiere.

¿Qué tendencias gastronómicas os han llamado la atención últimamente?
La fuerza que está tomando la cocina andaluza desde el producto local y las salsas propias. Los proyectos de Bagá, Ángel León, Tosca o Pedrito del Alcalá han marcado un camino creativo muy potente.

¿Con quién os gustaría hacer un cuatro manos?
Con amigos. Nos sentimos más cómodos en círculos pequeños. Tenemos pendiente algo con unos amigos de Zarautz que han abierto Masta, una taberna de cocina vasca con guisos y fondos espectaculares. Más que un cuatro manos, sería un evento divertido, distinto.

Si pudierais invitar a una celebrity, ¿a quién sería y qué le serviríais?
La verdad, no pensamos en celebrities. Nos hace más ilusión que vengan personas a las que queremos: familia, amigos, compañeros de profesión. Admiramos a quien conocemos, no tanto a quien está lejos.

¿Qué hay en la nevera de dos cocineros cuando llegan a casa?
Muy poca cosa. Últimamente siempre tenemos un lomo blanco espectacular que hace Gabriel Castaño. Sirve para todo: desayuno, merienda o cena.

¿Algún secreto inconfesable?
Manu: Soy fanático de las papas fritas. A veces elijo un sitio solo por eso. Si las papas son buenas, para mí ya está todo dicho.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Carlos Álvaro – El Catalatas

Carlos Álvaro, El Catalatas: «Abrir una lata puede ser el mayor placer del mundo o la mayor decepción».

 

Carlos Álvaro, más conocido en Instagram como El Catalatas, abre conservas con mucho sentido del humor ante más de 300.000 personas que lo siguen con devoción. Un artículo de José Carlos Capel sobre las sardinas que envejecen en lata como el vino en botella le fascinó tanto que aparcó su pasión por el whisky y se dedicó en cuerpo y alma a las latas. Madrileño, afincado en Mallorca, habla con tanta pasión de mejillones como de berberechos. Y ahora acaba de abrir el ecommerce de conservas – elcatalatas.com- que aspira a convertirse en el mayor y más especializado del mundo. Abrimos la lata. 

 

¿Quién hay detrás de El Catalatas?
Soy un coleccionista frustrado de whisky. Quería hacer en YouTube lo mismo que hago ahora en Instagram, pero con whisky. Hasta que leí un artículo de José Carlos Capel sobre las sardinas que envejecen en lata como el vino en botella. Me fascinó. 

¿Cómo surgió el nombre?
Sin pensar mucho, la verdad. Quería algo que sonara natural, reconocible, español. “El Catalatas” me pareció perfecto y ahí se quedó.

¿Tienes formación gastronómica o simplemente te gusta comer?
Disfruto comiendo. Me da igual un bocata de boquerones en la montaña que una chuleta en un restaurante con tres estrellas Michelín. No tengo formación: tengo hambre y curiosidad.

El humor está muy presente en tus vídeos. ¿Es necesario para hablar de comida?
Absolutamente. Aquí venimos a disfrutar o a reírnos. Si la lata es magnífica, me emociona; si es un desastre, al menos nos reímos todos.

¿Hay buenas marcas blancas?
Sí, pero hay que saber leer la letra pequeña. Detrás de cada marca blanca hay una conservera real. Algunas grandes superficies aprietan tanto los precios que el producto pierde mimo, pero hay otras que trabajan con cariño y se nota. He probado latas excelentes de marca blanca por poco más de un euro.

¿En qué región se vive más la cultura de la conserva?
Murcia, es una sorpresa. Allí no eres bien recibido si sirves los mejillones sin limón. Lo defienden con pasión. Y en Novelda tienen el “chanchullo”: patatas fritas, mejillones, berberechos, frutos secos, encurtidos… el final top del apetitivo. 

En el mundo de las latas, ¿el tamaño importa?
Solo en el precio. Cuanto más grande el bicho, más tarda en crecer, y eso se paga. Pero no siempre más grande es mejor. Con las anchoas, por ejemplo, muchos defienden que la lata pequeña concentra mejor el sabor. Cuestión de gustos.

¿Te consultan mucho los seguidores?
El 95 % de los mensajes son de cariño. Me mandan fotos de sus patatas con berberechos o me piden recomendaciones. 

Hablemos de tu tienda online….
La monté con mi amigo Cristóbal, gallego y conservero. Queremos ofrecer desde las latas más gourmet hasta las mejores para el día a día. Lo importante no es que sean caras, sino honestas. Queremos crecer en calidad y representar lo mejor de España.

¿Qué países podrían hacernos sombra en el mundo de las conservas?
Ninguno, pero Portugal y Francia hacen cosas muy buenas. Portugal nos gana en atún: lo pescan y elaboran fresco en las Azores. Y tanto ellos como los franceses nos adelantan en creatividad. Aquí tenemos cuatro fórmulas: aceite, escabeche, tomate y picante. Ellos tienen veinte.

Te invitan a un restaurante top y te dicen que traigas una lata. ¿Cuál llevarías?
Unas anchoas con mantequilla de Conservas Catalina o unas de Hondarribia. Estas últimas las hace una sola persona, no una cadena de producción. Son inimitables.

Termina la frase: abrir una lata es como…
…mirar al abismo y dejar que el abismo te mire a ti. Puede ser el mayor placer del mundo o la mayor decepción.

Un plato que consideres sublime, cocinado con conservas….
La pasta con berberechos. Lo subo mil veces a Instagram y me da igual repetirlo… es barato, fácil y lujurioso.

¿Con quién te gustaría abrir una lata?
Con Joan Manuel Serrat. Sin dudarlo. Es un referente absoluto y el mejor poeta en castellano de nuestra historia reciente.

¿Y a partir de ahora?
Seguir disfrutando. Y demostrando que una buena conserva no es un último recurso, no es supervivencia, es cultura, memoria y placer concentrados en una lata.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

FOTO: CEDIDA

Club Macarfi – Segundo Aniversario

Celebramos el segundo aniversario del Club Macarfi: un club para disfrutones y apasionados de la gastronomía

 

Conseguir mesa en el Asador Etxebarri, en Disfrutar o en Desde 1911 es, para muchos, una misión imposible. Pero nosotros lo hemos hecho posible, y no podríamos sentirnos más orgullosos. Hace apenas dos años inauguramos el Club Macarfi, y desde entonces nuestros socios han vivido, en exclusiva y sin esperas, experiencias tan excepcionales como estas. Tres templos de la gastronomía contemporánea donde cada servicio se convierte en un acontecimiento irrepetible. Y, sin embargo, esto no es más que el comienzo de una historia que sigue creciendo… la punta de un iceberg de enormes dimensiones.

En solo dos años, el Club Macarfi ha pasado de ser una idea incipiente a consolidarse como una comunidad gastronómica vibrante y llena de vida. El primer año marcó el inicio de una aventura que nos llevó a compartir experiencias únicas: memorables cenas a seis manos con grandes chefs como Josean Alija, Rafa Zafra, Dani Carnero o Sacha Hormaechea; encuentros legendarios a cuatro manos entre Alkimia y Saddle, Zalacaín y Rekondo, Gaytán e Iván Cerdeño, Barracuda y Llama Inn, o Vía Veneto y Saddle; las primeras escapadas gastronómicas a Burdeos y La Rioja; y celebraciones inolvidables como los 25 años de La Tasquita de Enfrente. Momentos que no solo marcaron nuestra historia, sino que confirmaron que el Club Macarfi no vino a contar la gastronomía… sino a vivirla.

El segundo año no solo reafirmó el espíritu del Club Macarfi, sino que lo llevó a un nuevo nivel de intensidad y disfrute. A los cierres en exclusiva de los tres grandes templos ya mencionados se sumaron nuevos encuentros a cuatro manos como Lombo y Bacaro, Salino y Triciclo o Mina y Can Jubany; la inolvidable cena ofrecida por Rekondo en el RCT Barcelona; la celebración del tercer aniversario de Lana; un almuerzo en Barcelona que recreó la magia de las Sociedades Gastronómicas vascas; y nuevas escapadas a San Sebastián y La Rioja, donde el producto y la emoción se dieron la mano. Este último viaje, vivido en plena vendimia y coronado con una excursión en globo al amanecer, fue mucho más que una experiencia gastronómica: fue un brindis al placer de compartir.

Además, este año ha sido también el de las alianzas y las nuevas conexiones. Hemos tejido vínculos con clubes privados como Prim (Madrid) y La Tenida (Santander), y ampliado notablemente nuestra comunidad de socios. Juntos hemos vivido cócteles exclusivos, catas de cavas y tequilas excepcionales, hemos saboreado Madrid desde las alturas con cocina mexicana y nos hemos adentrado en el Círculo Ecuestre de Barcelona de la mano de Josper.

Pero el Club Macarfi es mucho más que gastronomía. Nuestros socios también han disfrutado de experiencias culturales únicas: visitas guiadas a las exposiciones de Botero y ARCO, entradas al Guggenheim, o un exquisito taller sobre el arte de vestir una mesa junto a Los Encajeros. Nos hemos dejado inspirar por la muestra Dalí-Picasso, explorado la Fábrica Damm y el Museo Seat, e incluso navegado en catamarán durante la Copa América. Porque en el Club Macarfi, cada encuentro —sea en una mesa, un museo o en alta mar— es una forma distinta de celebrar el arte de vivir.

A esta aventura se suman ya más de veinte hoteles colaboradores en toda España que ofrecen condiciones y descuentos exclusivos para nuestros socios, junto con una cuidada selección de productos gourmet en nuestro e-commerce que refleja nuestra forma de entender la gastronomía: la salsa Café de París, el foie del Círculo Ecuestre, la fabada de Casa Marcial, el caviar de Real Caviar, las ostras de Mare Ostrum, los embutidos de Remedios Sánchez, el azafrán de La Mancha Karkom o los libros de recetas de Nandu Jubany, entre muchas otras delicias. Productos que nos han conquistado y que queremos poner al alcance de quienes comparten nuestra pasión.

Mientras la Guía Macarfi celebra una década consolidada como referencia gastronómica independiente y transversal, el Club sigue creciendo con paso firme y decidido. Nuevas cenas, viajes y colaboraciones ya están en marcha, porque esta comunidad nació para compartir lo que más nos une: el placer de disfrutar.

Dos años de experiencias memorables. Diez años de pasión gastronómica. Y un largo menú por descubrir. Arranca nuestro tercer año, y queremos vivirlo contigo: con más actividades, más productos, más beneficios exclusivos y encuentros que —te lo aseguramos— no encontrarás en ningún otro club gastronómico de España.

 

DAVID RUIZ

Las barras de Sevilla

Las barras de Sevilla

 

Repite con nosotros: “Las barras en Sevilla son pura maravilla”. Y prueba de esta afirmación son esta selección de barras, clásicas y modernas, donde el tapeo es arte.

 

La Barra de Cañabota: Un bar, una taberna, una marisquería…de la mano de Juanlu Fernández. 

Ambiente de una barra clásica sevillana y un producto de primera.

https://macarfi.com/es/sev/ficha-restaurante/canabota

 

Jaylu: En el popular barrio de Triana. Un local con encanto que destaca por la calidad y frescura de sus productos, así como por mantener una clientela fiel. Un must sevillano.

https://macarfi.com/es/sev/ficha-restaurante/jaylu

 

Baltazares: En Dos Hermanas. Espectacular local con decoración moderna y llamativa con mesas altas y bajas para tapear, zona de bar y coctelería. Un lugar diferente en el que el buen ambiente está asegurado.

https://macarfi.com/es/sev/ficha-restaurante/baltazares

 

La Isla: Desde 1946 una referencia para comer pescados y mariscos. La vitrina que da a la calle es un emblema.  Ojo, con su ensaladilla de gambas, una de las mejores de la ciudad.

https://macarfi.com/es/sev/ficha-restaurante/la-isla

 

Mariatrifulca: Situado en el emblemático puente de Triana con vistas inmejorables. Cocina moderna que no olvida sus raíces, en la que destaca su excelente selección de pescados y mariscos.

https://macarfi.com/es/sev/ficha-restaurante/mariatrifulca

 

Caladero: Taberna marinera junto a la estación de Santa Justa donde los protagonistas son el pescado y el marisco fresco. Excelente ensaladilla y frituras de pescado.

https://macarfi.com/es/sev/ficha-restaurante/caladero

 

Bodeguita Antonio Romero: Un clásico del centro histórico de Sevilla. Tapas y platos típicos andaluces. El montadito estrella en la barra es el Piripi. Siempre a rebosar de clientela fiel.

https://macarfi.com/es/sev/ficha-restaurante/bodeguita-antonio-romero

 

Casa Rafel: Este pequeño y discreto local apuesta por una cocina honesta centrada en el producto. Una dirección fiable y consolidada.

https://macarfi.com/es/sev/ficha-restaurante/casa-rafel

 

Besana Tapas: Un lugar para dejarse cautivar por los sabores y su atractiva carta de tapas en la que destacan clásicos como las patatas bravas en forma de gofre o  la ensaladilla con gambas cristal.

https://macarfi.com/es/sev/ficha-restaurante/besana-tapas 

 

Octubre 2025 – Por Equipo Macarfi

Julius Bienert – Restaurante Bacai

Julius Bienert: “En la cocina soy mucho más pirómano que cirujano”

 

Con más de 25 años entre fogones y una trayectoria que ha pasado por Canal Cocina, Julius Bienert es de esos chefs que combinan oficio, instinto y una buena dosis de humor. En su restaurante Bacai, abierto hace poco más de un año en el barrio de Malilla (Valencia), defiende una cocina veraz, sincera y centrada en el producto. Elegido uno de los Rookies de 2025 por la Guía Macarfi, acaba de abrir Jardines, su nuevo proyecto. Charlamos con él sobre tecnología, errores convertidos en éxitos, el poder del tiempo y su amor incondicional por las hamburguesas.

 

¿Qué plato te puso en el mapa o cambió tu manera de cocinar?
Si tengo que elegir uno, me quedo con un plato tradicional de carrilleras al vino tinto que hago con mucho cariño y que llevo haciendo 25 años, jugando un poquito con ellas. 

¿Qué tres adjetivos definen la cocina de Bacai sin usar las palabras “creativo”, “local” y “honesto”?
(risas) Honesto lo cambiaría por “veraz”. Una cocina donde el protagonista es el producto, no el cocinero. Elaboraciones sencillas, muy veraces, donde todo parte del producto y su verdad.

Hablas de inteligencia artificial para conocer al comensal antes de que llegue. ¿Hasta qué punto la tecnología está al servicio del sabor o del recuerdo?
Hoy es necesaria. Cualquier chef puede meterse en un ChatGPT y pedirle ayuda para elaborar una receta. Pero yo soy bastante analógico, me cuesta usar la tecnología a mi favor. Poco a poco la voy introduciendo, sobre todo para conectar con mensajes de todas partes del mundo. 

Bacai está en el barrio de Malilla, fuera del circuito gastronómico tradicional. ¿Qué ventajas o retos tiene eso?
Creemos que en poco tiempo será un barrio residencial en auge. Está cerca del hospital de la Fe y otras zonas que tradicionalmente han quedado fuera del circuito habitual, pero con mucho potencial. Será un barrio de futuro crecimiento en Valencia.

¿En la cocina eres más cirujano o pirómano?
[Ríe] Soy mucho más pirómano. 

¿Qué ingrediente te ha cambiado la vida o al menos un servicio?
El tiempo. Para mí es fundamental: el guiso largo, la baja temperatura o incluso la olla exprés, que aunque sea rápida, tiene su tiempo y su rollo. Es un ingrediente fundamental.

¿A qué hora del día se te ocurren las mejores ideas?
A las seis de la mañana, cuando estoy abriendo los ojos. Pienso: “¿qué voy a hacer hoy?”. Soy muy de emociones. Si me apetecen unas lentejas, me las hago, pero no unas normales: unas lentejitas con algún producto de caza, alguna seta… Me gusta mucho cocinar por temporada. El otoño me flipa: esos olores a monte, a tierra mojada…

¿Qué piensas cuando alguien hace fotos de tus platos durante varios minutos?
Soy imparcial. Cada uno es libre. Pero hay fotos que no son fieles al alma del plato. Es como decían los indios americanos, que al fotografiarles les robaban el alma. Yo no soy nada talibán con eso.

¿Qué parte del proceso creativo disfrutas más y cuál te agota?
Me agotan los números, los escandallos, los costes. Me funden el cerebro. Los sigo haciendo en papel, sumando y restando de cabeza. Lo que disfruto es el momento de crear por la mañana y luego probarlo con el equipo. Ahí vemos qué tiene de realidad y qué de fantasía. Muchos platos se quedan en el camino, otros salen y son maravillosos.

¿Algún fracaso culinario que luego convertiste en éxito?
Sí, los huevos poché. Estuvieron de moda hace años y desaparecieron. Yo los he recuperado en Bacai y en Jardines. Son un plato sencillo, económico y delicioso: con patatas paja, trufa, setas o jamón. A la gente le encanta.

¿Qué tendencia gastronómica te divierte o te llama la atención últimamente?
Estoy descubriendo los picantes y la cocina latinoamericana. Mi jefe de cocina, Sebastián, me está enseñando mucho sobre la colombiana. Más allá de las arepas, hay platos estupendos como el sancocho. Esa cocina indígena me parece una maravilla. 

Tú fuiste presentador en Canal Cocina. ¿Cómo fue ese paso del chef televisivo al del restaurante?
Me gusta estar con el cliente. Me flipa cuando alguien llega al restaurante y dice: “¡Pero estás aquí y trabajando!”. No solo cocino: sirvo platos, friego, pelo patatas… No se me caen los anillos. La gente ve que soy una persona normal, real, no un muñeco de pantalla. Eso me gusta.

¿Qué te enseñó la tele que sigues aplicando o evitas en Bacai?
A no hacer experimentos sin probarlos antes. Siempre les digo a los chicos: “Hazlo, pruébalo y demuéstrame que se puede hacer”. A veces una idea es buena, pero luego no es viable con 50 personas en el servicio. La tele me enseñó a preparar, repetir y explicar bien los procesos.

¿Qué plato te gustaría haber inventado?
El hojaldre. Me parece maravilloso, aunque últimamente no lo uso tanto por lo complicado que es.

¿Con quién harías un cuatro manos?
Con Luis Irízar, aunque ya, lógicamente, no pueda ser. Y, con Ricard Camarena… me encanta su cocina y su discurso. Y si tiro por lo alto, ¿por qué no? con Gordon Ramsay.

Si mañana cerraras el restaurante, ¿qué harías al día siguiente?
Pasar más tiempo con mis hijos. Cocinaría mucho más para ellos. Soy padre de trillizos.

¿El mejor bocado de los últimos seis meses?
Unos percebes en Cedeira, el pueblo de mi madre. Brutales. Supuestamente ganaron el campeonato del mundo, y no me extraña.

¿Qué hay ahora mismo en la nevera de casa?
Aguacates. Muchos. A mis hijos les flipan, y a mí también.

Si pudieras invitar a una celebridad a tu restaurante, ¿a quién sería?
A Rafa Nadal o a Marc Márquez. De hecho, a los dos a la vez. Me gustaría conocerlos como personas, no solo como deportistas.

Un secreto inconfesable o aberración gastronómica que te permites de vez en cuando.
Las hamburguesas. Me encantan… eso sí, bien hechas, preparadas por mí con mucho cariño. 

 

ENTREVISTA: DAVID RUIZ

FOTOS: CEDIDAS

José María Borrás – Annua Signature Hotels

José María Borrás: “Si viniera Albert Adrià al restaurante le prepararía una fideuá de salicornia ”

 

Es una de las voces más prometedoras de la nueva gastronomía española. El joven chef menorquín, nuevo director gastronómico de Annua Signature Hotels, representará a nuestro país en la gran final mundial S. Pellegrino Young Chef Academy a finales de octubre en Milán. Puro talento. 

 

Con 26 años recién cumplidos, el menorquín José María Borrás es una de las grandes voces jóvenes de la gastronomía española. Formado en la escuela Hofmann de Barcelona y curtido junto a grandes nombres como Paco Roncero, ha construido un discurso propio que combina raíces menorquinas, respeto al producto, técnica y atrevimiento.

En 2024 fue proclamado Mejor Cocinero Joven de España y Portugal por la S. Pellegrino Young Chef Academy, y a finales de octubre de este año representará a la región ibérica en la final mundial de Milán con su famoso plato Langosta con cochinillo balear, una fabulosa interpretación del mar y montaña. 

Además, acaba de ser nominado a Cocinero Revelación en Madrid Fusión 2026, un reconocimiento que confirma su proyección meteórica. Hoy reparte su talento entre dos espacios de Annua Signature Hotels en Menorca: Aquiara y El Espiell en el hotel Morvedra Nou, y El Olivar, en Amagatay. Desde ahí despliega visiones distintas pero un mismo latido: cocinar Menorca desde Menorca, con creatividad e intensidad culinaria.

¿Cuál es tu primer recuerdo gastronómico de la infancia?
Unas cañitas de sobrasada, muy típicas de Menorca. En casa no eran muy fans de cocinar y vivíamos la experiencia de ir a comer fuera en familia.

¿Y cómo llegaste a la cocina profesional?
Con 16 años. Fue mi primer trabajo y llegó de casualidad. Pero en cuanto pisé una cocina, lo tuve claro: quería ser cocinero.

Si fueras un plato típico menorquín, ¿cuál serías?
Las berenjenas rellenas.

Te formaste en la Hofmann. ¿Qué aprendizajes sigues aplicando cada día?
Disciplina y compañerismo.

Este año te has incorporado como director gastronómico al grupo Annua Hotels. ¿Qué te aporta estar dentro de un grupo hotelero?
Mucho trabajo, pero también un gran equipo. Antes, estaba en un restaurante familiar, yo hacía de todo: marketing, recados, eventos… Ahora hay equipos especializados en cada área y eso permite avanzar más rápido.

¿Qué une a tus proyectos gastronómicos?
La brújula es siempre el producto. En Aquiara lo tratamos desde una visión más gastronómica, en El Espiell, reinterpretando el Bistrot francés con carácter menorquín, en El Olivar sacamos la fuerza de la auténtica comida mediterránea, pero en todos el centro es el mismo: respetarlo y realzarlo.

Entre tus ingredientes fetiche están el trigo, la sobrasada de vaca roja o la langosta. ¿Son los que más te definen?
Sí, y también esa idea de mar y montaña tan catalana y balear. Son productos que se complementan y se potencian entre sí.

En tu oferta incluso hay una cerveza de sal marina. ¿Por qué?
Menorca tiene grandes productos, pero a veces limitados. Así que preferimos crearlos aquí, con identidad propia.

Uno de tus proyectos más comentados es la sobrasada de vaca. ¿Cómo surge?
De la misma lógica que con el cerdo: aprovechar todo el animal. Con vaca vieja menorquina elaboramos embutidos, y ha tenido muy buena acogida. Quiero en breve ampliarlo a otros embutidos. 

¿Qué otras disciplinas inspiran tu cocina?
La música es fundamental. El chelo y el piano siempre están presentes, incluso en la sala.

¿Qué consejo le darías a un cocinero que empieza?
Que se relaje. Yo soy muy nervioso y la cocina me ayuda a canalizarlo, pero al final todo llega con paciencia.

En 2024 fuiste elegido Mejor Cocinero Joven de España y en octubre representarás a la península ibérica en Milán. ¿Cómo te preparas?
Practico el plato -langosta con cochinillo balear- en Aquiara todas las noches, como si fuera el concurso: con cronómetro, pesando todo, cinco horas para diez raciones perfectas.

¿Qué sensaciones tienes de cara a Milán?
Ilusión. El plato representa el Mediterráneo y eso ya es un premio en sí. Ganar sería increíble, pero estar allí ya lo es. 

¿Qué otros jóvenes chefs de España te inspiran?
Los cañitas, por ejemplo. Pero hay muchos más.

También has sido nominado a Cocinero Revelación en Madrid Fusión 2026. ¿Cómo lo llevas?
Para mí, estar nominado ya es ganar.

Si abriéramos tu nevera ahora mismo, ¿qué nos sorprendería?
Casi nada, porque como y ceno siempre en los restaurantes. Agua y poco más (risas).

¿Tienes algún vicio gastronómico inconfesable?
El chopped me encanta. 

Qué plato tuyo es intocable, ¿que jamás dejarías versionar?
Un plato de El Olivar con sandía, chalotas y hierbas.

¿Y si mañana se sienta Albert Adrià en tu mesa, ¿qué le prepararías?
Una fideuá de salicornia, ligada con mantequilla de ajo asado, tinta de calamar y ortiga de mar. Habla mucho de quiénes somos en la isla.

¿Hay algún producto que nunca usarías?
No. Yo cocino para los clientes, todo puede tener cabida.

¿A qué personaje famoso te gustaría invitar a tu mesa?
A Phil Collins.

 

TEXTO: DAVID RUIZ

David Martínez – Hotel Ercilla

David Martínez: “Bastaron seis minutos para que Álvaro Garrido y yo nos pusiéramos de acuerdo en traer Mina al Hotel Ercilla”

Forma parte de una familia de hosteleros vascos y lleva la hospitalidad en los genes. En octubre, el Hotel Ercilla, dará la bienvenida al restaurante Mina, el consolidado proyecto del chef Álvaro Garrido. Es un paso más en su decidida apuesta por la gastronomía, como eje fundamental de un discurso alrededor de la cultura, la identidad local y la excelencia culinaria que define a Bilbao como destino. 

 

¿Qué habéis aprendido de aquella etapa en los años 80 en la que el restaurante del hotel fue elegido durante varios años como Mejor Restaurante de Hotel en España?
Aprendimos mucho, no sólo por el hecho de haber mantenido durante casi una década ese galardón sino por todo lo que representaba, más allá de lo estrictamente gastronómico. Supimos ver que, si quieres ser un referente, debes debes cuidar cada detalle, rodearte de un gran equipo y entender que la experiencia del cliente empieza mucho antes de sentarse a la mesa. 

Bilbao es una ciudad de barra y pinchos, ¿Cómo se integra esa cultura en vuestra propuesta?
No tenemos la clásica barra de pintxos, pero sí que tenemos claras las señas de identidad de la ciudad. Creo que hemos vendido más txakoli que en muchos locales de Bilbao (risas). No es raro ver en nuestro Lobby a extranjeros disfrutando de un txakoli con ostras. 

Pavarotti se coló en una ocasión en vuestra cocina a preparar un plato de pasta. No muchos hoteles pueden presumir de un momento así. ¿Cómo fue el relato de aquella experiencia?
Ocurrió a las 3h de la mañana, tras regresar de un concierto a finales de los años 70. Propuso entrar en nuestra cocina para enseñarnos, con respeto, cómo se prepara una pasta italiana de verdad. Se sintió orgulloso de hablarnos de su cultura culinaria y ese es un legado que queda para siempre.

¿En qué se ha traducido?
En que, actualmente en la carta de nuestro restaurante sigue habiendo un plato de pasta en su honor, Los Linguini al estilo Pavarotti. 

Un hotel que ha visto pasar a miles de estrellas durante todos estos años, ¿cómo “se cocina la hospitalidad” de tanta celebrity?
La clave del éxito está en tratar a todos los clientes con el mismo respeto y dedicación, sin importar si se apellidan Pavarotti o Rodríguez. Esa igualdad en el trato es lo que nos permite trabajar con naturalidad y sin la presión añadida de tener una celebridad alojada en el hotel.

Celebridades como Lola Flores han pasado también por vuestro hotel.
Ahora que te refieres a Lola Flores, recuerdo que pasaba largas temporadas aquí cuando Bilbao era capital del teatro. ¡Llegó a montar un bingo en el hotel! De hecho, tenemos cinco tipos de llaves distintas con fotos en blanco y negro de celebridades que han estado en nuestro hotel como la propia Lola, Rocío Jurado o Manzanares.

Habéis vivido noches electorales con políticos de diversas ideologías compartiendo espacios en vuestro lobby. ¿Qué se aprende de gestionar la hospitalidad en momentos de tensión y foco mediático?
En esa época yo no estaba aún al frente de la dirección del hotel, pero se vivieron momentos electorales en los que absolutamente todos los partidos políticos, en momentos complicados para la sociedad vasca, pasaban las noches electorales con nosotros. Un orgullo.

En octubre Mina, el restaurante de Álvaro Garrido, con Estrella Michelin, se traslada a vuestro hotel.
Es nuestra forma de entender la empresa. Seguimos apostando por la alta gastronomía, pero esta vez, además, de la mano de este gran chef. Mina y nosotros tenemos muchas cosas en común. En seis minutos nos pusimos de acuerdo (risas). 

Si pudieras convertir en un souvenir comestible el Ercilla, ¿qué sabor sería?
A pesar de no ser un gran amante de los dulces, creo que me iría a un bollo de mantequilla, tan típico de Bilbao y que gusta a todo el mundo. Te ayuda a sentirte cerca de casa.

Si el room service de vuestro hotel fuera una ruta de pinchos en pijama, ¿Cuáles deberían pasar por tu habitación?
Esa ruta debería empezar por una Gilda, pasar por un taco de merluza y acabar con algo de txangurro, seguro. 

¿Cuál es tu rincón favorito del Ercilla?
El lobby. Nada más pisarlo, sabes perfectamente que es un termómetro muy claro de lo que ocurre en nuestro hotel y en la ciudad. Es un lugar muy vivo en el que suceden cosas casi las 24 horas del día. 

La terraza del hotel es otro de los puntos fuertes. ¿Qué ofrece desde un punto de vista gastronómico?
Está en la última planta del hotel. Es una maravillosa terraza con increíbles vistas a toda la ciudad donde puedes disfrutar desde un plato de jamón o unas anchoas, hasta un cóctel o una copa de champagne. Un lujo.

Y ahí, en las alturas, servís el Basque Sour
Es una reinterpretación muy personal del Pisco Sour. En vez de Pisco usamos txakoli y una receta muy especial. Fusiona tradición local con clásicos internacionales.

Si tuvieras que invitar a una celebridad a tu hotel, ¿quién sería?
Me encantaría cenar con Tiger Woods, al que llevaría luego a dar una vuelta por Bilbao y, estoy seguro, de que volvería al hotel, entusiasmado. Y si luego, además, él me invita a jugar al golf, sería inolvidable. 

Septiembre 2025

TEXTO: DAVID RUIZ

Andrés Soldevila – Hotel Villa Soro

Andrés Soldevila: “Los minibares de los hoteles son una sorpresa; me divierte abrirlos y ver lo que me encuentro”

 

Procede de una importante familia de hoteleros con más de un siglo de trayectoria y actualmente está al frente de la propiedad de tres hoteles, uno de ellos el hotel boutique Villa Soro en San Sebastián. Conversamos sobre hostelería y nuevos proyectos, pero, sobre todo, de gastronomía. 

 

La hospitalidad viene de herencia…
Lo tenemos integrado en nuestra forma de ser. Mi bisabuelo ya era propietario del Hotel Majestic en 1918 y mi padre lo convirtió en parte de un gran grupo hotelero con nuevas incorporaciones. Además, mi madre, interiorista de profesión, se ha involucrado siempre de lleno en todos los proyectos, aportando su visión y cuidando hasta el más mínimo detalle. Con todo este bagaje, mis padres, mis hermanos y yo decidimos construir un pequeño proyecto familiar PRELUDE COLLECTION. Nacimos con un hotel en Palma, después incorporamos otro en Santanyí, también en Mallorca, y el último en llegar ha sido Villa Soro en San Sebastián hace cuatro años.

¿Qué hace especial a Villa Soro?

Inicialmente el nombre era Eguzki Soro, que en euskera significa “Prado soleado”, porque es un espacio con mucho sol y una gran orientación. Una casa familiar de finales del siglo XIX de estilo neo Tudor, que perteneció a una conocida familia de San Sebastián. Seguimos con el legado. 

¿Cuáles son sus señas de identidad?
Es un hotel boutique, familiar, con un servicio excelente, un bonito jardín y ese porte tan típico de San Sebastián.  Villa Soro va a su ritmo porque tiene una privacidad que lo hace especial. Estás, por un lado, muy cerca del centro de San Sebastián, pero a la vez en unos jardines, diseñados por Pierre Ducasse, donde escuchas pajaritos y desconectas absolutamente de todo. 

¿Cuál es tu rincón favorito del hotel?
Sin duda, es la escalera de madera de la villa principal. Es preciosa. Parte de la planta baja, donde tenemos a un lado el salón principal con la chimenea y al otro lado el bar coctelería, dos lugares con un simbolismo y un encanto especial, ideales para relajarse y disfrutar. Y si subes por la escalera, llegas a la antigua capilla con una vidriera espectacular y a la planta de habitaciones más noble de la casa. 

¿Cómo percibes el futuro del lujo en el sector hotelero?
Los clientes del sector del lujo buscan una experiencia auténtica, volver a la raíces de las cosas, bajar el ritmo y disfrutar de esos pequeños instantes que encontramos cuando salimos de la rutina y nos vamos de viaje. El lujo ahora mismo es tener tiempo, espacio y silencio. Y los hoteleros tenemos que aprender a generar esos espacios. 

Si tuvieras que elegir a una celebridad para quedarse en el hotel, sería…
Barak Obama, porque hablar ahora, con la que está cayendo, de política con él sería una experiencia absoluta. Su punto de vista del mundo es muy enriquecedor. 

¿Qué lugar ocupa la gastronomía en la propuesta del hotel?
El País Vasco tiene la cultura gastronómica más rica del mundo y con una oferta interminable. Por eso decidimos dar todo el protagonismo a lo que ya hay y lo que está por venir. Lo que hacemos es coger el rol de casa y traerlo a nuestro territorio. Eso se traduce en una oferta sana, bien elaborada, con grandes ingredientes como una crema de verdura excelente o una tortilla de espárragos de primer nivel. 

¿Con qué chef te gustaría sentarte a la mesa
Con René Redzepi, de Noma. Su forma de trabajar me parece perfecta y es una eminencia en su forma de ejecutar y presentar los platos. 

¿Cuál es tu próximo restaurante?
En breve me iré con unos amigos a Los 33, de Nacho Ventosa y Sara Aznar. Me hace mucha ilusión. 

Si pudieras tener a un chef famoso haciendo un stage de un mes en vuestras cocinas, ¿a quién llamarías?
A Rafa Zafra, sin duda. Me gusta mucho como cocina, su discurso gastronómico.  

¿Qué es lo que siempre pides en el desayuno buffet de otros hoteles?
Creo que lo más interesante es encontrar productos locales, una oferta de la zona. Por ejemplo, ensaimada y sobrada en Mallorca o churros y porras en Madrid. Guiños locales que lo hacen más divertido, más auténtico. 

Si pudieras montar una cena secreta en un rincón de tu hotel, ¿en cuál sería?
Haría una noche de verano en la terraza de la habitación 12. 

Un pecado gastronómico que no has confesado nunca…
Una vez al mes me pido una hamburguesa de Vicio en Glovo y es como mi gran momento gore. 

Si pudieras recuperar un plato de la infancia e integrarlo en la carta del restaurante del hotel, ¿cuál sería?
Hay un plato que me recuerda a mi juventud, que preparaba con maestría Fermí Puig, es el “cabrito embarrado”. 

¿Qué banda sonora musical pondrías a la gastronomía del hotel?
Tal vez por mi relación con Francia, me quedaría con la canción Le Festin de la banda sonora de Ratatouille.  

Cuándo te alojas en otros hoteles, ¿en qué te fijas?
Abro el minibar y compruebo lo que hay dentro porque me divierte mucho. Es como mi deporte nacional. Los minibares de los hoteles son una sorpresa. Hace poco descubrí unas kombuchas estupendas en un hotel de Madrid. 

¿Qué nuevos proyectos tienes en mente?
Villa Soro ha cumplido ahora cuatro años. Nuestra base está consolidada y es el momento de pensar en ideas para el futuro. Estamos trabajando en un proyecto cerca de casa, en Cataluña, un lugar que nos inspira para tener un cuarto hotel en la colección. 

Septiembre 2025

TEXTO: DAVID RUIZ

Inés Pérez-Sala – Hotel Primero Primera y Casa Sagnier

Inés Pérez-Sala: “Invitaría a Bill Gates a pasar una noche en uno de nuestros hoteles”

 

Procede de familia de hoteleros catalanes y es sobrina del ex piloto de Fórmula1, Luis Pérez-Sala. Desde Primero Primera y Casa Sagnier, construye un relato en el que la atención al cliente es el eje central de todo. Y en sus (escasos) ratos libres, se vuelve loca por la gastronomía y los viajes. ¿Su restaurante pendiente? Disfrutar. 

 

¿Qué es el lujo en hostelería?
La oportunidad especial de conocer nuevos lugares sintiéndote parte del entorno como si estuvieras en casa. Nos gusta el lujo relajado, integrado. De hecho, el lujo es estar como en tu casa, pero con servicios extra. 

¿Cuál es vuestra identidad como hoteleros?  
Para nosotros es muy importante la historia que hay detrás de cada edificio. Buscamos lo diferente y queremos hacer hoteles especiales que aporten algo distinto al viajero. Creo que los detalles son los que marcan la diferencia. 

Tu tío, Luis Pérez-Sala, fue piloto de F1.  ¿Te inculcó algún valor?
Ha servido de inspiración en el proyecto de Primero Primera, por supuesto,  pero no es un ADN común a los distintos hoteles. 

¿Qué tienen en común Primero Primera y Hotel Sagnier?
Los dos cuentan historias especiales y te permiten conocer la ciudad de manera distinta porque ambos aportan valor y conocimiento. Hoy en día mucha gente reforma hoteles y poco más pero nuestro objetivo es ir un paso más allá.  

¿Y qué los hace diferentes?
Son hoteles con muchas similitudes, pero es cierto que en Casa Sagnier el cliente es más demandante a nivel conserjería y recomendaciones. Hemos puesto mucho el foco en el equipo.   

¿Qué importancia tiene el diseño en vuestros hoteles?
Es una columna vertebral fundamental porque creemos que el diseño es una forma de transmitir los valores y el alma de nuestro proyecto. Es un tangible que se ve directamente. En los detalles y la decoración está mucho de lo que somos. El estilo hogareño es un elemento común de nuestros hoteles. 

¿Tienes un rincón especial?
En Primero Primera, cualquier rincón es especial porque hasta hace tres meses vivía mi abuela y siempre lo he sentido como mi casa. Ese hotel se ha mantenido intacto. Por ejemplo, en la recepción está la maleta de mi abuela que usó en su viaje de novios. O el rincón del arquitecto, con planos y herramientas de la época. 

¿Qué valor tiene la gastronomía en vuestra propuesta hotelera?

En un hotel boutique cinco estrellas como Casa Sagnier, la restauración ha de ser impecable porque forma parte de la experiencia del cliente. Ofrecer un buen restaurante, donde se coma bien, es esencial en nuestra propuesta porque la gastronomía es una forma de conocer y vivir una ciudad. 

¿Qué espacio ocupa la Inteligencia Artificial en este engranaje?  
En Atención al Cliente, que es uno de nuestros puntos fuertes, es más complicado aplicarla. Pero estamos dándole vueltas para ver cómo le podemos sacar partido. Hay que ver la Inteligencia Artificial como un apoyo para facilitar las tareas de los equipos y poder centrarse en otras que aportan más valor al negocio.

¿Qué haces en tus tiempos libres?
Viajar y comer son mis dos grandes pasiones. Supongo que es algo que he heredado de mis padres y que me conecta con otra realidad fuera del ámbito laboral. 

¿Un país que te haya gustado especialmente?
Uno de los últimos viajes que más me ha gustado ha sido a Namibia, que visité en familia. Una combinación de paisajes, culturas, gente y alojamientos impresionantes.   

Hablas de alojamientos, ¿En qué te fijas cuando vas a un hotel?  
Una vez llego al hotel, me fijo en todo. Trato de alojarme en hoteles que me aporten algo y creo que es normal, dado a lo que me dedico (risas). 

¿Cómo compaginas tu vida familiar con el trabajo?
Tengo una máxima esencial que es la de tratar de ser productiva. Eso implica marcarse límites para saber hasta dónde hay que llegar. Y eso facilita la conciliación de la vida personal y profesional.   

¿Un chef con el que te gustaría trabajar?
Yo, si pudiera, lo haría con alguien cercano. Me gusta especialmente Nandu Jubany porque trata el producto muy bien. Es un profesional maravilloso.

¿Cuál es tu plato estrella?
Un buen pescado al horno, sabroso y con una buena guarnición que lo acompañe. Sin grandes complicaciones. Bien ejecutado. 

¿Un restaurante pendiente?
Me falta, de momento, Disfrutar, que tengo en la lista de prioridades absolutas, pero creo que hay grandes proyectos gastronómicos y una diversidad única en Barcelona.  

¿Qué personaje ilustre se ha alojado en vuestro hotel (y puedas explicar)?
Hemos tenido algunos famosos en ambos hoteles, pero para eso somos muy discretos. El hotel es muy “de casa” para nuestros invitados y sería contraproducente dar nombres. 

¿A quién te gustaría invitar a quedarse una noche gratis en el hotel?
Así, tirando alto, me encantaría que viniera Bill Gates.  

¿Alguna anécdota?
Deberías hacer esa pregunta a los recepcionistas de nuestros hoteles, pero es normal que siempre pasen cosas “curiosas”: desde un huésped que se paseó desnudo por el hotel hasta extrañas discusiones entre parejas. Los hoteles son todo un mundo. 

Septiembre 2025

TEXTO: DAVID RUIZ

Entrevista a Borja Cumella – Mare Ostrum

Borja Cumella: “Estamos siendo muy aburridos a la hora de comer y hay que cambiar las reglas del juego”. 

 

Está al frente de la distribuidora de productos gourmet Mare Ostrum, un curioso juego de palabras que evoca lo mejor del mar, las ostras, y su procedencia, el Mediterráneo. Pero detrás de la empresa, hay otros muchos productos, desde trufa o foie, a especias de lujo. En total, 14 referencias. Pero llegarán más. Y con varias premisas fundamentales: productos exclusivos, de enorme calidad y que no se pueden encontrar en nuestro país. 

 

Mare Ostrum es una distribuidora de productos gourmet muy exclusivos. Tiene actualmente un ecommerce –mareostrum.com- y un punto de venta en el mercado de La Boquería, en el centro de Barcelona, que sirve de showroom para chefs y lugar donde probar algunos de sus productos. El éxito del modelo es absoluto y ya tienen previsto replicarlo en 2026 en Madrid.  Se acaban de convertir en patrocinadores oficiales de nuestra guía y eso es motivo de celebración. Hablamos con Borja del proyecto Mare Ostrum y de sus retos. 

¿Cómo surge el proyecto?
Por la clara necesidad que observamos un grupo de amigos e inversores. Nos dimos cuenta de que España es un país con una enorme cultura culinaria y a la vez muy receptor de turismo, pero no existía una distribuidora capaz de traer a nuestro país producto gourmet de enorme calidad. Mi socio francés ha estado 20 años en el mundo de la distribución y alimentación, y eso es nuestra mejor carta de presentación.

¿Qué hace diferente a Mare Ostrum?
Desde el primer momento quisimos traer marcas que no estuvieran presentes en España, pero que tuvieran enorme prestigio en el resto del mundo y muy consideradas por los grandes chefs. Son empresas que tienen muchos años y que han saltado de generación en generación. No buscamos grandes grupos industriales sino algo muy cuidado, muy familiar y que aprecie mucho la calidad del producto. Es decir que haya una historia familiar detrás. 

Tenéis además un punto de venta en el mercado de la Boquería.
Es que es absolutamente necesario que se pueda ver y probar el producto, además de poder comprarlo online. Llevamos un año con este modelo y estamos encantados. 

¿Qué tipo de productos tenéis actualmente en lista?
La mayoría son productos procedentes del mar, y de origen francés, pero estamos incluyendo otras referencias de tierra, como especias de lujo, trufa…. Tenemos dos grandes proveedores españoles: uno es de Almería y el otro de Girona, para productos como la gamba o el carabinero. Vamos seleccionando con mucho mimo cada uno de ellos. 

¿A quién os dirigís?
Buscamos chefs con prestigio y con sensibilidad que entiendan los productos de calidad. Es decir, nuestro primer destinatario y gran objetivo es el canal Horeca. Pero como tenemos también el mercado de la Boquería, está viniendo mucho particular. 

¿En qué se traduce eso?
En que vamos a sacar una propuesta también para el particular, es decir el B2C. Estará listo en breve porque queremos llegar a navidad con todo esto lanzado y muy bien organizado. 

¿Hay cultura por los productos gourmet de lujo en España como la hay en Francia?
Por supuesto, somos un país de referencia mundial en este campo. Junto a Francia y Japón estamos en lo más alto. Además, en ocasiones son los propios chefs los que nos piden que les busquemos productos especiales porque se los reclaman sus clientes. Y nos trasladan esa petición. 

Ponme un ejemplo…
Acabamos de incluir en nuestras referencias un cangrejo azul del Mediterráneo que está gustando mucho. Vamos descubriendo productos y los vamos integrando poco a poco. Necesitamos que nos sorprendan con cosas distintas. Y ahí aparece Mare Ostrum. 

¿Cuál ha sido el hallazgo más inesperado o emocionante de todos estos años recorriendo el Mediterráneo en busca de excelencia?
La gamba azul, sin ninguna discusión. Como mediterráneos a los que nos apasiona la gamba roja, de repente tenemos una variedad igual de buena pero muy diferente. Nos ha cambiado el paso.

En tu web hablas de “reivindicar el arte de comer bien”. ¿Crees que lo hemos perdido en España o simplemente lo hemos confundido con otras cosas?
Lo que he notado es que nos hemos estandarizado demasiado. Hay que volver a comer bien, con gracia, con más salero. Estamos siendo muy aburridos a la hora de comer y hay que cambiar las reglas del juego.

¿En qué momento pasaste de “me gusta comer bien” a “voy a hacer que medio país disfrute como yo de la comida?
Vengo de familia vasca y, como sabes, tenemos una gran tradición culinaria. Yo siempre quería tener un restaurante propio y nunca cumplí ese deseo, ósea que Mare Ostrum es como ese proyecto gastronómico que nunca tuve. Y en vez de un restaurante, me convertí en proveedor de restaurantes. Y así sigo comiendo, que es mi gran pasión (risas)

Entre nosotros ¿alguna vez has escondido un tarro de caviar detrás del bote de garbanzos para que nadie te lo quite en casa?
¡Qué va! Lo bueno en casa es que son como yo y no sirve de nada esconder cosas porque las van a acabar encontrando.

¿Cómo es tu nevera en casa? ¿Más parecida a un showroom de Mare Ostrum o hay un hueco para el chorizo del súper y el queso en lonchas?
Hay una repisa exclusiva para los productos de Mare Ostrum. Hay un mini showroom en la nevera (risas).

¿Qué nuevos proyectos tenéis entre manos?
Queremos aterrizar en Madrid a partir del año que viene.

¿Por qué pensasteis en Macarfi para esta aventura?
Creemos que con este patrocinio podemos tener un aterrizaje más cómodo con algunos restaurantes y para nosotros es un gran valor adicional. Estamos encantados con esta colaboración.

Julio 2025

TEXTO: DAVID RUIZ

‘Nonnas’ y el espíritu de Macarfi

Una película no pasa desapercibida cuando el algoritmo de Netflix la sugiere como recomendada entre sus numerosas novedades. Y, posiblemente, ‘Nonnas’ sea la joya del verano de la plataforma estadounidense.

Más allá del protagonismo de actores consagrados como Vince Vaughn y Susan Sarandon, su historia (basada en una situación real) conmueve y emociona, al tiempo que ofrece una preciosa perspectiva sobre cómo aprovechar el talento senior de una sociedad cada vez más veterana.

No hago spoiler si descubro la sinopsis, presente en los títulos iniciales del film: un ciudadano de Brooklyn decide abrir un restaurante de comida italiana en Staten Island. Hasta ahí, todo normal.

Lo demás es lo que se sale de lo común: de raíces transalpinas y con una infancia ligada a su madre y su abuela, su idea culinaria parte de la base de imaginar un lugar que provoque familiaridad y ofrezca recetas como las que se comían en casa.

Y, para ello, decide que sus chefs no serán profesionales, sino cuatro señoras septuagenarias con unas cualidades extraordinarias para cocinar platos ligados a la tradición, el sabor y los recuerdos.

Obviamente, nada es sencillo. Ni convencerlas, ni gestionarlas, ni hacerlas trabajar en equipo ni conseguir que entren clientes. Pero, en el camino, se crean unos lazos (y unos platos) que mejoran la vida de cada uno de los protagonistas.

No adelantaré el final, pero sí una cuestión fundamental que liga ‘Nonnas’ con Macarfi: en un momento dado aparece en el local una reseña de la guía Zagat, en la que Manuel Carreras se inspiró para poner en marcha su proyecto.

Y uno se da cuenta de que ahí reside su espíritu. El de encontrar lugares que no están en la conversación, con una historia detrás, por los que vale la pena apostar y que suponen mucha más emoción gastronómica en algunos momentos que otro tipo de propuestas.

Junio 2025

Equipo Macarfi

Entrevista a Meritxell Juvé – Juvé & Camps

Meritxell Juvé: “Mi terroir personal es todo aquello que me recuerda quien soy, incluso cuando todo cambia”.

Lidera, desde hace justo una década, una de las firmas con más peso del mundo de los espumosos, desde una visión que combina respeto por la tierra, compromiso y una forma de hacer las cosas que desafía las prisas del presente. Su apellido lleva más de cien años ligado a la excelencia vitivinícola, pero ella ha sabido dotarlo de una nueva dimensión, más estratégica, más abierta al mundo y más consciente. En un universo tradicionalmente masculino, su liderazgo ofrece una sensibilidad distinta y necesaria, marcada por la serenidad, la intuición y el pensamiento a largo plazo.

 

Desde que tomó las riendas de Juvé & Camps en 2015, Meritxell Juvé ha apostado por una forma de liderazgo que conjuga el respeto a las raíces con una mirada decididamente contemporánea. Sabe que el valor de una marca no se mide solo en tradición, sino en su capacidad de adaptarse sin perderse. Su gestión huye de las estridencias y se apoya en la estrategia, la escucha y una conexión profunda con la tierra. Nos acercamos a una mujer que habla de sostenibilidad, legado familiar y el reto de defender la paciencia en una era de inmediatez.

La CEO de Juvé & Camps representa una nueva generación de liderazgo femenino en el mundo del vino, aún con una marcada presencia masculina. Comprometida, reflexiva y audaz, ha hecho de la herencia un motor de transformación. Su mirada combina el respeto por lo esencial con la capacidad de imaginar el futuro con determinación. 

¿Qué herencia familiar te ha marcado más: el respeto por la tradición o el impulso de innovar?
Ambas me han acompañado desde siempre, como dos corrientes que se entrelazan sin excluirse. La tradición me recuerda quién soy. La innovación me impulsa a imaginar quién podemos llegar a ser.

¿Qué es lo más difícil de liderar una empresa con un apellido que también es tuyo?
Llevar el apellido en la firma y en el corazón significa honrar una historia que no empieza contigo, pero que debes continuar. Lo más difícil es estar a la altura de esa historia y al mismo tiempo escribir la tuya propia.

Tu trayectoria ha sido meteórica. ¿Cómo has gestionado el vértigo?
Con confianza, pero también con humildad. Escuchando, aprendiendo y dejándome acompañar. El vértigo es inevitable cuando se avanza, pero también es señal de que se está creciendo.

¿Qué te hace sentir más orgullosa al mirar estos años al frente de Juvé & Camps?
Haber mantenido la esencia. Haber sabido crecer sin diluirnos. Seguir siendo nosotros, con más mundo, más mirada y más futuro.

¿Cómo se adapta una casa centenaria a un mercado en constante cambio?
Escuchando. Observando. Siendo flexibles sin dejar de ser fieles. La autenticidad no pasa de moda, pero debe saber hablar el lenguaje de su tiempo.

¿Dónde ves a Juvé & Camps antes de pasar el testigo?
Consolidada entre los grandes del mundo. Como símbolo de excelencia, sostenibilidad y elegancia. Y más cerca que nunca de quienes nos eligen para brindar.

¿Cuál ha sido la decisión más difícil que has tomado como CEO?
Transformar estructuras y dinámicas. Salir de la zona cómoda. Me enseñó que evolucionar no es renunciar a lo que eres, sino tener el coraje de reinventarte sin perderte.

¿Qué parte del negocio te apasiona más?
La estrategia. Pensar a largo plazo. Imaginar el rumbo. Decidir hacia dónde caminamos y por qué.

¿Cómo se defiende un proyecto que trabaja con tiempos largos en una era de inmediatez?
Reivindicando el valor del tiempo. Lo que se espera, se valora. Y lo que madura lento, deja huella.

¿Qué tres palabras definen la esencia de Juvé & Camps hoy?
Respeto. Compromiso. Transparencia.

¿Qué vino representa mejor tu forma de entender la vida?
La Capella, por su calma serena, profundidad y belleza. Aunque, si soy sincera, el Reserva de la Familia me conecta con mis raíces. Es el vino de mi infancia, el más icónico.

¿Qué papel juega lo ecológico en vuestra estrategia?
Es un pilar, no un añadido. Cultivar con respeto, elaborar con conciencia y pensar a largo plazo son decisiones que definen nuestra forma de estar en el mundo.

Si pudieras crear un nuevo producto sin límites, ¿cómo sería?
Un espumoso elegante, vibrante, con alma. De larga crianza, brut nature. Capaz de emocionar sin necesidad de palabras.

¿Qué importancia tiene el enoturismo en vuestro proyecto?
Mucha. Es abrir las puertas y mostrar lo invisible. Permitir que quienes nos visitan entiendan que cada copa tiene detrás una historia, una tierra, una forma de vivir.

¿Cómo imaginas a la próxima generación de mujeres del vino?
Valientes, visibles, libres. Aún falta reconocimiento, pero, sobre todo, dejar atrás etiquetas que limitan.

¿Aporta el liderazgo femenino una sensibilidad distinta al vino?
Sí. Hay otra forma de escuchar, de cuidar, de crear vínculos. No es mejor ni peor, pero sí diferente. Y muy necesaria.

¿Alguna mujer que te haya inspirado en el mundo del vino?
Mi madre, por su fuerza callada. Y mi bisabuela, que fundó una bodega hace más de un siglo. Su valentía sigue siendo pura inspiración.

¿Qué consejo darías a una joven enóloga o emprendedora?
Que no copie modelos. Que confíe en su intuición. Que sepa que la autenticidad siempre encuentra su lugar.

¿Crees que ha llegado el momento de contar el vino desde otro lugar?
Sin duda. Desde la emoción. Desde el paisaje. Desde la escucha. El vino también puede hablar en voz baja y tocar más hondo.

Eres madre. ¿Cómo influye eso en tu forma de liderar?
Me hace más empática y más consciente. Cuidar no es debilidad. Es una forma poderosa de liderar.

¿Qué has aprendido sobre ti misma al conciliar maternidad y dirección?
Que no se puede todo, todo el tiempo. Pero sí se puede vivir cada etapa con presencia. Delegar es un acto de confianza, no de renuncia.

¿Tienes alguna rutina personal que nunca sacrificas?
Respirar hondo al empezar el día. Mirar las viñas, aunque sea de lejos. Recordar por qué hago lo que hago.

¿Qué te gustaría que tus hijos entendieran del negocio familiar?
Que no se trata solo de vino. Se trata de valores, de vínculos, de compromiso con algo que nos trasciende.

¿Qué parte de tu día a día no aparece en la agenda, pero es esencial?
Las conversaciones espontáneas. Esos instantes de conexión auténtica con el equipo, con la tierra, con la historia que vamos escribiendo.

¿Cuál dirías que es tu “terroir” personal?
Mi familia. Mi equipo. Esta tierra. Todo aquello que me recuerda quién soy, incluso cuando todo cambia.

Junio 2025

TEXTO: DAVID RUIZ